De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las

fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se

encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su

gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios

intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina,

muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos,

puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna

cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,

congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas,

derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras

iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre

sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba

agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su

espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica.

Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas;

el Magistral era su instrumento inteligente.

Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias

que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio

de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con

pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver

una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba

nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su

madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su

frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza

de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de

siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el

Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para

engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su

hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al

leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un

sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le

importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se

hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con

la codicia la sed de ambiciones fallidas?».

«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva

manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».

--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre

avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte

minutos!».

Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró

con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir

de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga

y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de

monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la

parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus

resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su

hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro

encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle

del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre

anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la

piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.

Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín,

azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas,

medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el

hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín

grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de

preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier

cosa?».

Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y

siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de

bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las

Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico

respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo?

¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire

fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba

los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de

observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en

los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta

debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el

Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás

_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos

jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas

doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de

los pájaros.

El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle

Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que

parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la

provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los

Normandos.

El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar

estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la

«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en

desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su

incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un

escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y

en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no

indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas

del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas

de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas

águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la

alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico

americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al

_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía

el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía

visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien

a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud,

corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la

Corte.

Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único

libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del

señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase!

sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que

Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había

Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque

guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el

Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el

socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser

el más ferviente partidario de la religión de sus mayores.

«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo

religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si

muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre

estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro

inofensivo.

Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral,

en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos

flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.

Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:

--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes

le pareciera excelente.

El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su

papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban

allí buen tono.

Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos;

no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo

actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un

blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de

satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que

quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por

inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en

figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía

quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una

desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena

posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a

Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a

todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en

el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa

inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas;

renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el

alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en

paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje.

No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro

vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse

jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de

merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de

artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran

proporción» en quien no había que pensar.

«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada.

Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba

«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la

cabeza.

A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón

más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos,

como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se

entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no

era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus

millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de

enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo

el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar

al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la

pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su

lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles

para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él

quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella

proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le

hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.

Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo

palio, según la frase de don Francisco.

Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes

como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas

blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y

deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía

adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido

para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente

para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar

modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que

era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes

suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el

manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una

distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que

reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo...

o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero

demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin

dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase

esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama

de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la

marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».

Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con

ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.

--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.

El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de

terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con

gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo:

_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_.

--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando

las sílabas que parecían salir de la nariz.

--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le

agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa

para don Anselmo.

--Agradézcaselo usted a Su Santidad.

--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....

El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.

--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra

vez restituida a su natural frigorífico.

El Magistral se puso un poco encarnado.

Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres

días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son

estos pueblos... qué dirían....

No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su

madre como todos los días.

Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial,

que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un

presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar

en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le

habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina

solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas

suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con

_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita

para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses

a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a

esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los

oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta

come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque

a ella la miran como una de la familia».

«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de

los marqueses?».

Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,

el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los

pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de

Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana,

que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz

temblorosa:

--¿Está el señorito?

En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban

dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:

--¡Pues no señor! no son azules....

--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo

palmas.

--¿A que no? ¿a que no?

--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer

piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no

vi nada....

Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y

entró en el patio.

--XIII--

El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por

los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también,

así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los

guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las

hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y

las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían

corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por

las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas

almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de

abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el

gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que

adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de

trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su

gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real,

muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte,

diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua

imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid.

La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la

galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la

calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un

abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente,

ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda

sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía

con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela

negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia

Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano,

sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del

Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el

regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el

balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos

en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don

Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y

otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.

Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de

generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas

inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en

el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las

tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que

para encerrarse en un convento.

Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del

Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más

mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús.

La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su

cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano.

Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por

galantería, sonriendo y abanicándose.

En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado

al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente

del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo

estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos

recomendados.

El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba

refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al

Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el

Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que

disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la

causa del orden, que era el señor alcalde.

Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que

estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que

_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran

las señoras!».

Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la

mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de

Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según

malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina.

--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía

todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe

recatarse....

--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera

pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra

es una dama!...

Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas

maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el

comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la

huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus

días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince

años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de

Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos

inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.

Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de

tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y

corto. Era de alpaca muy clara.

El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que

buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco

habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una

sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo,

también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba

tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los

otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos

de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que

los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a

mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta,

a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la

boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino

que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos

incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio

al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser

formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso

a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal,

porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en

la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada

prima.

--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando

a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al

señor Magistral.

Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en

la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de

fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón.

Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de

respeto y estimación.

--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de

Vetusta.

El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de

la casa.

Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos

pasaron al gabinete.

Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió

satisfecha y murmuró:

--¡Ah, señor Provisor!...

--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un

poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena

estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco

sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo

parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos

negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como

aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser

desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su

discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que

nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que

hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol.

«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre».

Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más

sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción

con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa

alegría.

--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro.

El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,

ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del

comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos

amigos, su imaginación estaba fuera.

Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían.

«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar

aquella tarde, como rezaba su carta...».

La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes,

ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y

caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en

aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de

los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados.

Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos

era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa.

Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho,

cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había

que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que

peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas.

Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le

mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y

no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya

gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que

debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse

y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el

gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con

permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres

rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más

que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron

con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral,

mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos

de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con

él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo

que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a

los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a

comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación,

corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban

a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete

la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El

Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía

también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al

Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados....

Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a

doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando

risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al

otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era

dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas

juntas».

En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía

calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una...

trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se

quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando

atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo

que pensaba.

Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación,

doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán,

Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el

Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico

Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped.

Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los

celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella

fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para

visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero,

donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una

fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los

perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado

días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el

Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos.

Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar,

Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que

quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador,

uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas

para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez,

enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien

la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había

de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él

consideraba a los curas tan hombres como los demás».

--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma

con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea

empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a

ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un

hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si

ustedes me lo emborrachan....

Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez

obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y

picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba,

a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al

brazo secular de Mesía.

Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía

todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos.

--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo?

--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate....

--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_...

--Ya lo creo... espiritualísima....

--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don

Víctor....

--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como

al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus

amigos íntimos.)

--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al

mitrado y a mi amigo Joaquín.

--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así...

--Tú sí que le odias a él....

--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el

Magistral se quede.

--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la

primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo

vigilaré...

--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete....

--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me

fío....

Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a

la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al

señor Magistral.

Visitación lo arregló todo en un minuto.

Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba

la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de

chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto

marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de

ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole.

Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba

la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las

cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era

allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen

divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de

tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa

limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un

escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila

la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de

azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas

partes y siempre en activo servicio.

Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella

_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita.

Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación

de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana

había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en

mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en

colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un

ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en

abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la

cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino.

Visitación entró en el despacho equivocada....

--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo?

--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón....

Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del

cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables

de distraer a su mujer....

--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.

Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador

de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la

carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.

Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se

vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había

separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre

Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había

escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y

anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir

a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era

cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a

ser inflexible...».

--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de

comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero....

¡No transijo!

Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y

cuarto estaban en casa del Marqués.

Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro.

Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar

al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero

Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era

muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban

estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser

íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no

ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel

modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión

descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien

decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría

carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha

de ser un hombre!».

Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro

como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada

había, ni podía, ni debía haber entre los dos.

Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana

del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a

ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para

mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel

hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran

compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba

de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no

los había tratado en este terreno de prueba.

Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada

dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un

tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas

veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con

los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y

Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad

invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito

no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos.

Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando

agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el

brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba

simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano,

sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo

bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy

buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don

Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también

volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica

de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas

implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él;

cobarde, criminalmente consentidas por ella.

Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse

para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y

pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo;

se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras

oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía

vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don

Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana

la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un

perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de

tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de

hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre

el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos

largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y

bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que

le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva

sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No

podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era

agradable, parecía bien y debía ser así.

Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces

de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del

patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y

de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la

huerta, por toda la casa.

No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para

decirle al oído:

--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre

espiritual... ya comerá contigo.

Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.

--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y

colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con

ese caballero?...

Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.

Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos

al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el

Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que

inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas

sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las

afirmaciones del magnate.

--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el

mercado....

--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera...

sus ideas.

--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir

al aire libre, a la intemperie.

--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.

--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia,

que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.

Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y

elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran

confianza.

Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo

encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al

frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El

Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía:

--Señor Magistral, tengo mucho gusto....

Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos

altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según

su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro,

más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de

facciones el elegante.

Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el

Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de

la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la

propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser

adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando

le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás,

sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que

esperar su presencia.

Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que

aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados

la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había

hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había

halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con

promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno,

grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo

del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué

vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan

buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía

en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en

palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas

antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que

hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo

entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que

no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su

cuerpo y en la que pensaba tal vez.

No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se

compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que

iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta

era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida

virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que

exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y

grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la

ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la

tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín,

quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos

ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que

de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus

llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana,

asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de

los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los

cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban

siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.

Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las

mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran

más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había

sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y

cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.

Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los

convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les

llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y

junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras

sonreía ruborosa.

Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior:

_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie

le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y

mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su

religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos

naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la

lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y

cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de

novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias,

era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un

cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes

confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia

sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los

momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_

siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo

nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las

aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban

entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas,

secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un

mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas

cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus

antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban,

como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones

lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas

veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía

generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos

hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el

placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras

el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una

institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de

gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo

francés, de materialista a lo _commis-voyageur_.

No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija

de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se

atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar

semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía

pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa

mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura

quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los

recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh!

debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo

autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a

Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en

Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho

tiempo hacía.

--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz,

suave, temblorosa.

--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre

flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta

adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que

alegría. Mañana temprano....

--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la

Catedral a esa hora....

--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción

poder servir a usted, amiga mía....

No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la

dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los

movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar

hasta el alma.

Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín

esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar.

--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar,

como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para

mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de

usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y

le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la

tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan

mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal

físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí,

señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando

usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus

frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien

alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción

útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz....

Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella

gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía

solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia,

buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu.

Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los

bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!».

Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico

el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al

Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que

ya no reconciliaría Ana aquella tarde.

--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero....

--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde

acababa de recibir la noticia.

--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués.

Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,

contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina,

pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus

convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la

aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de

que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de

ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico,

aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de

distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía

el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la

prosa más humilde que habló aristócrata.

«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el

Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos

gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían

tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba

la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de

plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las

ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos

y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo

mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y

aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en

cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la

cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta.

Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte

abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias

como el oro.

--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis

convidados quedan contentos de tal servicio».

--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por

regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres

siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa».

Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo:

«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda

las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era

indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera

dentro del casco de la población.

El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante

cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En

cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras,

jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores

vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del

nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en

molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que

rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y

un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí

donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples

industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del

tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en

el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre

su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más

atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo

que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de

Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un

rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le

va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano

en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un

bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el

techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de

don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el

filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A

Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»;

pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a

Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.

A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su

marido.

Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la

derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de

doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la

derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor

Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre

Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia

entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña

Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su

izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza,

que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.

El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato

de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San

Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se

entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían!

estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos

conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas

cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía

del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban

la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el

amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba.

--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que

con los labios.

Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir:

--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de

tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.

Otro misterio como el de Balmes en el techo.

La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya

tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con

vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de

la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en

aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de

la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don

Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la

ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen

uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de

sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.

--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de

doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un

cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su

perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas

disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he

conocido....

--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen

humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y

ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de

moralidad. Pero yo soy liberal....

--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy....

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy

jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas.

Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni

trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se

manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel

vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya

con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta

obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol,

que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las

ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y

disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de

árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de

las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que

hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran

una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas

de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias

como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la

una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia,

rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de

perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo

que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre

hojuelas.

Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya,

se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio

de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir

todo lo contrario: era un elogio sin pudor.

En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando

entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que

dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que

un personaje completamente serio: Pedro el cocinero.

Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba

y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la

puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con

miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas,

disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos.

Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a

veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato

en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para

hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto,

sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón

discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones.

--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que

comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica?

--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y

volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su

aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano.

«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una

rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en

otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de

que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la

Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por

ahora».

«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la

excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de

esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de

que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es

tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión

no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por

más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba

con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación

veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie

lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que

daba a entender algo como esto:

«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando

yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...».

Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un

pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a

entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el

criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior.

Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada

con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid.

Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo

tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado

mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella

muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en

mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más

alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de

alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y

calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la

elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa

de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que

parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy

amiga de la limpieza y de la salud.

Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin

sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció

tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si

la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza

que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella

protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son

cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de

los tíos.

Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante

pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya

lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca,

oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los

sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus

devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa;

procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y

con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante

hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado

despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el

holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz

que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis.

A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal...

y lo decía en flamenco para sus adentros.

¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban,

o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo

que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a

la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y

Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una

carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado

aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores...

todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso

sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le

pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y

aquella humillación de posponerle a un _carca_».

El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la

muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral

donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no

había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para

decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien

ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al

ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet

pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una

vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat

hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.

«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué

amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para

qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir

soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste,

mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila

Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del

Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a

quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había

querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco,

según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera

Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los

ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que

para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un

hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en

seguida el descubrimiento.

El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico

llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral

tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo

debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués

en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de

líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su

espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San

Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un

fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas

doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra

los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una

necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la

plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la

ruinosa iglesia».

Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El

Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.

Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba:

--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere

decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le

importan menos que un rábano?

--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña

en la mano.

--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este

Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.

--¿Pero qué tiene que ver?

--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las

hijas de Carraspique....

--Una sencilla secularización.

--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la

Regenta.

--Son bromas--advirtió el Magistral.

--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor

ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en

serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre....

Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino,

mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las

monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían

mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse

de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban

ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían

discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco

menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a

la puerta. Se habían roto dos copas.

Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas

para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al

general estrépito.

--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa.

--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y

a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá

dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a

la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor

con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba

de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la

huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de

árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte

del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá

lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y

delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita,

mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los

ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado

atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto

serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca

del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y

aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un

antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de

las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la

empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,

levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en

armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a

excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa

sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y

Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la

llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la

Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con

decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías

es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el

Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto

católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su

munificencia y su castidad de viuda.

No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el

Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran

hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de

Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el

obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más

elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no

lo consentía.

Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de

Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del

Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:

--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea

amable... por caridad....

El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel

incienso, detrás del cual habría tantas talegas.

--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a

las siete he de estar....

--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a

convencer a este pícaro.

La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir

al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la

casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido

menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer

él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos,

Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a

imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho

varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el

Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas

escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas

por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había

sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin

degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva

confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al

Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía

se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don

Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don

Juan de Vetusta.

La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a

Anita para decirla:

--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este

señor displicente.

--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero.

El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de

las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza

cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:

--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto;

acompáñenos usted, señor Magistral....

En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron

De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad

para ella la noticia que le daba la Marquesa.

Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él,

que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había

sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le

interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de

qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y

entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en

el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la

suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.

A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las

palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor

en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad

suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él

cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces

precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una

mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas

que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban

ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida

levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos

dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo,

que relucía al sol, cayendo hasta la tierra.

«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San

Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo

Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como

un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de

su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno,

que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía

bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser

debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando

un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador,

tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto

tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella,

reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su

voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo

que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El

honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba

su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero

bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la

defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que

tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y

lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba

convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad,

sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido

encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo.

Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño

filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos

tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera

por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella

lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde

tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería

ni la podía querer para sí, sino para don Víctor».

Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la

voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que

tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la

huerta.

--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa.

--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano.

Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño

en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero;

en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en

cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara

del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena

conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo,

procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía

tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había

enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra

reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante

persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire,

muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo

que ella creía peligro.

--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo

aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a

Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.

--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía

Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.

--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la

medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los

cálculos geométricos.

El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia

industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a

Obdulia.

--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las

piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se

cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se

enganchó en ese palo.

Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.

--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no

molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya

te bajarán....

Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos

travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los

arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo

más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que

pudiera hacer fuerza para descolgarla.

--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa.

--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza

del cochero.

--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no

alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra

escalera....

--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá...

--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.

Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y

suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él,

gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y

arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia?

Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana

le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio

tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como

paseando por el Espolón.

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen

mozo entre los palos de la barquilla del columpio.

--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su

ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a

quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque

se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!

--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya

arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.

Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera

la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el

primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que

estaría poniendo el Magistral.

--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia.

--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!...

¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño.

Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa

don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.

E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.

Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre

como él debía poder levantar a pulso aquel peso.

--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--...

¡demonio de chicos!

--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera...

que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....

Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como

buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de

sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en

cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo

menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con

deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo

con calma forzada:

--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que

yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...

Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance

es gracioso.

--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía

nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme...

pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.

--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto.

--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo

levante este armatoste con los dos encima y a pulso?

--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto

esto....

--Una vara escasa--advirtió el Marqués.

Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.

--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....

--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el

madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se

alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.

--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.

Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió

el pesado artefacto.

El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que

procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de

las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:

--¡Es imposible! Que se busque otra escalera.

--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el

Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.

--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.

--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.

--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted

fuerza.... Y aquí nadie le ve.

Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura

con el traje talar.

--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán.

--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le

vieran en sotana.

Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia,

subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba

ondulante a su espalda.

--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había

introducido los suyos Mesía.

Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.

Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:

--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!

Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió

en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su

descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente.

Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón

maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en

silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él

había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne,

pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor

puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a

los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del

traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en

el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si

llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces

(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él

dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de

la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y

le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo

pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se

les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni

sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un

poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien

podía ser una saludable advertencia».

La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó

necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que

«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en

sostener que le debía la vida.

--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo

quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral.

Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no

vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que

ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las

tentaciones que empezaban a acosarla.

Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no

quería que se le viesen los bajos.

Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero!

¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición.

--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera

esa cuerda.

Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar

precauciones, no se veía nada.

Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban.

--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos

al patio.

La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la

carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero

que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos

negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de

viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el

que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la

provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar

acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su

figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen

el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo

llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.

Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con

palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a

cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su

propósito de no ir al Vivero.)

--Le secuestramos--había dicho Obdulia....

--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió

doña Petronila.

--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió

arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas

de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con

horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y

voces y carcajadas que sonaban dentro.

Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con

las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y

al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña

Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su

contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo

sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los

abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco

menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de

Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.

El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro

no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando

apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella

no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien

labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don

Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal

vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí

cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y

Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le

temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si

este quisiera venir!...».

--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el

respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por

qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que

volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!

De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la

Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán.

Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en

una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre

Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de

Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc.,

etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de

quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y

temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el

cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del

columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su

manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a

ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito

una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien

sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que

salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo

mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que

«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar

con obscuros vetustenses».

Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de

cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que

había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el

Magistral muy quedo:

--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender

que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado

con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta

los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente....

Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta;

y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.

No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó

a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a

su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella

manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó

mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco.

Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según

antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña

Petronila.

--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono

familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.

Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería

significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba

entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De

Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa,

ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en

paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a

menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral.

Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que

necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las

señoras dando un paso atrás.

--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha

ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que

paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y

artesanos que trabajaban al aire libre.

Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La

Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco

antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico....

Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los

brazos como las aspas de un molino de muñecas.

El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que

le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda

eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se

la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo

ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.

--XIV--

La Regenta · 第 12 / 30 题