Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos

del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy

alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su

arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,

revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado

en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza

años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de

piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser

el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla

triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos

clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por

invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de

ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,

solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia

no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba

por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,

a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los

hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba

como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran

un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su

intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,

y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la

proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se

_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no

hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien

entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la

_Vetusta católica_ de Bermúdez.

Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de

sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas

señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos

los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de

si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano

Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:

--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;

pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.

Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han

cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor

sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....

En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a

romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía

Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras

aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el

Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y

esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el

apetecible Espolón, secularizándose en parte.

Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por

abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.

--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo

lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras

calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.

Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que

vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de

canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la

invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo

disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos

no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían

_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia

de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el

gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos

sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la

capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos

mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta

todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba

lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie

tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes

elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del

amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y

rubores. Pero nada más.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,

según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas

mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto

que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas

escasas de ancho.

--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa

inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas

las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas

eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del

boulevard, las chalequeras...».

Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.

--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un

hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me

echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del

Corazón de Jesús!

--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una

columna....

--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los

curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían

algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del

arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje

de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban

allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero

pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con

abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el

Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios

ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En

nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la

carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso

_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en

medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don

Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal

usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los

tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

--¡Qué desfachatez!--decía Foja.

--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es

disimulo--advertía Mourelo.

--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado

a comer con ellos....

--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.

--¿Y a dónde van los otros?

--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....

--¡Esas son las clases conservadoras!

--No, señor; esa es la excepción....

--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....

--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.

--Justo; tiene razón este... apearse aquí...

--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está

dejado de la mano de Dios.

--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito

señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con

malicia.

En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio

con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los

otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a

voces:

--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el

Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le

saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le

acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos

disimulo. O era diplomático o no lo era.

El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la

amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.

Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y

mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que

buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...

detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora

desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los

más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.

«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio

habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que

dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le

pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de

murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a

él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como

hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las

posesiones de Vegallana».

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del

Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al

ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su

sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a

los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a

don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le

veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su

rostro.

Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su

costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba

entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no

hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió

como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del

ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_

(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;

se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le

parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.

«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,

ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque

iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en

los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no

parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella

indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando

vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él

otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una

abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las

piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que

lleva debajo el cura».

--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,

deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.

No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los

cortes de la sotana.

--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.

--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir

andando.

--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece

estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!

El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta

_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores

asegurando que tenía que hacer en Palacio.

No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;

toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier

desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada

fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto

desaparecer entre nubes de polvo los coches.

«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar

nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era

aquello que a él le pasaba?

No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión

especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;

esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había

recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil

formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la

conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?

¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».

«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber

desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el

Vivero?».

Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la

puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo

que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había

hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco

Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el

Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles

y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la

boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces

dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su

respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto

que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía

aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a

Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos

¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella

tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín

estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su

casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el

paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la

Corralada.

«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».

¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta

falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los

cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.

«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era

ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no

como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,

contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.

Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había

pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su

madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le

horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su

madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las

necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he

comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar

aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la

miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días

todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de

malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué

había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión

general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo

cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué

tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!

¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era

indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar

apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no

era un niño, despreciaba la calumnia, etc».

Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los

tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;

mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos

lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando

llamaradas en los cristales.

El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las

pruebas de una pastoral.

Fortunato levantó la cabeza y sonrió.

--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco

mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad

pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le

había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin

saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no

sabía qué, servida por la Marquesa.

Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al

Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que

le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de

la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.

--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo

no veo bien.

De Pas se acercó y leyó.

--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?

Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.

--¿Que apesto? ¿por qué?

--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.

De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era

impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.

--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?

--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,

hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde

estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que

salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había

pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de

saber algo....

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba

mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera

disimularlos.

--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías

comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de

días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?

--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata

como a un niño!

--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....

--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no

has vuelto a casa?

El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:

--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con

más fuerza de la necesaria.

--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al

Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a

todos como muñecos.

Y continuó corrigiendo la Pastoral.

De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar

cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que

fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo

que le olía mal la boca.

«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo

era un borracho...».

«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír

sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa

anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es

insufrible!...».

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro

agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se

decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por

la que más pronto podría volver al Espolón.

Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más

que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,

después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón

cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba

en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran

indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo

tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;

apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».

«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,

este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales

murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en

que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente

de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de

hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus

ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la

vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,

iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo

paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no

quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana

volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol

podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que

esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos

de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad

cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que

pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido

secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus

colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.

--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque

añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no

le importaba nada.

Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce

años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un

farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los

espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres

había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la

melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_

estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;

un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por

el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La

niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de

mano en mano por el corro de chiquillos.

--¡Na!...--decía la _madre_.

--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,

que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pañuelo pasó a otro.

--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es

Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y

poniéndole un codo delante de las narices.

--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.

--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!

--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por

farolero.

--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el

otro. ¿Na? ¿na?

--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.

--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de

los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la

mano y añadió:

--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la

_madre_.

--Señas... señas... ¿a que no aciertas?

--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy

rica! ¡muy rica! ¡muy rica!

--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La

comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen

los señores?

--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el

pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a

latigazos con sus compañeros.

--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...

Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la

carretera y el Espolón.

--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.

--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las

naranjas?... ¿y no son cosa rica?

--Pero naranjas las comes tú también.

--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....

--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,

tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la

voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la

_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el

vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a

sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El _Rojo_ no quería correr: protestaba.

--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la

cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de

azotes.

Y añadía furioso el _Rojo_:

--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

--¡A la oreja! ¡a la oreja!

El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de

las orejas.

--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se

dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.

La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a

recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?

--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.

--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con

cascabeles... hace poco....

--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si

esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de

mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor,

todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que

tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se

limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te

inflo!... Para arriba, señor cura.

--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te

rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se

inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando

vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho

el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los

dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que

volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas

diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba

volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al

animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades

pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja

de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa

mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más

alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta

del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo

de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.

Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de

silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.

Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido

mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros

años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas

tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida

le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una

aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra.

Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él

años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas

veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se

detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a

los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo

alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio

oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír

otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran

ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles,

pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos...

ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el

silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba

seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.

--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la

cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.

Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero,

espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,

después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los

cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros

que parecían gritos, fragmentos de canciones.

--«¡Qué locos, vienen cantando!».

Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento

fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de

Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a

pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no

ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En

el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la

Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en

el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a

la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don

Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo

menos alegres!

«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la

garganta.

Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:

--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de

afición!».

«¡Y venían cantando!».

Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin

algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y

volvían a aparecer, cada vez más pequeñas...

«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».

Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras

en noche de estío....

El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen

paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de

Vegallana.

Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.

«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo

aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta

como un hormigueo...».

Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las

filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo

ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta

carretera.

Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.

«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más,

siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un

majadero...».

Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo.

«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se

lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...».

Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los

Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al

llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores

no vio más luz que la del portal.

--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar

lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que

había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban

también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar

las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles

de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y

metálicas del piano desafinado.

--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago

aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo

sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la

pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones

interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad

descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna

mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego

un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del

gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más

pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear

al canónigo.

«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.

Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la

habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral

recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la

mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo.

Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se

apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como

si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos

que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.

«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo

mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía

ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía

al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa

obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían

pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados

del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se

retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a

la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,

hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves

manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla

por los hombros.

«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!»,

pensó don Fermín, que seguía inmóvil.

La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por

la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.

«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.

A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no

estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese

falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento;

hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente,

el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina

en el primer acto del _Barbero_.

El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no

quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se

alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era

la otra».

--XV--

En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula,

con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en

la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la

cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.

Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que

tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no

se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa,

como un fantasma negro, largo y anguloso.

Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto

y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le

viese.

Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes;

unos parches grandes, ostentosos.

«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía

parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que

estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con

dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el

mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.

Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con

que velaba su hijo.

Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente

con el pañuelo. Miró a doña Paula.

--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La

cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y

salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta

minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?».

Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en

el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller

con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su

madre no.

Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato,

que era una ensalada.

--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre.

--No tengo apetito... pero tengo mucha sed....

--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde?

--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña

Paula, que se sirvió en silencio.

Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas

contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida

que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un

pensamiento que debía de ver ella en el suelo.

Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado.

Acercó la ensalada al señorito.

--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído,

hombre.

Y acarició a la criada con los ojos.

Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente.

Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no

se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber

agua.

Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad

que usaba muy pocas veces.

La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en

parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el

Magistral.

Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía

ella misma.

Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:

--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella.

--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras

le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró

discretamente.

De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una

virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era

antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.

Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la

puerta:

--La pobre no sé cómo tiene cuerpo.

--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno.

Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso,

le miró desde arriba con gesto de indignación.

--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del

Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa

del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las

Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre.

--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno.

Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una

paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las

sílabas:

--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un

chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique,

qué diría Páez?... Todo eso es ridículo....

--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho,

ríñeme a mí.

--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete,

compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por

una... por una.... ¿Dónde ha comido usted?

Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de

fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto

apearse de la carretela en el Espolón.

--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se

empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo,

porque allí no tengo confianza para eso....

--¿Quién comió allí?

--Cincuenta, ¿qué sé yo?

--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los

parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió:

--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has

paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has

apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas

el escándalo, quieres perderme.

--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu

madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no

comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y

qué has hecho después hasta las diez de la noche?

--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño....

--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de

impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que

sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su

sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres

un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una

mujerota....

--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces

peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas

cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la

vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años....

¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco!

Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una

banda para las sienes.

--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted.

Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es

calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué

Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro

que no es eso... si no hay nada!

--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón.

--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....

--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa

gigantona... de fijo....

--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a

una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres

veces... es una santa....

--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras?

--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted!

--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor....

Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te

parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en

cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a

solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he

callado, bastante he visto.

--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he

comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero

ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor

camino....

--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo

hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....

--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo.

--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que

ver con todas esas otras calumnias de antaño....

--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se

entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen.

--¡Que ya dicen! ¡En dos días!

--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas?

¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace

dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que

ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí

pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no

lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!...

--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos

hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted....

--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi

modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en

estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien?

--¡Sí, madre mía, sí!

--¿Te saqué yo o no de la pobreza?

--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y

con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?

--Sí, señora, sí... y eternamente yo....

--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas

creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo

con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si

siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas?

--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices...

es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu

sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues

mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes

un ignorante que sabe más que tú.

Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su

pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados

casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos

parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de

experiencia.

La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no

se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados,

sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya

había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras

fuesen rayos.

Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las

caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo

un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital,

una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de

sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias,

de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de

pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al

resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su

hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz,

el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los

réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía

reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase

produciendo.

En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de

las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que

ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la

ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros,

sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como

demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos

que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y

amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba

en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho.

En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios

de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por

las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de

sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los

ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de

razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas

que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en

la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los

hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada

en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las

entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria

todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba

en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.

La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que

los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga

tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas

con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del

corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad

prematura, un juicio firme y frío.

Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía

con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero

¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no

podía bajar a la mina.

Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y

triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era

más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera

hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora

Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas,

ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los

vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el

carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos

comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien

pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para

santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a

Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama,

el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio.

Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir

con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó

de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura

enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de

veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años,

admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral.

Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel

fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió

de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y

acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un

pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra,

con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían,

Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la

alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse;

hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba

dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de

lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró

por dentro después de decir a un perro que ladraba:

--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella

noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le

costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud.

Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad,

sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una

noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió

una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos

ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas

piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la

primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por

palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo

que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin

arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula

dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su

cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí

muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo

desde la escalera:

--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.

La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una

abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en

ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía

perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde,

después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en

confesión.

--Hija mía ¿a estas horas?

--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme

jamás.

Le confesó que estaba encinta.

Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa

del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y

ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se

acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido

terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto

sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se

había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque

sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar

con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo,

sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por

anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el

verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del

corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer

rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del

artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con

él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber

unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos

los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con

buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había

tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían

llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura

estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche

que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la

inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía;

mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas

falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había

vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de

casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él

había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo

adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo

ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de

que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes,

dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te

niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en

fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya

sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y

no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a

la segunda. A la tercera date por vencido...».

Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el

más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto

al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la

castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un

momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la

salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad

de toda la vida, añadía para sus adentros.)

Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los

taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su

inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era

muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta

sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos

de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor

de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a

los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo

sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de

pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del

artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía

de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto

licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con

gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él

había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no

habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso.

Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que

daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y

admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos....

«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero

y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una

comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte

arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la

prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la

bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros,

y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas,

y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que

tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las

andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la

paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía

siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el

más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había

nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había

servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las

puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar

los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas

en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del

pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a

la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer

clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre»,

gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a

aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue

mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido

siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos,

jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se

atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro

hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en

unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto

de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros

hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se

encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte,

dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a

Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos

papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un

mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula

hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo

estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por

el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba

por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral;

cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a

la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro

tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no

subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el

desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera

decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un

tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.

La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la

claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la

pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que

dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las

noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban

cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín,

que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los

brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento

le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera

piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su

madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que

le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos

aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,

una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en

su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y

muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella

explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella

turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de

fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias,

brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de

Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con

más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.

También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A

veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas

trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:

--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven

entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos.

Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era

horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta

olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más

que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque

ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos

fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos

miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se

decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y

creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre

ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas,

a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y

tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían

ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se

eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o

dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le

obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito,

porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula.

Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él

gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros.

Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer

sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo,

un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco

le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la

cueva.

Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo,

nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel

lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la

manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo

en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí

fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo

el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que

llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había

aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su

ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre

los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía

al cura.

Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo

iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.

El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la

habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico

repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que

se convertían tan a menudo en asesinos?

«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que

nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con

sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba

ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo

repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y

comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y

caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo

peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que

tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los

naipes.

El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso

no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro.

No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo

exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de

Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del

Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por

influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del

Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que

pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El

muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron;

demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector

llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero

estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando

ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le

quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas

más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires

del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos

brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros

del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula

sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el

hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la

locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja

mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de

la Autoridad civil; pero el cura es pobre.

Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era

como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver

trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura

corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la

imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad,

su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a

la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y

un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una

traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la

traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de

traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar

que a los pocos meses sería él su esclavo.

Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo

Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la

bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera

sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con

la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se

lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que

podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las

necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses

del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos,

sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le

hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.

Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de

llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió

que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba

la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su

influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era

tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el

trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo

lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo

exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue

presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a

predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde

quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía

influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él

vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz:

pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no

podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar».

--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a

Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula

siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección.

Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su

madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho

niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde

había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él

era un ingrato!

A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de

larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en

la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer

fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque

dominase y ganara riquezas y honores.

--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos

lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en

aquellas fuentes secas por tantos años.

«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel

llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo

mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era

cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos».

Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que

parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba

desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la

luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas

tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba

sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al

mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él

empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus

anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a

pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas

místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba

y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las

fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a

la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una

a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se

llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras.

No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre

con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa

aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era

malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe,

pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos,

sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando

que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de

la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su

madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha

suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el

nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable.

De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas

dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se

trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía

la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero

comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella

música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso:

pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba

sintiendo él!

De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que

había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez

menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una

lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo:

_Al palido chiaror_

_che vien degli astri d'or_

_dami ancor contemplar il tuo viso..._

el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas

telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni

más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la

contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín

literario.

«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y

entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última

hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.

Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen

Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el

derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella

se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado,

como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño

del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces

animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la

boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía

de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que

parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La

Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género,

desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.

Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba

en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones

de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a

cuatro pasos del Magistral.

Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán.

Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía

comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos

que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había

pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán

no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se

casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de

soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de

haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy

contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.

«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole

y despreciándole al mismo tiempo.

Y él sonreía con más socarronería que nunca.

«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él

fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de

aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la

señora.

Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada

que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal

resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a

doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por

atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que

había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos

callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían

a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el

rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña

Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas

de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado.

Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias.

Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el

recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don

Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de

dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la

plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se

pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la

maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso

terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde,

repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas

grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce

que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más

baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una

sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don

Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago

respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre,

más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una

Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología.

Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la

trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de

podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del

chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino

timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de

la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a

rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar

como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto

en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista

arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la

Traviata momentos antes de morir.

El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se

acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el

arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más

arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le

conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto

a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se

detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono

truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en

cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la

_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena».

«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena,

Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de

comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...?

«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como

contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló

y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían

extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un

rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja».

Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y

extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo,

gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola

palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones!

Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió

brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el

vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó

las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír

sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió

en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos

de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche,

sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la

misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones,

mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para

oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a

su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién

hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?

Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un

simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal...

eso es, un liberal probado....

Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia

sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la

puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le

dijo:

--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi

familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy

masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla!

Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta

a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y

desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe,

su buen amigo.

El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el

paso.

--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio...

pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito

tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo....

Toma un pitillo.

Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y

dijo con voz grave:

--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?

--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un

pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi

hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero

no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado...

y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo

no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!...

¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el

aguardiente... ¿qué sería de este anciano?...

--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa...

déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto...

ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les

oigo.... Vete... no me preguntes... vete....

--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de

usted los vecinos... y yo... qué quiere usted....

--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea

de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.

El sereno cantó la hora y siguió adelante.

Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de

hacer? Además, no solía alborotar demasiado.

Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las

vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus

adentros su víctima....

Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del

estómago y por las dificultades de la lengua.

--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo

profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un

cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado

comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a

nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a

comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas

(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás,

con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos,

señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias

del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de

ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un

cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran

liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía

aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy

empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras

al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces...

_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este

santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también

al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario

de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto...

si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo...

Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá

lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un

rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las

luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué

quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y

truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!...

Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La

Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de

escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa

sardónica.

--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya

están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os

ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío;

esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga

mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es

mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!

Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.

El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla

para ver a don Santos.

--¿Oirá algo? Parece imposible....

Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa

escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el

choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse

sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no

debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la

alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más

todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso....

--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo

eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral,

entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero

es mío....

Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero

verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:

--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley,

abajo esa puerta!

--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No

puedo consentir que usted siga escandalizando....

--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa

la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero.

--Ea, ea, don Santos basta de desatinos.

Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza.

--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo

desaliento.

Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la

obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo

entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando

lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.

Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de

aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una

copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir

aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No

lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había

causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el

cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando

su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus

muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza....

¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que

suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los

enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!

Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la

tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó

retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor

le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.

A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del

sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño.

Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y

una voz agria dijo desde arriba.

--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos

en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y

dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde

retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera

lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar

la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba.

Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en

par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga,

pretendiendo oír algo.

Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del

cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el

Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el

piso de madera....

Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con

don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El

bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido

de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para

ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su

padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su

miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín,

todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la

parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un

perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar

de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había

querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y

renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía,

todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la

raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho,

más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico

para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el

infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza

algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él.

Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila,

ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo

gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio

de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si

no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no

sabía qué fuerza le clavaba al balcón....

Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que

había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un

confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía

facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa.

Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe

seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo

obscuro.

El sereno cantó las doce a lo lejos.

Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.

El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».

La claridad de la vidriera desapareció de repente.

El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.

El sereno volvió a cantar las doce... más lejos.

De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:

--¡Ya estará durmiéndola!

Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de

turbar el silencio de la noche.

Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.

Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que

dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.

El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.

«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy;

dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que

había olvidado el otro día».

--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en

la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué

asco le darían!

Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don

Santos:

«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!».

La Regenta · 第 13 / 30 题