ANA DE OZORES DE QUINTANAR».

--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su

hijo.

--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.

--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña

Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una

tonta o de una loca.

--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía....

Me escribe como a un amigo cualquiera.

--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.

El Magistral calló. Con su madre no disputaba.

--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.

--Se me pasó la hora de la cita....

--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor

Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor

Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos

somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los

necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.

--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han

llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....

--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal?

Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?

--Pero, señora, el deber es primero.

--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se

le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa

herencia?

--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de

alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de

salir pronto.

--¿Qué herencia?--repitió.

--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no

tiene más que hacer que verla a ella.

--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú...

eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.

Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a

las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron

anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación,

esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la

otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....

El Magistral se santiguó y dijo:

--¿Ya murmuran? ¡Infames!

--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te

acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer

aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te

lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber

aparentarla.

--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a

pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?

--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la

fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un

borrego, pero....

--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es

ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da

otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian,

estás perdido.

--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.

--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver

tus escándalos....

--¿Cómo ha de ver eso, madre?

--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos

perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del

Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted

exaltada... ve usted visiones.

--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la

punta del pitillo apurada y sucia.

Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la

catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos

consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al

sermón y que me deje en paz.

--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha

dicho?...

--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden

decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de

señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?

--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El

Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy

amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que

le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no

las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado!

--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?...

--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos

piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar

más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de

nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos

y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida

desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó

a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el

Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;

si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como

esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la

alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si

vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las

parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don

Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a

los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y

primicias en toda la diócesis; si....

--¡Basta, madre, basta por Dios!

--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú

(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo,

como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de

Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está

muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y

la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case

la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que

le agrade... por culpa tuya.

--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a

las niñas de la Santa Obra del Catecismo....

--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el

día menos pensado nos tumban.

--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las

mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas,

erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a

todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más

fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala

intención saben tener.

Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y

siguió diciendo:

--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo

sabes; acuérdate de la otra vez.

--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad?

--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted?

Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la

Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que

había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera

tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la

juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los

treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él

experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso

de la adulación.

«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora

me mortifica».

Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que

le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque

temía para su hijo la caída de Salomón.

La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era

buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa

contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella,

doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición,

el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula

se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su

aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto,

oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por

la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella

de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.

«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una

mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía,

podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso

conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba

de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz

de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba.

Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y

otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces

aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin

estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes:

que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería

enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su

hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por

más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de

Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en

lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen

mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del

amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de

Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;

era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los

Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el

dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y

cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres

importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese

dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don

Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre

Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las

suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la

vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no

comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la

Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En

los labios le retozaba esta pregunta:

«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».

No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era

cristiana».

Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera

puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué.

--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse

con la pregunta sacrílega.

Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía:

--¿De modo que hoy tampoco vas a coro?

--Señora, si ya habrá concluido....

--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas.

Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un

estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.

El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El

cielo parecía andaluz.

Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había

puesto nervioso, airado, no sabía contra quién.

«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero

formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía

todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero

que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un

pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que

todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era

superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado

algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se

enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba

de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su

despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz

interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto

filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar

algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a

la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,

humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que

con los demás era un hombre que solía convertirse en león!».

«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella

sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y

en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba

aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?».

En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre

había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las

demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la

influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le

achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era

él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe,

aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos

le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado

a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a

pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la

vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí

mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su

secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a

decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro

palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel

con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;

el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de

acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,

infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,

sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la

Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del

templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno

de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer

era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo

que dice el mundo, lo que dicen mis detractores».

Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una

reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama.

«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de

conservación que tiene el amor propio.

Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos

actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.

«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había

él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco

escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él

estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el

fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la

diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad

moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que

en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores

llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál

era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería

de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había

arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los

feos, los vergonzosos, los inconfesables».

Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,

iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles

tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas

encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según

costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso,

flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.

Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,

doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni

veía al que saludaba.

Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar

hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.

Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la

alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;

salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las

butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas

por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en

el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le

preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la

mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje,

correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo

hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La

despidió.

--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete.

Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay

manera de averiguar nada».

Y, saliendo del despacho, dijo todavía:

--«¡Qué capricho de hombres!».

Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:

--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».

--XII--

Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más

importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más

_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le

había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los

buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su

mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá

en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su

padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los

sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de

gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que

tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su

religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él

toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces

naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su

piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para

los suyos y para muchos de fuera.

Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice

infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;

todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido

educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos

primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.

El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un

noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de

los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.

El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,

que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería

los pies de buen grado.

--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el

señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y

agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.

--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?

--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a

los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita

no está de cuidado?

--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?

--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un

loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.

El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin

lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la

limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único

mueble nuevo era un piano de cola de Erard.

Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.

El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el

arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en

su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se

defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don

Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si

en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en

religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses

entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto

como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído

tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano

no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían

de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era

un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él

todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas

palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a

los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba

llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una

persona querida».

Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.

--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que

lo hemos de ver..., etc.».

Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había

hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los

profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante,

pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el

sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de

policía.

«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».

Y no se le había de replicar.

Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía

apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre

de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.

Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas

nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.

De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la

cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre

majaderos y hombres de talento.

--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo

mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la

verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,

se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas

exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,

porque es una persona ilustrada.

--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?

--Sí, señor; de aquella pocilga vengo.

--¿Cómo está Rosita?

--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor

Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.

Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a

todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:

--¡Aquello es el acabose!

El Magistral sintió un escalofrío.

--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo,

distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada

bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña

sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la

saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un

crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....

Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la

religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es

una letrina; sí señor, una cloaca.

--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están

haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.

--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan

trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.

--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor

de lo que es.

--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya

le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen

de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa

de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro...

y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y

clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no

aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que

las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de

Panurgo?

El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de

Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo

de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no

sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le

faltaba tiempo.

Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».

--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está

supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del

Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese

Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?

--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta

desgracia como usted dice.

--¡Van ya dos niñas al hoyo!

--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache.

--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo

opinar en este punto....

--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen

conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo

fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la

ciencia. La higiene pública prescribe....

El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la

renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de

folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.

--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.

--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....

--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted,

que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe

libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más

que uno de los términos en que ha de consistir?

Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.

--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia.

¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que

las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de

su existencia? Verá usted el sistema.

Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:

--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no

ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo

que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben

las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón,

según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a

casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda

en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al

mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o

diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...

por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor

don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las

niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los

bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al

sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el

Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en

seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se

ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería;

nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta:

correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las

niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido

en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían

allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se

enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con

cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas;

maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un

padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y

nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso

sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de

lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del

Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen

mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la

baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es

el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el

demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el

atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en

cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor,

cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo

llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil

victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de

templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo

rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con

chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse

monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los

liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas

de Carraspique.

El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo,

dijo:

--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a

cien leguas de toda gazmoñería.

--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia.

El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez

monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan.

Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted

dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para

tapar la boca a los profanos.

El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.

«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia?

¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe

espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También

los tontos tenían el arte de disimular?».

Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes

lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a

las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en

persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.

Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del

convento.

--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?

--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que

digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su

naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no

le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y

no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste;

ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen

alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está

satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos

alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en

un... inodoro.

Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él

quería, sino lo contrario, añadió:

--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro.

--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no

llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con

aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne

y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.

Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al

Magistral y salió murmurando:

--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era

una columna... de este orden; no era un estercolero.

Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las

palabras de su primo que había oído desde lejos:

--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió

Carraspique.

--Pero es un loco... haciéndole favor.

El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que

hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento

provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un

barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol;

allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la

Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las

paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran

insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello

duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las

monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus

queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».

Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista

religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente

humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran

lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y

tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa

de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a

la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se

diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión

conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se

dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida

radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor

Teresa...».

--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las

manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si

usted le lleva el consuelo de su palabra.

No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.

Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca

directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que

las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación

superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio

era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo.

La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía

a desahuciarlo. «Era un impío».

--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique.

--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo

sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.

Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la

casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran

dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan

pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó

antes que asomara.

La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el

nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un

defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien

hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal

hombre, a aquel santo, pensaría mejor».

Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual

fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos

disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy

bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.

--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique.

--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los

labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en

la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas

veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.

Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen

cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la

Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el

ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad

suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?

--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la

unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es

buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una

Carraspique.

Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia,

les llegaba al alma a los amos de la casa.

Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos.

Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para

Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;

limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la

Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que

vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que

todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros

pudieran!».

Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería

decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las

instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel

santo suponiéndole cargado de oro!».

Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía

límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.

«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».

--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno,

suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una

prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso

y a mucho más.

Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.

Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho

padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo

terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas.

La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios

misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura

entre las flores....

Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos

de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no

salvarse, a pesar de tantos disgustos.

Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba

con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a

duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director

espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.

Salió el Magistral.

Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un

puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa

escalera.

--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de

empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».

Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte,

picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí

ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....

Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la

visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.

«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía

de ser».

«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar

algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_.

Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la

Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que

llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica,

coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el

siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro

parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal,

renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta

y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.

El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy

limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y

parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de

piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor

cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala

donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del

Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno

de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de

pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco

color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio

entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.

--¿Dónde estará, don Anacleto?

--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras....

--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y

sonrió.

Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió

a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.

Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se

llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas

particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de

ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal

obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a

cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que

entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.

Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también,

de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus

contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en

columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en

jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni

alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y

representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el

gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de

Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los

otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.

Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de

su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una

consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba

sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él,

colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón

ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.

El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba

al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había

de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín

para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas

pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,

jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.

--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el

Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las

Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban

en el coro y era una delicia oírlos».

Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se

podía admirar y amar una obra de Dios.

Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este

era su secreto--no estaba a la altura de su cargo».

--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los

poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».

Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los

señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido

contar para nada con el Obispo!

¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en

brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis.

Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una

gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía

voluntad.

Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que

valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar

los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el

hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando

su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de

llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces

aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo,

ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le

tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.

¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga,

de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se

buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.

Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran

escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su

virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía

su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña,

jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó

una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había

mordido al niño.

--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el

paso al borrico.

--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo

por la vida del angelillo.

--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.

--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...

--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.

La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la

Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.

Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se

abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya

había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las

alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia

predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a

la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto

han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y

sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto,

del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo

romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases

de cariño paternal, filial y fraternal.

Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después

se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de

María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra

Señora_--_La Virgen y el dogma_.

Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los

daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una

alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del

mundo, al menos las que él había padecido.

En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y

mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería

engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él

lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I.

muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes,

aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los

zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.

--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el

cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de

conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,

y será mejor.

--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos

nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su

oficio, parecerían estos una gloria.

El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no

se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un

recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si

notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un

mitrado, le reprendía con acritud.

--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los

miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos

en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como

exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos

pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,

llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?

--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con

ganas de meterse debajo de tierra.

Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé.

¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del

ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro

sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si

eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién

es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas

medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la

piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen;

¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?

Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en

Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la

cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad

primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su

elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador

verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión.

Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su

cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa

cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar

en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía

el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La

caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el

mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la

gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el

templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los

cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la

conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los

vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.

Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a

cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral

no se prodigaba».

--Estudia más los sermones--decían unos.

--Es más profundo, aunque menos ardiente.

--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.

--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.

Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué

gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía

aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera

retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».

--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de

nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra

revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador».

En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en

los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real

Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística

somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense

predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.

--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo

primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es

necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos

señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y

hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo

había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni

más ni menos mal que al común de los fieles».

El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un

oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia,

y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.

Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había

hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su

sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días

antes.

--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo

no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso,

leer entre líneas».

La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se

presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había

desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se

dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de

la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún

libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven

podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me

alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era

Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio

de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,

preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.

Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir

disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la

experiencia de estrados.

Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la

alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía

solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a

Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre

Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún

apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el

grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los

establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero

nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo,

esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.

Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato.

Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la

antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose

de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que

procuraba excitar Glocester.

Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le

hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el

pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso

por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la

idolatría.

--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes

de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan

admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla».

_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro

de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El

perro no se reía.

Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con

tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que

adoraban tales inmundicias?».

Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba

partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y

decía:

--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si

proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto

volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios,

adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo».

El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo,

arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió

por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza

de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los

sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.

Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de

Glocester:

--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el

Magistral».

Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces

la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en

Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria

prevaleciese.

Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato

estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.

Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto

estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por

los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en

el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos,

lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el

sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba

con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se

veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se

extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho

del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que

llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía,

todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;

ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras

su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos

se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....

Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de

Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro,

el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos

crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar;

temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese

tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la

sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el

horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de

maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,

como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su

voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo,

aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba

siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí,

y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia

del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por

vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.

A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba

al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de

ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del

auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los

mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros,

mitad eruptos de la vigilia.

Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta

pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había

descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo».

El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba

para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba

repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es

un cómico!».

El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar

el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya

cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los

lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De

Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar

las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.

Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en

lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras

encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de

un altar: _Et Verbum caro factum est_.

En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le

había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería

figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía

de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué

pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de

las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los

cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del

dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería

la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la

controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había

empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al

entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había

despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los

_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El

Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las

novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba

costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su

experiencia con la ajena.

¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un

autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos!

¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de

remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener

mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de

teatro se parecen a los reyes».

Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con

la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y

virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en

cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_

de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se

remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que

descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se

burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de

sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los

Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos

desgraciados están locos!».

No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el

error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del

predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola;

nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.

«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las

tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento

natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral,

alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».

El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar

«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del

auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para

probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no

explica los misterios, es verdad: pero explica que no se

expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo

familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía

entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su

_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor,

con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba

los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se

bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento

contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se

arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los

ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....

Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De

Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y

tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de

allí con jaqueca y diciendo:

«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días

deben de ser de cuarenta y ocho horas!».

Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los

alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o

seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del

orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus

_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras.

Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en

los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era

un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito.

«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_».

Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante

aquellas fórmulas de la salvación.

«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en

América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar

fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los

malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era

mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos

dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del

embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las

vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era

para él_.

Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le

presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de

gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...

y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.

Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del

vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las

señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en

sus adentros era este:

«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle

hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no

habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como

todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que

el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en

el confesonario.

También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al

Obispo.

Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de

todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en

el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y

tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba

mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado

madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras

delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.

Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la

capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas

pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa

antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o

criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó.

Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros,

albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas

de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este

fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy

afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos

que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».

En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:

--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de

la zapatilla?

Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz

y luz.

Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la

corrupción creciente de Vetusta.

Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de

Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor

en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.

El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.

Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano,

el segundo millonario de la Colonia.

El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín

sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.

«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a

las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas

señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era

nuevo».

Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que

fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la

virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se

llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada

santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_

de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.)

_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución

independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el

señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que

no comulgaba jamás.

Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los

Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_,

etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso

y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta

que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre

Hermandad_.

Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del

_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el

Santo Dios, Santo Fuerte,

Santo Inmortal,

y lo de

Venid y vamos todos

con flores a María,

inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:

Los niños pobres no quieren

ir a la Libre Hermandad,

los niños pobres prefieren

la Cristiana Caridad.

La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de

don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de

las Escuelas Dominicales de niñas pobres.

La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso

sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los

tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y

presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del

fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de

don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas

_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo

guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que

llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.

Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a

todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.

Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que

fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que

presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le

ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a

propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su

visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se

atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su

papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.

--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el

Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede

ver...».

Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una

grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al

Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo,

Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de

este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se

llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».

--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba

la correveidile de Glocester».

Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La

Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota,

agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y

lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación

se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes,

y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca

del estómago».

--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.

--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga

S. I.?

--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos

vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...

no oigo....

Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba

como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de

_protectrices_.

Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de

Páez.

El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un

ateo, era enemiga de la Iglesia...».

--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no

figuraríamos nosotras como damas agregadas.

--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a

papá.

--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si

desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda

esa jarana....

--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el

aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....

--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo

menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.

Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó,

envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.

Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al

Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados,

se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar

explicaciones.

El Magistral no pensó en buscarle.

La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del

prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para

saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y

acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:

--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.

--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá

espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted

por convidado.

--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?

--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy

convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos

dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....

Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró,

dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno

eclesiástico.

Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que

allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de

una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los

codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le

esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una

de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así

humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos

pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis

le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le

habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder

aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse

alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un

chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las

noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella

Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y

sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad,

recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una

historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia

suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era

poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato

sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca.

Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada

enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que

sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles,

qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su

culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué

prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo!

«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».

--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los

escarabajos que tenía enfrente.

Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal

afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de

púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de

aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino

tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también

un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.

Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres

cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las

personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del

señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para

arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las

garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y

el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de

convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido

echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas

sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había

consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el

párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero

arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado,

que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen

partidario de la causa óptima.

--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.

Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas

muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,

boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.

Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como

de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las

mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había

visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba,

pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien

puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que

Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un

gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.

El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para

dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el

lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía

bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no

era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y

como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló

con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las

hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el

resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes

sonrió como un oso que supiera hacerlo.

El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes

que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había

hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que

había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de

repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y

encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a

atacarle--dijo con voz áspera:

--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que

su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el

delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si

usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la

santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables

traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las

penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y

entregado al brazo secular.

El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a

espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.

--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los

solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,

por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....

--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi

palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris

Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran

copia de datos...».

El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca

era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.

--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo

mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no

es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte

que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco

resbalan pero no caen.

El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la

espalda.

--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en

Vetusta!...--gritó.

--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted

en la cárcel de la corona....

Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.

--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes,

no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había

previsto aquel choque de dos malos genios.

--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el

Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su

costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....

--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un

poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad

moral de un Júpiter eclesiástico.

En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el

oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:

--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por

ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con

alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable,

yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él

le comunicará lo que resolvamos.

El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....

--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se

atrevió a decir:

--¡Cuánto siento!... señor Magistral....

--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso.

Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi

mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....

--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....

--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.

--Lo que yo no perdono es el disgusto....

--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no

puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores

de la ley que está terminante.

--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....

--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En

fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....

Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó

que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...

«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como

una fiera en su jaula.

Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto,

tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del

Magistral que hacía allí veces de secretario.

--¿Qué habéis oído?

--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....

--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No

me necesitáis....

--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy

para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el

despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....

--Sí, sí, eso sí.

--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?

--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?

--Ahí la tienes, en ese cartapacio.

--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...

--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A

qué vino?

--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura

de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha

hecho decir don Saturno....

--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el

clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con

violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus

_ingleses_.

--El cura de Tamaza es un vocinglero....

--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....

¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?

--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te

trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de

Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella

andaba la mano de Glocester.

--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de

algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los

que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que

por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores

jerárquicos hacían la vista gorda.

--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?

--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los

prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los

Papas....

--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.

¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural

de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos

católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;

esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos!

¡bestias, nada más que bestias!

El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel

ambiente de necedad....

Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban

en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de

las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....

--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.

Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de

Preces; y algunos asuntos de capellanías....

Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El

Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y

allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy

afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo

parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;

era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de

sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los

empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero

producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y

malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.

Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que

hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor

de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían,

contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina

como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de

hipocresía impasible y cruel.

Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él,

pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como

rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un

expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda

pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño

eterno, cubiertos de polvo».

El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.

--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.

--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con

distintos collares....

--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay

concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....

Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;

también ellos querían saber si los expedientes de mansos....

--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,

para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las

oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno

a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se

resolverán nunca los expedientes dichosos....

La Regenta · 第 11 / 30 题