--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con

acento gallego.

Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más

respetuoso.

--¡So bruto, mira que es la Regenta!

Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que

era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso.

--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la

comen.

Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos.

Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en

esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en

aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en

la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor

que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos

secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de

enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo

aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones

insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas,

verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin

conciencia de los miasmas de la miseria.

Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí

misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta

del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las

propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a

su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro;

aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí

desconocidas...».

En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un

drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,

vestido con blusa azul, gritaba:

--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.

Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego

por los ojos.

--¿Qué es eso?--preguntó Petra.

--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se

descuida la ahoga.

--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió

del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto

a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza;

pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.

¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal,

sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!

Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del

Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo

iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate

de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_

de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas

golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían

apreciar por conjeturas.

El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos

cerrados.

--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático.

--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo....

También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada

la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres

admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para

ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero,

además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no

habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos

suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse

por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».

--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil.

--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a

nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don

Álvaro.

Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.

--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....

Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El

Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de

sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía

saludó muy formalmente.

De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los

vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro

veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y

notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella

tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca,

tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida,

rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el

triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe

en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».

En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se

aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están

concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son

las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y

siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte

nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,

aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está

durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen

falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La

calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo

disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con

mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un

ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los

precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos

catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son

amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo

Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.

Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda;

aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión

secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré

paciencia».

--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con

cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de

percal.

--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor

voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí».

Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no

se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda.

--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo».

El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama

delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de

una nevada....

--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella,

turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y

clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree

que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos

ojos y en cada vara rebaja un perro chico.

Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a

Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que

podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.

Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no

saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y

les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo

(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en

voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa,

la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo

diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino

las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados,

hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de

las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas

«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una

hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para

satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de

notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se

desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero

defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira

por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo

menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta

la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de

deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las

noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su

misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye

a los que pasan la figura que quiere.

--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.

Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de

su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas.

--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las

eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.

¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se

tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse

mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado,

intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la

honrada clase media española.

Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas

recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la

calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una

flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus

solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales,

detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel

entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel

encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un

estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es

movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste

silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,

cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las

novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía

ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían

más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los

hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con

la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según

pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas,

costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,

estudiantes y militares de la reserva.

Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los

cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía

se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque.

--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día

semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de

víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado

por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan

importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa

de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y

a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa

entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a

su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera

puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.

Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era

don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas

le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura

moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes

y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas

deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su

presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener

idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que

figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar

chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que

la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase

en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que

acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de

talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su

experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero

humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado

con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres

gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no

basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes

_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al

buen mozo».

--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de

hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas

cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos

del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo

que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de

la decadencia....

Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas

técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad

femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No

había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas,

lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco

padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.

Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación

indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía

muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de

la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era

un sabio.

--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido

princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena,

monos.

--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela

que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del

rey_.

--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía

diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen

_físico_.

--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en

todas partes, en el latín de Trabuco.)

Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba

a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la

religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia

y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los

católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a

la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y

catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro

que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni

bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.

Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo

cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido

tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo

eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_,

fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás

ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un

amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó

por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció

excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_

de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;

hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y

precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_.

También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con

papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo

era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no

hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum

natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy

largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz

conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las

mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía

en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el

mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él

solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo

del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran

demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus

ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil

de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se

convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro.

Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir

don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:

--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido

una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no

sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.

Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba

para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo

creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él

también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras

circunstancias; más adelante.

Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba

hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las

clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con

ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni

mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y

por algo se empieza.

--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.

Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por

lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión

oportuna.

--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!

--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.

--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.

Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella

quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero

ella, Ana!

Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar

una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor

no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella

inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar

o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo

lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el

teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas,

que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?

El primer impulso de Ana había sido inconsciente.

Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero

después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía

dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de

sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era

negar la evidencia.

Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos

ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los

vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería

vulgar, obligada:

--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más

distraído.

Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas

palabras, no menos vulgares y frías.

No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si

hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma

contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor

que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si

jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas

partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en

mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de

impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay!

¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada

más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y

escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las

ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería

virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es

decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la

tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único

placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse

tentar!

La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le

parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de

vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría

si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no

debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera

tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en

que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que

le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella,

pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura,

una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...».

Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de

diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin

saber cómo, había acertado.

En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le

había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba

ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta?

¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al

mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.

Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El

farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán.

Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban.

--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada.

--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.

Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la

lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y

sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó:

--¡Qué monísima! ¡qué monísima!

Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin

alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo

importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía

tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza

excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el

más cumplido caballero.

Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,

buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le

pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como

lluvia benéfica en el alma de la Regenta.

--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba

en el día del triunfo.

--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los

caballeros, al ver llegar a Paco.

--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.

--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con

nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la

Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid,

Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida

es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se

empeña. Espera vestida.

--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar....

--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En

fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.

Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.

Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía

a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la

había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en

que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro».

Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy

humilde.

--¿Irá usted al teatro?

--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y

entrando en el patio.

--X--

A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas

por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y

se detenía delante del caserón arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy

mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de

blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con

estrépito.

--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?

--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.

Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que

no era responsable de aquella terquedad.

«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía

su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se

ha molestado usted?

--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he

molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo,

delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.

--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....

Don Víctor instó también.

--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del

teatro.... Es un drama simbólico... filosófico.

--Sí, ya sé, Quintanar....

--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.

--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa.

--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces?

¡Pero si mañana tengo que comulgar!

--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú

al teatro a pecar?

--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj,

temeroso de perder lo de

Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.

Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».

--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa.

--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.

--No señora; es inútil insistir.

Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver

empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.

--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más!

--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches?

Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de

dramas.

Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de

campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con

colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros

días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz

descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un

agujero de tristeza.

Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió

muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los

párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos

a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me

necesitará?».

--¿Querrá algo la señora?--preguntó.

Sobresaltada la Regenta, respondió:

--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.

«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la

Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por

qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?

¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en

aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella

sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de

recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una

pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada

tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que

quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante.

Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que

confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin

miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de

pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su

pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de

malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la

vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de

hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir?

¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus

donde no querían nacer, como Frígilis?».

En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,

entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos

satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era

una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual

suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y

en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a

orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el

Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del

inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de

ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.

Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella

rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del

Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura',

aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen

provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del

tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no

la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo

había dicho Visitación...

«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de

sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro

como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no

había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como

si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso

en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara

suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor;

entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la

cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios

eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur

blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de

panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre

metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a

dormir su sueño de invierno.

Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,

melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo

desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la

niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento

blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente,

sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad

argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas

de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna.

«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia.

Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La

luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los

eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se

acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo

que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin

amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen

macho de perdiz a todas las caricias conyugales.

«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo

había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta

mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si

se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.

¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y

aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don

Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio.

¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado,

sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se

incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos,

el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre,

como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi

negra, muy espesa y con espuma...

«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían

traído.

«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy

pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al

_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó

algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar

cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré

ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al

Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar;

yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de

dentro, lo de más adentro también».

El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó

tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió

de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie

cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio

un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de

avanzada para evitar un choque....

--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó

horrorizada.

Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la

opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos

en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían

la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo

para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:

--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?

Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió

un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el

pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con

el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la

oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.

Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a

tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con

estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.

--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá,

quítame esto que me oprime como unas tenazas.

Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande

como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.

Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había

caído.

Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores,

serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de

vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del

artefacto.

Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;

si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra

idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del

resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para

detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni

Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien

sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran

sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la

sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la

Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda

del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara

sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que

esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del

resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.

Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que

destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que

magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:

--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras

materias incalificables que yacían sobre el piso.

--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto

usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha

hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y....

--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta.

Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama.

--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo

amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de

guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe?

--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua.

--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por

qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!...

¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es....

Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.

Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta;

después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso

sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo

singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar

como vasos sagrados de un culto desconocido.

--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos

pedazos, puesta en cuclillas.

Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su

irresponsabilidad.

Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le

dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que

deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo

aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en

aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros!

¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la

luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los

árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas;

comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía

Petra.

«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena?

¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con

lo que le sucedía a ella?».

«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin

caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas

para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico,

ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias,

cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a

su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero

ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de

la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que

injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y

pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había

llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos

españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta

despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda,

sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y

hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más

relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota

de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca

en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo

ridículo!».

La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la

hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel

modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo

el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en

su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no

había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».

«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la

juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a

que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias

del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y

hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir,

había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese

amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su

luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los

sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí

misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al

despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un

magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que

estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga

de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias

materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo

tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le

sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres

polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de

todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a

criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que

podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el

consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las

palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p.

d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás

decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse

para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello

continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada

otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de

hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto

de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le

sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso

sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero

llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;

le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus

caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo

aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor

irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos;

era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en

Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de

confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era

confesarlo».

«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que

pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,

pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y

caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin

esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas

de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta

el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna

era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su

luz en aquel mar de tinieblas».

«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a

abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin

esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».

Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban

con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la

carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como

despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un

mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas

apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,

la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al

cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y

torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó

en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la

sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se

destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus

encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,

en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en

la sombra.

Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías

de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle

de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de

fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como

las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de

impulsos de que no tenía conciencia.

Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un

bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_.

«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición

fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la

calle o por su cerebro.

Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se

le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido.

«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro,

pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes

de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don

Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus

divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía

vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años

platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel

paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se

le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,

estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma,

atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza

Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al

balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No

importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....

Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el

cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar

en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole!

Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la

calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de

la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a

la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni

aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía

en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,

uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la

puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la

corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una

adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores

triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada

verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor

insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las

mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta,

allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué

haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar

el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y

si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;

pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la

nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad».

Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció,

la adivinó antes.

--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te

espera».

Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La

superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí;

aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta

acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera

vez!

Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás,

por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía

hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído

llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete

con la verdadera virtud; ahora o nunca!...».

--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--;

y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando:

--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no

vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias;

y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la

_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer

sus hojas, su tronco, sus ramas.

Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo

le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la

arena de los senderos.

Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo

pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba,

cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera

perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que

don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por

las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle

aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_.

«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó

seriamente Ana, que no era supersticiosa.

Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al

enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había

despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor

había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a

infestarse.

«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la

obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí!

aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,

era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la

vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo,

la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango.

Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un

conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una

aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.

Lucharía».

Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana

se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró

abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.

La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en

ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a

pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la

égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable.

Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no

había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo

lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le

parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su

mujer?».

--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala....

--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy

nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que

tú me quieras también así.

--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero

decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas

alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría

mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;

pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos

extremos....

--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos

supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata

debajo de una oreja.

--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te

pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo.

Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el

palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que

llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y

hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que

eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire

libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy

resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine

la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus

sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te

pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más

que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando

moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no

me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la

salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal

disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi

pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda

que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este

caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como

si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas

veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es,

todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz».

--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor

amigo.

--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...

--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy

inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....

--Son los nervios, Quintanar.

--Pues guerra a los nervios ¡caracoles!

--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,

y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,

le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio,

que te enamoren.

--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos

veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco

o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones

de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas

de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la

catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el

verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar

el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un

programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La

Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y

Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara

con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de

nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga

que no eres feliz....

--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando

lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo

supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.

Ana tembló, como sintiendo escalofríos.

--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo

me estoy cayendo.

Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto

beso en la frente de su mujer.

Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad

misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le

preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios

le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban

compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a

su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había

tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que

estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no

debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el

verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil!

¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin

distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas

sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el

ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal

quiere quitarme la honra

a obscuras, como el ladrón

de infame merecimiento;

pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con

Tirso de Molina (representando):

A satisfacer la fama

que me habéis hurtado vengo:

mi agravio es león que brama;

un león por armas tengo,

y Benavides se llama.

De vuestros torpes amores

dará venganza a mi enojo,

mostrando a mis sucesores

la nobleza de un león rojo

en sangre de dos traidores...?».

Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a

concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:

Desde que sois mi cuñado

ni de palabras me afrento..., etc.,

cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus

tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos

delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de

jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y

botánico, y otras no menos respetables.

--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta

devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la

campanilla.

Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido....

Habrán entrado los gatos.

--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?

Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de

su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se

transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,

comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la

escena y gritando como un energúmeno.

--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si

no me explica esto.

Anselmo compareció. Tampoco había sido él.

En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los

zorros, despedazada, inservible.

--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero,

señor, quién anduvo aquí!

Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.

Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la

verdad al señor?

--Señora, yo... no sabía si debía....

--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender.

--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta

clavando los ojos altaneros en la criada.

Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza.

Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó

solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas

y colecciones.

--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros

Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar

seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos

Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,

espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.

«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella

casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se

le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una

voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la

reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una

delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,

oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás

había venido a buscarla en el secreto de la noche»...

--XI--

El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy

distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas

primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble

misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le

imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y

devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos,

pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana

estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los

jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba

una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que

daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de

España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino

Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus

secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no

precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo».

Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana

estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se

entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en

un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo

negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y

las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el

brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal

contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el

mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al

aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín

un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la

alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el

zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba

como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante

personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por

sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi

nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato.

Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;

casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la

antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela

gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a

obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la

honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y

de su vida doméstica.

Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en

un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros.

--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía

muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí,

con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la

cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser

insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un

sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el

Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de

Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su

pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está

vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo

se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes

que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela

escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello

fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a

la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato,

muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una

cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor

es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la

moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas

tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde

no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin

funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su

reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el

Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame

calumnia.

--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba

presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para

murmurar.

--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el

señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más

ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un

gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las

fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo,

en Somieda? ¿Y las acciones del Banco?

--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no

ha visto las pólizas; usted no ha visto nada....

--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don

Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el

Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero

ya hablaré!

--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este

proceso.

--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.

--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.

--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién

es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices,

patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta

hostias....

--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.

--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....

--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato

precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son

enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente

Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las

leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el

verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al

que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del

obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que

no necesitan.

--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....

--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de

que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del

Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que

hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....

--Hombre, no sea usted barullón ni embustero.

--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy

obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.

--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para

todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga,

al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio

de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según

él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con

que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el

Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de

comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea

usted un boquirroto y mire más lo que dice.

--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a

usted derecho para desvergonzarse....

--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo

terciando el manteo.

Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se

decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen

humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en

perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal

educado.

--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito....

--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno

libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese

disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar

lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por

ciento.

--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.

--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo

infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que

sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque

le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá

por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?

--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.

--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.

--¡Me ha llamado usted usurero!

--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al

empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y

recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas

de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la

Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,

cuando hay caso, la prima del seguro....

--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....

--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza....

--Como una esponja a la circulación del agua....

--Y los curas son los zánganos de la colmena social....

--Hombre, si a zánganos vamos....

--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un

alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_...

--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la

Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor....

--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor

ciruelo!

--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo

personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por

ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el

depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis

rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver

con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se

llaman _Palacio_?

--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo

le dejo con la palabra en la boca....

--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un

viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un

Candelas eclesiástico.

Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era

demasiado fuerte:

--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no

es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy

generoso, y robaba con exposición de la vida.

Además, robaba a los ricos y daba a los pobres.

--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro.

--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un

pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir.

Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis.

Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se

alejaba iba diciendo:

--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora

rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos....

Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el

paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la

Catedral.

De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos

esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el

segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el

seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los

aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero

joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se

apellidaba Campillo.

A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo

que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias.

No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre,

mientras se soplaba los dedos meditabundo.

Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin

poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada

fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro,

rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no

obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le

asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el

margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas,

cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la

celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto,

dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los

ojos!

--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción

religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,

pero no sin vergüenza ante un confesonario!...».

«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias

espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo

espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?».

El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas,

para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué

sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora?

Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho

antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su

valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel

tesoro.

Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.

--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse

con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba

contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la

entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que

eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no

sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le

indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que

yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a

mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la

piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha

escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa;

pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no

me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será

fácil».

El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello,

de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había

dicho después:

--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al

llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo

aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después...

pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora

como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra

le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre

protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era

orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es

desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es

como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como

no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a

reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan».

El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se

acordó también de que él se había puesto como una amapola.

«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don

Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo

para meditar horas y horas.

Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse?

¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón?

El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad

oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas

importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz

como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco

atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa

ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en

el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e

hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los

importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y

cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.

Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al

tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba

las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido

haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba

a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su

manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando

poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los

ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en

Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía

que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata

flaquezas de todos los suyos.

Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta

los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban

con él o no confesaban con nadie.

A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular,

hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que

había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su

mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde

era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas

de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras

su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía,

acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo

de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los

vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por

lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le

daba hermosos y abundantes frutos.

La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su

propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo?

Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión

de la Regenta.

«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana

cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del

tertulín.

Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre

espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después

espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y

venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya

lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras

mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al

pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el

confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella

quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo.

--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había

notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama?

--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve....

Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los

pecados de sus abuelos desde Adán.

Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo».

El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y

juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan

descomunal noticia.

«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos

horas!».

En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido

pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y

además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de

su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había

oído hablar así.

«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con

aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era

aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada

más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre.

Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que

compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer,

dominar, conquistar, engañar?».

Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se

preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí,

por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había

orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a

sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser

el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde

anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en

las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música

plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de

amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no

soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una

forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder

para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en

más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina,

bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora

que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?».

El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel.

Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales

pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se

puso a escribir.

El último párrafo decía:

«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma

de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día

de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit

Dominus_...».

El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina

del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae

fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos

profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba

y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum

ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de

aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su

Iglesia...».

Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.

«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso

no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La

infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable

de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como

estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....

¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la

batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la

voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica,

parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el

mar».

Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia

entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a

Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando

en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El

tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían

comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con

Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,

legos.

«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas,

con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado

ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como

ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia

de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los

fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando

llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no

aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,

los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que

hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser

impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y

respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!...

Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es

mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en

que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el

templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima

el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal,

¿en qué quedamos?».

El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la

mesa.

--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación

contigua.

El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven

de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente

rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La

palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con

el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos

bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y

noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza

y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon

griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En

esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,

hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un

perfume elocuente de todo el cuerpo.

Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de

la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una

exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no

quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco

consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un

niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura

cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por

si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.

En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante

de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que

darle.

A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el

señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su

aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las

conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por

si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las

muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos

azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la

posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba

que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la

inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media

palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué

habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su

hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una

evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín

continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era

un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella

creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.

Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su

hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la

espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.

--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?

--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.

Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un

poco la boca, y añadió:

--Apostaría... haber oído....

--No, yo no. ¿Qué hora es?

Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo

la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta

coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.

--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas

del trimestre....

--Bien; tráeme el café, hija mía.

Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de

insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior;

también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que

yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras

Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la

mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para

seguir trabajando o meditando.

Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que

era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver

sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.

Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las

encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto

se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes

rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas

en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba

de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba

frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.

Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho;

quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le

permitían adelantar en su trabajo.

Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el

silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del

café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de

nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las

puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación

que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las

sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una

manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,

pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña

Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente

hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.

Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído,

los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las

piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados

colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a

cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las

enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral

seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su

pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de

brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y

mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura,

como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió

a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de

un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre

la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.

--¿Le molesta el ruido, señorito?

El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba

ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta

de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:

--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es

igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.

--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con

voz gangosa y tono de canto llano.

Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de

levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.

El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el

suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de

teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse.

Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los

puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.

Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale

más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba

contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo

currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica

que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan

de ataque.

Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a

tener un alma hermana.

Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una

poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de

Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la

memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a

través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de

sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada

parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la

verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico,

incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué

recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver

con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la

Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo

diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena

social, como decía Foja el usurero...».

Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De

Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le

quedaba de sus reflexiones de poco antes.

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más

fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la

postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos

cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y

fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus

músculos de acero, de una fuerza inútil.

Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de

color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía

gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de

revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras,

cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del

aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no

se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don

Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que

corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al

Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando

odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al

murmurar del Magistral añadían:

--«¡Si yo hablara!».

Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se

acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando

aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo

por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en

el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había

quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de

Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba

muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En

cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de

la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía

siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida

torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y

bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia

de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante

y escultural.

Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el

suelo, con la expresión de los santos de cromo.

--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.

--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?

--Petra, la doncella de la señora Regenta.

Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su

amo.

--¿No dice a qué viene?

--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el

despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin

rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa

en los labios.

El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en

confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y

paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para

que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que

la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas

de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso

arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había

alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo

impidiesen.

Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan

insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan

alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen

recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el

clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura

sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no

reconocerla.

Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El

Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.

--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?

--Sí, señor; su doncella.

--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.

Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.

--¿Y no es más que eso?

--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía

mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o

tardar en entregarla a Usía.

Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:

--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un

recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda

confianza.

Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del

delantal.

--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.

--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.

Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía

él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte,

sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la

imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de

aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con

despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a

atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta

casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la

figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la

madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de

cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza,

atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;

la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos

de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un

contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella

mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del

Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda

angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña

con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una

amortajada.

Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin

disimulo.

--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.

Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:

--Era un recado para el señor Magistral.

Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable

sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,

como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de

la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra

envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.

Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento

de las maneras finas y de la vida de ciudad.

--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a

solas con su hijo.

--No sé; aún no he abierto la carta.

--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien

leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí

mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,

y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo,

sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre

delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios.

Pero su madre era como era.

Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la

mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea

de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba;

pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de

la familia y algunos amigos íntimos.

El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió

disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo

interior, debajo de la sotana.

--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.

--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y

tengo que hablarle a solas.

--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no

será urgente.

--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o

dejar algún recado; ¿no comprendes?

De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.

Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba

su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué

podía decir la Regenta? Nada de particular».

«Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted

antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos

contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.

Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un

momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.

amiga, q.b.s.m.,

La Regenta · 第 10 / 30 题