Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata

como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su

Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,

ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco

tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más

contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro

Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los

mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en

ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las

maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don

Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y

cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos

de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito

original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que

le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de

mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy

holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de

los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier

figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas

compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería

los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La

esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el

peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin

rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha

salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la

mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder

todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de

ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las

queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño

a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la

_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y

sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.

Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la

corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no

venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.

Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas

aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como

virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le

dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen

marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:

--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha

una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para

disfrutar de otras lozanías?

No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:

pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un

criminal?

Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.

Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el

Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas

mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y

esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,

su manera de entender los placeres.

--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y

mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,

Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y

Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le

admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía

bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.

--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la

confidencia que esperaba.

Don Álvaro se encogió de hombros.

--Puede ser que esté ella en mi casa.

--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal

a Paco.

Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:

--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién

te ha dicho a ti?...

--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.

--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido

indiscreto.

--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.

--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.

Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.

El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes

esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron.

Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de

sus emociones.

Anduvieron algunos pasos en silencio.

--¿Qué has visto tú... en ella?

--¡Hola, hola! Parece que pica.

--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?

Vegallana se volvió para mirar a Mesía.

Este señaló el corazón con ademán joco-serio.

--¡Puf!--hizo con los labios Paco.

--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad

de enamorarse?

--Yo me enamoro muy fácilmente....

--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué

quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?

Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas

mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del

Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión

de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de

parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,

ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del

vicio fácil y corriente.

Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba

por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para

damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa

que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin

pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como

el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y

se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones

de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_

que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales

satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera

a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa

que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de

Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un

cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo

sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era

la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.

«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;

pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se

para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras

casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro

y el ordinario».

Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que

Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se

convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La

amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había

dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo

poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;

en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas

pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir

de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a

solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el

seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a

las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo

menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más

a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los

acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de

Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le

aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a

todo Vetusta le parecería indispensable.

Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.

Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué

sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;

¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje

llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía

incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud

absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que

todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con

tales ideas tenía que ser irresistible.

«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.

Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta

la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el

deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que

verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.

«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que

aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era

su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora

con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre

manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un

personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era

otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,

había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en

el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las

cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había

rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el

que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el

Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un

estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así

sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos

con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del

rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían

años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la

carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se

empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la

Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía

que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de

prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia

que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora

de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor

vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta

Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había

conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy

ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y

en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había

que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no

había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que

aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza

y pensaba:

«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy

preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había

Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de

su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido

oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías

parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la

clave.

Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al

gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de

Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante

preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.

El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la

lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo

primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad

era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero

ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta

de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser

para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran

dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales

pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran

antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse

querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el

Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,

constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería

saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de

la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar

honrado?

Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,

y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.

«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La

devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un

cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».

No había más remedio que jugar el todo por el todo.

Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo

esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí

mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la

supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba

más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.

«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y

además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!

¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».

Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que

probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en

la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía

disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo

tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en

corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo

una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.

--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando

alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral

moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica

otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño

se le hace a un marido _que no lo sabe_?».

Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él

estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen

conservador, no la quería en las Universidades.

«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».

Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño

tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la

elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!

Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre

frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo

pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices

delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente

indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si

es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_

Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don

Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante

todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin

embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este

una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por

amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.

«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y

prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».

Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido

entre las mozas del ídem, estaba resuelto:

1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,

de la Regenta y Mesía. Y

2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión

verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las

turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.

--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la

Regenta «porque se lo daba el corazón».

--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es

doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la

otra... no sé.

--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días

Visita no se separa de Ana.

A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.

--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,

como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que

hayas notado en ella, que puede serme favorable.

--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no

era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente

él estaba tan excitado en aquel momento....

Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al

vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.

Era la carcajada eterna de Visita.

--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.

--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer

empanadas y no sé qué mas?

--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?

--¿Y qué hacen en la cocina?

Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,

apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la

casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos

negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y

habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos

y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por

encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la

muerte; del pico caían gotas de sangre.

Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer

el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:

--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...

«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».

--VIII--

El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más

reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y

más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era

el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego

natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don

Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario

creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las

inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como

un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los

blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios

conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si

mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y

licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran

gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de

Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y

daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico

en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los

soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las

aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo

sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,

aprovechando el secreto.

Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar

paseos de muchos kilómetros.

Le aburrían las intrigas de politiquilla.

Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.

Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su

Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de

pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí

estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.

Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían

exclamar:

--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para

manejar pueblos.

--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.

Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.

Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de

un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués

agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por

ejemplo:

--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me

carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y

entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.

¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la

Comisión a una de estas sabias combinaciones!

El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un

partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su

temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en

las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la

redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían

manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio

positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un

puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias

electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.

Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los

pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los

kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba

con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba

a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más

satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se

hablaba en primer término del paseo de Vegallana.

--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en

el campo.

--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...

tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con

nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.

Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas

eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo

y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,

pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.

Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y

medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,

congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de

Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,

y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene

tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería

deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si

se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...

filosofía alemana».

En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese

proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o

cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era

el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos

históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las

calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este

argumento:

--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».

Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso)

no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco

quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los

tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos

lleva una gran ventaja».

La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa

del Marqués, por un rasero se había medido.

No había una casa más alta que otra.

Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos

para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el

Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados

«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la

sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo

que publicó en _El Lábaro_.

La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que

ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy

devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción

consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a

la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco

duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,

mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran

conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al

sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas

las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más

amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de

ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la

nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa

no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y

la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,

según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la

Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes

modificaciones en el salón Regencia.

El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo

diciendo:

--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por

dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran

lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de

vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.

Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del

amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,

y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en

almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le

antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el

salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se

reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,

espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que

entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según

el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal

gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la

libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero

al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al

segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha

manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez

hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada

artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la

anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi

todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,

confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en

entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza

anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como

pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con

los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a

todos los vientos.

La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,

se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía

novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.

La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al

teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran

rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy

frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los

amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía

periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo

intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género

de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves

interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y

un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más

pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no

dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no

lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la

Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un

lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase

negaciones. A veces pronunciaba claramente:

--A mí con esas... que soy tambor de marina.

No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las

costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían

referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.

En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había

pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara

de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante

altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los

demás se quejaban. Era una injusticia.

--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto

ofendidos.

Doña Rufina se encogía de hombros.

--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.

No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una

noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y

llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con

una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y

sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por

discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.

Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad

irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la

llave del gas.

De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado

y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella

escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas

vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta

soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de

las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas

linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba

el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como

temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de

lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos

argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,

pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la

señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de

las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se

entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas

semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas

y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De

noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera

sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero

silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba

sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre

femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_,

le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la

Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las

muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer

compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.

Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los

acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón

amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía

Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.

Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se

respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se

contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:

--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales

una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no

se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.

Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa

donde había tantas aventuras.

Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan

estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el

_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de

confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las

puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.

«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la

Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual

a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,

las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a

las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de

cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y

quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por

ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las

ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún

canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,

aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí

mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A

los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.

La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo

vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con

gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba

Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba

Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas

decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de

_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este

criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces

seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las

conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;

mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y

nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había

habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había

querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de

sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con

franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin

rodeos.

Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no

tomaba ninguna precaución.

--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».

Y añadía siempre lo de:

--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».

Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y

de su tertulia era Mesía.

«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué

prudencia! ¡qué discreción!».

«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un

escándalo».

A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la

habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en

brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no sabía....

--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No

llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser

cauto y después... tu alma tu palma».

Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:

--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a

Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que

tributaba al Tenorio vetustense.

La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir

siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.

En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia

conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores

tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones

seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los

gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de

las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,

delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia

casera.

Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella

casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una

historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de

los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una

garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la

madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.

En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias

dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las

prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los

asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se

parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos

amorosos.

El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.

«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus

tertulios». Él vivía en el segundo piso.

Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco

la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en

_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.

La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien

fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se

morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y

el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de

la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente

nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la

severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.

La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.

--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.

Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes

del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero

de notoria antigüedad.

Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel

museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser

anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba

al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable

Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta

le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas

inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II

del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este

los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los

había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este

argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los

viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de

antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del

Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba

cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios

agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la

silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh

triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,

pero no en polvo.

--¿Ve usted?--decía Bedoya.

--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,

se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los

roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen

más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_!

Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía

triunfante diciendo por la escalera:

--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay

que decirle una palabra!

Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa

a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de

don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera

ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas

cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él

en semejante disposición de ánimo.

Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,

les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose

los dedos llenos de almíbar.

--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita

preparando la merienda?

Visita se ruborizó levemente.

Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito

Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia....

Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto

flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la

cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,

no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.

Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se

habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!

habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.

La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían

sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el

haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había

dado sus órdenes.

--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden

a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.

Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:

--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.

Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.

Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier

amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La

chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en

el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber

visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y

se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba

ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los

estrechos y obscuros pasadizos:

--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra

esa puerta.

Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a

entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los

_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas

prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,

pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el

vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos

porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba

el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las

cortinillas de tafetán verde:

--Pepe que le doy a usted un cachete.

--Hola, hola, eso no estaba en el programa....

--Niños, niños, formalidad.

--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?

--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o

el Pepe de la bofetada.

Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y

trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había

alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los

treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le

decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala

crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había

querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo

era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo

y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún

dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía

creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.

--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí

el otro día.

--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.

--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!

--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.

--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una

alhaja!

--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca

ladrona.

Donde hacía estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del

armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a

ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.

Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una

comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente

Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el

pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,

los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.

Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro

humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios

la perdonara.

El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de

buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía

de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por

lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;

mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos

coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que

viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo

cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.

Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la

merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.

--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?

--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada

más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No

se hable de eso, no merece la pena.

Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su

esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,

pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel

decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de

la nobleza?

Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había

saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio,

sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía.

Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no

guardaba las apariencias....

Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de

golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como

en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría

intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de

materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no

se cuenta tal o cual descuidillo....

Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus

ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles,

tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que

ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el

tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.

Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de

Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía

un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse;

pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se

le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir

esto.

Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que

él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía

nada más entre hombres, y habían de ser discretos.

Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su

conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin

embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones

anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había

fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba

al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!».

Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo

menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a

consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las

relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de

su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras.

En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no

eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,

refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el

momento de entrar allí.

Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria,

y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía

esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí

se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el

lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo

de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza

de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,

capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como

convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas

horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban

preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse.

A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y

dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta,

en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca

medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como

torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la

obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando

un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela

de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una

hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,

esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de

pino, blanca y pulcra.

También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero

que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores

perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo

el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón

despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas

monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos

purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de

retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba

lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los

colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el

cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos

apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras

amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,

montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y

armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más

que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de

la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,

limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.

Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el

bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,

luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en

vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un

gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia

con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que

cría la provincia.

El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué?

¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los

que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial,

_flatus vocis_?».

El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde

todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de

la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz

imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las

tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor

desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y

peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.

No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se

creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el

mandil y se vestía de señorito.

Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos

maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta

montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su

tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,

colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella

irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no

valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén

mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de

protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa,

después le dio un pellizco. Se animó aquello.

--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz

solemne.

Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a

Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo

contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que

su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de

convertirlos en cucuruchos.

Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a

seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro

se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la

merienda de Visita.

Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad,

y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad

práctica.

«¿Qué se echa ahora?

»¿Qué se tuesta primero?

»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos?

»¿Cómo se envuelve esta pasta?

»¿Lleva esto pimienta o no la lleva?

»¿Será una indiscreción poner aquí canela?

»El almíbar ¿está en su punto?

»¿Cómo se baten estas claras?».

A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.

Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era

cosa hecha.

Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con

sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de

la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de

placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición

arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al

cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír

una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al

parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el

mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer

de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía

al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo

le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con

sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.)

Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de

aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera

consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que

gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los

dulces y sustanciales amores.

Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa

intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba

a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades

culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos

antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel

impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un

periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que

pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las

cocineras. Las llamaba marimachos.

Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía:

--Amigo, el que no sea rico que no coma.

Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias.

Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente

habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los

_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El

fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en

las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.

Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos.

Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la

donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron

los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don

Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo

en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de

aquella tarde arqueológica!

La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar

no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo

gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es

que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.

Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en

carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.

Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas

y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy

distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa

libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no

se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en

lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a

obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las

dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.

No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa

en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos

eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y

de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar

sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se

preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a

marmitón.

Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban

sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y

fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía

falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal

blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un

gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una

antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana

con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que

la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana

descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más

arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si

la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese

perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros

rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a

la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.

Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre

con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los

preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un

encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha?

Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en

las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba

hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;

con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada

con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni

a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable

aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía

Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba

o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería

ya. Aquello se había acabado.

Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía

encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y

alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que

guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán

puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la

urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té

superior.

Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones

humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio

de doña Visita.

Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron

a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el

tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija

segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el

lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo.

Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado

para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo

Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma

jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un

placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol

que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía

en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las

bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia;

una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué.

No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y

hasta algo de la comida del Marqués por chanza.

Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en

el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella

segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos.

El Marquesito soltó una carcajada.

--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia.

--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas

partes. Es chusco ¿eh?

Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se

había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se

movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa.

Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor,

siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se

tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran

ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos

en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar;

los arreglos pueden tirar algo más, poco».

--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de

encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en

invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?

--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía

explicarme... y era eso.

Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a

enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde.

Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.

Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los

habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma,

arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro

era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y

don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio,

es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v.

gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo

aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.

La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las

heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el

espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las

demasías eróticas de su fantasía juvenil.

Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con

gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.

Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de

sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de

ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes

y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,

muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían

un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.

--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba

interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de

veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a

costar tu trabajo....

Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.

Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle

de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una

conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a

la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras.

Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía

doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su

amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la

molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel

armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:

«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar

aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La

Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco

tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía

aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la

mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de

pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de

la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues

bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se

separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro,

iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,

desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y

en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en

precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz

de resistir a su antiguo novio.

En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.

Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte

arraigado en él por las dificultades.

Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el

placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.

--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.

--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla

uno como puede.

Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación

humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy

interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)

--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.

--Sí, eso a la vista está.

--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo

que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el

cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y

poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!

--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita:

--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los

ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...?

--¿Verdad que tiene razón Frígilis?

--¿Qué dice ese sonámbulo?

--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.

--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la

cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con

la barba redonda y pura....

--¡Hola, hola! ¡el pintor!

Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero

aventado.

--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!...

--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.

Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en

la garganta, dijo con voz ronca y rápida:

--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella

frase.

--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo

cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta

sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el

capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés

americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos

que vinieron el año pasado?

--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso

parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si

las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce.

¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de

lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la

remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas

subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado

y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las

almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los

ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese

estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el

de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;

el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis

inventado toda esa farsa.

Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió:

--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto.

--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los

brazos....

Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a

un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las

turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como

decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas

veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos

diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las

más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen

masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de

Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.

Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo

amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,

los criados, el casero... ¡diablos coronados!».

Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que

hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con

entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás:

--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene!

La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado

de lo que era aquella otra ¡y no había comparación!

Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como

una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas

que saltaban de los de Visita.

--Pero te ha de costar mucho trabajo....

--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse.

--Ella tragar... ya tragó el anzuelo.

--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con

una tajada y dejar el pez en el agua.

--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo.

--¿Quién te lo ha dicho?

--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo

sabes?

--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...

--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo

está ella... para echar mis cuentas.

--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión.

Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron,

que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor

es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre

todo. ¡Pasa unas encerronas!

--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada.

--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de

ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de

conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que

tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más

atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los

gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en

último caso ¿qué? Su alma su palma.

--¿No eres su amiga íntima?

--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro

de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.

Por ella no sabré nunca nada.

Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al

Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor.

--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir

al confesonario.

--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.

Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que

no era devoción.

--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé,

arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.

Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está

enamorada, Alvarico, no te quepa duda.

Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una

fe en sí mismo aquellas palabras!

No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir

Visita.

Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos

músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz

temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.

--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros;

hablemos de nosotros. Estás guapísima....

--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)

--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....

--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de

placas de acero.

--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?

Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la

calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel

silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.

Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba

seguro. Se aproximó más a Visita.

Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco,

que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro.

--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió

húmeda y pegajosa.

--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la

Marquesa.

La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de

azúcar en la boca.

Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras

de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban

al riñón».

Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que

aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.

Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una

señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía

de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto

estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la

cabeza.

--Anita, Anita--gritó Visitación.

Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.

Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella

era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita

y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se

difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a

sus ideas.

Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin

turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco

y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la

expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera

dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto

aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué

hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado

aquella mujer?

Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de

dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire

grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su

admirador y mortal enemigo.

--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo.

--¿Con el Magistral, por supuesto?

--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No

subes?

--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin

cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.

--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la

Regenta con los ojos de pies a cabeza.

Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí

de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.

Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y

siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de

Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le

habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de

aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,

confundido con el deseo.

Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía

por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló

la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:

--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al

oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió

muy seria:

--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!...

--IX--

En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el

palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,

de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa

hasta el tejado por las paredes.

Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío.

Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de

resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba

ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y

relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados

golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus

visitas de despedida, próximo el viaje de invierno.

--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....

--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa.

--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados....

--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres

de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin

que encontremos a nadie?

--Pero, si estará todo húmedo....

--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado.

Anda... vamos, Petra!

Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como

una mística que solicita favores celestiales.

Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de

aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y

desconfianza disimulados?

Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de

azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar

deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el

acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación

insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para

todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni

propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un

viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su

atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo

envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy

callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.

Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora

estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se

le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita,

discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto.

Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde

húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,

pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del

ama. Otras habían empezado así.

Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la

carretera de Madrid.

--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de

Mari--Pepa.

--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco;

todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente.

Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que

parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos

oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los

lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.

Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles

que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles

azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los

rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana

entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por

aquella frescura del suelo.

Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho

se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme

cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie,

varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas

las hojas solitarias de sus extremos.

--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda

más hoja que la más alta, la de la punta....

Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a

coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el

vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza

al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala

fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser

calladas.

Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.

«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse

con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y

reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos».

La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las

últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en

monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por

supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para

la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros

caminos solitarios sabían.

Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos

castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de

iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se

veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más

escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se

levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la

naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,

desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente

otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban

contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el

Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico

sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol

sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del

cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.

Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra

a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por

luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto

del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los

prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no

cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos

en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas

secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban

dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por

donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la

corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una

nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los

pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,

barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto

llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la

zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre,

pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente,

como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto

y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la

atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la

_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó,

sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha

tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a

buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella

misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había

vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que

el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la

adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y

todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad

piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba

todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por

tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había

dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al

pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de

usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los

desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de

prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del

Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito;

ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares

que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los

libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted,

hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego,

como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,

pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?

¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río

va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y

que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a

tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo

los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin

pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la

arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con

su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de

avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete

blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no

arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se

viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras

dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su

corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella

había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con

los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella

terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa

historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece

que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no

puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está

el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo

que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí

está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte

de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de

utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que

es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El

Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes

establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras

protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es

esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz.

Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella

acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene,

como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico

higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que

oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica

para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se

engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta

los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y

mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una

conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y

descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía

racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar

a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso.

Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de

ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como

lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido

religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan

y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se

desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el

sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta

el pormenor menos importante del rito».

Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta.

¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había

atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría.

Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y

se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste,

que tenía el don de parecerse a los pájaros.

«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina

que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había

sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de

memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su

eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres

Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro!

¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro

temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un

temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta.

Esto era completamente nuevo».

Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como

a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado

autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo

palabras técnicas se guardaba de explicárselas.

«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello

había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la

cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso

enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un

imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de

las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda

ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;

pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más

que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,

si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era

menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la

_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De

Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además,

era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado;

el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres

los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la

vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la

virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su

patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se

conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,

pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede

aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la

Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan

pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no

recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el

deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las

artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras

históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y

ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué

no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí

mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se

encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.

Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los

débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de

fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste».

El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero

ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas

bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción

vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una

rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus

ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la

sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y

verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para

otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha

tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales

asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda!

De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había

hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos,

necesitaba conocer la mujer».

Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la

absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro!

--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso

pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar

las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,

pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,

personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo

hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía

haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a

don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho

y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber

especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien

absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún

modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de

tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor

plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una

alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche

pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema

nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor

dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio

dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas

morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de

la virtud.

»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa,

llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro

del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto

garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus

pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud!

»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el

Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo,

nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era

lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese

pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y

volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro,

radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad.

Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,

detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le

había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío

fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un

charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las

tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas

de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se

rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.

--¡Petra! ¡Petra!--gritó.

Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella?

Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa,

que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su

vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había

estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.

--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una

impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.

Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.

Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan

ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio

que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.

Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de

inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la

doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más

adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a

verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para

calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde

ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué,

sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el

molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a

Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la

fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,

revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué

había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí,

obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de

Ana, a su pesar.

--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa

cuando ya estén encendidos los faroles.

--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la

fragua de tu primo....

--¿Qué fragua? Es un molino, señora.

A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación.

Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz

amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas

polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard,

nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.

--¿Cómo me has traído por aquí?

--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la

calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas

calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de

galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de

tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba

orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y

por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde

también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor,

_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el

trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era

difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,

planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,

zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar

otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del

Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras

con estridente sonsonete.

Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia;

imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las

conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían

caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a

poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad

solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una

alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la

«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de

los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su

cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada

cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho

algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se

pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los

grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda,

carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no

por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los

remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con

las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a

bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se

paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los

grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un

estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando

un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el

sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al

volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas,

suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo

concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos

improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y

acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban

sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque

había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que

hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni

siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria

perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas

mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero

todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El

estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos

silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel,

oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír

como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa

alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El

obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin

causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.

Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía

salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;

era la hora del correo y aquel el camino de la estación.

Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más

osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza

bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y

respeto.

Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana.

--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una

alabanza espontánea, desinteresada.

La Regenta · 第 9 / 30 题