embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo
todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en
que era indispensable dar instrucciones a la chica.
Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero
una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la
tertulia íntima de Vegallana.
--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado
en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las
Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)
--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna
de ustedes. Cuando voy sola....
--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero
de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra
la tertulia de su predilección.
--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.
No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería
más claridad y replicó:
--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco
fina la sociedad de Vetusta?
Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había
disgustado.
--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se
figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....
--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.
--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una
cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse
tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
todo. Tú eres de la clase.
--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....
--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en
pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.
--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su
propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de
remordimiento, como el del artista que se equivoca.
Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos
hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con
ten.
--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una
niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
experiencia, por lo que se observa.
--Eso es; por lo que observamos en los demás.
--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
necesario... un ten con ten especial.
--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú
habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más
estricta y meticulosa... eso, decencia.
--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.
--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la
clase, ya es otra cosa.
--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,
por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.
--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos
tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de
pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
escandalizarte, ni darte por ofendida.
--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.
--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
inocencia te sirve para tolerar todo eso.
--Así hacen Pilar, Emma y Lola.
--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....
--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la
juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;
déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna
cosa....
--Es una falta de educación entre la clase....
--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de
ellos....
--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de
haberlo dicho.
Doña Águeda sonrió.
--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en
pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
--Eres muy orgullosa--añadió.
--Déjala; el que no se consuela....
--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides
lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no
menos elogios del público que tu palmito y buen talle.
--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido
de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.
Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana
trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella
hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana
era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la
esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de
esbelta, porque era delgada.
Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,
que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían
en la sombra un embrión de aquelarre.
Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que
no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre
concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la
observación en cabeza ajena.
--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al
matrimonio.
Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.
Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña
Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa
pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no
había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de
las sábanas.
Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;
pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían
su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda
Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,
con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de
Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un
porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado
hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no
vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación
aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de
que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba
debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban
más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella
carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
solemnemente las viejas.
Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida
trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera
decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.
Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel
misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la
falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo
defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este
el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se
le había cortado de raíz.
Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si
hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente.
Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
solteronas. «¡Una Ozores literata!».
--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en
efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su
célebre carta».
El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la
aristocracia y del cabildo.
El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
declaró que los versos eran libres.
Doña Anuncia se volvía loca de ira.
--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....
--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos
no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna
literata que fuese mujer de bien.
Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido
por una poetisa traductora de folletines.
El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.
--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,
aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben
ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.
La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular
deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella
lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería
las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría
ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y
recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado
allá en sus verdores, ricos de experiencia.
Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y
engañada por la vanidad.
A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del
delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus
penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma
no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba
en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.
Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en
Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que
Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
jóvenes desairados _Jorge Sandio_.
Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún
se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera
descubierto.
--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el
baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.
--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala
intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que
yo.
La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un
idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo
pasado.
--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado
baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues
hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_.
Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la
opinión: la literata era un absurdo viviente.
--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no
escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y
desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos
aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero
como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran
incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se
refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para
tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio
criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de
arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató
de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas
interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba
a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en
efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel
marquilla.
Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud
efectiva.
--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase
media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».
--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre
plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos
tienes». Eran dos orgullos paralelos.
Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.
La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con
sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las
vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
bien.
--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta
ahora».
Y continuó:--«Esa será una de las primeras».
Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en
medio los ojos de _la sobrina_.
La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y
ceja.
Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no
era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con
elegancia... el menos tonto sin duda».
El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:
--«Se ha ido el menos tonto».
Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en
cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su
recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».
El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como
quien oye llover.
--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.
Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones
improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo
para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te
hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.
El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la
señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor
Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,
hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia
sabía algo, impondría al novio sin más examen.
--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;
Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia
inmortal: _El sí de las niñas_».
Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio
soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,
en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas
las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y
un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las
pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas
morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,
y la despreocupación en materias supersticiosas.
El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a
saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.
«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las
suyas_».
--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy
cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
antiguo es lo que hay que ver.
Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a
escondidas.
Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el
sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don
Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al
día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.
Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.
La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le
pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las
preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.
Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba
que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,
inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello
era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se
reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.
Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias
palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en
tomos como casas.
A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de
los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de
moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,
sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:
--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro.
_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la
fragilidad humana.
Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la
adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más
adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo
todo.
Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había
adivinado en Anita tesoros espirituales.
--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y
por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.
Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las
minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
el arbolado.
--Deje usted la flora, don Tomás.
--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer
orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese
caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena
no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.
--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que
la niña....
--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme
motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad
que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las
raíces... pues es lo mismo, el alma....
Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
muchacha de Vetusta.
Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para
recomendarle al señor Quintanar.
«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como
los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto
que los cuervos duran siglos».
Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de
Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones
que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor
aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía
Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará
más pronto... ya verá usted como pica....
Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.
«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».
No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de
Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como
Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.
Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?
¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para
esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
Víctor, tampoco debía casarse con él».
Consultado Ripamilán, contestó:
--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le
agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.
Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».
Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró
convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San
Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que
atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso
de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el
teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen
conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz
a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano
y amigo».
Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro
era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a
vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San
Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de
las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge
Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
nuevo antojo.
Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún
_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.
«¿Por ventura las demás eran unas tales?».
--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su
marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.
No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron
las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente
era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor
_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio
a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió
herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas
para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo
presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la
sobrina.
Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y
terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie
al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La
Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó:
--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho
por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes
(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos
perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra
ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que
vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.
--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este
sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo
que se trata.
--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.
--Todo.--Sí, todo, querida tía.
--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera
de aquella locura del monjío....
--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás
quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....
--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....
--Y como nosotras no podemos más....
--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....
--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico
del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.
Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;
no se atrevía a dar una negativa categórica.
Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco
que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la
pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y
contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había
momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en
la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas
salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.
Doña Águeda misma estaba horrorizada.
La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de
aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a
leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién
dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el
palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la
mesa; todo lo había comido la niña».
Ana escribió a Frígilis.
Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de
la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la
mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».
«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería
llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
mediocritas_, como había dicho el latino».
Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la
cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.
Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que
a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las
condecoraciones.
Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba
fascinada.
«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de
Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
camisa».
La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su
sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
de la nobleza, de la clase».
Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.
La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:
--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía
una boda loca.
La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.
Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía
por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.
Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis
tenía lágrimas en los ojos.
--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un
pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta
de Vetusta, Anita.
--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.
--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.
Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.
Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a
obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los
mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil
de don Carlos.
--Y ella va contenta--decía el barón.
--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a
arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia.
Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de
aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.
Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de
verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.
Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre
que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don
Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.
Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado
tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por
su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la
cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso
abandono:
--Sí, sí, el primero, el único.
«No le amaba, no; pero procuraría amarle».
Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido
atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos
gritos de la despedida.
Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado
de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los
años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido
en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados
de gorriones y jilgueros.
Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había
puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.
«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;
pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
adocenados».
Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado
un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.
«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno
de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias
que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido
en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
y se hacen jugadores.
Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los
que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.
«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en
Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el
héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San
Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien
nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
escogida...».
«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la
muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que
rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al
lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».
Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de
viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,
algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca.
--VI--
El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida
por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios
jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de
la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el
Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de
abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas
y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía
trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de
residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.
Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;
lo demás se confesaba que valía poco.
Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la
policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía
creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener
los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les
había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.
En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que
entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había
visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien
interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la
Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de
la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.
Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,
todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,
con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como
decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas
generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente
dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes
personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de
oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba
la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de
reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes
estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:
siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las
tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las
entrañas de la tierra.
Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda
alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los
más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un
culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga
pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún
joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este
culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.
En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al
_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque
jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era
famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de
Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron
aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,
tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.
Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para
pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos
que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado
está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un
mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo
durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado
provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo
vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de
su pueblo no le divertía.
Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,
sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban
muchos forasteros, casi todos empleados.
Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí
muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
solía oírse frases como estas:
--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.
--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues
miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por
una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los
temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y
miedosos como palomas.
Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
necesaria.
Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
el del Ayuntamiento:
--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.
Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.
Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos
instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo
jamás profanado por ríos de sangre.
El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y
no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en
un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban
representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la
_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo
de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado
en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían
no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida
radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de
Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones
inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,
pero la llave de aquel departamento se había perdido.
Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.
--Sí señor, la crónica de Vetusta....
--Pero ¿usted, sabe que está ahí?
--Sí, señor, ahí está...
--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay
costumbre....
--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media
vuelta y marchaba a paso de tortuga.
El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales
pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos
en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.
--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.
Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
la pared.
De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos
desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran
cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de
las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les
ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos
libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos
Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el
_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de
lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba
de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que
desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un
pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El
conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les
guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y
solía negarse a mudar las plumas oxidadas.
Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos
lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
amantes del saber no leían más que noticias.
El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de
lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a
Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.
Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y
arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho
que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,
sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo
era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_
sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria
cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
administración pública.
A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:
escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más
contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de
Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía
en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era
nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.
«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y
alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta
la rendición de Metz.
El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.
Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en
seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían
publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había
mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que
en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy
señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos
versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz
pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin
pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de
un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».
Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico
reaccionario de Vetusta.
Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba
sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía
fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.
--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.
Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no
la habría.
Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:
--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto
que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos
reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible
o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....
Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,
en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la
noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
parte se ha escapado con los fondos.
Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la
servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal
fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como
pelotas, de tijeras en tijeras.
Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos
lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y
los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los
ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del
billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
el ingenioso buen humor de los señores socios.
A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a
dormir a la conserjería.
Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en
traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al
estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,
tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,
escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a
la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía
echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que
hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,
era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había
perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido
un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser
elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la
necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran
sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en
otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de
la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los
vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y
el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le
antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a
ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades
científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en
la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era
un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo
sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le
daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes
generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo
sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera
conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,
como en efecto las había perdido el general inepto.
De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,
estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón
inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,
pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con
aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le
antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.
Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de
Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,
el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,
necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!
Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero
no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en
puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso
manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo
había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.
Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.
El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más
concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y
escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se
perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía
perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como
decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo
no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
de este género en la prensa local?
Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por
ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el
mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente
que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la
impúdica _scortum_».
Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los
socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese
la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más
decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores
vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de
perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,
recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,
como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el
tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,
los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
todos los gustos, todos los temperamentos.
No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado
patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La
religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición
al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los
socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el
filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum
teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_.
La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se
manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino
portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,
liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro
de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás
llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un
jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida
novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como
decía Bermúdez.
Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los
porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o
diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en
Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a
ella asistían personajes importantes de esta historia.
Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al
gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el
respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de
la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba
entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la
llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar
café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un
aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los
hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,
sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de
lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de
una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de
señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de
animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor
fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay
inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros
irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se
refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en
lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:
--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era
hermana de....
Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los
vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:
--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.
La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las
conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los
socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos
los que recordaban, menos uno.
También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.
A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más
grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella
especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.
No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos
o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático
estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.
Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros
civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero
siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar
a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía
jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros
personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,
cuando él no podía dar sus paseos.
La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.
--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del
rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.
--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.
--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
reales de la provincia.
--Únicamente cuando viene el señor Mesía....
--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.
--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
Economía política.
--Yo también creo en la Economía política.
--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien
he conocido.
Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba
tierra encima y a callar todos.
En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal
y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de
los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.
--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el
Magistral no ha querido confesar a la Regenta?
--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la
capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.
--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.
--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el
Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy
colorado.
--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.
--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a
Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de
Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.
Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro
se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
respaldo en la mesa, dijo:
--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don
Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....
--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del
clero--. ¡El secreto de la confesión!
--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.
Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.
«Aquello era demasiado».
«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un
imprudente aquel sietemesino, sin duda».
--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere
ponérselas; lo cual es muy distinto.
Todos negaron la probabilidad del aserto.
--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!
El pollo se encogió de hombros.
--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».
--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que
ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el
Magistral y la confesión?
No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de
los curas.
--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.
--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del
deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.
--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía
bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de
cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en
salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y
el Magistral sabe mucho de eso.
El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.
Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.
No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro
cuesta, pero al fin se tocan los resultados.
El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía
la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de
sus gestos y acento.
Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en
ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía
pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.
Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de
la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel
año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades
flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer
más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de
semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había
hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los
elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que
era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.
Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que
era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.
--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,
digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que
es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et
nihil humani_...
No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de
quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.
Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el
pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios
que le costaba aquel enemigo.
Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que
había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando
algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y
cantó, o _se_ cantó, como él decía:
Ábreme la puerta,
puerta del postigo....
--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!
¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido
irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido
mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas
pisadas que hacían temblar el pavimento.
--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
pálido.
En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios
fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a
Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la
carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que
Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.
Una vez le preguntaron en un examen:
--¿Qué es un testamento, hijo mío?
--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.
Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica
que él no comprendía.
Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el
Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser
hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.
Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del
Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si
nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el
vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en
adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía
que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.
--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo
en las botas».
«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el
poder.
--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».
Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra
cosa que no pertenece a esta historia.
Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la
frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía
siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él
animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar
que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que
miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
daba escalofríos.
Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que
se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía
muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen
oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la
finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban
las manos.
Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un
enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los
balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.
--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!
--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que
valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!
Así entendía él que servía a las Instituciones.
Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.
Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia
para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y
leían más periódicos del día. Y se dijo:
«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.
Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo
nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por
supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el
Hipócrates de la provincia».
Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó
Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.
Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con
atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo
procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.
Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba:
--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los
terrenos!
Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
el tropo y en el garrote y se diera por vencido.
Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más
bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.
Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le
convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos.
Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos
invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con
el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.
También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando
sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde
que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.
--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del
adversario.
--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?
Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del
peón que debía ir a reina.
--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,
dándose un puñetazo en el pecho.
Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.
Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el
peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de
Pernueces.
--VII--
Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín
imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,
Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran
amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del
marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.
--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.
Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en
hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.
--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada
en el muslo no muy lucido del sietemesino.
Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven
para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De
nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre
tienen algo que decir de los infelices provincianos.
--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
era hoy la víctima.
Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu
fuerte en el francés de Trabuco.)
--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don
Fermín.... ¡Je, je!...
Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.
Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.
El señor Orgaz se atrevió a murmurar:
--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión
personal!
--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su
valor en este rasgo de energía.
--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
cuestión personal.
--¿Pero qué cuestión?
--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.
Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le
echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo
que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.
--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!
Ni él mismo sabía lo que exigía.
Foja se encargó de poner las cosas claras.
--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien
pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.
--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió
halagado con la suposición.
--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
de juicio la virtud de esa señora tan respetable....
--Pero ¿qué señora?
--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.
La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables
del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba
demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le
enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos
prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el
señor Ronzal....
--Es Mesía--interrumpió Joaquín.
--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la
noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
cuentos a un establecimiento público....
--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.
--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y
eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz
hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera
de sí al bárbaro de Pernueces.
No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y
dijo:
--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara
a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños
crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
escandalizó a los señores del rincón obscuro.
--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
puerta.
--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!
Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso
Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con
los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco
Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el
café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del
corro. Quería decir que callaba por pura discreción.
Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía
en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le
sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba
muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía
el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en
perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en
inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente
del Casino.
Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el
valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que
confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el
Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,
su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno
modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz
e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable
patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al
Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese
adquirido de mala fe.
Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico
también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.
Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y
sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la
sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde
el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro
para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que
no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera
enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.
¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel
_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero
candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían
sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos
del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía
supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de
su enemigo.
Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía
al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera
del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y
si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin
ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba
las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de
una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía
paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el
movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de
mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o
deshonrada cuando menos.
Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba
haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una
vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama
para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción
ronzalesca.
En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda
mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.
Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.
Negaba las conquistas de Mesía.
--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando
las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la
moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.
Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la
murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo
diría.
Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.
Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de
Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y
le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas
cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él
le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase
en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un
favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el
otro lo supiera.
Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres
casadas.
Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad
presente, debida a la restauración.
--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
el alcalde, con su malicia de siempre.
Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:
--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....
--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo
hablara.... Además, todos ustedes saben....
El que empleaba estas reticencias era Foja.
--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no
es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.
--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.
Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no
Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,
Joaquinito y otros dos.
Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del
Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era
la simonía».
El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar
la palabreja.
Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales
del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso
el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
Obispo.
--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice
de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus
relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y
conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas
esas calumniosas especies.
(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)
--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.
--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de
don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,
y que don Manuel autoriza esto, y....
--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.
--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?
--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró
aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable
sonrisa.
--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se
convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por
todos conceptos.
--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.
Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo
contestar al liberalote.
Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero
también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.
--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la
provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha
hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de
Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de
Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más
vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,
que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.
El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía
al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La
libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.
Todavía era más usurero que clerófobo.
Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan
desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.
¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar
de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su
papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;
y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja
le constaba que no le quería bien ni mucho menos.
--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él
hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha
dicho.
--_Vox populi_...
--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a
Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.
--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la
presencia de don Álvaro.
--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....
--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.
Y cogiendo el sombrero añadió:
--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.
Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don
Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.
Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará
usted... aquella palabreja.
--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...
--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.
--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado
unos callos....
--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que
hay en la biblioteca.
--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
frecuentes.
--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
aplastar al de Pernueces.
Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que
tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más
bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.
--¡Qué callada! ¡qué callada!
Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.
--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.
--Nada, señor Ronzal, no parece.
--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio,
queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.
Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.
Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de
Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre
un diván y gritando dijo:
--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.
Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:
--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la
cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe
cómo se arreglan estas cosas.
Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:
--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a
dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario
será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....
--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....
--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la
avena con la Habana, donde hizo su fortuna....
Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la
avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.
--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.
Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal
objeto de burla general, le puso muy contento.
Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de
don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la
economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de
energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de
vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había
diccionario. Pero ya que Foja lo decía....
Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la
noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
trasnochadores.
La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas
ocupaciones.
¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían
interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de
amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió
espiarlos.
Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El
Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.
--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?
--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes
razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.
--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene
usted en asedio a la viudita?
--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.
Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.
Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque
ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz
sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
no.
--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien
reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo
en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las
carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...
_Pauperum tabernas, regumque turres._
Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:
--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?
--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.
--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....
--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en
la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas
partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a
mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,
para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué
cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se
disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación
para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
de la otra....
--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...
ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.
--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales
circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....
El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
¿Y él?--añadió.
--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue
a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las
suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....
--¿Qué contestó?
--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta
de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería
feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas
bromas y se despidió.
--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.
--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.