«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa.

¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo

aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no

sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».

Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el

fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había

tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño.

Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en

tapiz miserable!

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien

pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul

con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don

Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez

podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no

habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,

hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las

manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,

y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de

la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en

una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni

confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de

distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del

aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había

creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.

Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella

blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana

y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que

corría desde la cintura a las sienes.

--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda

la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta

mojar la sábana.

Se acordó de que no había conocido a su madre.

Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.

«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la

mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada,

fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de

tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,

después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y

pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora,

acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.

Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella

podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía

de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían

pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había

tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su

memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo

aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de

acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba

todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a

quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a

levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de

blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana

sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían

oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la

chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un

perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué

habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre

las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el

lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.

En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de

yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por

buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de

caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que

quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca

de su oído:

Sábado, sábado, morena,

cayó el pajarillo en trena

con grillos y con cadenaaa....

Y esto otro:

Estaba la pájara pinta

a la sombra de un verde limón....

Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que

arrullaban a sus hijuelos....

Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de

su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban

dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no

tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación.

Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y

le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel

angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a

obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza

interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las

injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.

--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo

avergonzada.

Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el

tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer

con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a

ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres

hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía:

--«Los parajes por donde anduvo...».

Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas,

pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de

Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes

por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos

lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de

examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se

acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que

había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca

con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y

cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de

noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó

la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de

Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba

solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la

barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco,

como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de

la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían

allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna.

--¿Tienes frío?--preguntaba Germán.

Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría,

detrás de las nubes:

--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él.

--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la

arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.

Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia.

Tenía papá en Colondres y mamá también.

--¿Cómo era una mamá?

Germán lo explicaba como podía.

--¿Dan muchos besos las mamás?

--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy

grande.

--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en

Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con

el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se

llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía

criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña

Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy

maliciosa».

Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los

vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba

matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,

ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la

puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un

barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún

marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el

viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos,

pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una

tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.

Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al

atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño;

Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua

blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había

pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces,

desde la otra orilla, le llamó y le dijo:

--Chito, toma, ahí tienes eso.

Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca

mojado en lágrimas.

Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando

estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del

hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque

y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos

llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto

un prado de yerba muy verde y muy alta....

--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán.

--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol,

que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al

otro lado de la ría.

--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el

diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las

palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado

y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.

Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que

gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca

en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El

barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel

hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban

buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña

Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya

cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero

ella no lloró.

Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por

temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le

dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente

el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños

se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo

diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había

sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una

noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,

tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a

Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en

el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que

habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se

habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha

se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por

el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros;

pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para

contarse cuentos de dormir.

Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la

historia.

¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la

ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su

madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no

entendía aquellas palabras.

Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la

niña.

--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.

Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas.

Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y

sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a

ella, pero nunca quiso dárselos.

Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó

unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho,

acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había

cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la

hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que

no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por

malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban

como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y

querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A

Germán no había vuelto a verle.

--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los

once años, irás a un colegio de Recoletas.

Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir

de Loreto, ir donde quiera.

Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien

de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los

pecados que la atribuían a ella....

Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se

sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha

pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas

bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha

quedó arrugada a los pies.

Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron,

a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.

--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro

género.

Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto

de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había

impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética

misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:

--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días

están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más

grande que cualquier aventura del mundo».

En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada;

protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué

vida tan estúpida!

Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se

irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no

compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber

voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro

Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni

más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los

balcones de Rosina:

_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte,

frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de

fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su

cuerpo ceñido por la manta de colores.

Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la

aspereza de espíritu que la mortificaba.

--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole....

Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don

Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey

Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella

imperiosos, imponentes.

Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la

mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....

_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su

sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una

corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro

también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía

más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban

destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y

oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy

espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y

familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.

Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores

depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al

cuadro disolvente.

Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el

anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía

bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le

estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí,

estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de

la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a

empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que

por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi

desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente,

el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la

mano.

--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era

el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato

nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le

estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le

enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió

a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y

azahar.

Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida

esposa; padecía la infeliz, pero no era nada».

--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.

--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí.

Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la

frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y

derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor

exclamó este:

--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en

agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue.

En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una

ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila.

Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su

traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de

lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al

cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran

encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que

sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes

debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia

azafranada....

Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza;

sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo.

«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!».

«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y

tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez

envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le

daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.

No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en

situación de cuartel».

Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos

brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala

contigua esperando órdenes.

Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese

aquella poca tila que quedaba en la taza.

¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto

de sueño, pero tranquilo.

«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había

asustado».

--Que no, hija mía; que te juro....

--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó

enérgicamente.

--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de

amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de

los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al

Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le

llamaba.

Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita

no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su

querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre

tranquila y armoniosa.

--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la

cabeza en el pecho del marido.

--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la

fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido

pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis.

--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de

descanso, me dejaría volver a la cama».

Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora

tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de

proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre

juntos Víctor y ella.

--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas

hablando....

--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.

Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al

cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don

Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se

atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con

la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y

Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar

o llegar tarde a un madrugón por el estilo.

--«Sálvense los principios»--pensó el cazador.

--¡Buenas noches, tórtola mía!

Y se acordó de las que tenía en la pajarera.

Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente

de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la

izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con

una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas

zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del

caserón de los Ozores.

Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos

anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un

momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente

llamó a una puerta.

Petra se presentó en el mismo desorden de antes.

--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?

--No es eso, muchacha--contestó don Víctor.

«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi

desnuda?».

--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don

Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames

si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....

--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a

llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos

provocativos.

--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.

Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la

espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo

apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella

chica.

Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo

su majestuosa marcha por los pasillos.

Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:

--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente».

En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó

suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el

sueño de los justos.

Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la

palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad.

Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que

movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma.

Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos

murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto.

Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin

vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros

encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente

en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado

el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la

mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a

Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje

africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su

jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó

extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco

antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la

naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de

espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de

Vetusta.

Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas.

En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y

ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea.

A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba

ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por

no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro,

muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad;

no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera

saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las

tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico,

dulce al cazador, de la perdiz huraña!

No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar

el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue

acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio

mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo

del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó

en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie

interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y

recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices,

tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la

completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad

doméstica, por lo que toca a la concordia.

Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura:

--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza

la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre

feliz en mi matrimonio».

Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En

cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de

Frígilis.

¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y

despertaba en el momento oportuno.

¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que

tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de

la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó.

Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba

especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las

costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y

mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del

puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones

tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le

llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y

sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había

discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros

portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como

«El médico de su honra».

--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna

de castigo....

--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese

absurdo... yo le doy una sangría suelta.

Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos,

con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender

fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.

Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir

en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse

al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado

el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de

aquella España de mejores días.

Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que

en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones

fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al

seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.

--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el

estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.

--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso

trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios

que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en

décimas calderonianas.

Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un

atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con

la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la

espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por

el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los

numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con

tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser

poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar

a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el

manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco

pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por

el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi

nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del

honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico;

nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le

habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que

se creía irresponsable.

Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver

cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que

pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era

Frígilis!».

Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,

desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los

pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la

independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que

ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no

continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una

calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente.

Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol.

Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de

aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a

ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,

que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su

alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general

respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En

Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita

la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de

los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban

buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,

bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal

vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro

que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la

adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella

lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde

Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.

Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas

a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que

era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara

contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le

pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en

carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego,

se quedó dormida dulcemente.

En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador

de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una

orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a

Frígilis, su amigo....

--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su

esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella

piensa!...

Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni

alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con

gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa

bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo

era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.

Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el

balcón, lleno de remordimientos.

--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis.

No había amanecido.

--IV--

La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el

tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la

ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan

ilustre linaje.

Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de

Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su

padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama

principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.

El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que

heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso

de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas

batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó

duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a

coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,

cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue

perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:

prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales

ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo

se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos

amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que

ya no es joven.

Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con

una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin

cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se

quedó sin ella.

--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón

de Vetusta.

Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.

Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.

--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio

desigual.

--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas

implacables.

Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,

que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista

italiana, su cuñada indigna.

El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron

en otra carta fría y lacónica:

«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que

pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta

nobleza».

El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen

viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la

misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin

contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio

para que no se derrumbara.

A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su

hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la

rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente

para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la

suerte de su hija.

Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,

como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la

pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho

masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de

negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la

aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.

La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se

dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se

oía el aleteo de los abanicos.

--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el

marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.

--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga

usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.

Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron

lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no

necesitaba comentarios.

Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los

estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de

resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha

excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella

muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía

poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para

lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.

--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de

cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los

medios más adecuados».

No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,

bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana

biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.

Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que

se necesitaba para conspirar con progresistas.

Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don

Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y

se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se

distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de

libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo

se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era

simpático.

De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la

muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se

le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de

círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema

representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como

dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de

vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña

sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,

una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no

tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,

hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en

calidad de católica liberal. Se le había dicho:

--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde

ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».

Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras

de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.

Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les

gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término

medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de

doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues

siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,

su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria

que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.

Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que

por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de

la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las

conspiraciones cuestan caras al que las paga.

Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya

escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había

recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe

de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de

mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se

vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda

que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca

enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.

La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos

auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,

sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la

rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el

conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba

mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;

pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él

entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba

poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un

porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el

programa de su partido, a él no le alcanzaron.

A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los

criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al

personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era

Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.

El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa

era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía

descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.

Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre

que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le

trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para

hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don

Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por

aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró

odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas

ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había

conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.

El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la

educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy

especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a

la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de

educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales

concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez

antes que modista había sido bailarina».

De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y

preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad

inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra

se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya

aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada

a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno

fueron sus disciplinas.

Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a

soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la

libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de

la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña

fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran

una muerte, figurábase vuelos imposibles.

«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como

esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el

azul que veía allá arriba.

Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la

llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los

pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella

creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa

que centelleaba en su cerebro.

Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,

altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para

ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis

años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.

Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de

huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a

los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría

sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y

acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los

pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el

jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía

yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al

lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la

fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A

los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde

el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una

parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro

clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que

no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían

ser una madre, según la lógica poética de Anita.

La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la

revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición

fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes

de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo

corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no

le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les

haría hablar de lo que quisiese.

Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y

montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus

pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,

porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La

historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las

lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue

nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas

de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna

desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,

triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.

La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en

la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una

Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le

encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las

aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía

a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.

Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en

el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de

reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,

hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de

nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a

convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.

No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar

infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería

matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero

dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes

sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y

entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca

navegados.

Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...

¡un tiburón!...

Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,

muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán

correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado

Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna

desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable

que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la

grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal

índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que

el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con

tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.

--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper!

¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la

educación contra la naturaleza».

Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si

cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba

nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila

refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,

rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la

naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino

se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el

caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía

ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.

--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace

naturalmente malo, y la mujer lo mismo.

Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.

--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».

Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus

gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.

--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el

hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo

porvenir.

--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se

deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no

estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.

A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por

este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en

conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de

muerte. Escribió a las tías de Vetusta.

«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al

fin Ozores era la niña, aunque indigna».

Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque

el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,

porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales

escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta

años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos

nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la

niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba

en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no

podía restituirse a la patria, como él decía.

Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.

Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año

los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de

Loreto.

La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza

virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante

absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba

de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía

esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al

principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas

injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu

una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma

que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones

obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,

y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de

esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué

consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender

que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su

ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia

perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella

edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo

distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido

culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal

cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas

culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era

la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres

opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de

su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los

impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse

al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le

impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer

traición nunca.

Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo

aquel carácter.

¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los

Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y

reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de

haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no

servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.

Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.

Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el

extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para

España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a

Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían

de los Estados Unidos.

--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que

sólo entendemos de tomar el sol».

Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la

decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.

Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por

supuesto.

Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la

divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían

que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del

Zodiaco.

Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la

susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué

tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su

padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo

papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá

que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el

telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,

y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos

religiosos.

Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de

las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del

mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero

no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.

Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de

la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se

encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones

y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos

propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a

sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le

quedaba aquel reducto inexpugnable.

Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;

doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de

coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad

doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús

procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre

de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que

la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del

Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:

--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del

vulgo?

En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;

precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la

lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología

comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.

Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en

cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.

Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que

ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.

¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la

educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él.

--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que

libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?

Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don

Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.

De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se

trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía

leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por

Italia.

--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi

hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las

bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no

hay desnudo! Y suspiraba.

La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de

Israel.

--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh,

procul, procul estote prophani_.

Y no tomaba más precauciones.

Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte

antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su

fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel

inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.

La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había

soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas

aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.

También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con

la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con

cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia

ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de

abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había

originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba

todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto

hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún

placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y

de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los

groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para

todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado

sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del

fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un

polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella

amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era

huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su

espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más

amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;

estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y

mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía

amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si

no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que

Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada

vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,

en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como

un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar

Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies

desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a

poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y

la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que

fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la

Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos

libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez

pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta

especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera

creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que

habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto

hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna

palmera del Mediodía.

Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,

no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña

Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella

turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban

chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a

transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;

estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez

tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos

menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a

los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo

y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.

--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y

no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió

retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que

se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en

Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el

Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que

vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le

caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una

tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza

en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran

cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus

teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis

meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su

antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia

subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_,

sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don

Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger

los frutos.

Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer

economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero

la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser

trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se

llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el

maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.

Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por

dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la

quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el

polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.

Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una

de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el

libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_.

¿Qué hacía allí San Agustín?

Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de

curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las

pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.

Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro

inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a

quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas

de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que

sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña

y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no

estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la

huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las

sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas

del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el

murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio

calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos

álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que

brillaban como lanzas de acero.

Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,

ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.

Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,

lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien

había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos

estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su

única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo

decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata

hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el

egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.

--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.

Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a

llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo

porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?

Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo

que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto

mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella

voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo

refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía

«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la

Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y

en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó

erizados muchos segundos.

Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....

Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente

que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las

lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.

Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de

una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.

Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no

entendía.

De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y

varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el

arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a

solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería

dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las

noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.

Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de

gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,

soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en

San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,

recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de

palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un

delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura

de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a

oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía

amar al universo entero en aquel obispo.

En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una

importación de la Bactriana.

No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus

disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,

porque contaba con la ignorancia del concurso.

El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más

ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el

cristianismo.

Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios;

¿dónde ha leído eso el señor Ozores?

«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San

Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su

padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes

verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a

los maniqueos.

--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer

en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.

«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que

también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;

como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios

y en el santo obispo de Hiponax».

Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_,

que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le

pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los

argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y

con ella el albedrío.

--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él

tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de

Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los

Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía

pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a

Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?

Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?

Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que

hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso

Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos

pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor

impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de

León comenzaban así:

Si quieres, como algún día,

alabar rubios cabellos,

alaba los de María,

más dorados y más bellos

que el sol claro al mediodía.

El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de

María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos

despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento

de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su

locura de amor religioso.

María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los

afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La

devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de

Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo

en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.

Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar

ella misma oraciones.

Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión

poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para

Anita.

--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_

podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....

Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus

semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de

más.

Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita

para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos

solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre

el mar.

Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del

alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba

con la Virgen de aquella manera.

Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza

al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y

aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.

Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que

ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,

y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca

aguda.

Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre

quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de

empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos

que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado,

una colección de poesías «A la Virgen».

Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los

tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al

monte no se subía más que a buscar leña.

Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,

el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a

pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que

llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los

tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos

entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible

del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la

excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre

heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad

apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.

Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo

panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía

sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,

más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una

fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de

placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En

los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que

parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se

confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de

aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un

santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del

ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola

a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del

sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en

la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las

aguas.

Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos

lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos

del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su

fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la

niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma

de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se

creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El

mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los

pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de

su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y

escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».

Meditó, esperando la inspiración sagrada.

Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.

Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del

alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,

pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,

como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban

enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y

perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.

Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano

que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los

ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.

Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que

apretaba.

Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;

calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una

oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias

del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia

voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron

sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó

un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo

sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados

cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no

tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos

abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral

y pasar sobre su frente.

--V--

La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete

años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran

molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de

diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La

acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por

su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.

Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún

sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....

Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin

palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la

señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado

por la resignación cristiana.

«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder

de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte

concluían las diferencias de familia».

--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de

Vetusta.

Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.

Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la

enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la

edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la

claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía

oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.

«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la

crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía

unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.

--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.

Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,

huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje

de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre

de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la

catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se

explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al

principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una

somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo

horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía

entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se

sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,

ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.

Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había

vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el

último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido

para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba

hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del

filósofo no había hecho más que ir perdiendo.

--«Es decir, que estoy casi en la miseria».

Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,

poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase

cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser

de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más

que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de

don Carlos olía un poco a azufre.

Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso

levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La

noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de

frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido

coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.

Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el

mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados

necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.

Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien

entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.

--«La dejarán a usted morir, hija mía».

Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con

las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su

padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas

cristianas.

Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.

Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,

abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un

aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de

los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».

Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la

desventurada hija del hermano de sus pecados.

Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio

que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían

imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de

aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas

utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar

con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse

el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!

Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.

Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no

tiene su cruz?

Ana tardó un mes en dejar el lecho.

Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el

viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del

mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más

transparentes.

En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su

convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no

llamaba las cosas por su nombre.

El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.

Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio

que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana

hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la

vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.

En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni

contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo

lo que le daban, y si se le preguntaba:

--¿Cómo estás, Anita?

--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a

veces no oía siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.

No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.

En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente

las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas

santas mujeres.

Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía

con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:

--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía

moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de

caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por

resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar

sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,

a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga

que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa

joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una

abdicación de su señor padre....

--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.

--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza

nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló

en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos

sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,

de su infausta....

--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los

discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;

pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy

callada.

--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.

Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a

Anita.

Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos

como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para

nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada

como sobrina de quien tantos elogios merecía.

Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el

médico esta resolución de la nobleza vetustense.

Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de

trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la

sobrina estaba al otro extremo de la casa.

Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón

de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al

Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas

las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las

tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de

casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la

ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada

existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen

que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,

porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su

corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido

incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,

María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas

hubieran asistido a la tertulia.

La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se

gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.

Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían

probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la

cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más

bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se

clavaban en Anita al darle un caldo.

La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme

con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.

La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna

solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella

sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo

que eso era.

Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que

estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos

hermanas de un asunto muy importante.

--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.

--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?

--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te

acuerdas de la carta del aya?

--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,

¿verdad?

--Algo menos, pero peor todavía.

--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?

--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con

aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?

--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.

--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes

(juntando y separando los dedos.)

--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...

--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año

pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,

que soy tambor de marina!

--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de

Ozores. Suspiró su hermana también.

Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las

primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con

dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó

todo el diálogo de sus tías.

No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran

prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia

decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La

conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les

hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,

historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que

no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se

habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que

se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de

Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de

clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza

solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de

flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida

al cabo, de la sobrinilla enferma?

Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,

se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la

precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la

verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron

aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de

datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la

boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana

que estaba a los pies de su butaca.

«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta

nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera

seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada

más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».

Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que

sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en

adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran

ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.

Había habido algunos minutos de silencio.

Doña Águeda lo rompió diciendo:

--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.

--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....

--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las

mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de

manteca.

Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.

Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores

románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias

canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma

acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:

Esa luna que brilla en el cielo

melancólicamente me inspira:

es el último son de mi lira

que por última vez resonó.

Se trataba de un condenado a muerte.

El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con

un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas

no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura

de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los

Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,

engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no

imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy

galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las

hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una

dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de

Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera

apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con

algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar

a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un

americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,

confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un

americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.

Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.

La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en

procurar cuanto antes la salud.

Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,

ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído

aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera

atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso

de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla

como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque

costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.

La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la

voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería

poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el

alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su

ánimo no contradecía estos propósitos.

Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación

providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos

determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero

al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.

En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el

delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los

enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y

de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era

demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia

más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte

como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan

honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que

sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo

la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para

remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento

que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue

el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.

--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y

acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza

las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque

nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del

abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.

Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no

conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó

firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.

Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que

tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías

sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por

ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin

era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al

contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que

lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del

Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena

examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan

profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza

artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de

Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en

la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De

todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le

había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el

cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar

sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,

exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los

animales, a las plantas, a las piedras.

En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta

actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de

comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que

unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más

despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y

heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus

sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza

exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan

todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.

Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el

alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse

tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no

estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la

tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba

columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus

ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,

ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias

purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas

ideales de sus visiones turgentes.

Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas

o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de

cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del

hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se

despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:

--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los

diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.

Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y

además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero

Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los

platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.

Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña

Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la

aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de

Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco

dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.

Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el

estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,

inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a

la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.

Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la

cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su

vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos

llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la

sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se

dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.

Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo

mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático

de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y

de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus

sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia

y la ayudaba a regatear.

La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para

pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo

al mundo.

--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.

Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella

Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo

guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la

caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,

¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un

mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de

otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya

verán ustedes.

En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a

la niña.

El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria

belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido

milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía

orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo

aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.

Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder

de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había

recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era

hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media

era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella

hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del

pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la

catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de

Ozores. Eran las tres maravillas de la población.

Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido

la admiración que el mundo tributó a su Minerva.

--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se

figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un

adorador suyo, amante de las formas abultadas.

--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado

Ronzal, alias el Estudiante.

--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio

Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.

--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado

y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,

tratándose de cuadros.

Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:

--En mi opinión más parece de Praxíteles.

El marqués se encogía de hombros.

--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque

muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.

No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real

moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días

en la Exposición de París.

Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_,

en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la

modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden

expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo

del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba

con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la

caballeriza y hasta la casa de un potentado.

Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para

ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a

los vestidos, y creían que las proporciones--los novios

aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en

los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_

adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos

más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se

casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que

prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la

huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,

pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.

Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos

buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres

buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,

como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano

plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el

placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo

menos.

El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había

modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se

casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un

ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener

advertida a la niña.

--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten

con ten muy difícil de aprender.

La Regenta · 第 7 / 30 题