(A) En tanto que Carvajal llevaba á cabo los crímenes enumerados en los
capitulos precedentes, el licenciado Frias, que de Cubagua se había
trasladado á Coro en los comienzos de 1546, permanecía retraído y
temeroso de sufrir la misma suerte que Huten, sin atreverse á intentar
nada contra aquél, y deseando que llegase un nuevo gobernador.
No tardó esto en suceder, porque conociendo la Corte las tropelías de
Carvajal, y teniendo en cuenta el estado constante de perturbación en
que vivía Venezuela, decidió el Emperador declarar terminado el
arrendamiento ó capitulación de 27 de Marzo de 1528 á favor de los
alemanes, y enviar un español que restableciese en la mencionada
Gobernación los fueros de la desprestigiada autoridad. Así lo hizo,
designando para cumplir esa misión al licenciado Juan Pérez de Tolosa,
letrado vizcaíno, no segoviano, como dice Oviedo y Baños, y caballero de
gran prudencia, quien fué á Coro á mediados de 1546.
(B) La jornada contra Carvajal y la muerte de éste las refiere el mismo
Pérez de Tolosa en los siguientes términos:
«Desde la ciudad de Coro hize saber á vuestra Alteza mi llegada á esta
provincia de Venezuela, y de los desconciertos que en ella habian
pasado, y de como Juan de Carvajal, gobernador y capitán general
proveído por la Audiencia de la Española, había degollado á Felipe de
Huten y á Bartolomé Velzar y á Diego Romero y Gregorio de Plazencia,
capitanes y soldados desta provincia. Envié la información que dello se
pudo hazer, y enviado aquel despacho, con la gente que pude sacar de
Coro me partí en seguimiento del dicho Juan de Carvajal, y tomé el
camino de las montañas, pensando atajar camino, y sucedióme el camino
muy trabajoso por la braveza de la tierra y de los indios de las
montañas, que me dieron muchas guazabaras, yendome siguiendo de noche y
de dia hasta pasar á los Llanos que dicen de Carora: matáronme dos
caballos y fueron heridos cinco cristianos, aunque, bendito sea Dios,
ninguno peligró de muerte. Tardose en caminar estas montañas treinta
dias, y en los Llanos de Carora, que es una tierra fertil de caza de
venados, se rehizo la gente del cansancio que traia de las montañas, de
la falta de comida, que diez dias anduvieron sin que comiesen otras
cosas sino frutas silvestres, que en aquellas montañas hay en mucha
abundancia y mucha miel. En estos Llanos de Carora, que son diez y seis
leguas en largo y obra de seis en ancho, nos bastecimos de maiz é carne
de venados.
»Pasando adelante, á tres jornadas, una montaña entre dos rios,
encontramos diez y siete cristianos de á caballo que Juan de Carvajal,
siendo avisado de indios que le iban á buscar cristianos, enviaba á ver
que gente de cristianos era; y como yo iba muy sobre aviso, desde que
pasé los Llanos tomé la vanguardia con veinte y cinco soldados de pie y
de caballo, muy buenos isleños, y ellos venian algo derramados y sin
orden: dimosles tanta priesa en tomarles el vado que, aunque lo
quisieron hacer muchos, ni uno solo se nos escapó que no tomamos, y
mostradas las provisiones obedecieron luego y como leales vasallos de
vuestra Alteza de hazer todo lo que se les mandase: y ansi segui mi
camino con esta gente, que fué grand ayuda para lo que después medió.
»Fui avisado desta gente, que Carvajal habia salido con ellos cinco
leguas deste asiento, con otros sesenta de pie y de caballo, y que hasta
que ellos volviesen habia de aguardar alli; que es en un lugar que se
dice Quibure, donde hay unas grandes çabanas y caza de venados y
conejos, y que tenian pensamiento de suplicar de las provisiones que
viniesen y ponerse en resistencia contra qualquiera que las llevase,
para le quitar el cargo. Y para evitar escándalos y diferencias me fui
llegando á la ligera, dejando todo el servicio atrás de aquellas çabanas
de Quibure, con pensamiento de pasar adelante á este asiento y mostrar
las provisiones que traia, y hazerme mejor parte con la gente del
asiento. Y hizelo asi, é caminé toda la noche, dia de San Bartolomé, y
en viendo el alba entré en este asiento, al qual habia venido el mismo
Carvajal á ver una amiga que tenia; y asi le tomé y prendí estando muy
descuidado: y la gente del campo que con el estaba, estaba lo mismo, y
aunque turbados luego vinieron á hazer la obediencia, especialmente un
teniente suyo que se dice Juan de Villegas, buen isleño, antiguo en esta
provincia, y por seer contrario á las liviandades pasadas, la noche
antes habia determinado de le cortar la cabeza, y á otros siete ú ocho
gentiles hombres de este campo, y tenia ya preso á uno dellos. Tiénese
por averiguado que si no llegara yo á la sazón, que todos se hizieran
pedazos quantos estaban en este campo. Luego que prendí al dicho
Carvajal y á otros dos, envié á Diego de Losada, que conmigo vino en
esta jornada, que es un caballero de cerca de Benavente, muy esforzado,
isleño antiguo y diestro en la guerra de los indios, á la gente que
estaba en Quibure: la (cual) obedeció las provisiones, y todos con mucha
alegria vinieron á dar la obediencia.
»En este campo hay docientos y quince hombres, gente muy escogida: hay
entre ellos setenta de á caballo: habrá cient caballos, docientas
yeguas, trecientas vacas de vientre, quinientas ovejas y algunos
puercos: todos están muy pobres de vestidos; ningun oro alcanzan: están
muy desesperados y muy ganosos de dejar esta tierra; y sino fuera porque
Carvajal los prometió que los llevaría y pasaría al Nuebo Reyno con este
ganado, no se hubieran sustentado aquí, porque ellos se hubieran
amotinado y ido por partes á donde se les antojara, con gran dapno de
muchos dellos y de los indios por donde quiera que pasaran: todos ellos
están sosegados y con esperanza que vuestra Alteza dará licencia a su
salida y orden de su vida y aprovechamiento, de modo que sirvan á V. M.
En la verdad es una gente muy lucida y muy diestra en las cosas de las
Indias, y de mucha esperiencia de guerra, y si desta tierra salen, que
dará toda esta provincia desamparada, y dudo poderse sustentar la ciudad
de Coro, porque con las espaldas destos los indios comarcanos, que son
muy guerreros, atacan á los que allí están.»
* * * * *
«Carvajal fue oido ordinariamente y concluso el pleito fue enviado, y en
él ejecutada la sentencia, segund parece por el traslado synado de sus
confisiones y sentencia, que con esta envio: otra sentencia corporal no
la hubo, ni se ejecutó porque solo él bastaba para inficionar más gente
de la que aqui estaba. Por el bien y concordia desta gente no convino
al servicio de vuestra Alteza que más se hiziese, y con lo hecho no hay
gente de más unión y conformidad, para lo que toca al servicio de su
Magestad, de la que aquí esta.»
(Carta de D. Juan Pérez de Tolosa al Rey, fechada en el Tocuyo el 15 de
Octubre de 1546.--_Biblioteca de la Academia de la Historia, Colección
Muñoz._)