XVIII

Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció

detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea

andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su

estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la

psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un

río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles.

Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia...

no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así

cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron,

no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más

que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra

península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que

España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas,

parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus

planicies estériles, sus ríos sin agua--aquellos mismos que hace siglos

prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios

arruinados--, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de

salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas

ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo

inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco

gobernable.

Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el

espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente,

penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más

ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él

renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en

cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho,

especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado

El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses

que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se

hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de

conocer, y mi memoria.

En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y

Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los

alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa

la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después

las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas--tierras de

sal--de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el

pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una

fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela,

famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la

altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del

Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la

cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de

Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos

tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados

perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una

adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y

después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano,

descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para

Granada y Almería. Pasan luego--y sólo he de citar las villas

principales--Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las

Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los

viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de

Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos

dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las

siete torres--diez veces centenarias--del castillo de Bujalance,

construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos

Córdoba, triste, augusta y hermética--según el público decir--como un

altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió

sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones

con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece

enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen

un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la

romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla

de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...

Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me

ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde

pasábamos.

--Pertenecemos--decía mi compañero--a un país milagroso; y lo califico

así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por

destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de

árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque

persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y

con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los

eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos

son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto,

la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los

hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes

constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren

los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los

árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta

nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo,

a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer

justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser

aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a

patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen

tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la

habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los

rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas

estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos

obligó a inmovilidad.

Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:

--En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta

no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y

no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor.

¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...

--El cacique--interrumpí--descendiente caricaturesco del señor feudal,

es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras

muchas partes.

--Sí--replicó El Negro--, el caciquismo es dolencia muy española; mas no

puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está

hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la

desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros

gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas.

Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a

cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca

de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no

porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria

España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o

político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí,

los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo

para ellos y, desde luego, más teatral.

Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un

tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo

amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este

país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio,

los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su

desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la

autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el

mundo--discurre--me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el

“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo,

llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide

por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada

filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero

inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos

mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias,

representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las

levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los

espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...

Platicando en este tono, en el que había más melancolía que

apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no

recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas

personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas

yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los

dos--pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego--,

prestaba escolta.

Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo;

pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás

aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el

“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y--por lo

mismo--al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque

es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo

muy serio.

Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi

personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras

antes de dejarlas hablar.

IDA: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos

bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo

conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y

maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste

una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre

triste como un adiós.

DON ALFONSO: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la

vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.

“EL OTRO SEÑOR”--nunca oí su nombre--: la misma edad de don Alfonso.

“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas

prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una

doble expresión muy frecuente, porque la bondad--entre los

humanos--suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes

grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...

Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera

mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque

dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida

nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un

servidor del _dining-car_, que repite ante la puertecilla de cada

departamento:

--Señores: la “primera mesa” va a empezar...

DON ALFONSO.--(_Levantándose_.) Autorícenme ustedes a marcharme. (_A

ella_.) ¿Te envío un té?

IDA.--(_Dulcemente_.) No, gracias.

DON ALFONSO.--(_Obsequioso_.) Un té, bien azucarado... y con unas

pastitas...

IDA.--Me haría daño; ¿no lo sabes? (_Mirándole amorosamente_.) Come bien

tú; come por los dos...

Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”--que también así

podemos designarle--quedan solos en su departamento. En torno suyo,

sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida,

que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza

y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha

divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más

retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita

ser justificado.

EL.--En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.

IDA.--Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (_Dirige a mis dos

lámparas una mirada despectiva, que me ofende._)

EL.--¿La gusta a usted leer?

IDA.--Según... (_Pausa breve._) Los libros amenos no abundan. Es tan

difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.

EL.--(_Con acento seguro._) ¿Verdad que son muy raros los hombres

interesantes?

IDA.--Dos por mil.

EL.--Exagera usted.

IDA.--¿Le parecen pocos?

EL.--Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque

saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más,

porque lo ignoran todo.

Los dos sonríen.

IDA.--Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos

casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!

EL.--Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos

toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.

Ida suspira.

EL.--Yo, también soy un gran desengañado. (_Corta pausa._) El mundo es

monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que,

como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el

único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (_Otro

silencio discreto._) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y

maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba

toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo

añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar

entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a

contentarme con él.

IDA.--¿Lo halló usted?

EL.--Todavía no. (_Mirándola expresivamente a los ojos._) O, quizás,

sí... ¡No lo sé!...

IDA.--¿Busca usted aún?

EL.--Siempre.

IDA.--Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (_Con un

temblor, casi imperceptible, en la voz._) Yo... ¡ya no busco!

EL.--Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo

fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de

casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.

IDA.--Tal vez... (_Mueve la cabeza._) Pero, ¿a qué afanarnos en crear

ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que

detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”...

¡Como en la vida!

EL.--(_Fervoroso._) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos

derrota... ¡volvamos a luchar!

Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran,

entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me

alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos,

empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.

IDA.--¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy

artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?

EL.--(_Interrumpiéndola vehemente._) ¡Sí, amor!

IDA.--El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo

quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?

EL.--Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya

autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don

Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (_Animándose._) ¡Ah, si

la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...

IDA.--¡Qué locura! Amar es esclavizarse.

EL.--Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del

aburrimiento?

IDA.--¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que

acarrea un amor?... (_Risueña._) Oiga usted a los hombres...

EL.--(_Exaltándose._) ¡Miserables!... La mujer que no amamos,

ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda

ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga;

la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre

llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.

Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el

oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la

botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es

ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio.

Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de

rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan

discreteando, pero en voz más confidencial.

EL.--(_Con un nuevo ardor en el acento._) El mundo objetivo no existe

realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo

sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un

poquito cruel. (_Un silencio que empleará en recoger ideas._) ¿Conoce

usted la admirable película de Pietro Fosco, _El fuego_?...

Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos,

parecen aniñarse con la curiosidad.

EL.--Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una

mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las

tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la

hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la

interesan. “--Iré a tu casa--le anuncia--para conocerte mejor.” A la

noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el

estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una

vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la

pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase

más enamorada del pintor. “--Tienes mucho talento--repite--; un

extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las

circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “--A tu

madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de

separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma

entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles,

fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no

apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “--¿Y mi

novia?”--interroga suplicante. “--Sacrifícala también: es indispensable

que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “--¿Cuánto

tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “--Ocho horas,

señora.” “--¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “--¿Qué

haré--replica EL--si no puede alumbrar mejor?” “--Te engañas. Hay en tu

lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí.

¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo.

Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado,

cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...

IDA.--(_Temblando._) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se

me han quedado frías.

EL.--Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de

los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger

pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz

vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida

una hoguera?...

IDA.--No lo sé.

EL.--Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su

intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un

instante si basta a enseñárnoslo todo. (_Misterioso y profético._) Y es

llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.

IDA.--No me atrevo...

Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 40 / 57 题