Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció
detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea
andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su
estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la
psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un
río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles.
Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia...
no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así
cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron,
no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más
que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra
península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que
España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas,
parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus
planicies estériles, sus ríos sin agua--aquellos mismos que hace siglos
prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios
arruinados--, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de
salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas
ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo
inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco
gobernable.
Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el
espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente,
penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más
ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él
renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en
cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho,
especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado
El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses
que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se
hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de
conocer, y mi memoria.
En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y
Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los
alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa
la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después
las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas--tierras de
sal--de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el
pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una
fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela,
famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la
altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del
Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la
cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de
Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos
tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados
perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una
adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y
después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano,
descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para
Granada y Almería. Pasan luego--y sólo he de citar las villas
principales--Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las
Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los
viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de
Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos
dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las
siete torres--diez veces centenarias--del castillo de Bujalance,
construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos
Córdoba, triste, augusta y hermética--según el público decir--como un
altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió
sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones
con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece
enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen
un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la
romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla
de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...
Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me
ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde
pasábamos.
--Pertenecemos--decía mi compañero--a un país milagroso; y lo califico
así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por
destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de
árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque
persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y
con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los
eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos
son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto,
la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los
hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes
constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren
los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los
árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta
nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo,
a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer
justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser
aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a
patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen
tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la
habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los
rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas
estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos
obligó a inmovilidad.
Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:
--En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta
no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y
no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor.
¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...
--El cacique--interrumpí--descendiente caricaturesco del señor feudal,
es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras
muchas partes.
--Sí--replicó El Negro--, el caciquismo es dolencia muy española; mas no
puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está
hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la
desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros
gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas.
Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a
cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca
de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no
porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria
España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o
político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí,
los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo
para ellos y, desde luego, más teatral.
Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un
tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo
amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este
país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio,
los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su
desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la
autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el
mundo--discurre--me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el
“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo,
llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide
por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada
filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero
inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos
mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias,
representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las
levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los
espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...
Platicando en este tono, en el que había más melancolía que
apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no
recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas
personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas
yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los
dos--pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego--,
prestaba escolta.
Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo;
pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás
aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el
“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y--por lo
mismo--al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque
es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo
muy serio.
Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi
personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras
antes de dejarlas hablar.
IDA: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos
bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo
conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y
maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste
una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre
triste como un adiós.
DON ALFONSO: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la
vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.
“EL OTRO SEÑOR”--nunca oí su nombre--: la misma edad de don Alfonso.
“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas
prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una
doble expresión muy frecuente, porque la bondad--entre los
humanos--suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes
grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...
Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera
mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque
dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida
nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un
servidor del _dining-car_, que repite ante la puertecilla de cada
departamento:
--Señores: la “primera mesa” va a empezar...
DON ALFONSO.--(_Levantándose_.) Autorícenme ustedes a marcharme. (_A
ella_.) ¿Te envío un té?
IDA.--(_Dulcemente_.) No, gracias.
DON ALFONSO.--(_Obsequioso_.) Un té, bien azucarado... y con unas
pastitas...
IDA.--Me haría daño; ¿no lo sabes? (_Mirándole amorosamente_.) Come bien
tú; come por los dos...
Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”--que también así
podemos designarle--quedan solos en su departamento. En torno suyo,
sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida,
que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza
y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha
divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más
retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita
ser justificado.
EL.--En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.
IDA.--Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (_Dirige a mis dos
lámparas una mirada despectiva, que me ofende._)
EL.--¿La gusta a usted leer?
IDA.--Según... (_Pausa breve._) Los libros amenos no abundan. Es tan
difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.
EL.--(_Con acento seguro._) ¿Verdad que son muy raros los hombres
interesantes?
IDA.--Dos por mil.
EL.--Exagera usted.
IDA.--¿Le parecen pocos?
EL.--Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque
saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más,
porque lo ignoran todo.
Los dos sonríen.
IDA.--Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos
casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!
EL.--Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos
toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.
Ida suspira.
EL.--Yo, también soy un gran desengañado. (_Corta pausa._) El mundo es
monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que,
como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el
único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (_Otro
silencio discreto._) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y
maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba
toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo
añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar
entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a
contentarme con él.
IDA.--¿Lo halló usted?
EL.--Todavía no. (_Mirándola expresivamente a los ojos._) O, quizás,
sí... ¡No lo sé!...
IDA.--¿Busca usted aún?
EL.--Siempre.
IDA.--Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (_Con un
temblor, casi imperceptible, en la voz._) Yo... ¡ya no busco!
EL.--Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo
fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de
casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.
IDA.--Tal vez... (_Mueve la cabeza._) Pero, ¿a qué afanarnos en crear
ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que
detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”...
¡Como en la vida!
EL.--(_Fervoroso._) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos
derrota... ¡volvamos a luchar!
Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran,
entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me
alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos,
empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.
IDA.--¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy
artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?
EL.--(_Interrumpiéndola vehemente._) ¡Sí, amor!
IDA.--El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo
quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?
EL.--Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya
autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don
Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (_Animándose._) ¡Ah, si
la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...
IDA.--¡Qué locura! Amar es esclavizarse.
EL.--Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del
aburrimiento?
IDA.--¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que
acarrea un amor?... (_Risueña._) Oiga usted a los hombres...
EL.--(_Exaltándose._) ¡Miserables!... La mujer que no amamos,
ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda
ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga;
la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre
llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.
Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el
oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la
botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es
ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio.
Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de
rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan
discreteando, pero en voz más confidencial.
EL.--(_Con un nuevo ardor en el acento._) El mundo objetivo no existe
realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo
sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un
poquito cruel. (_Un silencio que empleará en recoger ideas._) ¿Conoce
usted la admirable película de Pietro Fosco, _El fuego_?...
Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos,
parecen aniñarse con la curiosidad.
EL.--Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una
mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las
tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la
hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la
interesan. “--Iré a tu casa--le anuncia--para conocerte mejor.” A la
noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el
estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una
vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la
pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase
más enamorada del pintor. “--Tienes mucho talento--repite--; un
extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las
circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “--A tu
madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de
separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma
entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles,
fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no
apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “--¿Y mi
novia?”--interroga suplicante. “--Sacrifícala también: es indispensable
que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “--¿Cuánto
tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “--Ocho horas,
señora.” “--¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “--¿Qué
haré--replica EL--si no puede alumbrar mejor?” “--Te engañas. Hay en tu
lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí.
¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo.
Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado,
cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...
IDA.--(_Temblando._) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se
me han quedado frías.
EL.--Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de
los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger
pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz
vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida
una hoguera?...
IDA.--No lo sé.
EL.--Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su
intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un
instante si basta a enseñárnoslo todo. (_Misterioso y profético._) Y es
llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.
IDA.--No me atrevo...
Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.