XVII

Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al

siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y

más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de

León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que

conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los

cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba

nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás,

en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo

sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante

postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el

plano descendente de mi vida empezaba.

En los quince días que duró mi convalecencia, mis

curanderos--carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas,

electricistas, tapiceros, etc.--infligiéronme crueles padecimientos. Las

averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo

imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con

que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como

enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé

magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después:

me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las

heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya,

se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante.

A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y

profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía

combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si

mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de

sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo

aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del

costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias

rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del

árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera

de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron

que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo

traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de

construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron

el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.

Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme,

a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a

corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de

la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las

redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos

azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de

linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes,

volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi

cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al

sol. Mis camaradas me felicitaban.

--Sea enhorabuena--decían--; estás mejor que antes, más joven...

--¡Buen viaje, Cabal!--me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún

no habían dado “de alta”.

Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi

historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado,

maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto

de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la

inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”.

Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba

sobre mí. “La sangre llama a la sangre”--había asegurado el viejo

compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte

años, podía volver...

De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios

días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un

“primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se

partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó

gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u

ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se

comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía

anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos

muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito

mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y

ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los

“correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de

acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad;

en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse

verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como

sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches

tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y

frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.

Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer

la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde

Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de

Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los

parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.

Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías

tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido”

asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo

sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la

hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”,

provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la

vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos

posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos.

Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y

tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos;

estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y

venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras

resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella

enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra

inmovilidad parecía aún más trágica.

Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados

y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que

hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía

doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el

lote figurábamos nosotros. Al reconocerme--y lo hizo con severa

escrupulosidad--uno de aquellos caballeros exclamó:

--¡Este coche no parece malo!

El señor a quien dirigía la observación repuso:

--Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.

Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión

que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían

recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi

presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de

esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto

decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos

aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una

máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas

que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en

un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso

edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.

Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi

juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los

Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá,

dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A

mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces

era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella

parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído

sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el

movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo

parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones

gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos

que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún

la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que,

desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo

cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del

terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el

aire es más seco.

--Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones

levantinas--pensé--será cordial para mí como una estación de invierno.

Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía

de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana--y como para

borrar mi pasado--, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de

los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros

correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte,

sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San

Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras

flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y

alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer

a mis compañeros de ruta.

A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a

contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a

quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a

mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El

Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras

con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y

los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba

campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un

peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron

en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le

testimoniaban respeto.

Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres

y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente

respondí a sus averiguaciones--pues nunca me gustó caminar de prisa en

la amistad--; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la

línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña--callé que en un

“correo”--y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos

meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente

castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a

mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad;

debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás.

Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme

para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la

“novatada”; era algo de lo que--según muchas veces he oído contar--les

sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.

--¡Buen chasco vais a llevaros!--meditaba yo.

Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me

interrogó:

--¿De dónde eres tú?

--¿Y tú?--repliqué en el mismo tono insolente.

--De Zaragoza.

--Yo nací en Saint-Denis.

--¿San... qué?...

--Saint-Denis--repetí.

--Franchute, entonces...

--No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El

Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o,

lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.

--Así debe ser--repuso El Majo.

Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.

Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros

asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del

exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada

sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del

alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por

cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su

carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los

romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures--aunque

muy distintos entre sí--conservan la sangre de los iberos primitivos;

los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de

árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en

Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones

proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus

respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una

prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un

reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su

cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas

narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza

vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres

serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye

platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las

mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más

turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona--años después

lo comprobé por mí mismo--sólo se habla catalán; en los de Valencia,

valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches,

durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una

de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el

“plano moral” de media Península.

El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es

patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas,

Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus

bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y

algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas

norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía--la vieja

Vandalia--son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es

epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por

altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda

su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto

extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser

muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista

de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor

y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos

conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en

nuestro espíritu por obra de aquella costumbre--reflejo de nuestro

egoísmo--que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de

ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra

hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e,

inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea,

no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o

se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo

de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos

una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor

vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará

acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la

filantropía. “A nuestro interlocutor--piensa--debo entretenerle,

consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al

aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una

pirueta, y así, del dolor secular--dolor de raza--de todos los

andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de

Andalucía.

Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba

y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las

charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa--a veces

corrosiva--de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no

bien la conversación se enciende.

La noche a que antes me refería--la de mi primer viaje a Sevilla--era

una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en

todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una

compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre

mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran

andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado

a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el

“galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le

llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba

conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante

hablaban a gritos:

--¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?--decía él.

--A una gorda, sería.

--Se equivoca usted: a una flaca.

--¡Jesús, qué mal gusto!

--A Pilar Gil.

--No me diga usted dónde la pellizcó.

--Donde me pareció que tenía más carne.

--De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.

--¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...

El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz

a su departamento; ella resistía y coqueteaba:

--Véngase usted aquí, criatura...

--¿Hay algún asiento desocupado?

--¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?

--¿Entonces, qué?

--Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.

--No me convienen.

--¿Iba usted a tener mucho calor?

--Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no

podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...

--No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.

Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a

despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la

confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos

rancios:

--¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...

--Hombre... ¡qué sé yo!...

--Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya

puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?

--Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la

que te llevas.

--¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese,

para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...

--¿Dónde ibas a comprarla?

--Yo preguntaría dónde la venden buena.

--Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a

engañarte...

En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la

farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el

sombrero.

--¡No gastéis los aplausos--repetía el empresario--; no los gastéis, que

luego os harán falta!...

Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer,

decían “adiós”.

Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado

interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis

huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos

raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo

castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos

en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:

--¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

La actriz se asomó:

--¿Qué quiere usted?...

--Hacerla una pregunta.

--Diga.

--¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...

Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De

ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una

alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de

hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a

gritar:

--¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:

--¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...

--¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de

esta estación?...

Algunos de mis inquilinos habían pasado al _dining-car_, pero la

mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo

cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.

Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir

mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las

planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco,

bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los

repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las

ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy

resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos,

teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla,

Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos

alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:

--Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta

estación?...

Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban

con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor

gracia parecía tener.

--¿Qué tal máquina llevamos?--pregunté al Negro.

--Superiorísima--contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz

legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole--; cuatro años hace que

ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno

administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería

perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos

recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una

locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...

Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel

expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un

“jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi

servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar

rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y

su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban

apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir,

dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se

alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y

empezaba a clarear.

La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro

Domecq”, repetía inútilmente:

--¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor

impropio de esta estación?...

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 39 / 57 题