XIV

La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península,

comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y

las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la

cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste,

por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al

Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se

abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo

ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un

anfiteatro.

Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas--ingenieros, sin

duda--que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de

nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron

terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de

notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo

sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes,

encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar

hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus

horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y

bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más

arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían

cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en

la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a

poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico

profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a

escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida,

y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de

sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado,

desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer,

semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían

en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y

nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí

yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron

sobre él.

El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras

variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año.

Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha,

azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los

nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable

ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y

al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las

montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en

el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya

sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la

vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la

llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí

misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en

la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos:

es fiel, es noble.

Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo

verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el

cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora

sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones

de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y

digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a

subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las

“montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una

mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los

puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de

salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la

capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés

histórico de ciertos lugares.

Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de

España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de

dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació

Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún,

la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El

convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de

arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de

Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de

fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo

el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la

_Asturica Augusta_, de los romanos, aquella que Plinio calificó de

“ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un

perfil militar.

Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar

en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre

las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia

que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor,

incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la

tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en

abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada

perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas,

especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión

inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes,

juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura:

vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se

entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después,

lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas

vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos

abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el

naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire

es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo

o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía

tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.

Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de

Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar.

Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta--lo apreciamos muy

bien--desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y

luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran,

para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete

kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste,

nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros

nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a

recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.

De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos

desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel

siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a

morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo

que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas

de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en

la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.

Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre,

Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta

que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación

de Galicia.

La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por

instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa

se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores,

especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el

aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos,

las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como

por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.

El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan

paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden

parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa

Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el

túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder

recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras

un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos,

llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de

ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La

Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho

más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.

Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos

uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos

por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de

San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la

costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la

desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.

--Trabaja, tumbona--comentan los coches--, que no tienes motivos para

estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de

viaje?...

Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los

ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la

estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a

Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas

el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre

caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo,

Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La

Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de

calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que

mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...

A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su

hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por

Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase

de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son

comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea

mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos

tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o

deje en mis alfombras el barro de sus botas.

En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de

España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las

escenas--como las personas--se repiten.

En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos,

sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos

alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos

sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente

se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos

asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a

empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro,

como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén

nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con

merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo

apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de

éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya

estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca

el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese

aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente

de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del

tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros

suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y

lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia

el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo,

un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien

veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el

cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de

arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente

eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente

reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “--Ya llegamos...” y

esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se

abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un

pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a

peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman

a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren

corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la

misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos

conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y

quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder

tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del

coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes

salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan

en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados

de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados,

pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas

caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una

batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza--mujeres y

hombres--penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para

mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos

barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 36 / 57 题