Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a
Valladolid, y a dos recién casados de los cuales--y a su tiempo
debido--volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único
“departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres
señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con
un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por
el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de
cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban
maliciosamente esperar de ellos.
De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud--no
habría cumplido los veinte años--interesaron mi atención; era
insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de
individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este
hombre--meditaba yo--que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido
aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta
presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el
cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así,
indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica
del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a
la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por
tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y
les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser
admirados.
--La humanidad--pensaba yo--va bien cubierta: de mentiras se viste por
dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El
desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad.
Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una
caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena
caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...
Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos,
se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su
candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su
voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba
las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía
miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos,
después de un día de agitación calenturienta.
--¡Qué bien estamos ahora!--exclamó él.
Digna, confirmó:
--¡Muy bien!...
Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho
tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y
ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían
los párpados.
El preguntó:
--¿Lástima de noche, verdad?
Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer,
delicadamente, fingió no advertir.
--¿Por qué?--dijo--; ¿no estamos juntos?
No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:
--¿Me quieres?--indagó.
Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los
que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:
--¿No lo sabes?...
Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo
triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a
llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó
desconcertado:
--¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...
Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En
realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir
indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños
ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi
abrazados, dormían los dos.
Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo
compañero, que se disponía a marchar.
--¿Te han dicho la hecatombe?--gritó.
--¿Cuál?--repuse inquieto.
--La del “rápido” de Gijón.
--No.
--Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo,
momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un
desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La
Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.
La noticia--divulgada al siguiente día por la Prensa--me causó un efecto
desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban
la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No
supe qué responder; empecé a temblar...
--¿Te acuerdas--prosiguió el viejo vagón--del miedo que el pobre Doña
Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?
--Sí, que me acuerdo.
--Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había
tal: era un presentimiento.