XII

Como los trasatlánticos--según dicen--la vida ferroviaria, en sus

distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de

caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente

fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo

multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que

antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece,

simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más

polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy

poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un

microscopio.

Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me

produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la

noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los

guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día,

bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego

reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros

que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la

siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras,

aguardan el paso de los trenes y con su banderín--como el espada con su

muleta--parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino.

¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio

y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros,

cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a

todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos

en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al

maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del

desastre!...

De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca

de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa,

que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de

maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron

propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a

todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a

mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca

prometía. Hasta que una tarde en que--con razón--su banderín rojo mandó

parar el expreso--vimos que también sonreía--, y desde entonces su

placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre

mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera,

cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...

De los tipos que yo llamo “de casa”--me refiero a los empleados que

ambulan con nosotros--el principal, el más pintoresco, es el

interventor.

A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un

buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque

éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera

hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:

Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!...

Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se

le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a

cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez...

alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y

reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus

negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo

consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las

personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los

demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan

despabilado...

A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento

está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones.

Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es

buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y

tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de

velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud

grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz;

es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de

sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la

almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa

llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de

actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le

ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo

desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota

le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en

su asiento, ya se recoge... De pronto siente--¡oh, alegría!--que los

párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al

fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca.

El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y

por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se

esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz,

la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu

dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...

Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el

viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta

impaciencia:

--¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...

Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches.

El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni

mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de

dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado

a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.

Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás

algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los

pasajeros temibles son los pusilánimes--futuros enfermos, quizás, de

delirio persecutorio--que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el

miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún,

no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con

un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los

interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.

Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego--y antes de

entrometernos en particularidades--deben dividirse en dos grandes

grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no

pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda”

clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de

“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y

flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de

balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de

“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al

extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo

observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará

un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet”

azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del

espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el

revisor tropieza--por casualidad rarísima--con un billete “entero”,

apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha

de desdén y de asombro, como diciéndole:

--¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted

lástima tirar su dinero?...

He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las

personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo

incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad,

escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los

tipos--no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo

substantivo--se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil

clasificación.

Entre las mujeres honestas--vayan solas o acompañadas--sólo admito dos

tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso

abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento

cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar

las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador

si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.

A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.

Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo

que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las

llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La

idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún

están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve,

tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las

ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia

las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros

que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a

repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí,

la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su

reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos

para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber

corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la

idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se

anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de

encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que

se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a

quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.

--Caballero--pregunta--, ¿son de usted este libro y estos guantes?...

“El madrugador” no se atreve a mentir.

--Sí, señor.

Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado

saluda, sonríe y se instala.

A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo

observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:

--¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?

“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una

ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.

--Es mía, caballero--responde ruborizándose.

Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El

madrugador” ha perdido su tiempo.

La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa

que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres.

Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las

luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si

el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie,

y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir,

quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque

le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a

cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un

asiento; luego--si le dejan--ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El

sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...

Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de

las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de

deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...

El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y

las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá

el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola,

procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con

esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para

encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien,

pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la

solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al

par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el

pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera

entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la

perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se

manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y

ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a

tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él

tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo

caso el viajero “galante” se apresurará--en tanto se restaña el sudor--a

cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él,

generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y

aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará

en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies.

Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la

tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a

obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no

haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre

bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada

aventura asome, incorregible volverá a empezar.

Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo

mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más

herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas

les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a

decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia,

el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de

actitud.

Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan

ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son

minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo

grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél

se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de

descalzarse... ¡Lo que más odio!...

“Lo importante es ir a gusto”--discurre cada cual.

En esta prolija galería de siluetas--cómicas casi siempre--que me

frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos

confundir con “el soñoliento”, ya presentado.

En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en

el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la

noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha.

La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada

sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo:

“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente:

“No... no... no...”

De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y

luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las

ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el

otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una

novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas,

repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos,

de una _Guía_. A intervalos se observan recíprocamente, y, según

transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza

mutua. Casi a la vez, todos han pensado:

“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro,

podríamos acostarnos y dormir un poco”...

Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando

arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy,

resbalan hasta el suelo.

De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del

compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza

a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el

nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su

respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:

“Pero... ¿se ha dormido?...”--me pregunto.

Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y

devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.

El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en

el roncar tres tiempos. En el primero--dice--“se sopla”; en el segundo,

“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.

El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó

soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una

cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido:

“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose

cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve

a soplar.

El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las

manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que

ronca” repite beatífico:

--“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”

Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se

convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les

molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel

roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos

insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con

irritación sorda:

--¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un

modo insolente de dormir!...

Otro responde:

--Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no

puedo cerrar los ojos.

--Ni yo.

El joven de la barba negra añade:

--Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es

de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de

educación!...

Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:

--“¡Fu... aj... pan!...”

Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco

con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En

el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las

trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal

pensamiento:

--¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase

con él...

Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería

demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que

ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un

pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus

brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio,

afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...

A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos

miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y

comunicativo. Bosteza, sonríe...

--Afortunadamente--exclama--ha pasado la noche. ¿Han descansado

ustedes?...

Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo,

de sus oyentes, dicen lo contrario.

--¿Ah?--prosigue--. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.

El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el

joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos

su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.

Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca

falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura--al revés

de la otra--dice distinción, aristocracia, soberanía...

Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría

a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin

adustez.

--Buenas noches--murmura.

Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas,

todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que

acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros

escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la

cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre

el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el

bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla,

limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de

comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras

cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul,

muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa,

blanquísimo, brilla a la luz.

Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus

pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a

intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía

responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no

se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que

se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha

cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está

encima.

Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se

generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre

españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas,

interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece

serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche.

Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del

sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en

una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán;

quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la

euritmia se pierde...

Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el

orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada

parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz

temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las

alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su

espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su

indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de

frac. Planchado no estaría mejor.

A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira

una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero

que está a su lado le interroga amablemente.

--Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies

sobre el asiento?

--De ninguna manera.

--¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.

--Muchas gracias.

Le ofrece un periódico:

--Si desea usted leer...

--Tampoco; gracias.

--¿Usted no duerme cuando viaja?

--Nunca.

Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de

la barba, le pregunta:

--¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?

--Ninguno.

No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La

obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa,

veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no

duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio,

al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más

prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les

aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a

la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y

los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre,

permanecen abiertos.

A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia

mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan

a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y

su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por

entre el chaleco y el pantalón...

Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según

le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no

descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo.

Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como

un paseo en tranvía.

Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a

cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme:

en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su

sombrerera y su paraguas.

--Buenos días--dice.

Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras,

los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...

¡Como si fuera a retratarse!...

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 34 / 57 题