Como los trasatlánticos--según dicen--la vida ferroviaria, en sus
distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de
caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente
fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo
multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que
antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece,
simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más
polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy
poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un
microscopio.
Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me
produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la
noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los
guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día,
bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego
reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros
que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la
siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras,
aguardan el paso de los trenes y con su banderín--como el espada con su
muleta--parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino.
¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio
y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros,
cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a
todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos
en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al
maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del
desastre!...
De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca
de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa,
que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de
maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron
propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a
todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a
mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca
prometía. Hasta que una tarde en que--con razón--su banderín rojo mandó
parar el expreso--vimos que también sonreía--, y desde entonces su
placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre
mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera,
cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...
De los tipos que yo llamo “de casa”--me refiero a los empleados que
ambulan con nosotros--el principal, el más pintoresco, es el
interventor.
A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un
buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque
éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera
hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:
Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!...
Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se
le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a
cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez...
alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y
reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus
negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo
consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las
personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los
demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan
despabilado...
A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento
está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones.
Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es
buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y
tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de
velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud
grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz;
es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de
sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la
almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa
llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de
actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le
ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo
desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota
le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en
su asiento, ya se recoge... De pronto siente--¡oh, alegría!--que los
párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al
fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca.
El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y
por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se
esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz,
la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu
dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...
Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el
viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta
impaciencia:
--¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...
Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches.
El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni
mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de
dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado
a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.
Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás
algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los
pasajeros temibles son los pusilánimes--futuros enfermos, quizás, de
delirio persecutorio--que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el
miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún,
no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con
un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los
interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.
Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego--y antes de
entrometernos en particularidades--deben dividirse en dos grandes
grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no
pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda”
clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de
“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y
flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de
balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de
“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al
extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo
observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará
un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet”
azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del
espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el
revisor tropieza--por casualidad rarísima--con un billete “entero”,
apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha
de desdén y de asombro, como diciéndole:
--¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted
lástima tirar su dinero?...
He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las
personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo
incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad,
escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los
tipos--no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo
substantivo--se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil
clasificación.
Entre las mujeres honestas--vayan solas o acompañadas--sólo admito dos
tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso
abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento
cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar
las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador
si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.
A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.
Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo
que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las
llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La
idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún
están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve,
tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las
ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia
las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros
que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a
repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí,
la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su
reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos
para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber
corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la
idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se
anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de
encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que
se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a
quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.
--Caballero--pregunta--, ¿son de usted este libro y estos guantes?...
“El madrugador” no se atreve a mentir.
--Sí, señor.
Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado
saluda, sonríe y se instala.
A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo
observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:
--¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?
“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una
ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.
--Es mía, caballero--responde ruborizándose.
Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El
madrugador” ha perdido su tiempo.
La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa
que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres.
Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las
luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si
el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie,
y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir,
quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque
le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a
cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un
asiento; luego--si le dejan--ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El
sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...
Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de
las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de
deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...
El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y
las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá
el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola,
procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con
esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para
encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien,
pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la
solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al
par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el
pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera
entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la
perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se
manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y
ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a
tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él
tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo
caso el viajero “galante” se apresurará--en tanto se restaña el sudor--a
cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él,
generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y
aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará
en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies.
Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la
tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a
obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no
haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre
bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada
aventura asome, incorregible volverá a empezar.
Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo
mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más
herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas
les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a
decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia,
el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de
actitud.
Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan
ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son
minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo
grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél
se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de
descalzarse... ¡Lo que más odio!...
“Lo importante es ir a gusto”--discurre cada cual.
En esta prolija galería de siluetas--cómicas casi siempre--que me
frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos
confundir con “el soñoliento”, ya presentado.
En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en
el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la
noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha.
La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada
sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo:
“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente:
“No... no... no...”
De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y
luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las
ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el
otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una
novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas,
repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos,
de una _Guía_. A intervalos se observan recíprocamente, y, según
transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza
mutua. Casi a la vez, todos han pensado:
“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro,
podríamos acostarnos y dormir un poco”...
Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando
arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy,
resbalan hasta el suelo.
De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del
compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza
a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el
nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su
respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:
“Pero... ¿se ha dormido?...”--me pregunto.
Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y
devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.
El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en
el roncar tres tiempos. En el primero--dice--“se sopla”; en el segundo,
“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.
El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó
soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una
cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido:
“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose
cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve
a soplar.
El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las
manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que
ronca” repite beatífico:
--“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”
Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se
convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les
molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel
roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos
insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con
irritación sorda:
--¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un
modo insolente de dormir!...
Otro responde:
--Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no
puedo cerrar los ojos.
--Ni yo.
El joven de la barba negra añade:
--Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es
de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de
educación!...
Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:
--“¡Fu... aj... pan!...”
Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco
con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En
el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las
trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal
pensamiento:
--¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase
con él...
Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería
demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que
ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un
pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus
brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio,
afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...
A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos
miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y
comunicativo. Bosteza, sonríe...
--Afortunadamente--exclama--ha pasado la noche. ¿Han descansado
ustedes?...
Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo,
de sus oyentes, dicen lo contrario.
--¿Ah?--prosigue--. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.
El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el
joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos
su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.
Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca
falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura--al revés
de la otra--dice distinción, aristocracia, soberanía...
Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría
a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin
adustez.
--Buenas noches--murmura.
Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas,
todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que
acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros
escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la
cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre
el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el
bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla,
limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de
comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras
cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul,
muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa,
blanquísimo, brilla a la luz.
Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus
pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a
intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía
responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no
se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que
se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha
cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está
encima.
Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se
generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre
españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas,
interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece
serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche.
Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del
sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en
una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán;
quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la
euritmia se pierde...
Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el
orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada
parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz
temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las
alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su
espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su
indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de
frac. Planchado no estaría mejor.
A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira
una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero
que está a su lado le interroga amablemente.
--Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies
sobre el asiento?
--De ninguna manera.
--¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.
--Muchas gracias.
Le ofrece un periódico:
--Si desea usted leer...
--Tampoco; gracias.
--¿Usted no duerme cuando viaja?
--Nunca.
Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de
la barba, le pregunta:
--¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?
--Ninguno.
No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La
obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa,
veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no
duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio,
al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más
prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les
aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a
la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y
los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre,
permanecen abiertos.
A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia
mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan
a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y
su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por
entre el chaleco y el pantalón...
Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según
le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no
descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo.
Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como
un paseo en tranvía.
Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a
cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme:
en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su
sombrerera y su paraguas.
--Buenos días--dice.
Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras,
los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...
¡Como si fuera a retratarse!...