Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho
tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama--¿quién
hubiera podido sospecharlo?--marcó el término de mi juventud, modificó
mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas
nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma,
como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.
Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados
correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían
llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y
allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo
era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios
señores--personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con
que el personal de la estación les acogía--que después de examinar
prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me
afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de
un aire de misterio.
Lo que más me afligió fué verme separado--de un modo que luego comprendí
era definitivo--de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente
de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid,
fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía,
los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy
estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el
acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron
al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos
Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo
“equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La
Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi
pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una
especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté
por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante
más de nueve años.
--En Madrid quedaron--me dijeron.
--¿Qué tienen?
--Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos
estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los
muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor:
a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la
enfermería.
Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí
enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las
estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid.
¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las
grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me
antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué
horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de
“vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando
empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la
epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.
Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí
pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el
forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos.
Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones
metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis
horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.
No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar
la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza
de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción,
mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un
tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en
España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las
unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de
las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a
humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia.
Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría
discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los
muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su
estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque
comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi
procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las
estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse
en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina,
en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en
lastimarles.
Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza.
Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como
para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de
ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y
hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en
Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños
bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se
armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y
largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus
ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la
altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de
San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa.
Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo
comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos
almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las
estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen
francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más
dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren
despedirnos y nos llaman; todavía--cuando ya no hay remedio, cuando ya
nos vamos--quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que
vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...
Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio
agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.
Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas
las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos
y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve;
que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en
los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos
prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo
silbido que seguirá la zurda, etc.
Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina
empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos
rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror
me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto
agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva
y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos
en el Oria.
--¿Por qué la máquina grita así?--pregunté a un compañero.
--No te asustes--dijo--; el padre de nuestro maquinista vive cerca de
aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y
que se acuerda de él...
También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la
primera impresión de la muerte.
Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían
vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de
pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos
emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo
de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la
altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en
acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de
sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta
situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar
la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de
ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi
perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi
quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el
suelo...
--Lo ha matado--me dijo un compañero que había seguido, como yo, los
incidentes del pequeño drama.
--¿Y ya no podrá moverse?--interrogué candoroso.
Mi colega se burló de mí.
--¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que
la máquina lo ha matado?...
Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir
era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad
moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!...
Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la
tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo
“está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises:
el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a
estarlo.
Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía,
también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos
mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer,
sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de
espejismo que de realidad.
Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos
Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña
Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se
cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban
parte del “rápido” de Asturias.
--Esos dos--añadieron mis camaradas--han progresado: ruedan menos que
antes y viajan de día.
Luego preguntaron:
--¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar
en un “correo”.
Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me
produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había
embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...
--Mejor andaba con vosotros--repuse--pero tampoco diré que vivo mal. Es
cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en
cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son
tan graves...
¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de
mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era,
sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al
nuevo ambiente.
En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las
locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi
juicio, interminables.
Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del
mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría,
tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de
idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y
frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto
molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco;
luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en
costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste.
Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos
de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de
carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza
del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire--hay
ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia
inconcebible--; y, finalmente, del fogonero y de la acertada
disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que
transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los
peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La
Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los
talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta
cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De
Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa--por otro nombre La Casa
Real--que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy
repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así
apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus
silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra
locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca;
correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a
Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que
en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.
Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y
atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus
acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...
Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los
comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba
delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de
“primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas
convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que
me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos
pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa
de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el
miedo--enemigo de las etiquetas--yo le dije algo que demostraba mi
interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya
fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno
y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el
de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos
descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia
ni relieve.
Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así
la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una
constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”,
apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi
lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse
en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de
carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me
reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan
media hora y aún más, en cada estación.
Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más
dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es
la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para
los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los
viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños,
que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba
disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo
hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído.
La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la
grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y
en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un
torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido
en el declive de una loma...
A cada rato, me preguntaba:
--Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí
siempre?...
Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente
gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni
ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.
Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los
“expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme
feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las
cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el
arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso
en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del
convoy con voz musical:--“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado
que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras
portezuelas:--“¡Señores viajeros... al tren!...”
También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas,
efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa
al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre
estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía
llevar guitarras y aun cantar una copla--si el maquinista daba tiempo--y
que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.
¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y
generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar
el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos”
que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas
esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo
y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez
viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres
o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...--que es
el amor que esperan--va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos
ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del
mundo... y “Ellas” lo saben.
Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas
sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el
deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza,
llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación
donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del
lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...
Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos
guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos:
era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que
nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias,
graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades
lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a
un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid.
Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de
cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él;
en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de
libertad que sugiere la carrera de un tren.
Día por día la llaneza--no deliberada, sino espontánea--de mi carácter,
me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas,
en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar
interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”,
porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades
nuevas para mí.
De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido
que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y
entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en
amarlo todo.