Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra
frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A
nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del
expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
--Estad prevenidos--dijeron--porque hoy traemos mala gente.
--¿Quiénes son?--indagamos.
--Cuatro bandidos de los más célebres.
--¿Sabe vuestra policía que venían a España?
--Nos parece que no.
Pedimos detalles.
--Todos visten bien y son jóvenes--respondieron nuestros cofrades
traspirenaicos--; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta
años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde
París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano,
le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y
la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio
de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y
Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches
distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el
Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo
sin duda una consigna, saltaron a la vía.
El narrador concluyó:
--Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus
compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de
nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los
cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
--“El bello Raúl”--nos respondieron--es el único que lleva bigote; tiene
la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de
una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su
espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al
andar.
--¿Y Cardini?...
--El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le
corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra
cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de
corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot,
especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro.
Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están
afeitados.
El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su
país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San
Sebastián. Cierta inquietud folletinesca--trepidación de aventura--nos
sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:
--¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?
--No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?
--Tampoco.
Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida
rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al
cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos
se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para
trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco
de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos
más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas
delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.
Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a
Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al
“bello Raúl”, cuya gallardía--si el remoquete que le señalaba era
justo--debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su
mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a
sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas
no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los
segundos me atraían mejor. El policía--reflexionaba yo--tiene una
importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón,
pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las
cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido
muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio
del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad
del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El
ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto”
de la injusticia colectiva, el público--aun en contra de sus
intereses--en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la
novela, aplaude al ladrón...
Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:
--Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que
nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los
periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados
Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos
internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de
imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como
_gentlemen_; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más
rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y
saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque.
Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el
talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario
de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los
trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios
actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde
la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la
carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se
dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que
nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos
cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha
peleado en los _rings_; Jacobo Dommiot debe de tener también algún
oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce
jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...
Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto
había visto, tenía razón.
Doña Catástrofe continuó:
--Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un
bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo
también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los
pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar
con maña o por la fuerza, España--como en todo--se quedó rezagada.
Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que
apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo
rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el
extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los
perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por
gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco.
Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el
fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan
admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida
del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí
únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”;
y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin
entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios,
por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van
cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen
persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa,
entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...
Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido,
que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos
de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
--Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable,
grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición
insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala
alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil.
Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una
mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un
individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la
techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le
vería. “Debe de ser un ladrón”--se dijo el guardafreno. Pudo mandar
parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de
aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El
bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo
coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que
se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro,
temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a
mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el
fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando
la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!...
¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de
la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más
de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a
la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón,
recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de
cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por
encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero
podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los
temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno,
sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a
intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban
sentados--no les era posible mantenerse de pie--y a breve distancia uno
de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su
enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el
otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba,
buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado
apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel
momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le
desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué
entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre
animoso--si tú quieres--, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que
un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo
nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y
subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un
analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese
comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse
doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que
realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el
fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se
empieza!...
Le interrumpí para decirle:
--Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
--Me gusta--replicó Doña Catástrofe--que cada cual conozca y descuelle
en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y
que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa
rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso
de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy
buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven,
precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente
vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados
son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué
gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido
a los hombres en el corazón.
Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no
habló más.
Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso,
maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera
subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno
análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria
sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde
él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en
otra cosa.
En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden
franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña,
sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su
cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su
distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso,
quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de
viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano,
nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le
preguntó:
--¿Queda alguna cama?...
--Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le
cobraré el “suplemento”.
--Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
--Cuando usted guste.
El religioso, muy amablemente--acaso con una leve ironía--, saludó a los
viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del
departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este
comentario:
--Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la
miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y,
mucho menos, en _sleeping_!...
Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco
sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la
cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que
ellos--mejor educados, tal vez--no se atrevieron a decir. Las personas
toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez
desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la
extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente
confortable, mullido, lujoso...
Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña
Catástrofe me había hecho.
--He aquí un hombre--pensé--que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
X
Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de
Córdoba a Sevilla, mi familia--al convoy yo lo llamo “mi familia”--había
comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña
Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que
disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones
terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de
quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la
fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre
de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una
somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es
la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar
los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo,
correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla.
Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada
de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro
desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el
descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la
muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos
hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al
Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por
Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:
--Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco
minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo
presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis
ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas
cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia,
me veáis convertido en astillas.
La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a
recogernos, y bajo su recuerdo depresivo--un recuerdo al que se mezclaba
algo supersticioso--salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba
desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la
noche, lóbrega y húmeda, un gran frío--un frío que era miedo--me
traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado
que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.
--Oye, Misántropo--le dije.
Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar
no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como
todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus
lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo
el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el
horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de
rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza
ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos
ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo
corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego
sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi
temor a morir.
El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las
luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante,
el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi
atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados,
en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían
puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados,
cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya
tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un
convoy trágico.
A mis preguntas, El Misántropo contestó:
--Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a
Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.
Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis
compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los
choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una
procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.
Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna,
y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los
gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media
mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi
melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias
horas.
Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La
Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de
hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante
concurrencia.
--¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!--me gritó un compañero.
--¿Tanto he dormido?--pregunté.
--Toda la tarde.
Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:
--Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no
podamos dormir.
En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.
--¿Lo dices por los ladrones franceses?
--Sí.
--¿Les has visto?
--Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se
hablan: demuestran no conocerse.
Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración
semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la
salida del primer toro.
--¿Quiénes son?--dije.
--Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser
Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta
los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.
--¡El mismo!--exclamé--; ¿y el otro?
--Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros.
Creo que es Dommiot.
El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:
--¡Mira... mira!...
Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus
ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la
figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello
Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina,
se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.
--¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?--decía yo.
--Pienso que sí.
--¿Irán a asaltar el tren?...
Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí
hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:
--Recuerda--dijo--lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si
fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de
ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...
Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el
coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola.
Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que
los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos
Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo,
pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de
vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal
vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis
plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de
los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y
de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero
andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle
llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de
gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.
Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban
un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud:
ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se
despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que
acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un
individuo vestido con una blusa blanca, repetía:
--¡Almohadas de viaje!...
“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en
que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido.
Yo estaba inconsolable.
--¡Qué lástima!--suspiré.
Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:
--¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que
esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un
tiro?...
No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido
para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente
irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más,
participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo
eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo
le preguntaba a Doña Catástrofe:
--Oye: ¿qué hacen “esos”?...
--Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.
--¿Y Cardini?
--No hace nada.
--¿Duerme?
--No: ni lee ni duerme: mira.
--¿A quién?--insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores,
el prólogo de un drama.
--A nadie--replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe--; Cardini no
parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra
el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho
peor...
Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo,
era curioso, indagaba:
--Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.
El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la
pregunta:
--Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace
Mauricio?
--Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.
--¿Viaja contigo mucha gente?
--Voy completo.
--¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...
--¡Cállate, salvaje!...
El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en
memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña
Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era
así, y realmente se querían como hermanos.
Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al
Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:
--¿Qué hace “el bello Raúl”?...
--Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos
cerrados.
--¿Duerme, efectivamente?
--No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.
De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible
que--semejantes a eslabones--formaban nuestras preguntas y respuestas.
Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir
borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus
figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella
rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus
armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del
convoy.
A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas
interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con
que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.
--¿Qué hace Dommiot?
--Leer.
--¿Y el italiano?
--Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.
--¿Y Mauricio?
--Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.
--¿Y Raúl?...
--“El bello Raúl” duerme... o lo finge...
Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y
nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la
mayoría de los trenes--mercancías o correos--que se cruzaban con
nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de
democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...
--Llevamos gente sospechosa--les gritábamos al pasar.
Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de
quiénes les hablábamos, respondían:
--¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?
--Sí.
--¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la
vuelta!...
--Sí... sí...
--¡Buena noche!...
--¡Buen viaje!...
Todos--ellos y nosotros--nos interpelábamos a la vez, las locomotoras
silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran
en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba
con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.
Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto
los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente,
envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y
en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el
hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen.
En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el
aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido
todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en
el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los
insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto
amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les
restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro
de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas--creo
haber dicho que cada viajero era una idea para mí--me daba la prestancia
de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los
pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras
folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían
propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.
Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me
comunicó esta observación:
--Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de
Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto
sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se
interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen
pactado. Estoy intranquilo.
Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El
Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al
pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj...
Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro
hombres procedían movidos por una consigna.
Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña
Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno,
todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a
acometer a los viajeros.
--Son pocos--interrumpí--, no creo que se atrevan...
--He ahí mi miedo--replicó el viejo vagón--, que no operen solos, sino
en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para
descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...
Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir.
Pregunté:
--¿Es muy peligroso descarrilar?
--Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve
veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.
--Pero el maquinista y el fogonero--repliqué--no cesan de otear el
camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían
para parar.
--Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es
obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una
curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos,
ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La
Tirones frena mal.
De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron
a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.
--¿Hay novedad en la vía?--le gritamos.
--¡No!...--repuso.
Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la
contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita;
podíamos seguir.
No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de
desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña
Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba
con amor paternal, intentó serenarme.
--No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos
delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos
seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.
Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su
coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar
junto al antiguo boxeador, murmuró:
--Vamos.
Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado.
Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña
Catástrofe:
--¡Ahí van!... ahí les tienes...
Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a
salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De
ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que
tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.
Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron
delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña
Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas
cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos,
palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente,
repartía órdenes:
--Ya sabéis que yo defiendo la puerta.
Todos afirmaron.
--Tú--prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini--te quedas en el pasillo.
El italiano asintió.
--Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.
Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.
--Y si alguno se resiste--concluyó--le dais un buen golpe. Conviene
trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy
extremo.
Dicho esto, todos penetraron en mí.
--¿Quién iba a creer, Cabal--musitó Doña Catástrofe--que la fiesta iba a
ser en honor tuyo?...
“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente
que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron
y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y
montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito,
penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas
sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:
--Venga el dinero--decía--, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No
intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos
muchos.
Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.
--¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los
relojes... las sortijas...
Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en
actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil,
les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los
viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a
discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el
asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos:
quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos;
quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a
túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot
iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio,
siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes,
dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin
volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.
--No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio--advirtió
Dommiot--porque les asesinaríamos.
Dicho esto apagó la luz--como invitando a los desvalijados a reanudar
su sueño--y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre
callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde
la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en
medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo
las cadenas del pánico--no hay ligaduras que sujeten mejor--se dejaban
robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el
terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot,
por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro
minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de
corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón.
¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban
constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:
--¿Sucede algo?
Y los del italiano:
--Nada: todo marcha bien.
Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de
Cardini, interrogaban:
--¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...
Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:
--No...
Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para
escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades
centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era
más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme
con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a
otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la
misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.
El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no
podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente,
mis compañeros me demandaban.
Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces,
una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero
Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo,
sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en
el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se
esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un
pie sobre los cabellos.
La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se
mostraban inertes y dóciles.
--Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata...
¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!--repetía Dommiot.
Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de
prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho
un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo
le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de
sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni
Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los
restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles:
“Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes
neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie
se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados,
continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una
fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que
luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de
estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.
--Pero, ¿no acabas con él?--murmuró Mauricio.
En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le
oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en
los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra
vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador
recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron
que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.
--Tira--ordenó uno de ellos al italiano.
Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había
agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y
los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se
precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:
--¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...
El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la
inglesa, replicó fríamente:
--Si no le mato, no acabamos en toda la noche.
La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al
resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros
salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:
--¡Atrás!... ¡Atrás!...
Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi
plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos
más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban
voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían
iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el
guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños
aspavientos.
Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un
grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía
desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:
--¡Ladrones!... ¡Socorro!...
Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban
contra los fugitivos.
--¡Abajo--decía Raúl--, pronto!...
Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de
rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot,
quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin
lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo
fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás
retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche
fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron
casi inmediatamente.
El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me
invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y
más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de
sangre.