VIII

Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de

estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los

Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores

y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San

Antonio de la Florida.

La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba

un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría.

En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se

modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del

furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la

vanguardia.

--¡Bien colocado vas, Cabal!--me gritó el compañero que había pasado a

ocupar mi puesto.

--¿Por qué?--repuse.

--Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la

máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas

tocarte.

--Más viejo eres que yo--repliqué--y motivos tendrás para hablar como lo

haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de

sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir

soy yo.

Mi colocutor exclamó sentencioso:

--¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los

requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el

mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste

en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy

poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una

operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro

del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.

No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura

invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y

cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a

poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a

tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de

la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las

rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen

caretas...

Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una

señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con

una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de

pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su

esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar

periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque

sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el

aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó

cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y

decepcionados--ojos que habían visto mucho--, que iba y venía

escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una

vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me

pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.

La señora decía a su marido:

--Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...

Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora,

mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al

caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté

al compañero que me seguía:

--Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido

de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo,

metidos en la abertura del chaleco?...

--Ya sé quién dices--atajó El Misántropo--; viaja detrás de mí, en El

Tímido. ¿Te interesa?

--Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.

--¿Uno?--repitió--; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que

un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.

Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y

bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles

antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es

porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles

hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que,

misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un

tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?...

¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”

Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus

labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente

desdeñoso. Yo meditaba:

--Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no

se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera

al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por

caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso

rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene

razón de ser”...

Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:

--¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...

Contuvo un bostezo. El exclamó:

--¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.

La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa

blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible.

Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...

--¿No habrá aquí nada malo?...

El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa

de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué

bien se vive al lado de una compañera así!...”

--Creo que no--dijo--; el librero me aseguró que era una novela “para

señoras”...

Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan

cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces

oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede

usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es

para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes

así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden

por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en

árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral

nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que

no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha

el país!...

La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una

horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el

asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse,

lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra

en la que no había pecado.

El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el

interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que

entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de

riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los

billetes, el interventor exclamó:

--¿De modo que usted se apea en Medina?

--Desgraciadamente--replicó don Adelardo--: Carmen, mi señora, va a San

Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me

quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una

Fábrica.

A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo.

Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse

tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por

la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba

anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.

--Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame--rogaba el marido.

--Lo haré así; ¡como siempre!...

--¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!

--¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.

El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:

--Mi alma...

--Adiós--repetía la esposa--; adiós...

--¡Mi vida!...

--Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.

Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón,

él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le

enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las

manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las

frases acongojadoras de las despedidas:

--Te quiero; no me olvides...

--¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...

Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y

partimos.

Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo

hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió,

exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo

agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el

bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero

del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi

maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más:

era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.

--¡Carmen!--murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un

gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.

Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se

lo impidió.

--Siéntate enfrente de mí--murmuró--y sé prudente; el inspector conoce a

mi marido...

La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros,

esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”

Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y

de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital

donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el

viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo,

apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna

vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego

tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios.

La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un

valor de varios millones.

¡Y, sin embargo--reflexionaba yo--, ella no le quiere!... El delito no

era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los

barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las

leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre

queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en

la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido

un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y

desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia.

¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su

marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé,

ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la

lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único

cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido--y ante el

desengaño del matrimonio--suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como

de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia--dentro o no de

los Códigos--es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de

la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”;

mientras en Occidente cada hombre cuida--_in pártibus_--de las mujeres

ajenas.

Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente,

tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad

de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.

El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al

llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de

la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el

expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente,

aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un

buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su

marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a

su compañera una sortija.

--En recuerdo--murmuró--de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo

muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a

estar juntos.

Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de

alegría infantil; acaso--¡oh, dolor!--hubo en ellos un poquito de

codicia también...

Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija,

que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero

de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor

tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella

sabía tasar una joya!... Después--me parece que sin prisa--, dentro del

aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:

“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la

sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una

tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!...

¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda

lucir la sortija cuando esté a su lado...”

No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que

los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras

eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su

corazón. Continuó meditando:

“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan

que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se

enfadará...”

El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y

hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco

los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje

habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea,

“tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de

claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca

del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar

muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al

salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros.

Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las

actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros

pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y

lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero;

el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó.

La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se

aburría; entonces, a no ser por la sortija...

La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la

obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!

--¡La he olvidado en el lavabo!--bisbiseó.

Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con

zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar,

y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una

curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a

no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto

asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.

--¡Oh!--rugió desesperada.

Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar

su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los

nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía

a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:

--Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie

viene por gusto...

Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con

aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:

--¿Ha visto usted una sortija?

--No, señora.

--Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...

Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los

ojos. Esta hizo un ademán inocente:

--Acaso esté--dijo--; verdaderamente, yo no he mirado.

Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones,

arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido;

introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió

papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose,

aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con

quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero,

¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba

febril.

--¿Qué hacer--repetía--, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...

Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su

busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada

había visto, pero prometió informarse; preguntaría...

--Que la sortija aparezca--dijo--, depende, como usted comprende bien,

de la honradez de quien la haya encontrado.

--Yo creo--afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos

desconocidos que vió al salir del “tocador”--que la tiene un viajero de

mi coche; o del coche que va delante del mío...

Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que

aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de

buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba

rota...

Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que

iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido

con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo

había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron,

interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos

mientras se oprimían las manos.

Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:

“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge

tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”

Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron

dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:

--¿Qué tienes?...

Carmen repuso:

--Los nervios; no es nada.

Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la

sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí

decirle--pensó--que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se

quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una

bruta!...”

Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y

febriles. Su marido llegó a inquietarse.

Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.

--Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre

delante.

Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde,

repuso:

--Esa sortija no es mía.

Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don

Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:

--¿Es tuya?

--No.

El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las

piedras.

--¡Es bonita!--murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja--;

bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...

En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla.

Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija,

diciéndole:

--No es nuestra.

El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a

pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía

delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O

las sortijas extraviadas serán dos?”--pensó. Desconcertado y receloso,

pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase

a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.

--Te ha confundido con otra viajera--comentó don Adelardo.

--¡Sin duda!...

Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía

a su semblante. El esposo continuó:

--¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese

quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada

tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante.

¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...

Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su

pensamiento:

--O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la

inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.

La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la

sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos.

Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se

desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al

vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.

--Mi señora--explicó--se ha enamorado de ella.

El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad:

él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de

que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.

Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer

continuarán dichosos.

De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi

juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto

perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.

--De cosas peores--insistía El Presumido--ha sido testigo cualquiera de

nosotros.

Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:

--Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de

ella?...

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 31 / 57 题