VII

Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta

Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido

mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio,

me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente

entre un vagón que me impele--y que, a su vez, es empujado--y otro vagón

que me arrastra--porque a él también lo arrastran--he perdido la fe, tan

bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!...

Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha

concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones

de una cadena, unidades del universal convoy?...

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios,

como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos:

porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar,

soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de

donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por

todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y

otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van

y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra,

una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones:

todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de

las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las

locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la

febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para

nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por

encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento

folletinesco, de la niebla--la divina musa de los ojos cerrados--que en

la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la

alquitarada angustia de una indecisión...

Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las

quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes,

abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos

falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna

estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna

maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de

aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.

--Yo--suele decirme Doña Catástrofe--necesito saber que tenemos máquina;

“sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal

de no estar solas, se casan con cualquiera.

Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por

ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los

Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino,

nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos

medioevales, “las llaves de Castilla”...

Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo

de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés

pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor”

que llegaron a España.

--¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!--decía--; las

locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o

chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión

viajó conmigo un señor ministro... o senador--no recuerdo bien--a quien

todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y

poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una

ventanilla, saludó a un señor--que luego supe le administraba varias

haciendas--y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A

la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con

urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la

marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”--indagaba don José. Su

colocutor contestaba:--“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo,

como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”--“¿Y la langosta?”--“No se ha

presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media

hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el

diálogo, el rústico exclamó:--“Bueno, don José: deme licencia para

marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y

quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió

delante.

También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja

ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por

primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea

propietario de un burro, pueda casarse...

Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido--notable

embustero--solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.

En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y

vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo;

de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío

a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí

es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la

estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro

lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas

son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si

no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha--si bien

muy de tarde en tarde--los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco,

nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo

Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del

mundo.

Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba

aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la

Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura.

Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos

rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La

Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había

patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del

furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones

detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento

nos dictaba ideas lúgubres.

En Avila, La Caliente--que apenas había hecho justicia a su nombre--se

marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto

que--no me explico el olvido--había quedado a la intemperie. Su aspecto

me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un

viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente

frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez--pensé--estaré

yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no

pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...

La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la

presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña

Catástrofe renegaba.

--Como ésa tarde mucho en venir--aludía a la máquina--voy a quedarme

helado.

Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de

atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que

nunca.

--Esta maldita--meditaba yo--va a hacernos pasar esta noche un mal rato.

A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía,

por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.

--La Tirones ha bebido y está borracha--decía El Presumido.

¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser

normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres

blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve.

Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El

terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a

la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que

La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren.

Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante

largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...

Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora

comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin

interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro

inminente.

--¿Qué sucede?--nos interrogábamos unos a otros.

La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el

recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El

camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar

hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo,

algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se

preguntaban:

--¿Por qué grita la máquina así?

El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:

--Un hombre acaba de arrojarse a la vía.

Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.

Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos

y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con

celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último

furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa

de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco.

Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de

sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los

coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada

vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones

le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón

cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del

Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo

aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la

columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando

entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre,

sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El

convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo

torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la

nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...

Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El

cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido

de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la

izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque

muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había

en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo

hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo

contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la

sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella

frente, habían apagado una luz.

Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada,

tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña

Catástrofe trató de aliviarme:

--¡No te apures, Cabal!--exclamó--; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido?

Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha

sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando

que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.

Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían

consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que,

veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió

el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los

empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos

días.

Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las

gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo

había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el

mar, se perdían en la melancolía del mismo color.

A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy

Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o

nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro

horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de

Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era

blanco...

Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para

los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los

árabes, el violeta; para los europeos, el negro.

Yo pensé:

“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”

La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar

de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca

del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la

noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un

campo nevado.

Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los

colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del

espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los

cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la

más fecunda, es negra. En Africa--aseguran--como en el Brasil, la

naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias

genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta,

la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que

Otello tuviese los ojos azules.

Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente,

su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad

penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la

frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas

muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.

La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace

pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a

polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio,

adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último

gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno

equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su

colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus

miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió

a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde,

cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes

resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían

aún...

Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los

linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de

las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera

preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del

mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las

cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla,

inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los

arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores:

una especie de humareda yerta invade el espacio.

La nieve también es el silencio.

Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase

que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras

están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan

despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes

caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz

asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de

noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos,

oblicuos, parecen lápidas.

La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los

vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la

voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte.

Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así.

Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se

cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las

olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto,

todo frío, todo blanco...

A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe

seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al

convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con

el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo,

El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos

volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la

atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles

limpios, camareros de frac...

A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos

kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de

estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta,

Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín,

Ormaiztegui...

Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:

--¿Os acordáis?

--Sí, sí--respondimos todos.

Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No

tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido

sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería

decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al

muerto?...

De pronto, casi a la vez, exclamamos:

--¡Aquí fué!...

Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que

despertó a los viajeros.

Memorias de un vagón de ferrocarril · 第 30 / 57 题