XXV

Hacía tres días que los víveres faltaban completamente en el

Falkenstein, y Divès no había dado señales de vida. ¡Cuántas veces,

durante aquellas largas jornadas de agonía, los sitiados habían vuelto

los ojos hacia Falsburgo! ¡Cuántas veces habían escuchado con inmensa

atención, creyendo oír los pasos del contrabandista, cuando sólo llenaba

el espacio el vago murmullo del aire!

En medio de las torturas del hambre pasó aquel día, que era el que hacía

diez y nueve de la llegada de los guerrilleros al Falkenstein. Todos

permanecían silenciosos, sentados en el suelo, los rostros demacrados y

entregados a una especie de sueño sin fin. De vez en cuando se miraban

unos a otros con miradas centelleantes, como dispuestos a devorarse;

pero luego caían de nuevo en el abatimiento y la languidez.

Cuando el cuervo de Yégof, volando de cima en cima, se acercaba a aquel

lugar de infortunio, el anciano Materne se disponía a disparar su

carabina; pero en seguida el pájaro de mal agüero se alejaba velozmente,

lanzando graznidos lúgubres, y el brazo del anciano cazador volvía a

caer inerte. Como si el agotamiento que causaba el hambre no hubiera

bastado a colmar la medida de tanta miseria, aquellos desgraciados no

abrían la boca sino para acusarse y amenazarse mutuamente.

--¡No me toquéis!--gritaba Hexe-Baizel con voz desgarradora a los que la

miraban--; ¡no me miréis, porque os muerdo!

Luisa deliraba; sus hermosos ojos azules, en vez de objetos reales, no

veían mas que sombras, ya danzando por la meseta, ya suspendidas de la

maleza, ya posadas en la antigua torre.

--¡Aquí están los víveres!--exclamaba de vez en cuando la desdichada

joven.

Entonces los demás sitiados se irritaban contra la pobre niña, gritando,

llenos de indignación, que quería burlarse de ellos y que mirase bien lo

que hacía.

Sólo Jerónimo permanecía en completa calma; pero la gran cantidad de

nieve que había bebido para apagar el ardor de sus entrañas inundaba su

cuerpo y su demacrado rostro de un sudor frío.

El doctor Lorquin se había atado un pañuelo a la altura de los riñones y

lo apretaba cada vez más, pretendiendo de este modo aliviar su estómago.

Se hallaba sentado de espaldas a la torre, con los ojos cerrados, y de

hora en hora los abría, diciendo:

--Estamos en el primero..., en el segundo..., en el tercer período. Un

día más, y todo habrá concluido.

En seguida comenzaba a disertar sobre los druidas, sobre Odin, Brahma y

Pitágoras, haciendo citas latinas y griegas, anunciando la

transformación próxima de los del Harberg en lobos, zorros y animales de

todas clases.

--Yo--exclamaba--seré león, y comeré quince libras de carne de vaca

todos los días.

Y, después de una breve pausa, continuaba:

--¡No; yo quiero ser hombre; predicaré la paz, la fraternidad y la

justicia! ¡Ah, amigos míos! Sufrimos por nuestras propias faltas. ¿Qué

hemos hecho al otro lado del Rin desde hace diez años? ¿Con qué derecho

queremos imponer señores a esos pueblos? ¿Por qué no cambiamos con ellos

nuestras ideas, nuestros sentimientos, los productos de nuestras artes y

de nuestra industria? ¿Por qué no los tratamos como hermanos en lugar de

querer someterlos? En tal caso, hubiéramos sido bien recibidos. ¡Cuánto

han debido sufrir esos desgraciados durante diez años de violencia y de

rapiña!... ¡Ahora se vengan..., y es de justicia! ¡Que la maldición de

Dios caiga sobre los miserables que separan a los pueblos para

oprimirlos!

Después de estos momentos de exaltación, el doctor caía desmayado en el

muro de la torre, murmurando:

--¡Pan!... ¡Oh! ¡Nada más que un pedazo de pan!

Los hijos de Materne, agazapados en la maleza, con la carabina al

hombro, parecían esperar el paso de una caza que no llegaba. La idea de

un acecho sin fin sostenía sus expirantes fuerzas.

Otros muchos, encorvados sobre sí mismos, tiritaban al sentirse

devorados por la fiebre y acusaban a Juan Claudio de haberlos llevado al

Falkenstein.

Hullin, con una firmeza de carácter sobrehumana, iba y venía observando

lo que pasaba en los valles de los alrededores, sin pronunciar una

palabra.

De vez en cuando avanzaba hasta los bordes de la peña, y con las

mandíbulas apretadas y los ojos centelleantes, miraba a Yégof sentado

delante de una gran hoguera en la meseta de «El Encinar», en medio de

una pandilla de cosacos. Desde la llegada de los alemanes al valle de

Charmes el loco no había abandonado aquel puesto; parecía que estaba

contemplando desde allí la agonía de sus víctimas.

Tal era el aspecto que ofrecían aquellos desgraciados bajo la inmensa

bóveda de los cielos.

El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda

alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de

todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede

a toda ponderación.

Al acabar aquel día, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se

encapotó; grandes nubes negras se elevaron por detrás de la cumbre del

Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus

últimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo

el ámbito de la peña era profundo. Luisa no daba señal alguna de vida;

Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza.

Catalina Lefèvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los

brazos descarnados, las facciones rígidas y duras, los cabellos sueltos,

que caían sobre sus verdosas mejillas, la vista huraña y el mentón

apretado como un tornillo de carpintero, parecía una vieja sibila,

sentada en medio de los brezos. Catalina había enmudecido. Hullin,

Jerónimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se habían sentado

alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecían

silenciosos, y los últimos rayos del crepúsculo iluminaban el grupo

sombrío. A la derecha, detrás de una prominencia de la peña, se veían

brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En

tal situación, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba,

murmuró de repente algunas palabras ininteligibles. Luego añadió en voz

baja:

--¡Divès llega!... Le veo... Sale por la poterna que está a la derecha

del arsenal... Gaspar le sigue y...

Catalina comenzó a hablar lentamente:

--¡Doscientos cuarenta hombres!--añadió--. Son guardias nacionales y

soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrás de la media

luna... Gaspar habla con Marcos... ¿Qué le dice?

La anciana parecía que escuchaba.

--«¿Vamos pronto?» Sí, venid pronto... El tiempo vuela... ¡Ya están en

la explanada!

Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, poniéndose en

pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la

boca muy abierta, aulló de un modo terrible:

--¡Valor! ¡Sí, matad, matad!; ¡ah!, ¡ah!

Y cayó pesadamente al suelo.

Aquel espantoso grito despertó a toda la gente; los mismos muertos se

hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijérase que renacían.

Algo extraño había en el ambiente. ¿Era la esperanza, la vida, el

espíritu? No sé; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales,

conteniendo la respiración para mejor oír. Luisa también se movía

lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando

de rodillas, y, ¡cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las

tinieblas del lado de Falsburgo, creyó ver el chisporroteo de unos

disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.

Catalina había vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que

un momento antes estaban inertes como una máscara de yeso, se

estremecían convulsivamente, y su mirada parecía cubrirse con el velo

del ensueño. Todos prestaban gran atención; hubiérase dicho que sus

vidas pendían de los labios de la anciana. Así transcurrió un cuarto de

hora, al cabo del cual la labradora prosiguió:

--Han atravesado las líneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los

veo... Gaspar y Divès van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los

amigos de la ciudad... ¡Ya llegan, ya llegan!...

Y calló nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron

escuchando; pero la visión había pasado. Los segundos se sucedían unos a

otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel

comenzó a decir con agria voz:

--¡Está loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y sé que se burla

de nosotros. ¿Qué le importa a él que perezcamos aquí? ¡Con tal de que

no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una

pipa tranquilamente junto al fuego, lo demás le tiene sin cuidado! ¡Ah,

bandido!

Todo volvió a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un

instante con la esperanza de una salvación próxima, cayeron de nuevo en

la desesperación.

--Ha sido un sueño--pensaban los desgraciados--. Hexe-Baizel tiene

razón; estamos condenados a morir de hambre.

Mientras se sucedían estos hechos, iba la noche acercándose. Cuando la

Luna salió tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de

sitiados, Hullin era el único que velaba, presa de los ardores de la

fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oía la voz de

los centinelas alemanes que gritaban: _Wer da!_, _Wer da!_, o bien

percibía el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o

el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los

gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero

concluyó por dormirse como los demás. Cuando se despertó, el reloj de la

aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al oír aquellas lejanas

vibraciones, salió de su amodorramiento; abrió los ojos, y como mirase

sin conciencia de lo que hacía, tratando de evocar sus recuerdos, el

vago resplandor de una antorcha pasó ante su vista; el guerrillero

sintió miedo y se dijo:

--¿Me habré vuelto loco? La noche está obscurísima, y, sin embargo, veo

luces...

Volvió a aparecer la llama. Hullin la miró mejor y se levantó

bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contraída

faz. Por último, dirigió al azar una mirada y vio distintamente una

hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera

que barría el cielo con su ala púrpura y retorcía la sombra de los

abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella señal era la

convenida entre él y Piorette para anunciar un ataque, comenzó a temblar

de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la

obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos,

balbuceó:

--¡Catalina!... ¡Luisa!... ¡Jerónimo!

Pero nadie le respondió, y después de manotear en el vacío, creyendo que

andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero

cayó al suelo, exclamando:

--¡Hijos míos!... ¡Catalina!... ¡Ya vienen!... ¡Nos hemos salvado!...

En el mismo momento oyose un vago rumor; parecía que los muertos

resucitaban; luego resonó una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se

había vuelto loca de sufrimiento.

Más tarde, Catalina exclamó:

--Hullin... Hullin... ¿Quién ha hablado?

Juan Claudio, repuesto de la emoción, dijo con acento firme:

--Jerónimo, Catalina, Materne y vosotros todos, ¿estáis muertos? ¿No

veis aquella hoguera, más allá del Blanru? Es Piorette, que viene a

socorrernos.

Y en el mismo instante una profunda detonación repercutió en los

desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del

juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que

despertaron repentinamente.

--¡Es Piorette! ¡Es Marcos!--gritaban voces cascadas y secas, voces de

esqueletos--. ¡Vienen a socorrernos!

Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos

habían huido las lágrimas. Una segunda detonación les puso en pie.

--¡Son descargas cerradas!--exclamó Hullin--; los nuestros hacen también

fuego por descargas; ¡tenemos tropas de línea! ¡Viva Francia!

--Sí--contestó Jerónimo--; la señora Lefèvre tenía razón; los de

Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y,

mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.

En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta

de «El Encinar» y las alturas de Kilberi.

Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en

medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la peña, oyose

la voz de Materne que les gritaba:

--¡Tened cuidado, que ahí está el precipicio!

Detuviéronse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de

aire frío, que subía del abismo, era lo único que les reveló el peligro.

Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en

tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los

disparos pasaba como la luz del relámpago, iluminando ya una vieja

encina, ya el negro perfil de una peña, ya un pequeño matorral, y los

grupos de hombres que iban y venían como en medio de un incendio. Se oía

a dos mil pies más abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos

rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en

cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de

una cumbre a otra, «¡Eh!, ¡oh!, ¡eh!», se elevaba hasta el Falkenstein

como un suspiro.

--Es Marcos--decía Hullin--; es la voz de Marcos.

--Sí, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor--añadía Jerónimo.

Los demás, sentados alrededor de los jefes, con el oído atento y las

manos en el borde de la peña, miraban al abismo. Las descargas

continuaban con gran viveza, lo que revelaba el encarnizamiento de la

batalla; pero era imposible ver nada. ¡Oh! ¡Cómo hubieran querido los

pobres sitiados tomar parte en aquella lucha suprema! ¡Con qué ardor se

hubieran precipitado al combate! El temor de ser otra vez abandonados,

de ver a sus defensores en retirada al llegar el día, les tenía mudos de

espanto.

Mientras tanto, comenzaba a nacer el día; el pálido crepúsculo se

asomaba tras las negras cumbres; algunos rayos descendían hasta los

valles tenebrosos, y media hora después se plateaban las brumas del

abismo. Hullin dirigió una mirada por los intersticios de las nubes y

pudo reconocer la posición. Los alemanes habían perdido la altura del

Valtin y la meseta de «El Encinar» y estaban agrupados en el valle de

Charmes, al pie del Falkenstein, a un tercio de la ladera, para no ser

dominados por el fuego de sus adversarios. Frente a la peña, Piorette,

dueño de «El Encinar», levantaba barricadas con troncos de árboles en la

pendiente de Charmes. Con la pipa en la boca, con el sombrero metido

hasta las orejas y la carabina en bandolera, iba y venía de uno a otro

lado. Brillaban a la luz del Sol naciente las hachas azuladas de los

leñadores. A la izquierda de la aldea, en la ladera del Valtin y en

medio de los matorrales, Marcos Divès, montado en un caballejo negro de

larga cola, con su espadón colgando del puño, señalaba las ruinas y el

camino de _schlitte_. Un oficial de infantería y algunos guardias

nacionales, con uniformes azules, le escuchaban; Gaspar Lefèvre solo,

delante del grupo, y apoyado en el fusil, parecía meditabundo. Por su

actitud se comprendía cuán enérgicas eran las resoluciones que formaba

para el momento del ataque. Por último, en la cumbre de la colina, junto

al bosque, doscientos o trescientos hombres formados en filas, con el

fusil en descanso, también miraban.

Al ver tan escaso número de defensores oprimióseles el corazón a los

sitiados, tanto más cuanto que los alemanes, siete u ocho veces

superiores en número, comenzaban a formar dos columnas de ataque para

tornar de nuevo las posiciones perdidas. El general enemigo enviaba

ayudantes a diferentes lados transmitiendo órdenes, y las bayonetas

empezaban a desfilar.

--¡Esto ha concluido!--dijo Hullin a Jerónimo--. ¿Qué pueden hacer

quinientos o seiscientos hombres contra cuatro mil en línea de batalla?

Los falsburgueses volverán a sus casas diciendo: «¡Hemos cumplido con

nuestro deber!», y Piorette será destrozado.

Todos los sitiados pensaban lo mismo; pero lo que colmó su desesperación

fue ver de repente una larga fila de cosacos desembocar en el valle de

Charmes a galope tendido, con el loco Yégof a la cabeza, volando como

el viento; su barba, la cola de su caballo, su piel de perro y su roja

cabellera hendían el aire. El loco miraba hacia la peña y blandía la

lanza por encima de su cabeza. Desde el fondo del valle se dirigió

derechamente hacia el Estado Mayor enemigo, y cuando llegó delante del

general hizo algunos gestos señalando al otro lado de la meseta de «El

Encinar».

--¡Ah, bandido!--exclamó Hullin--. Está diciendo que Piorette carece de

defensas por aquel lado y que es preciso rodear la montaña.

En efecto; una columna se puso inmediatamente en marcha en tal

dirección, mientras que otra se dirigía a los parapetos para despistar a

los sitiados sobre el movimiento de la primera.

--Materne--gritó Juan Claudio--. ¿No habría medio de darle un tiro a ese

loco?

El anciano cazador movió la cabeza y dijo:

--No; es imposible; está fuera de alcance.

En aquel momento Catalina dejó escapar un grito feroz, que asemejose al

graznido de un gavilán.

--¡Aplastémosles!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!

Y aquella anciana, que un momento antes parecía tan débil, se arrojó

sobre una enorme piedra y la levantó con ambas manos; luego,

adelantándose con paso firme--sueltos los largos cabellos grises, la

nariz aguileña hundida en sus contraídos labios, las mejillas tersas y

el cuerpo doblado--, llegó hasta el borde del abismo y lanzó la piedra

al vacío, en que describió una curva inmensa.

Oyose un estruendo horrible debajo; saltaron trozos de abetos en

infinitas direcciones, y la enorme piedra rebotó a unos cien pasos con

nuevo ímpetu, descendió luego una rápida pendiente, y de un último salto

fue a caer sobre Yégof, aplastándole a los mismos pies del general

enemigo. Todo ello fue obra de escasos segundos.

Catalina, de pie en el filo de la peña, reía con risa estridente que no

tenía fin.

Y los demás, aquellos hombres que parecían fantasmas, como animados de

una vida nueva, se precipitaron sobre las ruinas del viejo _burgo_

gritando:

--¡A muerte! ¡A muerte!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!

Nunca se vio una escena más terrible. Aquellos seres que se hallaban a

las puertas del sepulcro, secos y descarnados como esqueletos, volvían a

recobrar sus fuerzas para la matanza. No vacilaban ni estaban

entorpecidos; cada cual cogía su piedra y la arrojaba al precipicio,

volviendo a coger otra sin perder tiempo y sin mirar siquiera lo que

pasaba debajo.

Ya puede imaginarse cuál sería el estupor de los _kaiserlicks_ ante

aquel diluvio de escombros y piedras. Al sentir el ruido que hacían los

peñascos saltando por encima de la maleza y los macizos de árboles, los

atacantes se volvieron y quedáronse como petrificados, al principio; mas

levantando los ojos hacia arriba y viendo que descendían sin cesar

piedras y más piedras, y contemplando en lo alto unos espectros que iban

y venían, alzaban los brazos, arrojaban proyectiles y volvían a comenzar

la tarea, al ver a sus camaradas destrozados, pues había filas de

quince o veinte hombres aniquilados de un solo golpe, un grito inmenso

resonó en el valle de Charmes hasta el Falkenstein, y, a pesar de las

imprecaciones de los jefes, no obstante el fuego de fusilería que

comenzaba a derecha e izquierda, los alemanes iniciaron la desbandada

para escapar a aquella horrible muerte.

En lo más fuerte de la derrota, el general enemigo logró rehacer un

batallón y que marchara al paso hacia la aldea.

Aquel hombre, tranquilo en medio del desastre, tenía algo de grande y de

digno. A veces se volvía con aire sombrío para mirar cómo caían las

rocas, que dejaban claros sangrientos en sus filas.

Juan Claudio lo observaba, y a pesar del entusiasmo del triunfo, a pesar

de la certeza de haber escapado al hambre, el viejo soldado no podía

substraerse a un sentimiento de admiración.

--Mira--dijo a Jerónimo--; hace como nosotros al volver del Donon y del

Grosmann; se queda el último y no cede el terreno sino palmo a palmo.

Decididamente, hay hombres valerosos en todas partes.

Marcos Divès y Piorette, testigos de aquel golpe de audacia, descendían

atravesando los pinares, para cortar la retirada al general enemigo;

pero no pudieron conseguirlo. El batallón, reducido a la mitad, formó el

cuadro detrás de la aldea de Charmes y subió lentamente por el valle del

Sarre, deteniéndose de vez en cuando, como un jabalí herido que hace

frente a la jauría, cuando los hombres de Piorette o los de Falsburgo le

hostigaban mucho.

Así terminó la gran batalla del Falkenstein, conocida en la sierra con

el nombre de _Batalla de las Peñas_.

La invasión o El loco Yégof · 第 33 / 49 题