Hacía tres días que los víveres faltaban completamente en el
Falkenstein, y Divès no había dado señales de vida. ¡Cuántas veces,
durante aquellas largas jornadas de agonía, los sitiados habían vuelto
los ojos hacia Falsburgo! ¡Cuántas veces habían escuchado con inmensa
atención, creyendo oír los pasos del contrabandista, cuando sólo llenaba
el espacio el vago murmullo del aire!
En medio de las torturas del hambre pasó aquel día, que era el que hacía
diez y nueve de la llegada de los guerrilleros al Falkenstein. Todos
permanecían silenciosos, sentados en el suelo, los rostros demacrados y
entregados a una especie de sueño sin fin. De vez en cuando se miraban
unos a otros con miradas centelleantes, como dispuestos a devorarse;
pero luego caían de nuevo en el abatimiento y la languidez.
Cuando el cuervo de Yégof, volando de cima en cima, se acercaba a aquel
lugar de infortunio, el anciano Materne se disponía a disparar su
carabina; pero en seguida el pájaro de mal agüero se alejaba velozmente,
lanzando graznidos lúgubres, y el brazo del anciano cazador volvía a
caer inerte. Como si el agotamiento que causaba el hambre no hubiera
bastado a colmar la medida de tanta miseria, aquellos desgraciados no
abrían la boca sino para acusarse y amenazarse mutuamente.
--¡No me toquéis!--gritaba Hexe-Baizel con voz desgarradora a los que la
miraban--; ¡no me miréis, porque os muerdo!
Luisa deliraba; sus hermosos ojos azules, en vez de objetos reales, no
veían mas que sombras, ya danzando por la meseta, ya suspendidas de la
maleza, ya posadas en la antigua torre.
--¡Aquí están los víveres!--exclamaba de vez en cuando la desdichada
joven.
Entonces los demás sitiados se irritaban contra la pobre niña, gritando,
llenos de indignación, que quería burlarse de ellos y que mirase bien lo
que hacía.
Sólo Jerónimo permanecía en completa calma; pero la gran cantidad de
nieve que había bebido para apagar el ardor de sus entrañas inundaba su
cuerpo y su demacrado rostro de un sudor frío.
El doctor Lorquin se había atado un pañuelo a la altura de los riñones y
lo apretaba cada vez más, pretendiendo de este modo aliviar su estómago.
Se hallaba sentado de espaldas a la torre, con los ojos cerrados, y de
hora en hora los abría, diciendo:
--Estamos en el primero..., en el segundo..., en el tercer período. Un
día más, y todo habrá concluido.
En seguida comenzaba a disertar sobre los druidas, sobre Odin, Brahma y
Pitágoras, haciendo citas latinas y griegas, anunciando la
transformación próxima de los del Harberg en lobos, zorros y animales de
todas clases.
--Yo--exclamaba--seré león, y comeré quince libras de carne de vaca
todos los días.
Y, después de una breve pausa, continuaba:
--¡No; yo quiero ser hombre; predicaré la paz, la fraternidad y la
justicia! ¡Ah, amigos míos! Sufrimos por nuestras propias faltas. ¿Qué
hemos hecho al otro lado del Rin desde hace diez años? ¿Con qué derecho
queremos imponer señores a esos pueblos? ¿Por qué no cambiamos con ellos
nuestras ideas, nuestros sentimientos, los productos de nuestras artes y
de nuestra industria? ¿Por qué no los tratamos como hermanos en lugar de
querer someterlos? En tal caso, hubiéramos sido bien recibidos. ¡Cuánto
han debido sufrir esos desgraciados durante diez años de violencia y de
rapiña!... ¡Ahora se vengan..., y es de justicia! ¡Que la maldición de
Dios caiga sobre los miserables que separan a los pueblos para
oprimirlos!
Después de estos momentos de exaltación, el doctor caía desmayado en el
muro de la torre, murmurando:
--¡Pan!... ¡Oh! ¡Nada más que un pedazo de pan!
Los hijos de Materne, agazapados en la maleza, con la carabina al
hombro, parecían esperar el paso de una caza que no llegaba. La idea de
un acecho sin fin sostenía sus expirantes fuerzas.
Otros muchos, encorvados sobre sí mismos, tiritaban al sentirse
devorados por la fiebre y acusaban a Juan Claudio de haberlos llevado al
Falkenstein.
Hullin, con una firmeza de carácter sobrehumana, iba y venía observando
lo que pasaba en los valles de los alrededores, sin pronunciar una
palabra.
De vez en cuando avanzaba hasta los bordes de la peña, y con las
mandíbulas apretadas y los ojos centelleantes, miraba a Yégof sentado
delante de una gran hoguera en la meseta de «El Encinar», en medio de
una pandilla de cosacos. Desde la llegada de los alemanes al valle de
Charmes el loco no había abandonado aquel puesto; parecía que estaba
contemplando desde allí la agonía de sus víctimas.
Tal era el aspecto que ofrecían aquellos desgraciados bajo la inmensa
bóveda de los cielos.
El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda
alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de
todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede
a toda ponderación.
Al acabar aquel día, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se
encapotó; grandes nubes negras se elevaron por detrás de la cumbre del
Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus
últimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo
el ámbito de la peña era profundo. Luisa no daba señal alguna de vida;
Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza.
Catalina Lefèvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los
brazos descarnados, las facciones rígidas y duras, los cabellos sueltos,
que caían sobre sus verdosas mejillas, la vista huraña y el mentón
apretado como un tornillo de carpintero, parecía una vieja sibila,
sentada en medio de los brezos. Catalina había enmudecido. Hullin,
Jerónimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se habían sentado
alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecían
silenciosos, y los últimos rayos del crepúsculo iluminaban el grupo
sombrío. A la derecha, detrás de una prominencia de la peña, se veían
brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En
tal situación, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba,
murmuró de repente algunas palabras ininteligibles. Luego añadió en voz
baja:
--¡Divès llega!... Le veo... Sale por la poterna que está a la derecha
del arsenal... Gaspar le sigue y...
Catalina comenzó a hablar lentamente:
--¡Doscientos cuarenta hombres!--añadió--. Son guardias nacionales y
soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrás de la media
luna... Gaspar habla con Marcos... ¿Qué le dice?
La anciana parecía que escuchaba.
--«¿Vamos pronto?» Sí, venid pronto... El tiempo vuela... ¡Ya están en
la explanada!
Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, poniéndose en
pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la
boca muy abierta, aulló de un modo terrible:
--¡Valor! ¡Sí, matad, matad!; ¡ah!, ¡ah!
Y cayó pesadamente al suelo.
Aquel espantoso grito despertó a toda la gente; los mismos muertos se
hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijérase que renacían.
Algo extraño había en el ambiente. ¿Era la esperanza, la vida, el
espíritu? No sé; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales,
conteniendo la respiración para mejor oír. Luisa también se movía
lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando
de rodillas, y, ¡cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las
tinieblas del lado de Falsburgo, creyó ver el chisporroteo de unos
disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.
Catalina había vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que
un momento antes estaban inertes como una máscara de yeso, se
estremecían convulsivamente, y su mirada parecía cubrirse con el velo
del ensueño. Todos prestaban gran atención; hubiérase dicho que sus
vidas pendían de los labios de la anciana. Así transcurrió un cuarto de
hora, al cabo del cual la labradora prosiguió:
--Han atravesado las líneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los
veo... Gaspar y Divès van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los
amigos de la ciudad... ¡Ya llegan, ya llegan!...
Y calló nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron
escuchando; pero la visión había pasado. Los segundos se sucedían unos a
otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel
comenzó a decir con agria voz:
--¡Está loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y sé que se burla
de nosotros. ¿Qué le importa a él que perezcamos aquí? ¡Con tal de que
no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una
pipa tranquilamente junto al fuego, lo demás le tiene sin cuidado! ¡Ah,
bandido!
Todo volvió a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un
instante con la esperanza de una salvación próxima, cayeron de nuevo en
la desesperación.
--Ha sido un sueño--pensaban los desgraciados--. Hexe-Baizel tiene
razón; estamos condenados a morir de hambre.
Mientras se sucedían estos hechos, iba la noche acercándose. Cuando la
Luna salió tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de
sitiados, Hullin era el único que velaba, presa de los ardores de la
fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oía la voz de
los centinelas alemanes que gritaban: _Wer da!_, _Wer da!_, o bien
percibía el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o
el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los
gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero
concluyó por dormirse como los demás. Cuando se despertó, el reloj de la
aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al oír aquellas lejanas
vibraciones, salió de su amodorramiento; abrió los ojos, y como mirase
sin conciencia de lo que hacía, tratando de evocar sus recuerdos, el
vago resplandor de una antorcha pasó ante su vista; el guerrillero
sintió miedo y se dijo:
--¿Me habré vuelto loco? La noche está obscurísima, y, sin embargo, veo
luces...
Volvió a aparecer la llama. Hullin la miró mejor y se levantó
bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contraída
faz. Por último, dirigió al azar una mirada y vio distintamente una
hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera
que barría el cielo con su ala púrpura y retorcía la sombra de los
abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella señal era la
convenida entre él y Piorette para anunciar un ataque, comenzó a temblar
de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la
obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos,
balbuceó:
--¡Catalina!... ¡Luisa!... ¡Jerónimo!
Pero nadie le respondió, y después de manotear en el vacío, creyendo que
andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero
cayó al suelo, exclamando:
--¡Hijos míos!... ¡Catalina!... ¡Ya vienen!... ¡Nos hemos salvado!...
En el mismo momento oyose un vago rumor; parecía que los muertos
resucitaban; luego resonó una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se
había vuelto loca de sufrimiento.
Más tarde, Catalina exclamó:
--Hullin... Hullin... ¿Quién ha hablado?
Juan Claudio, repuesto de la emoción, dijo con acento firme:
--Jerónimo, Catalina, Materne y vosotros todos, ¿estáis muertos? ¿No
veis aquella hoguera, más allá del Blanru? Es Piorette, que viene a
socorrernos.
Y en el mismo instante una profunda detonación repercutió en los
desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del
juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que
despertaron repentinamente.
--¡Es Piorette! ¡Es Marcos!--gritaban voces cascadas y secas, voces de
esqueletos--. ¡Vienen a socorrernos!
Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos
habían huido las lágrimas. Una segunda detonación les puso en pie.
--¡Son descargas cerradas!--exclamó Hullin--; los nuestros hacen también
fuego por descargas; ¡tenemos tropas de línea! ¡Viva Francia!
--Sí--contestó Jerónimo--; la señora Lefèvre tenía razón; los de
Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y,
mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.
En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta
de «El Encinar» y las alturas de Kilberi.
Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en
medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la peña, oyose
la voz de Materne que les gritaba:
--¡Tened cuidado, que ahí está el precipicio!
Detuviéronse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de
aire frío, que subía del abismo, era lo único que les reveló el peligro.
Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en
tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los
disparos pasaba como la luz del relámpago, iluminando ya una vieja
encina, ya el negro perfil de una peña, ya un pequeño matorral, y los
grupos de hombres que iban y venían como en medio de un incendio. Se oía
a dos mil pies más abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos
rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en
cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de
una cumbre a otra, «¡Eh!, ¡oh!, ¡eh!», se elevaba hasta el Falkenstein
como un suspiro.
--Es Marcos--decía Hullin--; es la voz de Marcos.
--Sí, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor--añadía Jerónimo.
Los demás, sentados alrededor de los jefes, con el oído atento y las
manos en el borde de la peña, miraban al abismo. Las descargas
continuaban con gran viveza, lo que revelaba el encarnizamiento de la
batalla; pero era imposible ver nada. ¡Oh! ¡Cómo hubieran querido los
pobres sitiados tomar parte en aquella lucha suprema! ¡Con qué ardor se
hubieran precipitado al combate! El temor de ser otra vez abandonados,
de ver a sus defensores en retirada al llegar el día, les tenía mudos de
espanto.
Mientras tanto, comenzaba a nacer el día; el pálido crepúsculo se
asomaba tras las negras cumbres; algunos rayos descendían hasta los
valles tenebrosos, y media hora después se plateaban las brumas del
abismo. Hullin dirigió una mirada por los intersticios de las nubes y
pudo reconocer la posición. Los alemanes habían perdido la altura del
Valtin y la meseta de «El Encinar» y estaban agrupados en el valle de
Charmes, al pie del Falkenstein, a un tercio de la ladera, para no ser
dominados por el fuego de sus adversarios. Frente a la peña, Piorette,
dueño de «El Encinar», levantaba barricadas con troncos de árboles en la
pendiente de Charmes. Con la pipa en la boca, con el sombrero metido
hasta las orejas y la carabina en bandolera, iba y venía de uno a otro
lado. Brillaban a la luz del Sol naciente las hachas azuladas de los
leñadores. A la izquierda de la aldea, en la ladera del Valtin y en
medio de los matorrales, Marcos Divès, montado en un caballejo negro de
larga cola, con su espadón colgando del puño, señalaba las ruinas y el
camino de _schlitte_. Un oficial de infantería y algunos guardias
nacionales, con uniformes azules, le escuchaban; Gaspar Lefèvre solo,
delante del grupo, y apoyado en el fusil, parecía meditabundo. Por su
actitud se comprendía cuán enérgicas eran las resoluciones que formaba
para el momento del ataque. Por último, en la cumbre de la colina, junto
al bosque, doscientos o trescientos hombres formados en filas, con el
fusil en descanso, también miraban.
Al ver tan escaso número de defensores oprimióseles el corazón a los
sitiados, tanto más cuanto que los alemanes, siete u ocho veces
superiores en número, comenzaban a formar dos columnas de ataque para
tornar de nuevo las posiciones perdidas. El general enemigo enviaba
ayudantes a diferentes lados transmitiendo órdenes, y las bayonetas
empezaban a desfilar.
--¡Esto ha concluido!--dijo Hullin a Jerónimo--. ¿Qué pueden hacer
quinientos o seiscientos hombres contra cuatro mil en línea de batalla?
Los falsburgueses volverán a sus casas diciendo: «¡Hemos cumplido con
nuestro deber!», y Piorette será destrozado.
Todos los sitiados pensaban lo mismo; pero lo que colmó su desesperación
fue ver de repente una larga fila de cosacos desembocar en el valle de
Charmes a galope tendido, con el loco Yégof a la cabeza, volando como
el viento; su barba, la cola de su caballo, su piel de perro y su roja
cabellera hendían el aire. El loco miraba hacia la peña y blandía la
lanza por encima de su cabeza. Desde el fondo del valle se dirigió
derechamente hacia el Estado Mayor enemigo, y cuando llegó delante del
general hizo algunos gestos señalando al otro lado de la meseta de «El
Encinar».
--¡Ah, bandido!--exclamó Hullin--. Está diciendo que Piorette carece de
defensas por aquel lado y que es preciso rodear la montaña.
En efecto; una columna se puso inmediatamente en marcha en tal
dirección, mientras que otra se dirigía a los parapetos para despistar a
los sitiados sobre el movimiento de la primera.
--Materne--gritó Juan Claudio--. ¿No habría medio de darle un tiro a ese
loco?
El anciano cazador movió la cabeza y dijo:
--No; es imposible; está fuera de alcance.
En aquel momento Catalina dejó escapar un grito feroz, que asemejose al
graznido de un gavilán.
--¡Aplastémosles!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!
Y aquella anciana, que un momento antes parecía tan débil, se arrojó
sobre una enorme piedra y la levantó con ambas manos; luego,
adelantándose con paso firme--sueltos los largos cabellos grises, la
nariz aguileña hundida en sus contraídos labios, las mejillas tersas y
el cuerpo doblado--, llegó hasta el borde del abismo y lanzó la piedra
al vacío, en que describió una curva inmensa.
Oyose un estruendo horrible debajo; saltaron trozos de abetos en
infinitas direcciones, y la enorme piedra rebotó a unos cien pasos con
nuevo ímpetu, descendió luego una rápida pendiente, y de un último salto
fue a caer sobre Yégof, aplastándole a los mismos pies del general
enemigo. Todo ello fue obra de escasos segundos.
Catalina, de pie en el filo de la peña, reía con risa estridente que no
tenía fin.
Y los demás, aquellos hombres que parecían fantasmas, como animados de
una vida nueva, se precipitaron sobre las ruinas del viejo _burgo_
gritando:
--¡A muerte! ¡A muerte!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!
Nunca se vio una escena más terrible. Aquellos seres que se hallaban a
las puertas del sepulcro, secos y descarnados como esqueletos, volvían a
recobrar sus fuerzas para la matanza. No vacilaban ni estaban
entorpecidos; cada cual cogía su piedra y la arrojaba al precipicio,
volviendo a coger otra sin perder tiempo y sin mirar siquiera lo que
pasaba debajo.
Ya puede imaginarse cuál sería el estupor de los _kaiserlicks_ ante
aquel diluvio de escombros y piedras. Al sentir el ruido que hacían los
peñascos saltando por encima de la maleza y los macizos de árboles, los
atacantes se volvieron y quedáronse como petrificados, al principio; mas
levantando los ojos hacia arriba y viendo que descendían sin cesar
piedras y más piedras, y contemplando en lo alto unos espectros que iban
y venían, alzaban los brazos, arrojaban proyectiles y volvían a comenzar
la tarea, al ver a sus camaradas destrozados, pues había filas de
quince o veinte hombres aniquilados de un solo golpe, un grito inmenso
resonó en el valle de Charmes hasta el Falkenstein, y, a pesar de las
imprecaciones de los jefes, no obstante el fuego de fusilería que
comenzaba a derecha e izquierda, los alemanes iniciaron la desbandada
para escapar a aquella horrible muerte.
En lo más fuerte de la derrota, el general enemigo logró rehacer un
batallón y que marchara al paso hacia la aldea.
Aquel hombre, tranquilo en medio del desastre, tenía algo de grande y de
digno. A veces se volvía con aire sombrío para mirar cómo caían las
rocas, que dejaban claros sangrientos en sus filas.
Juan Claudio lo observaba, y a pesar del entusiasmo del triunfo, a pesar
de la certeza de haber escapado al hambre, el viejo soldado no podía
substraerse a un sentimiento de admiración.
--Mira--dijo a Jerónimo--; hace como nosotros al volver del Donon y del
Grosmann; se queda el último y no cede el terreno sino palmo a palmo.
Decididamente, hay hombres valerosos en todas partes.
Marcos Divès y Piorette, testigos de aquel golpe de audacia, descendían
atravesando los pinares, para cortar la retirada al general enemigo;
pero no pudieron conseguirlo. El batallón, reducido a la mitad, formó el
cuadro detrás de la aldea de Charmes y subió lentamente por el valle del
Sarre, deteniéndose de vez en cuando, como un jabalí herido que hace
frente a la jauría, cuando los hombres de Piorette o los de Falsburgo le
hostigaban mucho.
Así terminó la gran batalla del Falkenstein, conocida en la sierra con
el nombre de _Batalla de las Peñas_.