Apenas hubo terminado el combate, cerca de las ocho, Marcos Divès,
Gaspar y unos treinta guerrilleros subieron al Falkenstein con banastas
llenas de víveres. ¡Qué espectáculo les esperaba allí! Todos los
sitiados, tendidos en el suelo, parecían muertos. Por mucho que se les
sacudía, por muy fuerte que se les gritaba en los oídos: «¡Juan
Claudio!... ¡Catalina!... ¡Jerónimo!», no respondían. Gaspar Lefèvre,
viendo a su madre y a Luisa inmóviles y con los dientes apretados, dijo
a Marcos que si ellas no volvían en sí se levantaría la tapa de los
sesos con su fusil. Marcos respondió que cada cual era libre de hacer lo
que quisiera; pero que, por su parte, no estaba dispuesto a darse un
tiro por Hexe-Baizel.
Por último, el anciano Colon colocó una cesta de víveres en una piedra
y, en tal momento, Kasper Materne suspiró, abrió los ojos, y al ver las
provisiones comenzó a castañetear los dientes, como una zorra cuando va
de caza.
Comprendieron en seguida lo que aquello quería decir, y Marcos Divès fue
colocando a cada uno su calabaza de aguardiente bajo la nariz, lo que
bastó para resucitarlos. Todos querían devorar a la vez, pero el doctor
Lorquin, a pesar del hambre canina que sentía, tuvo la buena ocurrencia
de advertir a Marcos que no les hiciera caso, porque la menor
congestión sería para ellos mortal. Por lo cual no recibió cada uno mas
que un pedazo de pan, un huevo y un vaso de vino, lo que les reanimó
extraordinariamente. Después pusieron a Catalina, Luisa y los demás
sitiados en los _schlittes_ y los bajaron a la aldea.
Pintar el entusiasmo y el enternecimiento de sus amigos cuando los
vieron llegar, más delgados que Lázaro al salir de la tumba, es algo
imposible. Unos a otros se miraban, se besaban, y cada vez que llegaba
algún vecino de Abreschwiller, de Dagsburgo o de San Quirino se repetían
tales manifestaciones de afecto.
Marcos Divès se vio obligado a contar más de veinte veces la historia de
su ida a Falsburgo. El valiente contrabandista no había tenido suerte:
después de haber escapado milagrosamente a las balas de los
_kaiserlicks_ había dado con sus huesos en el valle de Spartzprod, en
medio de una partida de cosacos que le habían desvalijado hasta el forro
de los bolsillos. Tuvo necesidad de andar errante dos semanas alrededor
de los puestos rusos que cercaban la ciudad, sufriendo el fuego de los
centinelas, expuesto veinte veces a ser detenido por espía, antes de
poder penetrar en la plaza. Por último, el comandante Meunier, alegando
la debilidad de la guarnición, rehusó al principio el socorro que se le
pedía, y sólo ante la porfiada excitación de los vecinos de la ciudad
consintió en destacar dos compañías.
Los guerrilleros, al oír este relato, admiraban el valor de Marcos y su
perseverancia en los peligros.
--¿Y qué?--respondía el gigante contrabandista con aire de buen humor a
los que le felicitaban--. No he hecho mas que cumplir con mi deber.
¿Podía dejar perecer a mis camaradas? Bien sé que la empresa no era
fácil; esos miserables cosacos son más astutos que los carabineros;
olfatean a una legua de distancia como los cuervos; pero ha sido inútil:
a pesar de todo, les hemos despistado.
Al cabo de cinco o seis días todos estuvieron restablecidos. El capitán
Vidal, de Falsburgo, había dejado veinticinco hombres en el Falkenstein
para custodiar las municiones; entre ellos estaba Gaspar Lefèvre, y el
muchacho bajaba todas las mañanas a la aldea. Los aliados se habían
trasladado a la Lorena; en Alsacia no se les veía mas que alrededor de
las plazas fuertes. Pronto fueron conocidas las victorias de
Champ-Aubert y de Montmirail; pero habían llegado tiempos de desgracia;
los aliados, no obstante el heroísmo de nuestro ejército y el genio del
emperador, entraron en París.
Aquel fue un golpe terrible para Juan Claudio, Catalina, Materne,
Jerónimo y para la sierra entera; mas el relato de estos acontecimientos
no entra en el campo de nuestra historia, ya que otros han relatado
tales cosas.
Hecha la paz, en la primavera se reconstruyó la casa de «El Encinar»:
los leñadores, los almadreñeros, los albañiles, los almadieros y demás
obreros del país prestaron su concurso.
Casi al mismo tiempo el ejército fue licenciado; Gaspar se cortó los
bigotes, y tuvo lugar su matrimonio con Luisa.
Aquel día llegaron los antiguos combatientes del Falkenstein y del
Donon, y la casa los recibió con puertas y ventanas abiertas de par en
par. Cada cual llevaba sus presentes a los novios: Jerónimo, unos
zapatitos para Luisa; Materne y sus hijos, un gallo silvestre, la más
ardiente de las aves, como es sabido; Divès, varios paquetes de tabaco
de contrabando para Gaspar, y el doctor Lorquin, una canastilla de fina
ropa blanca.
Las mesas estuvieron puestas para todo el mundo y las hubo hasta en las
trojes y bajo los cobertizos. Lo que se consumió de vino, pan, carne,
tartas y _kugelhof_ no puede calcularse; pero lo que sí se sabe
positivamente es que Juan Claudio, que estaba muy triste desde la
entrada de los aliados en París, se reanimó aquel día y cantó viejas
canciones de su juventud, tan alegremente como cuando partió con el
fusil al hombro para Valmy, Jemmapes y Fleurus. Los ecos de Falkenstein
repitieron a lo lejos aquellos viejos cantos patrióticos, los más
sublimes, los más nobles que el hombre haya oído nunca sobre la Tierra.
Catalina Lefèvre llevaba el compás golpeando en la mesa con el mango de
un cuchillo, y si es cierto, como algunos dicen, que los muertos acuden
a escuchar cuando se habla de ellos, los muertos debieron quedar
contentos y el _Rey de Bastos_ debió cubrir de espumarajos su barba
roja.
Llegada la media noche se levantó Hullin y, dirigiéndose a los novios,
dijo:
--Tendréis robustos hijos; yo haré que salten en mis rodillas, les
enseñaré mis antiguas canciones y después iré a reunirme con los que
fueron.
Dicho esto, besó a Luisa, y cogiendo de un brazo a Marcos Divès y del
otro a Jerónimo, se dirigió a su casucha, seguido del resto de la
comitiva, que repetía a coro los sublimes cantos del anciano. Nunca se
vio una noche más hermosa; innumerables estrellas brillaban en el cielo
azul obscuro; en la parte baja de la ladera, donde se había enterrado a
tantos héroes, los brezos se estremecían movidos por el viento. Todos se
sentían felices y enternecidos. En el umbral de la barraca se
estrecharon las manos unos a otros y se dieron las buenas noches; y unos
a la derecha y otros a la izquierda, formando pequeños grupos,
regresaron a sus aldeas.
--¡Buenas noches, Materne, Jerónimo, Divès, Piorette; buenas
noches!--gritaba Juan Claudio.
Los antiguos amigos se volvían, agitando los sombreros y exclamaban para
sus adentros:
«Hay días en que se siente uno dichoso de vivir en este mundo. ¡Ah! ¡Si
no hubiera nunca pestes, guerras ni hambres; si los hombres pudieran
entenderse, amarse y socorrerse mutuamente; si no se suscitaran injustas
desconfianzas entre ellos!... La Tierra sería un verdadero paraíso.»