XXIV

Catalina Lefèvre salió del antiguo refugio a las siete de la mañana,

cuando aún dormían Luisa y Hexe-Baizel. La claridad del día, la

espléndida claridad de las altas regiones, iluminaba ya los abismos. Al

fondo, a través de una atmósfera azul, se dibujaban los bosques, los

valles y las peñas como el musgo y los guijarros de un lago bajo el

cristal azulado. Ni una ligera aurilla agitaba la placidez del ambiente.

Catalina, frente a aquel grandioso espectáculo, se sentía más serena,

más tranquila que durante el sueño. «¿Qué importancia tienen nuestros

dolores pasajeros, nuestras inquietudes y nuestras penas?--se decía la

anciana--. ¿Para qué importunar a la Providencia con nuestras

lamentaciones? ¿Por qué temer el porvenir? Todo esto no dura mas que un

segundo; nuestras quejas no se prolongan más que el canto de la cigarra

en otoño; y tales cantos ¿pueden impedir la llegada del invierno? ¿No es

preciso que a cada cosa le llegue su día, que todo muera para que vuelva

a nacer? Ya otras veces hemos muerto y hemos renacido, y deberemos morir

y renacer en lo porvenir. Y las montañas, con sus bosques, sus peñas y

sus ruinas, permanecerán siempre en el mismo sitio, como diciéndonos:

¡Acuérdate, acuérdate! Ya me has visto, ahora me ves y seguirás viéndome

por los siglos de los siglos.»

Así soñaba la anciana, y el porvenir no la causaba ya miedo; los

pensamientos sólo eran para ella recuerdos.

Había pasado algunos minutos en aquella meditación cuando un rumor de

voces vino a herir los oídos de Catalina, la cual, volviéndose, vio a

Hullin y a los tres contrabandistas, que hablaban gravemente entre sí,

al otro lado de la meseta. Los interlocutores no se habían dado cuenta

de su presencia y parecían enfrascados en una discusión importante.

El anciano Brenn, al borde de la peña, con su pipa negra entre los

dientes, las mejillas arrugadas como una hoja de col pasada, la nariz

redonda, el bigote gris, los párpados fláccidos, caídos sobre el ojo

sanguinolento, y las largas mangas de su hopalanda, que descendían a

ambos lados del cuerpo, el viejo Brenn miraba hacia los diferentes

puntos de la montaña que Hullin le indicaba; y los otros dos, envueltos

en sus amplias capas pardas, se adelantaban, retrocedían, se llevaban

las manos a las cejas y parecían absortos por una atención profunda.

Catalina, que se había acercado al grupo, oyó decir:

--¿Entonces, usted cree que no es posible bajar por ninguna parte?

--No, Juan Claudio, no hay medio--respondió Brenn--; esos bandidos

conocen el país a fondo; todos los senderos están interceptados. Mira;

¿ves el manchón de los Corzos, a lo largo de esa charca? Nunca han

tenido los guardas la idea de observarlo; pues el enemigo lo tiene bien

guardado. Y allá, en el paso del Rothstein un verdadero caminillo de

cabras por el que no se pasa una vez cada diez años. ¿No ves brillar una

bayoneta detrás de las rocas? Y aquí este otro, que yo he recorrido

durante ocho años con mis sacos sin encontrarme a un gendarme, también

lo tienen defendido: es preciso que el Diablo ande mezclado en esto y

que los haya conducido a los desfiladeros.

--Sí--exclamó Toubac--; si no ha sido el Diablo, ha sido, desde luego,

Yégof.

--Pero me parece--dijo Hullin--que tres o cuatro hombres decididos

podrían arrollar uno de esos puestos.

--No; se apoyan unos en otros, y al primer disparo tendríamos un

regimiento a la espalda--contestó Brenn--. Pero supongamos que se puede

pasar. ¿Cómo volvemos con los víveres? Es imposible; esa es mi opinión.

--Sin embargo--dijo Toubac--; si Hullin quiere, lo intentaremos a pesar

de todo.

--¿Qué es lo que vamos a intentar?--dijo Brenn--. ¿Exponernos a que nos

rompan un hueso al escapar y dejar a los demás metidos en la ratonera?

Por mi parte, lo mismo me da, y si alguien va, yo voy también. Pero si

se creen que hemos de volver con víveres, sostengo que es imposible.

Veamos, Toubac; ¿por dónde quieres pasar y por dónde quieres volver? No

se trata ahora de proyectos, sino de realidades. Si sabes de algún paso,

dímelo. Hace veinte años que recorro de una punta a otra la sierra, con

Marcos, y conozco todos los caminos y senderos en diez leguas a la

redonda; no veo más camino que el del cielo.

Hullin se volvió en aquel momento y vio a la señora Lefèvre, que se

hallaba a algunos pasos, prestando atención a lo que decían.

--¿Es usted, Catalina? Nuestros asuntos toman mal aspecto--dijo Juan

Claudio.

--Sí; ya he oído; no hay manera de renovar las provisiones.

--¡Las provisiones!--dijo Brenn con sonrisa extraña--. ¿Sabe usted,

señora Lefèvre, para cuánto tiempo tenemos víveres?

--Para más de quince días--contestó la buena mujer.

--¡Para ocho días!--exclamó el contrabandista, vaciando de cenizas la

pipa golpeándola contra la uña.

--Esa es la verdad--dijo Hullin--. Marcos Divès y yo creíamos que el

enemigo atacaría el Falkenstein; pero nunca pudimos pensar que lo

bloquearía como una plaza fuerte. ¡Nos hemos equivocado!

--¿Y qué vamos a hacer?--preguntó Catalina palideciendo intensamente.

--Vamos a reducir la ración de cada uno a la mitad. Si, en quince días,

Marcos no vuelve y no nos queda nada..., entonces veremos.

Dicho lo cual, Hullin, Catalina y los contrabandistas, muy cabizbajos,

tomaron el camino de la brecha. Apenas habían comenzado a bajar por la

pendiente cuando, a unos treinta pasos más abajo de donde se

encontraban, vieron aparecer a Materne, que trepaba por las ruinas casi

ahogándose, agarrándose a la maleza para marchar más de prisa.

--¡Qué!--le gritó Juan Claudio--; ¿qué pasa, amigo mío?

--Iba a buscarte; un oficial enemigo avanza hacia el muro del antiguo

_burg_ con una banderita blanca; parece que quiere hablarnos.

Hullin, dirigiéndose en seguida hacia la pendiente de la peña, vio, en

efecto, a un oficial alemán de pie sobre el muro y que parecía esperar

que se le hiciera señal de subir. Se hallaba a dos tiros de carabina, y

más lejos se veía a cinco o seis soldados con las armas en el suelo.

Después de haber observado aquel grupo Juan Claudio volviose y dijo:

--Es un parlamentario que, sin duda, viene a intimarnos la rendición.

--¡Que se le haga fuego!--exclamó Catalina--. Eso es lo mejor que

podemos contestarle.

Todos parecían de la misma opinión, excepto Hullin, que, sin hacer

ninguna observación, bajó a la terraza, donde se encontraban los demás

guerrilleros.

--Hijos míos--dijo--, el enemigo nos envía un parlamentario. No sabemos

lo que quiere, aunque supongo que será una intimación para deponer las

armas; pero también puede ser otra cosa. Frantz y Kasper irán a su

encuentro, le vendarán los ojos al pie de la peña y le conducirán aquí.

Nadie hizo observación alguna, y los hijos de Materne, cruzándose la

carabina en bandolera, se alejaron bajo la bóveda en espiral. Al cabo de

diez minutos los cazadores llegaron adonde el oficial estaba, hablaron

con él breves momentos, y los tres empezaron a subir al Falkenstein. A

medida que ascendía el pequeño destacamento, mejor se distinguía el

uniforme del parlamentario y hasta su fisonomía: era un hombre delgado,

de cabellos rubios, cenicientos, bien proporcionado y de movimientos

resueltos. Al pie de la peña, Frantz y Kasper le vendaron los ojos, y no

tardaron en oírse sus pisadas, que resonaban bajo la bóveda. Juan

Claudio se adelantó a su encuentro, y desatándole con sus propias manos

el pañuelo, le dijo:

--Si desea usted comunicarme algo, señor, ya le escucho.

Los guerrilleros estaban a quince pasos del grupo que los recién

llegados y Juan Claudio formaban. Catalina Lefèvre, que se hallaba más

cerca, escuchaba con las cejas fruncidas; su cara huesuda, su nariz

aguileña, los tres o cuatro rizos de cabellos grises que caían al azar

sobre sus sienes descarnadas y sobre los pómulos de sus hundidas

mejillas, la contracción de sus labios y la fijeza de su mirada,

llamaron en primer término la atención del oficial; luego éste descubrió

el rostro pálido y dulce de Luisa, detrás de la anciana; más allá, a

Jerónimo, con su barba rojiza, cubierto con una túnica de estameña; al

anciano Materne, apoyado en su carabina, y más lejos a todos los demás;

por último, la elevada bóveda de piedra roja, cuyas masas ingentes,

formadas de sílex y de granito, avanzaban por encima del precipicio con

algunas zarzas marchitas en las hendeduras, servía de fondo. Detrás de

Materne, Hexe-Baizel, con un largo escobón de retamas verdes en la mano,

la cabeza erguida y vuelta de espaldas al borde de la peña, pareció

llamar un momento la atención del oficial.

A su vez, él era objeto de una curiosidad singular. Se veía en su

actitud, en su rostro alargado, fino y moreno, en sus ojos de color gris

claro, en su bigote poco poblado, en la delicadeza de sus miembros

endurecidos por la guerra, que procedía de una raza aristocrática; tenía

algo de hombre de campo y algo de hombre de mundo; era una mezcla de

militar burdo y de diplomático.

Aquella inspección recíproca se terminó en un abrir y cerrar de ojos, y

el parlamentario dijo en buen francés:

--¿Es al comandante Hullin a quien tengo el honor de dirigirme?

--Sí, señor--contestó Juan Claudio.

Y como el parlamentario dirigiese una mirada indecisa alrededor del

círculo, Hullin exclamó:

--¡Señor, hable usted alto para que todo el mundo le oiga! Cuando se

trata del honor y de la patria nadie sobra en Francia, y las mujeres

pueden intervenir lo mismo que los hombres. ¿Tiene usted que hacerme

alguna proposición? ¿De parte de quién?

--Del general comandante en jefe. Mi misión es la siguiente...

--Veamos. Ya le oímos--interrumpió Hullin.

Entonces el oficial, levantando la voz, dijo en tono firme:

--Ante todo, permítame, señor comandante, decirle que usted ha cumplido

magníficamente con su deber y que por ello ha conquistado la estimación

de sus enemigos.

--En materia de deberes--contestó Hullin--, no puede haber más ni menos.

Hemos hecho lo que hemos podido.

--Sí--añadió Catalina con sequedad--, y puesto que el enemigo nos estima

por eso, dentro de diez o quince días tendrá ocasión de estimarnos más

aún, porque no hemos llegado al fin de la guerra, y ha de ver cosas

mejores.

El oficial volvió la cabeza y quedose estupefacto al observar la feroz

energía impresa en la mirada de la anciana.

--Esos son sentimientos muy nobles--replicó el oficial después de un

instante de silencio--; pero la humanidad tiene sus derechos, y derramar

sangre inútilmente es hacer el mal por el mal.

--Entonces, ¿por qué venís a nuestro país?--gritó Catalina con voz

aguda--. Marchaos y os dejaremos tranquilos.

Después añadió:

--Hacéis la guerra como los bandidos: robando, saqueando y quemando.

Merecéis ser ahorcados todos, y para que sirviera de ejemplo, ahora

deberíamos arrojar a usted desde lo alto de esta peña.

El oficial palideció, porque creyó capaz a la vieja de ejecutar la

amenaza; sin embargo, al instante se repuso, y replicó con tranquilidad:

--Sé que los cosacos han prendido fuego a la finca que se ve frente a

esta peña. Esos son bandidos que siempre siguen a todos los ejércitos;

pero un acto aislado no prueba nada contra la disciplina de nuestras

tropas. Los soldados franceses han hecho cosas semejantes en Alemania, y

particularmente en el Tirol: no contentos con saquear e incendiar las

aldeas, fusilaban cruelmente a los campesinos sospechosos de haber

tomado las armas para defender el país. Nosotros podríamos usar

represalias, y estaríamos en nuestro derecho; pero no somos bárbaros,

comprendemos cuánto el patriotismo tiene de noble y de grande, aun en

sus extravíos más lamentables. Por otra parte, no hacemos la guerra al

pueblo francés, sino al emperador Napoleón. Así, el general, al saber la

conducta de los cosacos, ha castigado públicamente ese acto de

vandalismo, y, además, ha acordado indemnizar al propietario de la

finca.

--¡No quiero nada de vosotros!--interrumpió Catalina bruscamente--;

prefiero sufrir la injusticia... y vengarme.

El parlamentario comprendió, por el tono de voz de la anciana, que no

podría hacerla entrar en razón y que sería peligroso siquiera

contestarle. Volviose, pues, a Hullin y continuó:

--Estoy encargado, señor comandante, de ofrecerle honores de guerra si

consiente en rendir la posición. Carecen ustedes de víveres, y nosotros

lo sabemos. Dentro de pocos días se verán obligados a deponer las armas.

La estimación que le profesa el general en jefe es lo único que le ha

movido a ofrecer a usted condiciones tan honrosas. Una larga resistencia

no conduciría a nada. Somos dueños del Donon, y nuestro cuerpo de

ejército ha entrado en Lorena. La campaña no ha de decidirse aquí y no

tiene interés para ustedes defender un punto inútil. Queremos ahorrarles

los horrores del hambre. Y ahora, señor comandante, a usted corresponde

decidir.

Hullin se volvió hacia los guerrilleros y les dijo sencillamente:

--¿Habéis oído? Por mi parte, rehúso; pero me someteré si todos aceptan

las proposiciones del enemigo.

--¡Las rechazamos todos!--dijo Jerónimo.

--Sí, sí, todos--repitieron los demás.

Catalina Lefèvre, hasta entonces inflexible, pareció enternecerse al

dirigir una mirada a Luisa. Cogió la anciana a ésta por un brazo, y

volviéndose hacia el parlamentario, le dijo:

--Tenemos una niña con nosotros; ¿no habría un medio de enviarla a casa

de alguno de nuestros parientes de Saverne?

Apenas Luisa oyó tales palabras se precipitó en brazos de Hullin,

poseída de un gran terror, exclamando:

--No, no. Quiero permanecer con vosotros, papá Juan Claudio; quiero

morir con vosotros.

--Está bien, caballero--dijo Hullin intensamente pálido--; dígale a su

general lo que acaba de ver; dígale que el Falkenstein será nuestro

hasta la muerte. Kasper, Frantz: conducid al parlamentario a sus líneas.

El oficial parecía dudar; pero al tratar de abrir la boca para hacer una

observación, Catalina, pálida de cólera, exclamó:

--¡Fuera, fuera de aquí! Lo que vosotros pensáis está lejos aún de

suceder. Ese bandido de Yégof os ha dicho que carecíamos de víveres,

pero es falso; tenemos para dos meses, y en dos meses nuestro ejército

os habrá exterminado a todos. A los traidores les vuelve la espalda la

fortuna. ¡Desgraciados de vosotros!

Y como la anciana iba excitándose cada vez más, el parlamentario juzgó

prudente marcharse. Volviose, pues, hacia los guías, que le pusieron el

pañuelo en los ojos y le condujeron al pie del Falkenstein.

Lo que Hullin había ordenado a propósito de los víveres fue ejecutado

desde aquel mismo día, y cada cual recibió media ración para la jornada.

Colocose un centinela delante de la caverna de Hexe-Baizel, donde se

guardaban las provisiones; se hizo una barricada ante la puerta, y Juan

Claudio ordenó que los repartos se hicieran en presencia de todos, con

el fin de impedir las injusticias; pero semejantes precauciones no

habían de preservar a aquellos desgraciados del hambre más horrible.

La invasión o El loco Yégof · 第 32 / 49 题