XXIII

Sobre el peñón del Falkenstein, en la cumbre de la montaña, se levanta

una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas,

espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los

franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y

el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el

más pequeño fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombrío y

misterioso, y evoca lejanas épocas que la memoria del hombre no logra

alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divès se

apostaba de ordinario allí, cuando no tenía otra cosa que hacer; y

algunas veces, a la caída de la tarde, en el momento en que las bandadas

llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio círculo antes de

posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual

alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a

llevarlas al asador. Otras veces, en otoño, Marcos tendía unas redes

sobre la maleza, en las que cogía los zorzales que acudían al engaño;

por último, la torre le servía también de leñera. ¡Cuántas veces

Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que parecía

arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas

y el lamento agudo de los bosques de alrededor subían a las alturas como

el clamor del mar embravecido, cuántas veces Hexe-Baizel había estado a

punto de ser arrebatada por el huracán hasta la montaña de Kilberi, que

se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la

maleza, y el viento no conseguía mas que agitar sus cabellos rojos.

Habiendo observado Divès que la leña que allí almacenaba, al cubrirse de

nieve y mojarse por la lluvia, daba más humo que llamas, techó la torre

con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba

una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas,

en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y

escuálida, copiosamente abastecida de musarañas y murciélagos. Por esto,

Marcos la había denominado la _abuela de la comarca_, suponiendo que

todos los pájaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha

edad.

Al terminar aquel día, los guerrilleros, que observaban lo que sucedía,

como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes

quebraduras de la peña, vieron aparecer los uniformes blancos en los

desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes

al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intención de bloquear el

Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos

rodean--pensaba--no podremos procurarnos víveres, y será preciso

rendirse o morir de hambre.»

Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo,

alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisábase a uno de los

jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la peña

con un anteojo; detrás de él estaba Yégof, hacia quien se volvía de vez

en cuando para interrogarle. Las mujeres y los niños de la aldea

rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y

cinco o seis cosacos hacían caracolear a sus caballos. El contrabandista

no pudo reprimir su inquietud y llamó aparte a Hullin.

--Mira--le dijo--esa fila de chacós que se desliza a lo largo del Sarre

y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son

_kaiserlicks_, ¿no es verdad? ¿Y qué crees que van a hacer, Juan

Claudio?

--Van a rodear la montaña.

--Eso está bien claro. ¿Y cuánta gente habrá ahí?

--Tres o cuatro mil hombres.

--Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, ¿qué quieres que

haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de

bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.

--No podrá hacer nada--respondió el anciano con sencillez--. Los

alemanes saben que nuestras municiones están en el Falkenstein; temen un

levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar

su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede

vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos,

es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aquí

moriremos.

Hubo un instante de silencio; Marcos Divès frunció el ceño y no parecía

muy convencido.

--¡Morir nosotros!--exclamó rascándose la cabeza--; no comprendo por qué

debemos morir; esto no entra en mis planes; además, hay mucha gente que

se alegraría...

--¿Qué quieres hacer?--dijo Hullin con sequedad--. ¿Quieres rendirte?

--¡Rendirme!--exclamó el contrabandista--. ¿Me tienes por un cobarde?

--Entonces, explícate.

--Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las

líneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aquí y perecer

de hambre. Entraré en la plaza a la primera salida o trataré de ganar

una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace

tres años. Ha hecho, como tú, las campañas de Italia y de Egipto. Le

expondré la situación. Veré a Gaspar Lefèvre. Haré cuanto sea preciso

para que nos den quién sabe si una compañía. Con el uniforme nada más,

estamos salvados, Juan Claudio; la gente útil que quede se unirá a

Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin,

esta es mi idea. ¿Qué te parece?

Divès miró atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombría le

inquietaba.

--Dime, ¿no crees que esto puede ser una solución?

--Es una idea--dijo por último Juan Claudio--. No me opongo a ella.

Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le preguntó:

--¿Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?

--Yo no juro nada--respondió Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron

súbitamente un pronunciado color rojizo--. Dejo aquí cuanto tengo: mis

bienes, mi mujer, mis compañeros, Catalina Lefèvre y tú, mi más antiguo

amigo. Si no vuelvo, seré un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me

explicarás lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre

los dos.

--Marcos--dijo Hullin--, perdóname; he dicho mal; ¡he sufrido tanto en

estos días!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... ¡Anda, ve,

sálvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no

tenemos más recurso que tú.

La voz de Hullin temblaba. Divès aceptó aquellas explicaciones, pero

añadió:

--¡Bien está, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento

semejante; en fin, no hablemos más del asunto... Perderé la vida en el

camino, o vendré a libertaros. Cuando llegue la noche partiré. Los

_kaiserlicks_ rodean ya la montaña; pero no importa, tengo un buen

caballo, y además ya sabes que siempre he tenido suerte.

A las seis, las últimas cimas de la montaña quedaban sumergidas en las

tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los

desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos

Divès descendió por la hendedura a tientas. Hullin oyó durante algunos

segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigió

hacia la vieja torre, en la que se había establecido el cuartel general.

Levantó el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de búhos y vio a

Catalina, a Luisa y a los demás sentados alrededor de una pequeña

hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un

tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la

llama fijamente, con los labios contraídos y el color quebrado. Luisa,

recostada sobre la pared, parecía que soñaba. Jerónimo, en pie detrás de

Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el

carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y

desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de

una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la

punta de su sable, eran los únicos que conservaban su aspecto habitual.

--Parece--dijo el doctor--que hemos vuelto al tiempo de los triboques.

Estas paredes tienen más de mil años. ¡Y ha debido correr una buena

cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al

Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!

--Sí--respondió Catalina como saliendo de un sueño--. ¡Cuántas gentes

habrán sufrido aquí frío, hambre y miseria! ¿Y quién lo ha sabido?

Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos años, vengan

otros también a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros,

encontrarán la pared fría y la tierra húmeda; harán fuego, mirarán como

ahora miramos y dirán como decimos: «¿Quién habrá sufrido antes que

nosotros aquí? ¿Por qué habrán padecido? ¿Estarían acaso perseguidos,

expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable

agujero?» Entonces pensarán en los tiempos pasados... y nadie podrá

contestarles.

Juan Claudio se había aproximado. Al cabo de algunos segundos, la

anciana, levantando la cabeza, comenzó a decir, mientras le miraba:

--¡Qué! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.

--Es verdad, Catalina--contestó Juan Claudio--. Yo no esperaba esto;

contaba con un ataque a viva fuerza; pero los _kaiserlicks_ no saben lo

que puede suceder. Divès acaba de partir para Falsburgo, conoce al

comandante de la plaza..., y si envía solamente varios centenares de

hombres en nuestro socorro...

--No hay que contar con eso--interrumpió la anciana--; Marcos puede ser

cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga

atravesar las líneas enemigas, ¿cómo podrá entrar en Falsburgo?

Todos permanecieron silenciosos.

Hexe-Baizel no tardó en traer la sopa, y los sitiados hicieron círculo

alrededor de la cazuela humeante.

La invasión o El loco Yégof · 第 31 / 49 题