Sobre el peñón del Falkenstein, en la cumbre de la montaña, se levanta
una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas,
espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los
franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y
el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el
más pequeño fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombrío y
misterioso, y evoca lejanas épocas que la memoria del hombre no logra
alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divès se
apostaba de ordinario allí, cuando no tenía otra cosa que hacer; y
algunas veces, a la caída de la tarde, en el momento en que las bandadas
llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio círculo antes de
posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual
alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a
llevarlas al asador. Otras veces, en otoño, Marcos tendía unas redes
sobre la maleza, en las que cogía los zorzales que acudían al engaño;
por último, la torre le servía también de leñera. ¡Cuántas veces
Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que parecía
arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas
y el lamento agudo de los bosques de alrededor subían a las alturas como
el clamor del mar embravecido, cuántas veces Hexe-Baizel había estado a
punto de ser arrebatada por el huracán hasta la montaña de Kilberi, que
se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la
maleza, y el viento no conseguía mas que agitar sus cabellos rojos.
Habiendo observado Divès que la leña que allí almacenaba, al cubrirse de
nieve y mojarse por la lluvia, daba más humo que llamas, techó la torre
con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba
una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas,
en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y
escuálida, copiosamente abastecida de musarañas y murciélagos. Por esto,
Marcos la había denominado la _abuela de la comarca_, suponiendo que
todos los pájaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha
edad.
Al terminar aquel día, los guerrilleros, que observaban lo que sucedía,
como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes
quebraduras de la peña, vieron aparecer los uniformes blancos en los
desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes
al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intención de bloquear el
Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos
rodean--pensaba--no podremos procurarnos víveres, y será preciso
rendirse o morir de hambre.»
Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo,
alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisábase a uno de los
jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la peña
con un anteojo; detrás de él estaba Yégof, hacia quien se volvía de vez
en cuando para interrogarle. Las mujeres y los niños de la aldea
rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y
cinco o seis cosacos hacían caracolear a sus caballos. El contrabandista
no pudo reprimir su inquietud y llamó aparte a Hullin.
--Mira--le dijo--esa fila de chacós que se desliza a lo largo del Sarre
y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son
_kaiserlicks_, ¿no es verdad? ¿Y qué crees que van a hacer, Juan
Claudio?
--Van a rodear la montaña.
--Eso está bien claro. ¿Y cuánta gente habrá ahí?
--Tres o cuatro mil hombres.
--Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, ¿qué quieres que
haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de
bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.
--No podrá hacer nada--respondió el anciano con sencillez--. Los
alemanes saben que nuestras municiones están en el Falkenstein; temen un
levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar
su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede
vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos,
es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aquí
moriremos.
Hubo un instante de silencio; Marcos Divès frunció el ceño y no parecía
muy convencido.
--¡Morir nosotros!--exclamó rascándose la cabeza--; no comprendo por qué
debemos morir; esto no entra en mis planes; además, hay mucha gente que
se alegraría...
--¿Qué quieres hacer?--dijo Hullin con sequedad--. ¿Quieres rendirte?
--¡Rendirme!--exclamó el contrabandista--. ¿Me tienes por un cobarde?
--Entonces, explícate.
--Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las
líneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aquí y perecer
de hambre. Entraré en la plaza a la primera salida o trataré de ganar
una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace
tres años. Ha hecho, como tú, las campañas de Italia y de Egipto. Le
expondré la situación. Veré a Gaspar Lefèvre. Haré cuanto sea preciso
para que nos den quién sabe si una compañía. Con el uniforme nada más,
estamos salvados, Juan Claudio; la gente útil que quede se unirá a
Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin,
esta es mi idea. ¿Qué te parece?
Divès miró atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombría le
inquietaba.
--Dime, ¿no crees que esto puede ser una solución?
--Es una idea--dijo por último Juan Claudio--. No me opongo a ella.
Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le preguntó:
--¿Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?
--Yo no juro nada--respondió Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron
súbitamente un pronunciado color rojizo--. Dejo aquí cuanto tengo: mis
bienes, mi mujer, mis compañeros, Catalina Lefèvre y tú, mi más antiguo
amigo. Si no vuelvo, seré un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me
explicarás lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre
los dos.
--Marcos--dijo Hullin--, perdóname; he dicho mal; ¡he sufrido tanto en
estos días!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... ¡Anda, ve,
sálvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no
tenemos más recurso que tú.
La voz de Hullin temblaba. Divès aceptó aquellas explicaciones, pero
añadió:
--¡Bien está, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento
semejante; en fin, no hablemos más del asunto... Perderé la vida en el
camino, o vendré a libertaros. Cuando llegue la noche partiré. Los
_kaiserlicks_ rodean ya la montaña; pero no importa, tengo un buen
caballo, y además ya sabes que siempre he tenido suerte.
A las seis, las últimas cimas de la montaña quedaban sumergidas en las
tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los
desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos
Divès descendió por la hendedura a tientas. Hullin oyó durante algunos
segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigió
hacia la vieja torre, en la que se había establecido el cuartel general.
Levantó el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de búhos y vio a
Catalina, a Luisa y a los demás sentados alrededor de una pequeña
hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un
tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la
llama fijamente, con los labios contraídos y el color quebrado. Luisa,
recostada sobre la pared, parecía que soñaba. Jerónimo, en pie detrás de
Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el
carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y
desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de
una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la
punta de su sable, eran los únicos que conservaban su aspecto habitual.
--Parece--dijo el doctor--que hemos vuelto al tiempo de los triboques.
Estas paredes tienen más de mil años. ¡Y ha debido correr una buena
cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al
Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!
--Sí--respondió Catalina como saliendo de un sueño--. ¡Cuántas gentes
habrán sufrido aquí frío, hambre y miseria! ¿Y quién lo ha sabido?
Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos años, vengan
otros también a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros,
encontrarán la pared fría y la tierra húmeda; harán fuego, mirarán como
ahora miramos y dirán como decimos: «¿Quién habrá sufrido antes que
nosotros aquí? ¿Por qué habrán padecido? ¿Estarían acaso perseguidos,
expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable
agujero?» Entonces pensarán en los tiempos pasados... y nadie podrá
contestarles.
Juan Claudio se había aproximado. Al cabo de algunos segundos, la
anciana, levantando la cabeza, comenzó a decir, mientras le miraba:
--¡Qué! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.
--Es verdad, Catalina--contestó Juan Claudio--. Yo no esperaba esto;
contaba con un ataque a viva fuerza; pero los _kaiserlicks_ no saben lo
que puede suceder. Divès acaba de partir para Falsburgo, conoce al
comandante de la plaza..., y si envía solamente varios centenares de
hombres en nuestro socorro...
--No hay que contar con eso--interrumpió la anciana--; Marcos puede ser
cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga
atravesar las líneas enemigas, ¿cómo podrá entrar en Falsburgo?
Todos permanecieron silenciosos.
Hexe-Baizel no tardó en traer la sopa, y los sitiados hicieron círculo
alrededor de la cazuela humeante.