XXII

En el fondo del valle de Bouleaux, a dos tiros de fusil de la aldea de

Charmes, hacia la izquierda, la comitiva empezó a subir lentamente el

sendero del viejo _burgo_. Hullin, al recordar que había seguido el

mismo camino cuando fue a comprar la pólvora a Marcos Divès, no pudo

substraerse a una tristeza profunda. Entonces, a pesar del viaje a

Falsburgo, a pesar del espectáculo de los heridos de Hanau y Leipzig, a

pesar de los relatos del viejo sargento, no temía nada; conservaba

intacta su energía y no dudaba del éxito de la defensa. Ahora todo

estaba perdido; el enemigo entraba en Lorena y los montañeses huían.

Marcos Divès costeaba el muro, marchando por la nieve; su caballo,

acostumbrado sin duda a aquel camino, relinchaba, alzando la cabeza y

bajándola hasta el petral, con bruscas sacudidas. El contrabandista se

volvía, de vez en cuando, para dirigir una mirada a la meseta de «El

Encinar», que se hallaba enfrente. De improviso exclamó:

--¡Ya se ven los cosacos!

Al oír aquella exclamación, la fuerza hizo alto para mirar lo que

sucedía. Se hallaban los expedicionarios muy arriba en la montaña, por

encima de la aldea y de la casa de «El Encinar». La luz grisácea del

invierno dispersaba las nieblas matinales, y en los pliegues de la

ladera se divisaba la silueta de varios cosacos mirando a lo lejos, con

las pistolas en alto y aproximándose lentamente a la vieja alquería. El

enemigo se había desplegado en guerrilla y parecía temer una sorpresa.

Pocos momentos después se vio surgir a otros cosacos que subían por el

valle de Houx, y más tarde, a muchos otros; todos marchaban en la misma

actitud, de pie sobre los estribos para ver de lejos y como si fuesen de

descubierta. Los primeros, al llegar a la casa de labor y no observar

nada sospechoso, agitaron sus lanzas y dieron media vuelta. Los demás

acudieron entonces velozmente, como los cuervos que siguen raudos al

que se eleva mucho, suponiendo que ha descubierto alguna presa. En pocos

instantes la casa fue rodeada y la puerta abierta. Dos minutos después

los cristales volaban en pedazos; los muebles, los jergones y la ropa

blanca salía por todas las ventanas a la vez. Catalina contemplaba aquel

estrago con aire tranquilo, y su nariz aguileña parecía más inclinada

hacia la boca. Durante un buen espacio de tiempo la anciana nada dijo;

pero al ver de repente a Yégof, a quien no había distinguido hasta

entonces, golpear a Duchêne con el cabo de su lanza y arrojarlo fuera de

la casa, no pudo reprimir un grito de indignación.

--¡Oh, miserable!... ¡Es preciso ser un cobarde para maltratar a un

pobre viejo que no puede defenderse! ¡Ah, bandido! ¡Si yo te cogiese!...

--¡Vamos, Catalina!--gritó Juan Claudio--; es demasiado; ¿para que

detenerse a contemplar semejante espectáculo?

--Tiene usted razón--respondió la labradora--; marchemos. Sería capaz de

bajar yo sola para vengarme.

Mientras más subían, más frío y fuerte era el viento. Luisa, la hija de

los _heimatshlos_, con una cestilla de provisiones al brazo, iba delante

de todos. El cielo azulado, las llanuras de Alsacia y Lorena, y, al fin

del horizonte, las de la Champaña, aquella inmensidad sin límites en la

que se perdía la mirada, le producía como un desvanecimiento de

entusiasmo. Parecía que tenía alas y que volaba por el espacio azul,

como esos grandes pájaros que se arrojan desde la cima de los árboles a

los abismos, mientras entonan el himno de su independencia. Todas las

miserias de este bajo mundo, todas las injusticias y sufrimientos se

olvidaban. Luisa recordaba su niñez, cuando iba sobre la espalda de su

madre, la pobre vagabunda, y se decía: «¡Nunca he sido más dichosa,

nunca he tenido menos cuidados, nunca he reído ni cantado tanto! A

menudo el pan nos faltaba; pero ¡qué días tan felices!» Y acudían a su

memoria trozos de antiguas canciones de aquel tiempo.

Al acercarse a la peña rojiza, en la que se hallaban gruesos cantos

blancos y negros incrustados, y que se inclinaba hacia el precipicio

como la bóveda de una inmensa catedral, Luisa y Catalina se detuvieron

extasiadas. En lo alto, el cielo les parecía más profundo, y el sendero,

que formaba una espiral alrededor de la peña, parecía más estrecho. Los

valles que se perdían de vista, los bosques inmensos, los estanques

lejanos de la Lorena, la cinta azul del Rin a la derecha, todo aquel

gran espectáculo las maravillaba, y la labradora dijo con profundo

recogimiento:

--Juan Claudio: aquel que ha levantado esta peña hasta el cielo, que ha

abierto esos valles, que ha sembrado esos montes de brezos y musgos, ése

puede hacernos la justicia que merezcamos.

Cuando hubieron llegado a la primera meseta del peñón, Marcos llevó su

caballo a una caverna que allí cerca se aparecía, volvió en seguida

solo, y comenzando a trepar delante de todos, dijo:

--Mucho cuidado, porque es fácil resbalar.

Al mismo tiempo les mostraba a la derecha el precipicio azulado, con

las copas de los abetos al fondo. Siguieron marchando en silencio los

expedicionarios hasta llegar a la terraza, donde comenzaba la bóveda, y

allí respiraron libremente. En medio del paisaje vieron a los

contrabandistas Brenn, Pfeifer y Toubac, con sus amplias capas grises y

sus sombreros de fieltro negro, sentados alrededor de una hoguera que se

extendía a lo largo de la peña. Marcos Divès les dijo:

--¡Aquí estamos! Los _kaiserlicks_ son los amos... Han matado a Zimmer

esta noche... Hexe-Baizel, ¿está arriba?

--Sí--respondió Brenn--; está haciendo cartuchos.

--Todavía pueden servir--dijo Marcos--. Tened mucho cuidado, y si alguno

sube, hacedle fuego.

Los Materne se habían detenido al borde de la peña; aquellos tres

fuertes hombres rojos, con el sombrero levantado, el cuerno de pólvora

al costado, la carabina al hombro, las piernas enjutas y musculosas,

firmemente erguidos al extremo de la peña, ofrecían un extraño aspecto

sobre el fondo azulado del abismo. El anciano Materne, con la mano

extendida, señalaba a lo lejos, muy a lo lejos, un punto blanco, casi

imperceptible, en medio del pinar, diciendo:

--¿Reconocéis aquello, hijos míos?

Los tres miraron con los ojos medio cerrados.

--Es nuestra casa--respondió Kasper.

--¡Pobre Margredel!--continuó el anciano cazador, tras una pausa--; debe

estar inquieta desde hace ocho días; seguramente rogará por nosotros a

Santa Odilia.

En aquel momento, Marcos Divès, que marchaba delante, lanzó un grito de

sorpresa.

--¡Señora Lefèvre!--dijo deteniéndose--, los cosacos han incendiado su

casa.

Catalina recibió la noticia con la mayor tranquilidad y adelantose hasta

el borde de la explanada; Luisa y Juan Claudio la siguieron. En el fondo

del abismo se extendía una gran nube blanca; a través de aquella nube se

veía una lucecilla agitarse sobre la ladera de «El Encinar» y no se veía

más; pero cuando a veces soplaba el viento, el incendio aparecía: los

dos altos mojinetes, negros: el granero, incendiado; los establos

pequeños, ardiendo; luego, todo desaparecía otra vez.

--Ya ha ardido casi por completo--dijo Hullin en voz baja.

--Sí--respondió la labradora--; he ahí cuarenta años de trabajos y

fatigas que se convierten en humo; pero es igual, no pueden quemar mis

buenas tierras, el gran prado de Eichmath. Empezaremos a trabajar de

nuevo. Gaspar y Luisa reharán todo esto. Por mi parte, no me arrepiento

de nada.

Al cabo de un cuarto de hora se elevaron millares de chispas y el

edificio se hundió. Sólo quedaron en pie los negros mojinetes. Volvió la

comitiva a ponerse en marcha y continuó la ascensión por el sendero. En

el momento de llegar a la explanada superior, oyose la voz agria de

Hexe-Baizel que gritaba:

--¿Eres tú, Catalina? ¡Ah! ¡Nunca hubiera creído que vendrías a verme a

mi pobre tugurio!

Baizel y Catalina habían ido juntas a la escuela y se tuteaban.

--Ni yo tampoco--contestó la labradora--; ¡pero qué más da, Baizel! En

la desgracia sirve de consuelo volver a ver a una antigua compañera de

la infancia.

Baizel parecía conmovida, y dijo:

--Cuanto hay aquí, Catalina, tuyo es...

Y mostraba a la anciana su pobre taburete, su escoba de retamas verdes y

los cinco o seis leños del hogar. Catalina contempló aquello durante

breves momentos, y dijo:

--No es esto muy grande, pero es sólido; seguramente, tu casa no arderá.

--No, no la quemarán--dijo Hexe-Baizel riendo--; necesitarían todos los

bosques del condado de Dabo para calentarla un poco. ¡Je, je, je!

Los guerrilleros, después de tantas fatigas, sentían necesidad de

reposo; apoyó, pues, cada cual su fusil en la pared, y uno a uno fueron

tendiéndose en el suelo. Marcos Divès les abrió la segunda caverna,

donde encontraron, al menos, un poco de abrigo; luego salió con Hullin

para examinar la posición.

La invasión o El loco Yégof · 第 30 / 49 题