XXI

Jerónimo de San Quirino se había retirado hacia la granja, y desde media

noche ocupaba la meseta.

--¿Quién vive?--gritaron los centinelas al aproximarse la escolta del

trineo.

--Somos nosotros, los de la aldea de Charmes, respondió Marcos Divès con

voz tonante.

Los de Jerónimo se adelantaron para reconocer a los que llegaban y los

dejaron pasar.

En la granja reinaba un silencio profundo; un centinela, arma al brazo,

se paseaba delante de las trojes, en las que dormían sobre montones de

paja unos treinta hombres. Catalina, al ver las sombrías techumbres, los

viejos cobertizos, los establos, toda aquella antigua morada donde había

pasado su juventud, donde se había deslizado la apacible y laboriosa

existencia de su padre y de su abuelo y que ella iba a abandonar quizá

para siempre, experimentó una angustia terrible; pero nada dijo, y

saltando del trineo, como en otras ocasiones cuando volvía del mercado,

exclamó:

--Vamos, Luisa; por fin nos vemos otra vez en nuestra casa, gracias a

Dios.

Mientras tanto, Duchêne había abierto la puerta, gritando:

--¿Es usted, señora Lefèvre?

--Sí, somos nosotros. ¿No hay noticias de Juan Claudio?

--No, señora.

Todos entraron en la cocina.

Algunos rescoldos brillaban aún en el hogar, y bajo la inmensa campana

de la chimenea estaba sentado en la sombra Jerónimo de San Quirino,

envuelto en un gran capote de estameña, con su barba rojiza terminada en

punta, un grueso garrote entre las rodillas y la carabina apoyada en la

pared.

--¡Buenos días, Jerónimo!--dijo la anciana.

--Buenos días, Catalina--contestó grave y solemnemente el jefe del

puerto de Grosmann--. ¿Viene usted del Donon?

--Sí... Aquello va mal, amigo Jerónimo. Los _kaiserlicks_ atacaban la

granja cuando abandonamos la meseta. No se veían mas que uniformes

blancos por todas partes, y ya comenzaban a franquear las defensas.

--Entonces ¿cree usted que Hullin se verá obligado a abandonar el

camino?

--Si Piorette no acude en su socorro, es posible.

Los guerrilleros se habían aproximado al fuego.

Marcos Divès se inclinó hacia los rescoldos para encender la pipa, y al

levantarse dijo:

--Yo, Jerónimo, no te pregunto mas que una cosa; sé de antemano que la

gente se ha batido bien donde tú mandabas...

--Hemos cumplido con nuestro deber--respondió el zapatero--, y los

sesenta hombres que se han quedado tendidos en la falda del Grosmann

pueden atestiguarlo en último término.

--Sí; pero ¿quién ha guiado a los alemanes? Ellos no han podido

encontrar por sí mismos el paso del Blutfeld.

--Ha sido Yégof, el loco Yégof--dijo Jerónimo, cuyos ojos grises,

rodeados de profundas arrugas y cubiertos de espesas cejas blancas,

parecieron fulgurar en las tinieblas.

--¡Ah! ¿Estás seguro?...

--La gente de Labarbe le ha visto subir cuando conducía a los otros.

Los guerrilleros se miraron con indignación.

En aquel momento el doctor Lorquin, que se había quedado fuera para

desenganchar el caballo, abrió la puerta exclamando:

--¡La batalla se ha perdido! Aquí vienen las gentes del Donon; acabo de

oír la cuerna de Lagarmitte.

Fácil es imaginar cuál sería la emoción de los presentes al escuchar

tales palabras. Cada cual pensó en los parientes, en los amigos que no

volverían a ver; y todos, los de la cocina y los de las trojes, se

precipitaron en tropel hacia la meseta. En el mismo instante, Robin y

Dubourg, que estaban de centinela en lo alto de «El Encinar», gritaron:

--¿Quién vive?

--¡Francia!--contestó una voz.

A pesar de la distancia, Luisa, creyendo reconocer la voz de su padre,

fue presa de tal emoción, que Catalina tuvo que sostenerla.

Casi simultáneamente numerosos pasos resonaron en la nieve endurecida, y

Luisa, no pudiendo contenerse, gritó con voz desgarradora:

--¡Papá Juan Claudio!...

--Ya voy, ya voy--contestó Hullin.

--¿Y mi padre?--preguntó Frantz Materne corriendo hacia Juan Claudio.

--Viene con nosotros, Frantz.

--¿Y Kasper?

--Ha recibido una pequeña herida, pero no es nada; ahora verás a los

dos.

En el mismo instante, Catalina se arrojó en brazos de Hullin.

--¡Oh, Juan Claudio! ¡Qué alegría tan grande al volver a verle!

--Sí--murmuró el anciano lúgubremente--; hay muchos que no volverán a

ver a los suyos.

--¡Frantz!--se oyó gritar al viejo Materne--. ¡Eh, por aquí!

Y por todas partes se veían en la sombra personas que se buscaban unas a

otras, que se daban la mano, que se abrazaban. Otros gritaban al mismo

tiempo: «¡Niclau! ¡Sapheri!», pero no obtenían respuesta.

Aquellas voces se repetían hasta volverse roncas, balbucientes, y, por

último, cesaban. La alegría de los unos y la consternación de los otros

producían un efecto desconcertante. Luisa se hallaba en brazos de Hullin

y lloraba amargamente.

--¡Ah, Juan Claudio!--decía la señora Lefèvre--; ya sabrá usted lo que

ha hecho esta niña. Por ahora, no le digo nada; pero hemos sido

atacados.

--Sí, ya hablaremos de eso después... El tiempo vuela--dijo Hullin--; el

camino del Donon se ha perdido, y los cosacos pueden estar aquí al

amanecer; tenemos muchas cosas que hacer.

Juan Claudio volvió la esquina y entró en la casa; todos los demás le

siguieron. Duchêne acababa de echar al fuego un haz de leña. Aquellos

rostros ennegrecidos por la pólvora, animados aún por el ardor del

combate, aquellos hombres, con los vestidos desgarrados por los

bayonetazos, algunos de los cuales sangraban al salir de las tinieblas a

la viva luz, ofrecían el más extraño espectáculo. Kasper, con la frente

vendada con un pañuelo, había recibido un sablazo; su bayoneta, su

correaje y sus altas polainas azules estaban manchados de sangre. El

anciano Materne, gracias a su imperturbable presencia de espíritu,

volvía sano y salvo de la contienda. De este modo, los restos de las

fuerzas de Jerónimo y Hullin se hallaron unidos. Todos tenían el mismo

salvaje aspecto y estaban animados por la misma energía e idéntico

espíritu de venganza. Los de Hullin, rendidos de cansancio, se sentaron

a derecha e izquierda en haces de leña, en las piedras de los desagües y

en las losas del hogar, con la cabeza entre las manos y los codos en

las rodillas. Los demás miraban a todas partes, y no pudiendo

convencerse de la desaparición de Hans, de Joson, de Daniel, cambiaban

entre sí preguntas seguidas de largos silencios. Los dos hijos de

Materne se habían agarrado del brazo, como si tuvieran miedo de

perderse, y su padre, detrás de ellos, apoyado en la pared y el codo en

el cañón de la carabina, les miraba con satisfacción. «Están aquí, los

estoy viendo--parecía decirse el anciano--; son fuertes los muchachos;

los dos han logrado salvar el pellejo.» Y el valiente guerrillero tosía

en el hueco de la mano. Algunos iban a preguntarle por Pedro, por

Jacobo, por Nicolás, por su hijo o por su hermano; y el anciano

respondía maquinalmente: «Sí, sí, han quedado muchos tendidos allá...

¡Qué le vamos a hacer! Es la guerra. Nicolás ha cumplido con su

deber...; es preciso tener paciencia. Pero él pensaba para sus adentros:

«¡Los míos se han escapado de la quema, y eso es lo principal!»

Catalina se ocupó de poner la mesa con Luisa. Duchêne subió de la bodega

un barril de vino, llevándolo sobre el hombro; lo colocó en el aparador,

hizo saltar el tapón, y cada guerrillero fue presentando su vaso, su

cacharro o su cantimplora ante el chorro de color púrpura, que brillaba

a los reflejos del hogar.

--¡Comed y bebed!--les decía la labradora--; esto no se ha acabado aún,

y tendréis necesidad de que no os falten las fuerzas. ¡Eh, Frantz!

¡Descuelga ese jamón! Aquí están el pan y los cuchillos. Sentaos, hijos

míos.

Frantz, con la bayoneta, espetaba los jamones en la chimenea.

Y, acercando los bancos al fuego, los guerrilleros se sentaron; a pesar

de los contratiempos sufridos, todos comieron con ese fuerte apetito que

ni los dolores presentes ni las preocupaciones por el porvenir pueden

hacer perder a los hombres de la sierra. Sin embargo, una tristeza

profunda anudaba la garganta de aquellos valientes, y ora uno, ora otro,

se detenían de improviso en su yantar, dejaban caer el tenedor y

abandonaban la mesa diciendo: «Ya he comido bastante.»

Mientras los guerrilleros reparaban así sus fuerzas, los jefes estaban

reunidos en la sala inmediata para acordar las últimas disposiciones

concernientes a la defensa. Estaban sentados alrededor de una mesa,

alumbrada por una lámpara de metal, el doctor Lorquin, a cuyo lado

olfateaba su enorme perro _Plutón_; Jerónimo, en el ángulo de una

ventana, a la derecha; Hullin, intensamente pálido, a la izquierda;

Marcos Divès, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, se

hallaba de espaldas a la puerta, destacándose sólo su obscura silueta y

una de las puntas de su bigote. Unicamente Materne permanecía de pie,

según su costumbre, apoyado en la pared, detrás de la silla de Lorquin,

con el cañón de la carabina en las manos y descansando la culata en el

suelo. De la cocina llegaba el ruido de las conversaciones.

Cuando Catalina, llamada por Juan Claudio, entró en la sala oyó una

especie de lamento que la estremeció; era Hullin que hablaba.

--Todos esos valientes, todos esos padres de familia que caen unos

después de otros--decía Juan Claudio con voz desgarradora--, ¿creéis que

no pesan sobre mi corazón? ¿No creéis que hubiera mil veces preferido

que me aniquilasen a mí? ¡Ah! ¡No sabéis lo que he sufrido esta noche!

Perder la vida no es nada. ¡Pero llevar yo solo una responsabilidad tan

inmensa...!

Hullin guardó silencio unos instantes; el temblor de sus labios, una

lágrima que rodaba lentamente por su mejilla, toda su actitud revelaba

los escrúpulos que sentía aquel hombre honrado frente a una de esas

situaciones en que la conciencia pierde la fe en sí misma y busca nuevos

apoyos. Catalina se sentó, sin hacer ruido, en el sillón situado a la

izquierda de Hullin, el cual, pasados breves instantes, continuó con

mayor reposo:

--Entre once y doce de la noche, Zimmer llegó diciendo: «¡Estamos

rodeados! ¡Los alemanes bajan del Grosmann! Labarbe ha muerto. Jerónimo

no puede resistir.» Y no dijo más. ¿Qué hacer en aquella situación?...

¿Podía abandonar una posición que nos había costado tanta sangre, el

camino del Donon y la carretera de París? Si llego a hacerlo, ¿no

hubiera sido un miserable? Pero yo no tenía mas que trescientos hombres

contra los cuatro mil de Grand-Fontaine y no sé cuántos que bajaban de

la montaña. Pues bien; costase lo que costase, decidí resistir; era

nuestro deber, y me dije: «¡La vida no vale nada sin honor!... ¡Muramos

todos, si es preciso; pero no se dirá nunca que hemos entregado el

camino de Francia! ¡No, no; nunca se dirá eso!»

En aquel momento la voz de Hullin volvió a temblar; sus ojos se llenaron

de lágrimas, y continuó:

--Resistimos hasta las dos; yo veía a los valientes muchachos caer al

grito de «¡Viva Francia!» Al principio de la acción había mandado un

aviso a Piorette, que llegó a paso de carga con cincuenta hombres

escogidos. ¡Era ya tarde! El enemigo nos rodeaba por la derecha y por la

izquierda, ocupaba las tres cuartas partes de la meseta y nos había

hecho retroceder hasta los pinares, del lado del Blanru; su fuego

diezmaba nuestras filas. Lo único que pude hacer fue reunir aquellos

heridos que aun podían moverse, y ordenar a Piorette que los escoltase;

a ellos se unieron unos cien hombres míos. Por mi parte, me quedé sólo

con cincuenta para ocupar el Falkenstein. Hemos pasado por delante de

las narices de los alemanes, que querían cortarnos la retirada.

Afortunadamente, la noche estaba obscura; de lo contrario, no se hubiera

salvado uno solo de nosotros. Esta es la situación en que nos hallamos;

¡todo se ha perdido! El Falkenstein es lo único que nos queda, y sólo

somos trescientos hombres. Ahora se trata de saber si estamos decididos

a llegar hasta el fin. En cuanto a mí, ya os lo he dicho: me pesa cargar

con una responsabilidad tan grande. Mientras no trataba mas que de

defender el camino del Donon, no había la menor duda: todos nos debemos

a la patria; pero el camino se ha perdido, y necesitaríamos diez mil

hombres para reconquistarlo. En este momento el enemigo está penetrando

en Lorena... Veamos lo que debemos hacer.

--Es preciso ir hasta el fin--dijo Jerónimo.

--Sí, sí--gritaron los demás.

--¿Cree usted lo mismo, Catalina?

--Exactamente--respondió la anciana, cuyas facciones revelaban una

tenacidad inflexible.

Entonces Hullin, con voz más firme, expuso su plan.

--El Falkenstein es nuestro punto de retirada; es además nuestro

arsenal, y allí tenemos las municiones; el enemigo lo sabe, e intentará

un golpe de mano por aquel lado. Es preciso, pues, que todos los

presentes acudamos a defender la posición; es preciso que todo el país

nos vea y diga: «Catalina Lefèvre, Jerónimo, Materne con sus dos hijos,

Hullin, el doctor Lorquin, allí están y no quieren rendir las armas.»

Este ejemplo reanimaría el espíritu de los hombres de corazón. Además,

Piorette resistirá en el bosque, y su fuerza irá aumentando día por día.

El país se verá cubierto de cosacos y bandidos de todas clases. Cuando

el ejército enemigo entre en Lorena, haré una señal a Piorette; éste se

interpondrá desde el Donon al camino, y cuantos rezagados se hallen

esparcidos por la montaña quedarán como cogidos en una red. De este

modo, aprovecharemos las ocasiones favorables para apoderarnos de los

convoyes de los alemanes y para hostilizar sus reservas; y si la fortuna

ayuda, como es de esperar, a nuestros ejércitos y estos _kaiserlicks_

son derrotados en Lorena, les cortaremos la retirada.

Todos se levantaron, y Hullin, entrando en la cocina, dirigió a los

guerrilleros esta sencilla alocución:

--Amigos míos, acabamos de decidir que se lleve la resistencia hasta lo

último. Sin embargo, cada cual es libre de hacer lo que quiera y puede

deponer las armas y volver a su aldea; pero los que quieran vengarse

¡que se unan a nosotros!: con nosotros partirán el último pedazo de pan

y agotarán el último cartucho.

El anciano almadiero Colon se levantó, y dijo:

--Hullin, todos estamos contigo; hemos comenzado juntos a batirnos y

juntos terminaremos.

--¡Sí, sí!--exclamaron los demás.

--¿Estáis decididos? Pues bien; escuchadme un momento; el hermano de

Jerónimo va a tomar el mando.

--Mi hermano ha muerto--interrumpió Jerónimo--; es uno de los que se han

quedado en la ladera del Grosmann.

Hubo un instante de silencio; después, con voz fuerte, Hullin prosiguió:

--Colon: vas a tomar el mando de los que queden, a excepción de los que

forman la escolta de Catalina Lefèvre, que se quedarán conmigo. Irás a

reunirte con Piorette, en el valle del Blanru, pasando por Dos Ríos.

--¿Y las municiones?--preguntó Marcos Divès.

--Yo he traído mi furgón--dijo Jerónimo--; Colon puede utilizarlo.

--Que se enganche también el trineo--exclamó Catalina--. Los cosacos no

han de tardar y lo saquearán todo. Nuestra gente no debe marchar con las

manos vacías; que se lleven los bueyes, las vacas, las cabras; que se

lo lleven todo; así no caerá en poder del enemigo.

Cinco minutos después la casa estaba entregada al saqueo; el trineo se

cargó de jamones, de carnes saladas y de pan; fue sacado el ganado de

los establos y los caballos se engancharon al coche grande. El convoy no

tardó en ponerse en marcha, con Robin a la cabeza, tocando la trompa, y

detrás los guerrilleros, que empujaban las ruedas. Y cuando hubo

desaparecido en el bosque, y el silencio sucedió, de repente, a aquel

discorde ruido, Catalina se volvió y vio a Hullin detrás de ella, pálido

como un muerto.

--Pues bien, Catalina--dijo éste--; todo ha terminado. Ahora vamos a

subir allá arriba.

Frantz, Kasper y los de la escolta, Marcos Divès, Materne, todos

esperaban en la cocina con las armas en descanso.

--Duchêne--dijo la labradora--; márchese a la aldea; no quiero que el

enemigo, por mi causa, le maltrate.

El viejo servidor, moviendo su blanca cabeza, y con los ojos llenos de

lágrimas, contestó:

--Lo mismo es, señora Lefèvre, que yo muera aquí. Hace cincuenta años

que vine a esta casa...; no me obligue usted a dejarla: eso sería mi

muerte.

--Como usted quiera, mi pobre Duchêne--respondió Catalina enternecida--;

aquí tiene las llaves de la casa.

Y el pobre anciano fue a sentarse al fondo del hogar, en un escabel, con

los ojos fijos y la boca entreabierta, como perdido en un largo y

doloroso desvarío.

Emprendiose la marcha hacia el Falkenstein. Marcos Divès, a caballo,

empuñando su largo espadón, constituía la retaguardia. Frantz y Hullin,

a la izquierda, observaban la meseta; Kasper y Jerónimo, a la derecha,

exploraban el valle; Materne y los hombres de la escolta rodeaban a las

mujeres. ¡Cosa extraña! Delante de las casuchas de la aldea de Charmes,

en el umbral de las puertas, en los tragaluces y en las ventanas, se

veían figuras viejas y amarillas que miraban con curiosidad la huída de

la señora Lefèvre; y las malas lenguas no se apiadaban de su situación:

«¡Ah! ¡Vedlos sin casa ni hogar!--exclamaban--. ¡Para que se metan donde

no los llaman!»

Otros decían en voz alta que Catalina había sido rica bastante tiempo, y

que a cada cual le llega el turno de pedir limosna. Respecto de los

trabajos, de la prudencia, de la bondad de corazón, de todas las

virtudes de la anciana labradora, del patriotismo de Juan Claudio, del

valor de Jerónimo y de los tres Materne, del desinterés del doctor

Lorquin y de la abnegación de Marcos Divès, nadie decía nada: ¡estaban

vencidos!

La invasión o El loco Yégof · 第 29 / 49 题