XX

Hacia las diez de la noche, Catalina Lefèvre y Luisa, después de haber

dado las buenas noches a Hullin, subieron a su habitación, que estaba

encima de la sala grande, para acostarse. Había allí dos amplios lechos

de plumas, con colgaduras de tela a rayas azules y rojas, que se

elevaban hasta el techo.

--Vamos--exclamó la labradora encaramándose a una silla--; que duermas

bien, hija mía; yo no puedo más y voy a caer rendida.

Catalina se tapó con la manta, y cinco minutos después dormía

profundamente.

Luisa no tardó en seguir su ejemplo.

De este modo habían transcurrido dos horas, cuando la anciana despertó

sobresaltada por un tumulto espantoso.

--¡A las armas! ¡A las armas!--gritaban por todas partes--. ¡Eh! ¡Por

aquí! ¡Mil centellas! ¡Que vienen!

Cinco o seis disparos se sucedieron, iluminando los cristales envueltos

en la obscuridad.

--¡A las armas! ¡A las armas!

Nuevos disparos se oyeron. La gente iba de un lado a otro, corriendo.

La voz de Hullin, seca, vibrante, sobresalía dando órdenes.

A la izquierda de la alquería, bastante lejos, resonaba como un

chisporroteo sordo y profundo, en los puertos del Grosmann.

--¡Luisa, Luisa!--gritó la labradora--; ¿no oyes?

--¡Sí!... ¡Oh, Dios mío, es terrible!

Catalina saltó de la cama.

--Levántate, hija mía--añadió--; vamos a vestirnos en seguida.

Los disparos aumentaban, y sus fogonazos cruzaban por los cristales como

relámpagos.

--¡Cuidado!--gritó Materne.

Oíanse también los relinchos de un caballo que se hallaba fuera y las

recias pisadas de una muchedumbre de gentes que andaban por el pasillo,

por el patio y delante de la alquería; la casa parecía conmoverse hasta

sus cimientos.

De repente, sonaron unos disparos en las ventanas de la sala baja. Las

dos mujeres se vestían apresuradamente. En aquel momento, unas pisadas

fuertes resonaron en la escalera; abriose la puerta, y Hullin apareció

con una linterna en la mano, pálido el rostro, los cabellos desgreñados

y temblándole las mejillas.

--¡Vamos, de prisa!--exclamó--; no tenemos un minuto que perder.

--¿Pero qué pasa?--preguntó Catalina.

El ruido de las descargas se acercaba.

--¡Vamos!--gritó Juan Claudio levantando los brazos--; ¿cree usted que

hay tiempo de explicarlo?

La anciana comprendió que no tenía mas que obedecer, y cogiendo su manto

bajó la escalera con Luisa. Al resplandor intermitente de los fogonazos,

Catalina vio a Materne, con el pecho al aire, y a su hijo Kasper

disparando desde el umbral del pasillo hacia las barricadas; diez

hombres, situados detrás de ellos, les pasaban los fusiles cargados, de

suerte que no tenían mas que encañonar y hacer fuego. Todas aquellas

figuras apelotonadas, que cargaban las armas y se las alargaban unos a

otros, tenían un terrible aspecto. Tres o cuatro cadáveres, tendidos

junto a la pared derruida, añadían una nota lúgubre al horror del

combate; el humo penetraba dentro de la casucha.

Al llegar a lo alto de la escalera, Hullin gritó:

--¡Ya están aquí, gracias a Dios!

Y todos los valientes que allí se encontraban, levantando la cabeza,

gritaron:

--¡Animo, señora Lefèvre!

Entonces, la pobre mujer, dominada por tantas emociones, rompió a

llorar, apoyándose en el hombro de Juan Claudio; pero éste la tomó en

sus brazos como una pluma y salió corriendo a lo largo del muro, a la

derecha; Luisa les seguía sollozando.

Fuera no se oía mas que el silbido de las balas, y golpes sordos en la

pared; la cal se desconchaba, las tejas caían a tierra, y frente por

frente, en dirección de las barricadas, a trescientos pasos, se veían

los uniformes blancos, alineados, que se iluminaban con los fogonazos de

sus propios disparos, en la noche obscura, y a la izquierda, al otro

lado del barranco de las Minas, se divisaba a los hombres de la sierra

que cogían de flanco al enemigo.

Hullin desapareció tras el ángulo de la casa de labor; allí la

obscuridad era completa, y apenas se veía al doctor Lorquin, a caballo

delante de un trineo, empuñando un espadón de caballería y un par de

pistolas de arzón al cinto, y a Frantz Materne, al frente de una docena

de hombres armados de fusiles, que temblaba de ira. Hullin colocó a

Catalina en el trineo sobre un montón de paja, y Luisa se sentó a su

lado.

--¡Vamos, ya están ustedes aquí!--exclamó el doctor--; gracias a Dios.

Y Frantz Materne agregó:

--Si no fuera por usted, señora Lefèvre, crea que ni uno solo

abandonaría esta noche el monte; pero por usted no hay nada que decir.

--No--gritaron los demás--; nada tenemos que decir.

En aquel momento, un hombre fornido, de piernas largas como las de una

garza real, y cargado de espaldas, pasó corriendo por detrás de la

pared, gritando:

--¡Que vienen!... ¡Sálvese el que pueda!

Hullin palideció.

--Es el amolador del Harberg--dijo Juan Claudio, rechinando los dientes.

Frantz no dijo nada, y, llevándose la carabina al hombro, apuntó e hizo

fuego.

Luisa vio al amolador, distante unos treinta pasos, que alzaba los

brazos en la obscuridad y caía de bruces a tierra.

Frantz volvió a cargar el arma sonriendo de extraño modo.

Hullin dijo:

--Camaradas: aquí tenéis a nuestra madre, la que nos ha dado la pólvora

y la que nos ha mantenido para que defendamos la patria; aquí tenéis

también a mi hija; ¡salvadlas!

Todos contestaron a una voz:

--Las salvaremos o moriremos con ellas.

--Y no olvidéis decir a Divès que permanezca en el Falkenstein hasta

nueva orden.

--Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio.

--¡Pues en marcha, doctor, en marcha!--exclamó el valiente guerrillero.

--¿Y usted, Hullin?--dijo Catalina.

--Mi sitio es éste; hay que defender la posición hasta la muerte.

--¡Papá Juan Claudio!--gritó Luisa, tendiéndole los brazos.

Pero el guerrillero doblaba ya la esquina; el doctor arreó el caballo, y

el trineo se deslizó por la nieve. Detrás de él, Frantz Materne y sus

hombres, con las carabinas al hombro, apresuraban el paso, mientras que

el ruido de las descargas continuaba alrededor de la casa.

Esto fue todo lo que Catalina Lefèvre y Luisa vieron en el transcurso de

algunos minutos. Sin duda había sucedido algo extraño y terrible aquella

noche. La anciana, acordándose de su sueño, permanecía silenciosa. Luisa

se secaba las lágrimas y dirigía miradas angustiosas hacia la meseta,

iluminada como por un incendio. El caballo saltaba al recibir los golpes

del doctor, y los hombres de la escolta seguían a duras penas el trineo.

Durante largo tiempo oyéronse los tumultos y clamores del combate, las

descargas y el silbido de las balas que segaban la maleza; pero todo

esto fue diminuyendo cada vez más, y al llegar a la parte baja del

sendero, todo desapareció como si fuese un sueño.

El trineo acababa de llegar a la otra vertiente de la montaña y volaba,

como una flecha, en las tinieblas. Sólo turbaba el silencio el galope

del caballo, la respiración anhelante de la escolta y, de vez en cuando,

el grito del doctor: «¡Eh, _Bruno_! ¡Arriba, vamos!»

Ráfagas de aire frío, ascendiendo de los valles del Sarre, traían de muy

lejos, como un suspiro, los rumores eternos de los torrentes y de los

bosques. La Luna, filtrándose entre las nubes, alumbraba de lleno las

selvas sombrías del Blanru, con sus grandes abetos cargados de nieve.

Diez minutos después llegaba el trineo a la linde de estos bosques, y el

doctor Lorquin, volviéndose sobre la silla del caballo, preguntó:

--¿Qué hacemos ahora, Frantz? Este es el sendero que se dirige a las

colinas de San Quirino, y este otro el que baja al Blanru. ¿Cuál

tomamos?

Frantz y los hombres de la escolta se aproximaron. Como se encontraban

entonces en la vertiente occidental del Donon, empezaban a distinguir,

por el otro lado, en lo alto del cielo, el fuego de los alemanes que

venían por el Grosmann. No se veía mas que los fogonazos, y algunos

minutos después se oía la detonación retumbar en los abismos.

--El sendero de las colinas de San Quirino es el más corto--dijo

Frantz--para ir al «Encinar»; por lo menos, adelantaremos tres cuartos

de hora.

--Sí--exclamó el doctor--, pero nos exponemos a ser detenidos por los

_kaiserlicks_, que han tomado ya el desfiladero del Sarre. Mirad, son

dueños de las alturas; sin duda han enviado destacamentos hacia el

Sarre-Rojo para rodear el Donon.

--Tomemos el sendero del Blanru--dijo Frantz--es más largo, pero es más

seguro.

El trineo descendió a la izquierda, a lo largo de los bosques. Los

guerrilleros, en fila, con el fusil a la espalda, marchaban por lo alto

del talud, y el doctor, a caballo, iba por el camino en trinchera,

abriéndose paso por entre las ramas de los árboles, proyectando su negra

sombra sobre el sendero profundo, y la Luna alumbraba los alrededores.

Aquel paso tenía algo tan pintoresco y majestuoso, que en cualquier otra

circunstancia Catalina hubiese quedado maravillada al contemplarlo, y

Luisa no hubiera dejado de admirar aquellas altas pirámides de escarcha,

aquellos festones que relucían como el cristal, a la pálida luz de la

Luna; pero entonces sus almas estaban llenas de inquietud. Además,

cuando el trineo entró en el desfiladero, desapareció en absoluto la

claridad, y sólo quedaron iluminadas las cimas de las altas montañas de

alrededor. Iban caminando así hacía un cuarto de hora, en silencio,

cuando Catalina, después de haber puesto muchas veces freno a su lengua,

no pudiendo contenerse más, exclamó:

--Doctor Lorquin: puesto que nos tiene usted aquí, en el fondo del

Blanru, y que puede usted hacer de nosotros lo que quiera, ¿quiere

explicarme por qué se nos conduce por fuerza? Juan Claudio me tomó, me

dejó en este montón de paja... y aquí estoy.

--¡Arre, _Bruno_!--murmuró el doctor.

Y luego respondió gravemente:

--Esta noche, señora Catalina, nos ha sucedido la mayor de las

desgracias. No hay que culpar a Juan Claudio si, por la falta de otro,

perdemos el fruto de nuestros sacrificios.

--¿La falta de quién?

--De ese desgraciado de Labarbe, que no ha sabido defender el

desfiladero del Blutfeld. Bien es cierto que ha muerto cumpliendo con su

deber; pero eso no repara el desastre, y si Piorette no llega a tiempo

de socorrer a Hullin, todo se habrá perdido; será preciso abandonar el

camino y batirnos en retirada.

--¡Cómo! ¿El Blutfeld ha sido tomado?

--Sí, Catalina. ¿Quién hubiera nunca pensado que los alemanes entrarían

por allí? ¡Un desfiladero casi impracticable para los peatones, encajado

entre rocas cortadas a pico, en el que hasta los pastores a duras penas

pueden bajar con sus rebaños de cabras! Pues bien; han pasado por allí

dos a dos, han rodeado la Peña Hueca, han destrozado a Labarbe y han

caído sobre Jerónimo, que se ha defendido como un león hasta las nueve

de la noche; pero, al fin, se vio obligado a refugiarse en el monte y

dejar el paso libre a los _kaiserlicks_. Eso ha sido, en resumen, lo que

ha pasado. Es espantoso. Debe haber alguna persona del país, bastante

cobarde y bastante miserable, para guiar al enemigo a nuestras espaldas

y para entregarnos a él atados de pies y manos. ¡Oh, el

bandido!--exclamó Lorquin con voz colérica--; yo no soy malo, pero si el

tal se pone a mi alcance, he de dejarle seco... ¡Arre, _Bruno_, arre!

Los guerrilleros seguían marchando por los lados del camino sin decir

nada, como si fuesen sombras.

El trineo volvió a correr al galope del caballo; poco después moderó la

marcha; el animal respiraba agitadamente.

La labradora permanecía silenciosa, tratando de ordenar aquellas nuevas

ideas en su cabeza.

--Empiezo a comprender--dijo Catalina al cabo de algunos segundos--;

esta noche hemos sido atacados de frente y de costado.

--Exactamente, Catalina; por fortuna, diez minutos antes del ataque, un

hombre de Marcos Divès, el contrabandista Zimmer, que ha sido dragón,

llegó a todo correr para prevenirnos. Sin este aviso, estábamos

perdidos. El muy valiente cayó en nuestras avanzadas, después de haber

atravesado un destacamento de cosacos en la meseta del Grosmann; el

pobre hombre había recibido un sablazo terrible, y sus entrañas colgaban

de la silla del caballo. ¿No es así, Frantz?

--Sí--respondió el cazador con voz sorda.

--¿Y qué dijo?--preguntó la anciana.

--No tuvo tiempo mas que para gritar: «¡A las armas!... ¡Estamos

cercados!... Me envía Jerónimo...; Labarbe ha muerto... Los alemanes han

pasado el Blutfeld.»

--¡Era un valiente!--murmuró Catalina.

--Sí, era un valiente--contestó Frantz inclinando la cabeza.

Quedó todo en silencio, y el trineo siguió avanzando por el valle

tortuoso durante un largo espacio de tiempo. A cada instante era

preciso detenerse, pues la nieve se hacía muy profunda. Entonces tres o

cuatro de aquellos serranos de la escolta descendían de lo alto del

talud, tomaban al caballo de la brida y se continuaba la marcha.

De repente Catalina pareció salir de su sueño, preguntando:

--De todos modos, ¿por qué no me ha dicho Hullin?...

--Si le habla de esos ataques--interrumpió el doctor--, usted hubiera

querido quedarse allí.

--¿Y quién puede impedirme hacer lo que quiera? Si ahora mismo quisiera

apearme del trineo, ¿no podría hacerlo?... He perdonado a Juan Claudio,

y estoy arrepentida...

--¡Oh, mamá Lefèvre!, ¿y si muere mientras usted dice eso?--murmuró

Luisa.

--Tiene razón la niña--pensó Catalina; y rápidamente añadió:

--Digo que estoy arrepentida; pero es un hombre tan valiente, que no se

le puede tener rencor por lo que ha hecho. Le perdono de todo corazón;

en su lugar, hubiera hecho lo mismo.

A doscientos o trescientos pasos de allí, los fugitivos penetraron en el

desfiladero de las Rocas. La nieve había cesado de caer y la Luna

brillaba entre dos grandes nubes, una blanca y otra negra. La estrecha

garganta, bordeada de ingentes rocas cortadas a pico, se extendía

bastante lejos, y sobre ambos lados los abetos gigantes se elevaban

hasta perderse de vista. Nada turbaba en aquel lugar la calma de los

grandes bosques; dijérase que se hallaban muy lejos todas las

agitaciones humanas. El silencio era tan profundo, que se oían los pasos

del caballo en la nieve, y, de vez en cuando, su entrecortada

respiración. Frantz Materne se detenía algunas veces, dirigía una mirada

hacia las laderas obscuras y luego apresuraba el paso para alcanzar a

los demás.

Y los valles se sucedían unos a otros; el trineo subía, bajaba, volvía a

la derecha, después a la izquierda, y los guerrilleros, con la bayoneta

calada, seguían la marcha sin detenerse.

De este modo caminaron todos hasta las tres de la madrugada, en que

llegaron a la pradera de Brimbelles, sitio en el cual se ve hoy todavía

una hermosa encina que avanza sobre el camino, al dar la vuelta al

valle. Al otro lado, hacia la izquierda, en medio de malezas cubiertas

de nieve, detrás de un muro pequeño de piedra en seco y de las

empalizadas de un jardinillo, comenzaba a descubrirse la vieja casa

forestal del guarda Cuny, con sus tres colmenas puestas sobre una tabla,

su antigua y nudosa parra, que trepaba por un colgadizo hasta el tejado,

y su rama de abeto pendiente del canalón a guisa de muestra; porque Cuny

tenía también el oficio de tabernero en aquellas soledades.

En tal sitio, como el camino que corre a lo largo de la parte superior

del muro de la pradera está situado cuatro o cinco pies más arriba que

ésta, y como en aquel momento una densa nube velase la Luna, el doctor,

temiendo volcar, detúvose bajo la encina.

--No nos falta mas que una hora de camino--dijo Lorquin--. Animo, pues,

señora Lefèvre; no tenemos prisa.

--Sí--dijo Frantz--; hemos pasado lo peor y podemos dar descanso al

caballo.

La escolta se reunió alrededor del trineo; el doctor echó pie a tierra.

Algunos hicieron lumbre con los eslabones para encender sus pipas; pero

nadie decía una palabra; todo el mundo pensaba en el Donon. ¿Qué estaría

pasando allí? ¿Lograría Juan Claudio sostenerse en la meseta hasta la

llegada de Piorette? Tantas cosas tristes, tantas reflexiones

desconsoladoras inundaban el alma de aquellos valientes, que nadie

sentía deseos de hablar.

Cinco minutos llevarían de descanso bajo la encina centenaria, cuando,

en el momento que la nube se separaba lentamente de la Luna y que la

pálida luz de ésta penetraba hasta el fondo del desfiladero, a unos

doscientos pasos de distancia de los fugitivos, se destacó en el sendero

y entre los pinares una figura negra a caballo. Aquella figura, alta y

sombría, no tardó en recibir un rayo de Luna; viose entonces

distintamente que era un cosaco con su gorro de piel de cordero y que

llevaba la lanza bajo el brazo, con la punta hacia atrás. Se adelantaba

al paso; y ya Frantz había apuntado, cuando detrás de él apareció otra

lanza y otro cosaco, y después otro... En toda la extensión del monte,

sobre el fondo pálido del cielo, no se veían mas que banderolas en forma

de cola de golondrina y el brillo de las lanzas de los cosacos, que

avanzaban en fila, directamente hacia el trineo, pero sin apresurarse,

como gentes que iban en busca de algo, unos alzando la vista y otros

inclinándose en la silla para mirar entre la maleza. Eran, seguramente,

más de treinta.

Júzguese cuál sería la emoción de Luisa y Catalina, que se hallaban en

tal momento sentadas en medio del camino. Miraban ambas mujeres con la

boca abierta. Un minuto más, y se encontrarían rodeadas de aquellos

bandidos. Los guerrilleros parecían estupefactos; era imposible

retroceder: por un lado había que saltar un muro del prado, y por el

otro, era preciso trepar por la montaña. En su turbación, la pobre

labradora cogió a Luisa por un brazo y gritó con voz alterada por el

peligro:

--¡Huyamos al bosque!

Y quiso saltar por encima del trineo; pero sus pies no pudieron

separarse de la paja.

De repente, uno de los cosacos dejó escapar una exclamación gutural, que

recorrió toda la línea.

--¡Nos han descubierto!--gritó el doctor Lorquin sacando el sable.

Apenas había pronunciado estas palabras, doce disparos iluminaron el

sendero de un extremo al otro, y verdaderos aullidos de salvajes

contestaron a las detonaciones. Los cosacos desembocaron del sendero en

el prado de enfrente, encorvados sobre sus caballos, con las piernas

encogidas, a rienda suelta y corriendo a todo correr hacia la casa

forestal, como ciervos perseguidos.

--¡Ah! huyen como diablos--gritó el doctor.

Pero Lorquin había hablado con sobrada ligereza; después de recorrer

doscientos o trescientos pasos por el valle, los cosacos se apretujaron

como una bandada de estorninos, describiendo un círculo, y con la lanza

en ristre y la cara casi entre las orejas de sus caballos se lanzaron a

todo correr contra los guerrilleros, gritando con voz ronca: «¡Hurra,

hurra!»

Fue un momento terrible.

Frantz y sus compañeros se arrojaron sobre el muro para cubrir el

trineo.

Dos segundos después, la confusión era indescriptible: chocaban las

lanzas contra las bayonetas, y gritos de rabia respondían a las

imprecaciones; a la sombra de la gran encina, por la que se filtraban

algunos rayos de luz débil, no se veía mas que caballos encabritados,

con las crines erizadas, tratando de saltar el muro del prado, y, por

debajo, las figuras bárbaras de los cosacos, con los ojos relucientes,

el brazo en alto, descargando tajos con furor, avanzando, retrocediendo

y lanzando gritos tan espantosos que ponían los cabellos de punta.

Luisa, muy pálida, y Catalina, con la cabellera gris suelta, se hallaban

de pie sobre la paja del trineo.

El doctor Lorquin, delante de ellas, paraba los golpes con su sable, y,

mientras batía el hierro, les gritaba:

--¡Tendedse, con mil demonios, tendedse en el trineo!

Pero ellas no lo oían.

Luisa, en medio del tumulto y de aquellos feroces aullidos, no pensaba

mas que en cubrir con su cuerpo a Catalina. La labradora--¡júzguese cuál

sería su terror!--acababa de reconocer al loco Yégof montado en un

caballo alto y flaco, con la corona de hojalata en la cabeza, la barba

erizada, empuñando una lanza y con la amplia piel de perro flotando

sobre sus hombros. Catalina le veía perfectamente, como en medio del

día: allí estaba el viejo, y su lúgubre perfil se destacaba a unos diez

pasos, con los ojos fulgurantes, blandiendo su larga flecha azul en las

tinieblas y tratando de alcanzar a la labradora. ¿Qué hacer? ¡Someterse,

sufrir su muerte!... Así los más firmes caracteres se sienten carcomidos

por un destino fatal: la anciana se creía señalada de antemano; veía a

aquellos hombres saltar como lobos, darse tajos y pararlos, a la luz de

la Luna. Veía caer algunos combatientes; a los caballos, sueltas las

bridas, huir por el prado... Veía, a la izquierda, que se abría el

ventanuco más alto de la casa forestal, y el anciano Cuny, en mangas de

camisa, apuntando con el fusil en dirección del grupo, pero sin

atreverse a disparar... La anciana veía todas aquellas cosas con una

lucidez extraña, y se decía: «El loco ha vuelto... Suceda lo que quiera,

esto tiene que terminar como he visto en sueños, y mi cabeza colgará de

la silla de su caballo...»

Todo, en efecto, parecía justificar sus temores. Los guerrilleros, muy

inferiores en número, retrocedían. No tardó en producirse un remolino en

el que se mezclaban los adversarios; los cosacos, franqueando el muro,

llegaron al sendero, y un lanzazo, hábilmente dirigido, ensartó el moño

de la anciana, quien sintió el hierro frío deslizarse hasta su nuca.

--¡Oh, miserables!--gritó al caer, mientras que, con ambas manos, se

sostenía de las riendas.

También el doctor Lorquin acababa de ser derribado contra el trineo.

Frantz y sus compañeros, acosados por veinte cosacos, no podían acudir a

su socorro. Luisa sintió una mano posarse sobre su hombro; era la mano

del loco, que trataba de asir a la joven desde lo alto de su gigantesco

caballo.

En aquel instante supremo, la pobre niña, loca de terror, dejó escapar

un grito de angustia, y viendo relucir algo en las tinieblas, las

pistolas de Lorquin, las arrancó del cinto del doctor, con la rapidez

del relámpago, e hizo fuego con las dos a la vez, quemando las barbas de

Yégof, cuyo rostro rojizo se iluminó al resplandor de los fogonazos, y

destrozando la cabeza de un cosaco que se inclinaba hacia ella con los

ojos desencajados por insanos deseos. Rápidamente, se apoderó del látigo

de Catalina, y de pie, pálida como una muerta, descargó varios latigazos

sobre los lomos del caballo, que partió a escape. El trineo volaba entre

la maleza, inclinándose ya a la derecha, ya a la izquierda. De repente

se sintió un choque, y Catalina, Luisa, la paja, todo rodó por la nieve

en el declive del barranco. El caballo se paró en firme, aculándose

sobre los corvejones y arrojando espuma y sangre por la boca, pues había

chocado con una encina.

A pesar de lo rápida que fue la caída, Luisa había visto algunas sombras

pasar como el viento detrás del seto, y había oído una voz terrible, la

voz de Marcos Divès, que gritaba: «¡Adelante! ¡Atravesadlos!»

Aquello no fue mas que una visión, una de esas apariciones confusas que

se nos presentan ante los ojos en el último momento; pero, al

levantarse la pobre niña, no tuvo ya la menor duda: a veinte pasos de

allí, detrás de un grupo de árboles, se oía el choque de las armas y la

voz de Marcos que gritaba: «¡Arriba, amigos míos!... ¡Que no haya

cuartel!»

Después la joven vio una docena de cosacos que trepaban por la pendiente

opuesta, entre los brezos, como si fuesen liebres, y más abajo, en un

claro, a Yégof que atravesaba el valle, a la luz de la Luna, como un

pájaro azorado. Oyéronse numerosos disparos, pero ninguno alcanzó al

loco, el cual, alzándose sobre los estribos en plena carrera, se volvió,

y agitando la lanza con aire altanero, prorrumpió en un ¡hurra! con esa

voz penetrante de la garza que logra escaparse de las garras del águila

y hiende los aires velozmente. Otros dos disparos partieron de la casa

del guardabosque, llevándose un jirón de los andrajos del loco, que

prosiguió su carrera, repitiendo los hurras con ronca voz y subiendo por

el sendero que habían seguido sus camaradas.

Toda aquella visión desapareció como un sueño.

Entonces Luisa se volvió. Catalina estaba de pie a su lado, no menos

estupefacta y no menos atenta que ella. Ambas mujeres se miraron un

instante y luego se confundieron en un estrecho abrazo, con un

sentimiento de bienestar indefinible.

--¡Nos hemos salvado!--murmuró Catalina.

Y las dos comenzaron a llorar.

--Te has portado admirablemente--decía la anciana--; es magnífico, es

valiente lo que has hecho. Juan Claudio, Gaspar y yo podemos estar

orgullosos de ti.

Luisa se hallaba agitada por una emoción tan profunda, que temblaba de

pies a cabeza. Pasado el peligro, volvía a recobrar su carácter dulce, y

ella misma no podía comprender el valor de que había dado pruebas pocos

minutos antes.

Después de un breve silencio, encontrándose más tranquila, se disponían

las dos mujeres a volver al camino, cuando vieron a cinco guerrilleros y

al doctor que iban en su busca.

--¡Bien, Luisa! ¡Ya puede usted llorar cuanto quiera!--dijo Lorquin--;

pero usted es un dragón, un verdadero demonio. Y ahora se hace la

chiquita; pero todos hemos visto lo que ha hecho. Y a propósito, ¿dónde

están mis pistolas?

En aquel momento se separaron las ramas y apareció Marcos Divès, con el

espadón colgando de su mano, gritando:

--¡Bah, señora Catalina! ¡Estas sí que son emociones! ¡Con mil demonios!

¡Y qué suerte la de haber estado yo aquí! Porque esos miserables iban a

desvalijarles de pies a cabeza.

--Sí--dijo la anciana mientras metía sus cabellos grises dentro de la

cofia--; ha sido una gran fortuna.

--¡Sí; ha habido suerte, ya lo creo! No hace todavía diez minutos que

llegué con el furgón a casa del tío Cuny. «No vayas al Donon--me dijo--,

pues hace una hora que se ve el cielo rojo por ese lado... Seguramente

allí arriba se están pegando de firme.» «¿Usted cree?»--contesté--. «A

fe mía, sí.» «Entonces voy a mandar a Joson de explorador, para saber

algo, y mientras tanto beberemos unas copas.» Pues bien, apenas había

salido Joson, oigo unos gritos de dos mil demonios: «¿Qué es eso, Cuny?»

«No sé»--me respondió--. Empujamos la puerta y vemos lo que pasaba:

«¡Eh!--exclamó el contrabandista--; somos nosotros los que tenemos el

fuego en casa.» Salto sobre mi _Fox_, y en marcha. ¡Qué suerte!

--¡Ah!--dijo Catalina--; si estuviéramos seguros de que nuestros asuntos

del Donon fueran tan bien como aquí, podíamos estar satisfechos.

--Sí, sí; ya me ha contado Frantz; es el destino; siempre tiene que

haber algo que salga mal--respondió Marcos--. En fin..., en fin...

Todavía permanecemos allí, con los pies hundidos en la nieve; esperemos

que Piorette no dejará que aplasten a sus camaradas, y vamos a vaciar

las copas, que aun están medio llenas.

Cuatro contrabandistas llegaron en tal momento diciendo que el miserable

Yégof podía fácilmente volver con otra cuadrilla de bandidos de su jaez.

--Es verdad--contestó Divès--. Vamos a regresar al Falkenstein, puesto

que así lo ha ordenado Juan Claudio; pero no podemos llevarnos el

furgón, pues nos impediría ir por el atajo, y dentro de una hora esos

bandidos caerían sobre nuestras espaldas. Entremos un poco en casa de

Cuny; a Catalina y a Luisa no sentará mal tomar un trago, ni a los otros

tampoco; así cobrarán ánimo. ¡Arre, _Bruno_!

Marcos cogió al caballo de la brida... Se acababa de colocar en el

trineo a dos hombres heridos. Otros dos habían perecido en el encuentro,

junto a seis u ocho cosacos que quedaban tendidos en la nieve, con las

piernas abiertas; todo fue abandonado, y los supervivientes se

dirigieron a la casa del guardabosque. Frantz se consolaba, al fin, de

no encontrarse en el Donon. Había despanzurrado a dos cosacos, y la

vista de la casa le puso de bastante buen humor. Delante de la puerta se

hallaba el furgón de las municiones. Cuny salió exclamando:

--¡Sea bien venida la señora Lefèvre! ¡Qué noche para las mujeres!

Siéntense las señoras. ¿Qué pasa en el Donon?

Mientras que se vaciaba la botella apresuradamente, fue preciso explicar

lo sucedido otra vez. El buen anciano, vestido de una sencilla casaca y

de un calzón verde, con la cara llena de arrugas y la cabeza calva,

escuchaba con los ojos fijos, uniendo las manos y gritando:

--¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué tiempos vivimos! No se puede andar por

las carreteras sin correr el peligro de ser atacado. ¡Esto es peor que

las antiguas historias de los suecos!

Y el anciano movía la cabeza.

--Vamos--gritó Divès--; el tiempo vuela. ¡En marcha! ¡En marcha!

Todos salieron. Los contrabandistas condujeron el furgón, que contenía

varios millares de cartuchos y dos barriles de aguardiente, a

trescientos pasos de allí, en medio del valle, y desengancharon los

caballos.

--Vosotros, seguid marchando--gritó Marcos al resto de la caravana--;

dentro de pocos minutos os alcanzaremos.

--Pero ¿qué vas a hacer con este furgón?--preguntó Frantz--. Puesto que

no tenemos tiempo de llevarlo al Falkenstein, mejor sería dejarlo en el

cobertizo de Cuny que abandonarlo en medio del camino.

--Sí, para que ahorquen al pobre viejo cuando vuelvan los cosacos, que

estarán aquí antes de una hora. No tengas cuidado; se me ha ocurrido una

idea.

Frantz se unió al trineo que se alejaba. No tardaron los fugitivos en

dejar atrás la fábrica de aserrar del marqués; después torcieron a la

derecha, para llegar a la casa de «El Encinar», cuya elevada chimenea se

descubría sobre la meseta, a tres cuartos de legua. Marcos Divès y su

gente llegaron gritando:

--¡Alto! ¡Pararse un poco! ¡Mirad allá abajo!

Todos volvieron la vista hacia el fondo del desfiladero, y vieron a los

cosacos caracolear alrededor del carro de municiones, en número que no

bajaría de doscientos o trescientos.

--¡Que llegan! ¡Salvémonos!--exclamó Luisa.

--Esperad un poco--dijo el contrabandista--; no tenemos nada que temer.

Y no había éste acabado de pronunciar tales palabras cuando una sábana

inmensa de fuego extendió sus dos alas rojas de una a otra montaña,

iluminando los bosques hasta las copas de los árboles, las peñas y la

casita del guardabosque, situada a mil quinientos metros más abajo;

después se oyó una detonación tan fuerte, que la tierra se estremeció

hasta sus entrañas.

Y mientras cuantos contemplaban el grandioso espectáculo se miraban unos

a otros deslumbrados y mudos de espanto, resonó una formidable

carcajada de Marcos Divès, que se mezcló al zumbido que vibraba en los

oídos de aquéllos.

--¡Ja, ja, ja!--exclamaba el contrabandista--; estaba seguro que los

miserables se detendrían alrededor del furgón para beberse el

aguardiente, y que la mecha tendría tiempo de prender en la pólvora...

¿Creen ustedes que nos perseguirán? Sus brazos y sus piernas han volado

a las copas más altas de los abetos... ¡Vamos, arre! ¡Quiera el cielo

que suceda lo mismo a cuantos acaban de pasar el Rin!...

La escolta, los guerrilleros, el doctor, todo el mundo permanecía

silencioso. Tantas y tan terribles emociones sugerían a cada cual

pensamientos inacabables, que nunca se presentan en la vida ordinaria. Y

cada uno se decía: «¿Qué sucede a los hombres para destruirse de esta

manera, para atormentarse, para destrozarse, para arruinarse así? ¿Qué

se han hecho para odiarse de tal modo? ¿Qué espíritu, qué impulso feroz

les anima, si no es el mismo espíritu del mal?»

Unicamente Divès y su gente no se conmovían por aquellos sucesos, y sin

dejar de galopar, riendo y alborotando, gritaba el contrabandista:

--Nunca he visto una fogarata parecida... ¡Ja, ja, ja! Hay que reírse

mil años...

Pero, al poco tiempo, Marcos quedose pensativo y dijo:

--Todo esto debe venir de Yégof. Es preciso estar ciego para no

comprender que ha sido él quien ha guiado a los alemanes al Blutfeld.

Sentiría que le hubiese alcanzado un trozo del carro; le reservo algo

mejor que eso. Lo que más deseo es que continúe bien de salud, hasta que

nos encontremos un día cara a cara, en cualquier lugar apartado del

bosque. Que esto sea dentro de un año, de dos, de veinte, poco importa,

con tal que suceda. Mientras más tiempo espere más ganas tendré; las

buenas tajadas se comen frías, como la cabeza de jabalí con vino blanco.

El contrabandista decía tales palabras de una manera sencilla; pero los

que le conocían adivinaban en ellas algo peligrosísimo para Yégof.

Media hora después, todos llegaron a la meseta de «El Encinar».

La invasión o El loco Yégof · 第 28 / 49 题