XIX

Aquella noche, hacia las dos de la madrugada, comenzó a nevar; al

despuntar el día hubo necesidad de ponerse en movimiento y de darle de

firme a las suelas.

Los alemanes habían abandonado Grand-Fontaine, Framont y Schirmeck.

Lejos, muy lejos, en las llanuras de Alsacia, se veían unos puntos

negros, que eran sus batallones en retirada.

Hullin se despertó muy temprano y dio una vuelta por el vivaque; se

detuvo unos instantes a contemplar la meseta, los cañones que apuntaban

hacia el desfiladero, los guerrilleros tendidos alrededor de las

hogueras y los centinelas con el fusil al brazo. Luego, habiendo quedado

satisfecho de la revista, entró en la casa de labor, en la que aún

dormían Luisa y Catalina.

Una claridad gris se esparcía en la habitación. Algunos heridos, en la

sala contigua, empezaban a sentir el delirio de la fiebre y se les oía

llamar a sus mujeres y a sus hijos. Poco después, un rumor de voces, un

ruido de idas y venidas, rompieron el silencio de la noche. Catalina y

Luisa se despertaron y vieron a Juan Claudio, sentado cerca de la

ventana, que las miraba con ternura. Avergonzadas de ser más perezosas

que él, las dos mujeres se levantaron y corrieron a sus brazos.

--¿Qué hay?--preguntó Catalina.

--Pues nada, se han marchado; quedamos dueños del camino, como había

previsto.

Aquella confianza no pareció tranquilizar a la anciana labradora, que no

pudo dejar de mirar a través de los cristales para ver la retirada de

los alemanes hacia el fondo de Alsacia. A pesar de todo, durante el

resto del día su rostro grave conservó la impresión de una inquietud

indefinible.

Entre ocho y nueve de la mañana llegó el señor Saumaize, cura de la

aldea de Charmes. Descendieron algunos montañeses hasta el pie del monte

para recoger a los muertos; abriose a la derecha de la casa de labor una

ancha fosa, en la que guerrilleros y _kaiserlicks_, con sus vestidos,

sus sombreros, sus chacós y sus uniformes, fueron colocados unos al lado

de otros. El señor Saumaize, un cura anciano de cabeza blanca, leyó las

antiguas preces de difuntos con esa voz rápida y misteriosa que nos

penetra hasta el fondo del alma y por las que parece convocar a las

generaciones pasadas para que den cuenta a las presentes de los horrores

de ultratumba.

Durante todo el día llegaron muchos carruajes y _schlittes_[8] para

trasladar a los heridos, que pedían a grandes voces ser llevados a sus

aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitación que los

desgraciados sufrían, se veía obligado a acceder a su petición. Cerca de

las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala

grande. Luisa había ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de

nieve continuaban cayendo del cielo, depositándose en el borde de las

ventanas, y a cada instante se veía partir un trineo silenciosamente con

un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y

otras un hombre los que conducían al caballo de la brida. Catalina,

sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.

--¿Qué le pasa a usted, Catalina?--preguntó Hullin--. Desde esta mañana

veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.

La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondió:

--Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.

--¡Inquieta! ¿Y por qué? El enemigo está en plena retirada. Hace un

momento Frantz Materne, a quien había mandado que hiciera un

reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jerónimo y de

Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne

padre y Kasper, después de enterrar a los muertos, han averiguado en

Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la

Peña. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de España han rechazado

al enemigo en la carretera de Senones y que éste teme verse envuelto por

Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razón de su

inquietud.

Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:

--Usted va a reírse de mí, pero óigame: he tenido un sueño.

--¿Un sueño?

--Sí; el mismo que tuve en «El Encinar».

Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosiguió:

--Usted dirá lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza...

Sí, sí; ya sé que esto no tiene para usted ningún valor... Pero, por

otra parte, no era tampoco un sueño; era como una antigua historia que

se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueños y que se conoce.

Vea usted: estábamos, como hoy, después de una gran victoria, en alguna

parte..., yo no sé dónde..., en una especie de barracón de madera, de

gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensábamos en nada; todas

las personas que veía me eran conocidas; estaba usted, estaba también

Marcos Divès, el viejo Duchêne y muchos otros ancianos ya muertos; mi

padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el tío de éste que acaba

de morir, todos con anguarinas de paño pardo, las barbas abundantes y el

cuello descubierto. Habíamos obtenido la misma victoria que ayer y

bebíamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un

grito de: «¡El enemigo vuelve!» Y Yégof, a caballo, con sus barbas

fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos

como los de un lobo, se apareció ante mí, entre las sombras de la noche.

Corro hacia él, empuñando una estaca; el loco me espera a pie firme... y

desde aquel momento ya no veo más... Sólo siento un agudo dolor en el

cuello, un sudor frío que me baña el rostro y tengo la impresión de que

mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Yégof

que había atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba--dijo

la labradora con tal acento de convicción, que Hullin se estremeció.

Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su

estupor, contestó:

--¡Es un sueño!... Yo también suelo tener sueños... Ayer se afectó usted

demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...

--No--respondió la anciana con gran firmeza reanudando su labor--; no es

eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la

batalla, y hasta el momento en que el cañón tronaba contra nosotros, no

he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podíamos ser

derrotados; ¡eso lo había visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora

tengo miedo.

--Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la línea de los Vosgos está

bien defendida y tenemos más gente de la que necesitamos, sin contar la

que se nos une a cada momento.

--No importa.

Hullin se encogió de hombros y dijo:

--Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; cálmese y procure pensar

en cosas alegres. Todos esos sueños me importan poco y me río de ellos

como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es

vivir prevenidos, tener municiones, cañones y hombres; eso vale más que

todos los sueños...

--¿Se ríe usted de lo que digo, Juan Claudio?

--No; pero al oír a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como

usted lo hace, no hay más remedio que pensar en Yégof, que se jacta de

haber vivido mil seiscientos años.

--¡Quién sabe--dijo la anciana con obstinación--si él se acuerda de lo

que los otros han olvidado!

Hullin iba a referir a Catalina la conversación que había tenido el día

anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que éste sería el mejor

medio de quitar a la anciana sus lúgubres preocupaciones; pero al verla

de acuerdo con Yégof en el capítulo de los mil seiscientos años, el buen

hombre no dijo nada y prosiguió su paseo silenciosamente, cabizbajo y

pensativo. «Está loca--pensaba--; la más ligera agitación acabará con

ella para siempre.»

Catalina, después de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando

Luisa entró, rápida como una golondrina, gritando con dulce voz:

--¡Mamá Lefèvre, mamá Lefèvre! ¡Una carta de Gaspar!

Entonces la labradora, cuya nariz aguileña se había encorvado hasta

tocar los labios, a causa de la indignación que le producía ver cómo

Hullin tomaba a broma su sueño, levantó la cabeza, y los grandes surcos

de sus mejillas desaparecieron.

Catalina cogió la carta, miró el lacre rojo y dijo a la joven:

--Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.

Luisa abrazó y besó a la anciana con frenesí.

Hullin se había aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero

Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos

apoyadas en un garrote y los hombros caídos, permanecía en la puerta con

aire de cansancio.

La anciana se puso las gafas, abrió la carta con cierto recogimiento,

ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y leyó en alta

voz:

* * * * *

«La presente, madre mía, tiene por objeto comunicarle que todo marcha

bien y que he llegado el martes por la tarde a Falsburgo, en el preciso

momento en que se cerraban las puertas. Los cosacos estaban ya en la

ladera de Saverne y hemos tenido que pasar la noche tiroteando sus

avanzadas. Al día siguiente se presentó un parlamentario intimándonos

que rindiéramos la plaza. El comandante Meunier le contestó que se

marchara con la música a otra parte, y tres días después un diluvio de

bombas y obuses comenzó a caer sobre la ciudad. Los rusos tienen tres

baterías; una en la falda de Mittelbronn, otra en Las Barracas de lo

alto, y la tercera detrás del tejar de Pernette, cerca del abrevadero;

pero las balas candentes son las que hacen más daño, porque queman las

casas de arriba abajo, y cuando el incendio se declara en alguna parte,

comienzan a caer obuses a su alrededor, que impiden a las gentes

extinguirlo. Las mujeres y los niños no salen de los blocaos; los

paisanos permanecen con nosotros en las murallas; son gente animosa y

hay entre ellos algunos veteranos de las campañas del Sambre y Mosa, de

Italia y de Egipto, que no han olvidado el manejo de las piezas. Me

estremece verlos, con sus grandes bigotes grises, pegados a los cañones,

para apuntar bien. Puedo asegurarle que con ellos no hay metralla que se

pierda. Después de haber hecho temblar al mundo, es duro verse obligado

a defender, en los días de la vejez, su choza y su último pedazo de

pan...»

* * * * *

--Sí, es duro--exclamó la señora Catalina, secándose los ojos--; de

pensarlo solamente da pena.

Después, la anciana prosiguió:

* * * * *

«Anteayer, el gobernador ordenó un ataque para destruir los depósitos de

municiones del tejar. Ya sabrá usted que los rusos rompen el hielo del

abrevadero para bañarse en pelotones de veinte a treinta y que en

seguida se meten, para secarse, en los hornos de ladrillos. Pues bien; a

eso de las cuatro, al ponerse el Sol, salimos por la poterna del

arsenal, subimos a los caminos cubiertos y nos encaminamos por la

avenida de las Vacas, con el fusil al brazo y a paso de carga. Diez

minutos después comenzamos a hacer fuego graneado sobre los que se

hallaban en el abrevadero. Los restantes salieron del tejar, sin tener

tiempo mas que para colocarse las cartucheras, tomar el fusil e ir a

ponerse en filas, completamente desnudos en la nieve como verdaderos

salvajes. A pesar de esto, los miserables, que eran diez veces más

numerosos que nosotros, iniciaron un movimiento hacia la derecha, en

dirección de la capillita de San Juan, con el objeto de rodearnos; pero

las baterías del arsenal descargaron sobre ellos un huracán de mil

demonios, como no he visto otro en mi vida; la metralla se llevaba filas

enteras de enemigos. Al cabo de un cuarto de hora, todos en masa

comenzaron a retirarse hacia Cuatro Vientos, sin recoger sus equipos,

con los oficiales a la cabeza y las municiones de la posición a

retaguardia. El señor Juan Claudio se hubiera reído de lo lindo al ver

este desastre. En fin, cuando cerró la noche, volvimos a la ciudad,

después de haber destruido los depósitos de balas y de haber arrojado

dos cañones de ocho a los pozos del tejar. Tal ha sido nuestra primera

expedición. Hoy le escribo desde Las Barracas del Encinar, adonde hemos

venido para buscar vituallas con que abastecer la plaza. Todo esto puede

durar aún varios meses. He oído decir que los aliados suben por el valle

de Dosenheim hasta Weschem, y que invaden por millares el camino de

París... ¡Ah! ¡Si quisiera Dios que el emperador ganase la partida en

Lorena o en la Champaña, no iba a escaparse uno solo! En fin, quien

viva verá... Ahora tocan a retirada; volvemos a Falsburgo. Hemos

recogido no pocas vacas y cabras en las cercanías, y será preciso

batirse para que lleguen sanas y salvas a la ciudad. Hasta la vista,

madre mía, mi querida Luisa, papá Juan Claudio; abrazo a todos con

efusión, como si les tuviera entre mis brazos.»

* * * * *

Al acabar la lectura, Catalina Lefèvre se enterneció.

--¡Qué buen muchacho!--exclamó la anciana--; no atiende mas que a su

deber. En fin..., está bien... Ya lo oyes, Luisa, te abraza, con

efusión.

Luisa se precipitó en los brazos de Catalina, y ambas mujeres se

besaron; la labradora, a pesar de la entereza de su carácter, no pudo

contener dos gruesas lágrimas, que siguieron los surcos de sus mejillas.

Luego, tranquilizándose, dijo:

--¡Vamos, vamos; todo marcha bien! Venga usted, Brainstein, que le voy a

dar un trozo de carne y un vaso de vino. Además, aquí tiene un escudo de

seis libras por la caminata; yo quisiera darle lo mismo todas las

semanas por una carta semejante.

El peatón, encantado de tan buena suerte, siguió a la anciana; Luisa iba

detrás, y Juan Claudio marchaba tras ella, impaciente por interrogar a

Brainstein sobre lo que había sabido por el camino referente a los

acontecimientos que se desarrollaban; pero no pudo sacarle nada nuevo,

sino que los aliados bloqueaban Bitche y Lutzelstein y que habían

perdido varios centenares de hombres en el intento de forzar el

desfiladero del Graufthal.

La invasión o El loco Yégof · 第 27 / 49 题