Aquella noche, hacia las dos de la madrugada, comenzó a nevar; al
despuntar el día hubo necesidad de ponerse en movimiento y de darle de
firme a las suelas.
Los alemanes habían abandonado Grand-Fontaine, Framont y Schirmeck.
Lejos, muy lejos, en las llanuras de Alsacia, se veían unos puntos
negros, que eran sus batallones en retirada.
Hullin se despertó muy temprano y dio una vuelta por el vivaque; se
detuvo unos instantes a contemplar la meseta, los cañones que apuntaban
hacia el desfiladero, los guerrilleros tendidos alrededor de las
hogueras y los centinelas con el fusil al brazo. Luego, habiendo quedado
satisfecho de la revista, entró en la casa de labor, en la que aún
dormían Luisa y Catalina.
Una claridad gris se esparcía en la habitación. Algunos heridos, en la
sala contigua, empezaban a sentir el delirio de la fiebre y se les oía
llamar a sus mujeres y a sus hijos. Poco después, un rumor de voces, un
ruido de idas y venidas, rompieron el silencio de la noche. Catalina y
Luisa se despertaron y vieron a Juan Claudio, sentado cerca de la
ventana, que las miraba con ternura. Avergonzadas de ser más perezosas
que él, las dos mujeres se levantaron y corrieron a sus brazos.
--¿Qué hay?--preguntó Catalina.
--Pues nada, se han marchado; quedamos dueños del camino, como había
previsto.
Aquella confianza no pareció tranquilizar a la anciana labradora, que no
pudo dejar de mirar a través de los cristales para ver la retirada de
los alemanes hacia el fondo de Alsacia. A pesar de todo, durante el
resto del día su rostro grave conservó la impresión de una inquietud
indefinible.
Entre ocho y nueve de la mañana llegó el señor Saumaize, cura de la
aldea de Charmes. Descendieron algunos montañeses hasta el pie del monte
para recoger a los muertos; abriose a la derecha de la casa de labor una
ancha fosa, en la que guerrilleros y _kaiserlicks_, con sus vestidos,
sus sombreros, sus chacós y sus uniformes, fueron colocados unos al lado
de otros. El señor Saumaize, un cura anciano de cabeza blanca, leyó las
antiguas preces de difuntos con esa voz rápida y misteriosa que nos
penetra hasta el fondo del alma y por las que parece convocar a las
generaciones pasadas para que den cuenta a las presentes de los horrores
de ultratumba.
Durante todo el día llegaron muchos carruajes y _schlittes_[8] para
trasladar a los heridos, que pedían a grandes voces ser llevados a sus
aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitación que los
desgraciados sufrían, se veía obligado a acceder a su petición. Cerca de
las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala
grande. Luisa había ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de
nieve continuaban cayendo del cielo, depositándose en el borde de las
ventanas, y a cada instante se veía partir un trineo silenciosamente con
un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y
otras un hombre los que conducían al caballo de la brida. Catalina,
sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.
--¿Qué le pasa a usted, Catalina?--preguntó Hullin--. Desde esta mañana
veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.
La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondió:
--Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.
--¡Inquieta! ¿Y por qué? El enemigo está en plena retirada. Hace un
momento Frantz Materne, a quien había mandado que hiciera un
reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jerónimo y de
Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne
padre y Kasper, después de enterrar a los muertos, han averiguado en
Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la
Peña. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de España han rechazado
al enemigo en la carretera de Senones y que éste teme verse envuelto por
Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razón de su
inquietud.
Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:
--Usted va a reírse de mí, pero óigame: he tenido un sueño.
--¿Un sueño?
--Sí; el mismo que tuve en «El Encinar».
Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosiguió:
--Usted dirá lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza...
Sí, sí; ya sé que esto no tiene para usted ningún valor... Pero, por
otra parte, no era tampoco un sueño; era como una antigua historia que
se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueños y que se conoce.
Vea usted: estábamos, como hoy, después de una gran victoria, en alguna
parte..., yo no sé dónde..., en una especie de barracón de madera, de
gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensábamos en nada; todas
las personas que veía me eran conocidas; estaba usted, estaba también
Marcos Divès, el viejo Duchêne y muchos otros ancianos ya muertos; mi
padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el tío de éste que acaba
de morir, todos con anguarinas de paño pardo, las barbas abundantes y el
cuello descubierto. Habíamos obtenido la misma victoria que ayer y
bebíamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un
grito de: «¡El enemigo vuelve!» Y Yégof, a caballo, con sus barbas
fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos
como los de un lobo, se apareció ante mí, entre las sombras de la noche.
Corro hacia él, empuñando una estaca; el loco me espera a pie firme... y
desde aquel momento ya no veo más... Sólo siento un agudo dolor en el
cuello, un sudor frío que me baña el rostro y tengo la impresión de que
mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Yégof
que había atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba--dijo
la labradora con tal acento de convicción, que Hullin se estremeció.
Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su
estupor, contestó:
--¡Es un sueño!... Yo también suelo tener sueños... Ayer se afectó usted
demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...
--No--respondió la anciana con gran firmeza reanudando su labor--; no es
eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la
batalla, y hasta el momento en que el cañón tronaba contra nosotros, no
he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podíamos ser
derrotados; ¡eso lo había visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora
tengo miedo.
--Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la línea de los Vosgos está
bien defendida y tenemos más gente de la que necesitamos, sin contar la
que se nos une a cada momento.
--No importa.
Hullin se encogió de hombros y dijo:
--Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; cálmese y procure pensar
en cosas alegres. Todos esos sueños me importan poco y me río de ellos
como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es
vivir prevenidos, tener municiones, cañones y hombres; eso vale más que
todos los sueños...
--¿Se ríe usted de lo que digo, Juan Claudio?
--No; pero al oír a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como
usted lo hace, no hay más remedio que pensar en Yégof, que se jacta de
haber vivido mil seiscientos años.
--¡Quién sabe--dijo la anciana con obstinación--si él se acuerda de lo
que los otros han olvidado!
Hullin iba a referir a Catalina la conversación que había tenido el día
anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que éste sería el mejor
medio de quitar a la anciana sus lúgubres preocupaciones; pero al verla
de acuerdo con Yégof en el capítulo de los mil seiscientos años, el buen
hombre no dijo nada y prosiguió su paseo silenciosamente, cabizbajo y
pensativo. «Está loca--pensaba--; la más ligera agitación acabará con
ella para siempre.»
Catalina, después de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando
Luisa entró, rápida como una golondrina, gritando con dulce voz:
--¡Mamá Lefèvre, mamá Lefèvre! ¡Una carta de Gaspar!
Entonces la labradora, cuya nariz aguileña se había encorvado hasta
tocar los labios, a causa de la indignación que le producía ver cómo
Hullin tomaba a broma su sueño, levantó la cabeza, y los grandes surcos
de sus mejillas desaparecieron.
Catalina cogió la carta, miró el lacre rojo y dijo a la joven:
--Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.
Luisa abrazó y besó a la anciana con frenesí.
Hullin se había aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero
Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos
apoyadas en un garrote y los hombros caídos, permanecía en la puerta con
aire de cansancio.
La anciana se puso las gafas, abrió la carta con cierto recogimiento,
ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y leyó en alta
voz:
* * * * *
«La presente, madre mía, tiene por objeto comunicarle que todo marcha
bien y que he llegado el martes por la tarde a Falsburgo, en el preciso
momento en que se cerraban las puertas. Los cosacos estaban ya en la
ladera de Saverne y hemos tenido que pasar la noche tiroteando sus
avanzadas. Al día siguiente se presentó un parlamentario intimándonos
que rindiéramos la plaza. El comandante Meunier le contestó que se
marchara con la música a otra parte, y tres días después un diluvio de
bombas y obuses comenzó a caer sobre la ciudad. Los rusos tienen tres
baterías; una en la falda de Mittelbronn, otra en Las Barracas de lo
alto, y la tercera detrás del tejar de Pernette, cerca del abrevadero;
pero las balas candentes son las que hacen más daño, porque queman las
casas de arriba abajo, y cuando el incendio se declara en alguna parte,
comienzan a caer obuses a su alrededor, que impiden a las gentes
extinguirlo. Las mujeres y los niños no salen de los blocaos; los
paisanos permanecen con nosotros en las murallas; son gente animosa y
hay entre ellos algunos veteranos de las campañas del Sambre y Mosa, de
Italia y de Egipto, que no han olvidado el manejo de las piezas. Me
estremece verlos, con sus grandes bigotes grises, pegados a los cañones,
para apuntar bien. Puedo asegurarle que con ellos no hay metralla que se
pierda. Después de haber hecho temblar al mundo, es duro verse obligado
a defender, en los días de la vejez, su choza y su último pedazo de
pan...»
* * * * *
--Sí, es duro--exclamó la señora Catalina, secándose los ojos--; de
pensarlo solamente da pena.
Después, la anciana prosiguió:
* * * * *
«Anteayer, el gobernador ordenó un ataque para destruir los depósitos de
municiones del tejar. Ya sabrá usted que los rusos rompen el hielo del
abrevadero para bañarse en pelotones de veinte a treinta y que en
seguida se meten, para secarse, en los hornos de ladrillos. Pues bien; a
eso de las cuatro, al ponerse el Sol, salimos por la poterna del
arsenal, subimos a los caminos cubiertos y nos encaminamos por la
avenida de las Vacas, con el fusil al brazo y a paso de carga. Diez
minutos después comenzamos a hacer fuego graneado sobre los que se
hallaban en el abrevadero. Los restantes salieron del tejar, sin tener
tiempo mas que para colocarse las cartucheras, tomar el fusil e ir a
ponerse en filas, completamente desnudos en la nieve como verdaderos
salvajes. A pesar de esto, los miserables, que eran diez veces más
numerosos que nosotros, iniciaron un movimiento hacia la derecha, en
dirección de la capillita de San Juan, con el objeto de rodearnos; pero
las baterías del arsenal descargaron sobre ellos un huracán de mil
demonios, como no he visto otro en mi vida; la metralla se llevaba filas
enteras de enemigos. Al cabo de un cuarto de hora, todos en masa
comenzaron a retirarse hacia Cuatro Vientos, sin recoger sus equipos,
con los oficiales a la cabeza y las municiones de la posición a
retaguardia. El señor Juan Claudio se hubiera reído de lo lindo al ver
este desastre. En fin, cuando cerró la noche, volvimos a la ciudad,
después de haber destruido los depósitos de balas y de haber arrojado
dos cañones de ocho a los pozos del tejar. Tal ha sido nuestra primera
expedición. Hoy le escribo desde Las Barracas del Encinar, adonde hemos
venido para buscar vituallas con que abastecer la plaza. Todo esto puede
durar aún varios meses. He oído decir que los aliados suben por el valle
de Dosenheim hasta Weschem, y que invaden por millares el camino de
París... ¡Ah! ¡Si quisiera Dios que el emperador ganase la partida en
Lorena o en la Champaña, no iba a escaparse uno solo! En fin, quien
viva verá... Ahora tocan a retirada; volvemos a Falsburgo. Hemos
recogido no pocas vacas y cabras en las cercanías, y será preciso
batirse para que lleguen sanas y salvas a la ciudad. Hasta la vista,
madre mía, mi querida Luisa, papá Juan Claudio; abrazo a todos con
efusión, como si les tuviera entre mis brazos.»
* * * * *
Al acabar la lectura, Catalina Lefèvre se enterneció.
--¡Qué buen muchacho!--exclamó la anciana--; no atiende mas que a su
deber. En fin..., está bien... Ya lo oyes, Luisa, te abraza, con
efusión.
Luisa se precipitó en los brazos de Catalina, y ambas mujeres se
besaron; la labradora, a pesar de la entereza de su carácter, no pudo
contener dos gruesas lágrimas, que siguieron los surcos de sus mejillas.
Luego, tranquilizándose, dijo:
--¡Vamos, vamos; todo marcha bien! Venga usted, Brainstein, que le voy a
dar un trozo de carne y un vaso de vino. Además, aquí tiene un escudo de
seis libras por la caminata; yo quisiera darle lo mismo todas las
semanas por una carta semejante.
El peatón, encantado de tan buena suerte, siguió a la anciana; Luisa iba
detrás, y Juan Claudio marchaba tras ella, impaciente por interrogar a
Brainstein sobre lo que había sabido por el camino referente a los
acontecimientos que se desarrollaban; pero no pudo sacarle nada nuevo,
sino que los aliados bloqueaban Bitche y Lutzelstein y que habían
perdido varios centenares de hombres en el intento de forzar el
desfiladero del Graufthal.