XVIII

Durante la batalla, y hasta que cerró la noche, los habitantes de

Grand-Fontaine habían visto al loco Yégof, de pie, en la cima del

pequeño Donon, con su corona en la cabeza y el cetro en alto,

transmitiendo órdenes, como un rey merovingio a sus imaginarios

ejércitos. Lo que aconteció en el espíritu de aquel desdichado cuando

vio a los alemanes en completa derrota nadie puede saberlo. Al sonar el

último cañonazo, el loco desapareció. ¿Dónde se había refugiado? He aquí

lo que cuentan a este propósito las gentes de Tiefenbach:

En aquel tiempo vivían en el Bocksberg dos seres singulares, dos

hermanas: una llamada Catalina _la Pequeña_, y la otra Berbel _la

Grande_. Estas dos andrajosas criaturas se habían establecido en la

_caverna de Luitprandt_, así llamada, según las antiguas crónicas,

porque el rey de los germanos, antes de descender a Alsacia, mandó

enterrar bajo aquella bóveda inmensa, de asperón rojizo, a los jefes

bárbaros que habían muerto en la batalla de Blutfeld. La fuente termal

que constantemente brota en medio de la caverna defendía a las dos

hermanas de los rigores del frío del invierno, y el leñador Daniel Horn,

de Tiefenbach, había tenido la caridad de cerrar la entrada de la cueva

con grandes montones de brezos y retamas. Al lado del caliente manantial

se encuentra otro de agua fría como la nieve y límpida como el cristal.

Catalina _la Pequeña_, que bebía de esta fuente, no tenía cuatro pies de

altura; era pesada, gordinflona, y su rostro siempre lleno de asombro,

sus redondos ojuelos y su enorme papera le daban el singular aspecto de

una gran pava en meditación. Todos los domingos llevaba Catalina a la

aldea de Tiefenbach una cesta, que llenaban aquellos buenos aldeanos de

patatas cocidas, pedazos de pan y, algunas veces--los días de fiesta--,

de tortas y otros restos de sus festines. Entonces la pobre mujer, casi

sin aliento, volvía a la cueva cantando y riendo muy ufana y cogiendo de

los cercados lo que a su alcance estaba. Berbel _la Grande_ se guardaba

mucho de beber de la fuente fría. Era aquella mujer enjuta, tuerta y

escurrida como un murciélago; tenía la nariz roma, las orejas caídas y

los ojos chispeantes. Vivía del botín que su hermana hacía, y nunca

bajaba del Bocksberg; pero en el mes de julio, al llegar el tiempo de

los grandes calores, sacudía, desde lo alto de su ladera, un cardo seco

en dirección de las mieses de todos aquellos que no habían llenado

regularmente el cesto de Catalina, lo cual atraía sobre las propiedades

condenadas tormentas terribles, el granizo y grandes plagas de ratas y

topos. Así es que se temían las salidas de Berbel tanto como la peste, y

por todas partes se le llamaba _Wetterhexe_[7], mientras que la pequeña

Catalina pasaba por ser el genio benéfico de Tiefenbach y de las

cercanías. De esta manera, Berbel vivía tranquilamente cruzada de brazos

y su hermana era la que tenía que ir de la Ceca a la Meca.

Desgraciadamente para las dos hermanas, Yégof había establecido hacía

muchos años su residencia de invierno en la caverna de Luitprandt. De

allí partía en la primavera para visitar sus innumerables castillos y

pasar revista a sus leales hasta Geiersteid, en el Hundsrück. Todos los

años, pues, a fines de noviembre, después de las primeras nieves, volvía

el loco con su cuervo, lo que arrancaba siempre gritos de desesperación

a _Wetterhexe_.

--¿De qué te quejas?--decía Yégof instalándose tranquilamente en el

mejor sitio--. ¿No vivís vosotras en mis dominios? Demasiado bueno soy,

pues soporto a dos _valkyrias_ inútiles en el Valhalla de mis

antepasados.

Entonces Berbel, furiosa, le llenaba de injurias, y Catalina cloqueaba

con visible mal humor; pero el loco, sin hacerles caso, encendía su

vieja pipa de boj y comenzaba a contar sus lejanas peregrinaciones a los

espíritus de los guerreros germanos enterrados en la caverna hacía diez

y seis siglos, llamándoles por sus nombres y hablándoles como si

estuviesen vivos. Ya puede comprenderse con cuánta alegría veían ambas

mujeres la llegada del loco; era para ellas una verdadera calamidad.

Ahora bien: aquel año, no habiendo vuelto Yégof, las dos hermanas le

creyeron muerto, y se regocijaron con la idea de no verle más. Por

entonces, _Wetterhexe_ había observado desde hacía varios días mucha

agitación en los desfiladeros cercanos, de gentes que marchaban en masa,

con el fusil al hombro, en dirección del Falkenstein y del Donon.

Indudablemente algo extraordinario pasaba. La bruja, que recordaba que

el año anterior Yégof había referido a las almas de los guerreros que

sus innumerables ejércitos no tardarían en invadir el país,

experimentaba una vaga inquietud. Berbel hubiera querido saber cuál era

la causa de aquella agitación, pero nadie subía a la peña, y Catalina,

después de su excursión del domingo precedente, no se prestaba a moverse

por todo el oro del mundo.

En tal situación, la _Wetterhexe_ iba y venía por el monte, cada vez más

inquieta e irritada. Durante la jornada del sábado, los acontecimientos

se desarrollaron de diferente manera. Desde las nueve de la mañana,

sordas y profundas detonaciones resonaron como truenos de una tempestad

en los mil ecos de la montaña, y muy a lo lejos, hacia el Donon, rápidos

relámpagos rasgaban el cielo entre las cumbres de los montes; y después,

al acercarse la noche, detonaciones más secas y más formidables aún

resonaron al fondo de los desfiladeros silenciosos. A cada disparo

parecía que las cimas del Hengst, del Gantzlée, del Giromani y del

Grosmann contestaban hasta las profundidades del abismo.

--¿Qué es esto?--se preguntaba Berbel--. ¿Ha llegado el fin del mundo?

Y entrando en la cueva y viendo a Catalina agazapada en un rincón

pelando una patata, la sacudió violentamente, gritándole con voz aguda:

--¡Idiota! ¿No oyes nada? ¿No tienes miedo? ¡Tú comes, bebes, gritas, y

eso te basta! ¡Oh! ¡Qué monstruo!

Berbel le arrebató la patata con furor y sentose temblando de

indignación cerca del manantial caliente, del que ascendían hasta la

bóveda grandes nubes grises. Media hora después, cuando las tinieblas se

hicieron muy profundas y el frío llegó a ser excesivo, la bruja encendió

una hoguera con ramas de brezos, que proyectó sus pálidos reflejos en

los macizos de piedra rojiza, hasta el fondo del antro, donde dormía

Catalina con los pies metidos en la paja y las rodillas cerca de la

barba. Fuera había cesado el ruido. _Wetterhexe_ separó la maleza para

dirigir una mirada hacia la ladera; luego volvió a sentarse cerca del

fuego, y cerrando los flojos párpados, con la ancha boca contraída, que

acusaba grandes arrugas circulares alrededor de sus mejillas, trajo

hacia sí una vieja manta de lana y pareció amodorrarse. Sólo se oyó

entonces, a largos intervalos, el ruido del vapor condensado que caía de

la bóveda en la fuente produciendo un chapoteo extraño.

Aquel silencio duró cerca de dos horas. La media noche se aproximaba

cuando, de improviso, un ruido lejano de pasos, mezclado con clamores

discordantes, se oyó en la ladera. Berbel prestó atención y pudo

convencerse de que eran gritos humanos. Levantose llena de espanto, y,

provista del maléfico cardo, se deslizó hasta la entrada de la cueva;

separó la maleza y vio, a unos cincuenta pasos, al loco Yégof que

avanzaba a la luz de la Luna; venía solo y gesticulaba, hendiendo el

aire con su cetro, como si millares de seres invisibles le rodeasen.

--¡A mí, Roug, Bled, Adelrico!--gritaba con voz atronadora, con la barba

erizada, suelta la cabellera roja y la piel de perro alrededor del

brazo a guisa de escudo--. ¡A mí! ¿Me oís, por fin? ¿No veis que llegan?

Aquí los tenéis cayendo del cielo como los buitres. ¡A mí, los hombres

rojos, a mi! ¡Acabemos con esta raza de perros! ¡Ah, ah! ¿Eres tú,

Minau; eres tú, Rochart?...--Y nombraba a los muertos del Donon con

sangrientas burlas, desafiándolos como si estuviesen presentes; después

retrocedía paso a paso, golpeando en el aire, lanzando imprecaciones,

llamando a los suyos, forcejeando como en una refriega. Aquella extraña

lucha con seres invisibles causó a Berbel un terror supersticioso, y

sintiendo que sus cabellos se erizaban, quiso ocultarse; pero en el

mismo instante un vago rumor le obligó a volverse, y ¡cuál no sería su

espanto al ver que el manantial caliente hervía con más fuerza que de

costumbre, y que grandes nubes de vapor se desprendían de él, avanzando

en dirección de la puerta!

Y mientras que, semejantes a fantasmas, estas espesas nubes avanzaban

lentamente, de improviso apareció Yégof gritando con voz seca:

--¡Por fin estáis aquí! ¡Ya me habéis oído!

Luego, con movimiento rápido, el loco separó los obstáculos de la

entrada; el aire glacial penetró por la bóveda y los vapores se

esparcieron en el cielo inmenso, retorciéndose y escapándose por encima

de la peña, como si los muertos de aquel día y los de los pasados siglos

hubiesen vuelto a comenzar en otras esferas el combate eterno.

Yégof, con el rostro contraído, a la pálida luz de la Luna, empuñando el

cetro, con la amplia barba extendida sobre el pecho y los ojos

centelleantes, saludaba a cada fantasma con un gesto y lo llamaba por su

nombre, diciendo:

--¡Salud, Bled; salud, Roug! ¡Y todos vosotros, valientes, salud!... La

hora que aguardáis desde hace siglos se acerca; las águilas afilan sus

picos, la tierra tiene sed de sangre. ¡Acordaos del Blutfeld!

Berbel estaba anonadada, inmovilizada por el terror; mas las últimas

nubes no tardaron en huir de la caverna, desvaneciéndose en el azul

infinito.

Entonces Yégof penetró bruscamente en la cueva y se sentó cerca del

manantial, con la cabeza entre las manos, los codos en las rodillas y

contemplando con mirada huraña cómo hervía el agua.

Catalina acababa de despertarse, y graznaba como cuando se solloza;

_Wetterhexe_, más muerta que viva, observaba los movimientos del loco

desde el rincón más obscuro del antro.

--¡Ya han salido todos de la tierra!--exclamó de repente Yégof--.

¡Todos, todos! ¡No queda ninguno! ¡Ellos reanimarán el espíritu de la

gente joven y le inspirarán el desprecio a la muerte!

Y levantando su pálida faz, en la que se marcaban las huellas de un

dolor agudo, y fijando en _Wetterhexe_ sus ojos de lobo, dijo:

--¡Oh, mujer, descendiente de las estériles _Valkyrias_! ¡Tú no has

recogido en tu seno el aliento de los guerreros para devolverles la

vida! Tú, que nunca has llenado sus profundas copas en la mesa del

festín, ni les has presentado la carne humeante del jabalí _Sarimar_,

¿para qué sirves? ¿Para hilar sábanas? Pues bien; toma la rueca y

trabaja noche y día, porque millares de jóvenes esforzados se acuestan

en la nieve... Han combatido con ardor... Han cumplido con su deber, sí;

pero no ha llegado la hora... ¡Ahora los cuervos se disputan sus

despojos!

Y con rabiosa y espantable voz, arrancándose la corona con ambas manos,

en las que quedaron prendidos gran número de cabellos, gritó enfurecido:

--¡Oh, raza maldita! ¡Siempre serás tú la que se oponga a nuestro paso!

Sin ti ya hubiéramos conquistado a Europa, y los hombres rojos serían

los señores del mundo! ¡Y yo me he humillado ante el jefe de esa raza de

perros!... ¡Yo le he pedido su hija en vez de tomarla y llevármela, como

hace el lobo con la oveja! ¡Ah! ¡Huldrix! ¡Huldrix!...

Y deteniéndose, añadió en voz baja:

--¡Escucha, escucha, _valkyria_!

El viejo levantó la mano con aire solemne.

_Wetterhexe_ escuchó; una ráfaga de viento acababa de oírse en el

silencio de la noche, agitando los bosques seculares cubiertos de

escarcha. ¡Cuántas veces la bruja había oído gemir el cierzo en las

noches de invierno y ni prestó siquiera atención! ¡Pero ahora sentía

miedo!

Mientras la bruja, toda temblorosa, atendía, oyose fuera un grito ronco,

y casi inmediatamente el cuervo _Hans_, penetrando en la cueva, comenzó

a describir grandes círculos bajo la bóveda, agitando las alas como si

estuviese azorado y lanzando lúgubres graznidos.

Yégof se quedó pálido como un muerto.

--¡Vod, Vod!--exclamó el viejo con voz desgarradora--, ¿qué te ha hecho

tu hijo Luitprand? ¿Por qué le prefieres a otro cualquiera?

Y durante algunos segundos permaneció como anonadado; pero de repente,

poseído de un feroz entusiasmo, y blandiendo su cetro, se lanzó fuera de

la caverna.

Dos minutos después, _Wetterhexe_, de pie a la entrada de la cueva, le

seguía con mirada llena de ansiedad.

El loco marchaba en línea recta, con la cabeza erguida y a grandes

pasos; hubiérase dicho que era una fiera que iba a caza de alimento.

_Hans_ le precedía, revoloteando de un sitio a otro.

Y no tardaron en desaparecer ambos tras el desfiladero del Blutfeld.

La invasión o El loco Yégof · 第 26 / 49 题