Al final del pasillo obscuro estaba el patio de la casa de labor, al que
se descendía por cinco o seis escalones desgastados. A la izquierda se
alzaban el granero y el lagar; a la derecha, las cuadras y el palomar,
cuyo negro mojinete se destacaba del cielo obscuro y tormentoso; por
último, frente por frente a la puerta, se hallaba el lavadero.
Ningún ruido de fuera llegaba hasta allí; Hullin, después de tantas
escenas tumultuosas, quedose sobrecogido por aquel profundo silencio, y
miraba gavillas de paja amontonadas entre las vigas de la troje hasta
cerca del techo, los rastrillos, los arados, los carros, que se perdían
en la sombra de los cobertizos, con un sentimiento de paz y bienestar
indefinibles. Un gallo cacareaba entre las gallinas, recostadas junto a
la pared. Un gato cruzó como el relámpago y desapareció por la entrada
del sótano. Hullin creía despertar de un sueño.
Después de algunos minutos de aquella silenciosa contemplación,
dirigiose lentamente hacia el lavadero, cuyas tres ventanas brillaban en
medio de las tinieblas. A este local se había trasladado la cocina del
cortijo, que no bastaba para disponer el alimento de trescientos o
cuatrocientos hombres.
El señor Juan Claudio oyó la fresca voz de Luisa que daba órdenes en un
tonillo decidido que le sorprendió:
--¡Vamos, vamos, Katel!--decía--, acabemos pronto; la hora de cenar se
acerca, y nuestras gentes deben tener apetito. ¡Sin tomar nada desde las
seis de la mañana y batiéndose constantemente! No les hagamos esperar.
¡Pronto, pronto! Lesselé, muévase usted; traiga la sal, la pimienta...
El corazón de Juan Claudio se estremeció de alegría al oír aquella voz,
y el anciano, antes de entrar, no pudo dejar de mirar un momento por la
ventana. La cocina era grande, pero baja de techo, y estaba blanqueada.
Una viva hoguera de troncos de haya chisporroteaba en el llar,
envolviendo con sus doradas espirales la negra superficie de una enorme
olla. La campana de la chimenea, muy alta y estrecha, bastaba apenas
para dar salida a las nubes de humo que se desprendían del llar. Sobre
el fondo rojo de este cuadro se recortaba el bello perfil de Luisa, con
la falda recogida para moverse fácilmente, el rostro iluminado con los
más vivos colores y el talle ajustado por un corpiño rojo que dejaba al
descubierto sus redondos hombros y su esbelto cuello. Allí se encontraba
la joven en plena actividad, yendo y viniendo de un lado a otro,
probando las salsas con cierto airecillo de suficiencia, saboreando el
caldo, aprobándolo o censurándolo todo.
--Otro poco de sal, otro de esto, otro de aquello--decía la joven--.
Lesselé, ¿cuándo acabará usted de desplumar ese gallo? A ese paso no
concluiremos nunca.
Era encantador ver a Luisa dar órdenes de aquella manera, y Hullin la
miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Las dos hijas mayores del anabaptista--una de ellas alta, delgada y
pálida, de pies anchos y bajos, que calzaban zapatos redondos, de
cabellos rojos, recogidos en una cofia de tafetán negro y vistiendo un
traje azul que le caía en largos pliegues hasta los talones; la otra,
gruesa, mofletuda, que andaba como los patos, levantando los pies con
gran lentitud y balanceándose de un lado a otro--, aquellas dos jóvenes
formaban con Luisa el más extraño contraste.
Por su parte, Katel iba y venía muy sofocada, sin decir nada, y Lesselé,
con aire pensativo, lo hacía todo con medida y compás.
Por último, el anabaptista, sentado en el fondo del lavadero, en una
silla de madera, con las piernas cruzadas, la mirada alta, el gorro de
algodón echado hacia atrás y las manos metidas en los bolsillos del
casacón, contemplaba aquella escena como si estuviera maravillado, y de
vez en cuando decía en tono sentencioso:
--Lesselé, Katel, obedeced, hijas mías; que esto os sirva de enseñanza;
aún no conocéis el mundo, y hay que andar más de prisa.
--Sí, sí, hay que moverse--decía Luisa--. ¿Qué sería de nosotras, Dios
mío, si tuviéramos que reflexionar semanas y meses para echar una cabeza
de ajo en un guisado? Lesselé, usted que es más alta, alcánceme esa
ristra de cebollas que está colgada del techo.
Y la joven obedecía.
Hullin no había experimentado en toda su vida mayor satisfacción.
--¡Qué bien sabe hacer que se mueva la gente!--se decía el anciano--;
¡je, je, je!; es un húsar, un ama de casa; no hubiera podido
sospecharlo, ¡tan pronto!
Por fin, al cabo de cinco minutos, luego de haberlo visto todo, Hullin
se decidió a entrar, diciendo:
--¡Valor, hijas mías!
En aquel momento, Luisa mantenía en el aire una cuchara con salsa; lo
abandonó todo y corrió a arrojarse en los brazos del anciano, gritando:
--Papá Juan Claudio, papá Juan Claudio, ¿es usted? ¿No está usted
herido? ¿No tiene usted nada?
Hullin, al oír aquellas palabras salidas del corazón, palideció y no
pudo responder. Sólo después de un largo silencio, y reteniendo entre
sus brazos cariñosamente a su hija, pudo al fin contestar con voz
balbuciente:
--No, Luisa, no; estoy bueno y soy muy feliz.
--Siéntese usted, Juan Claudio--dijo el anabaptista viéndole temblar de
emoción--; aquí tiene mi silla.
Hullin se sentó, y Luisa, sentándose en sus rodillas y echándole los
brazos al cuello, comenzó a llorar.
--¿Qué te pasa, hija mía?--decía el buen hombre en voz baja, mientras la
besaba--. Vamos, tranquilízate. ¡Tú! ¡Tan animosa como te veía hace un
momento!
--¡Oh, sí! Sacaba fuerza de flaqueza; pero tenía mucho miedo, porque
pensaba: «¿Por qué no volverá?»
La joven rodeó con sus brazos el cuello de Hullin, y asaltándole de
repente una idea extraña, cogió de la mano al anciano y gritó:
--Vamos, papá Juan Claudio, bailemos, bailemos.
Y le hizo dar dos o tres vueltas.
Hullin, sonriendo a su pesar, se volvió hacia el anabaptista, que
permanecía serio como siempre, y le dijo:
--Estamos algo locos, Pelsly; no debe usted extrañarse de ello.
--No, Hullin, es natural. El mismo rey David, después de haber vencido a
los filisteos, bailó delante del arca.
Juan Claudio, asombrado de parecerse al rey David, no respondió.
--Y dime, Luisa--añadió luego deteniéndose--, ¿no has tenido miedo
durante la última batalla?
--¡Oh! En los primeros momentos, todo aquel ruido de cañonazos...; pero
después no he pensado mas que en usted y en mamá Lefèvre.
Juan Claudio permaneció silencioso:
--Ya sabía yo que esta muchacha era valiente--pensaba el anciano--. No
le falta nada.
Luisa entonces le cogió de la mano, le condujo frente a un batallón de
ollas que se alineaban alrededor del fuego y le enseñó, con aire de
triunfo, toda la cocina.
--Aquí está la vaca, aquí el asado, aquí la cena del general Juan
Claudio, y aquí el caldo para los heridos. ¡Ah! ¡Bien nos hemos movido!
Lesselé y Katel pueden decirlo. Y aquí está la gran hornada que hemos
hecho--dijo la joven mostrando una larga hilera de panecillos dispuestos
sobre la mesa--. Mamá Lefèvre y yo hemos amasado.
Hullin la oía presa del mayor asombro.
--Pero no es esto todo--añadió Luisa--; venga por aquí.
La joven quitó la cubierta de hierro que tapaba la boca del horno, al
fondo del cuarto de cola, y rápidamente se esparció por la cocina un
olor de tortas de manteca que alegraba los corazones.
El señor Juan Claudio se sintió conmovido ante aquello.
En tal momento entró la señora Lefèvre diciendo:
--Vamos, es preciso poner la mesa; todo el mundo está esperando. Vamos,
Katel, vaya usted a poner el mantel.
La voluminosa joven salió corriendo.
Y todos juntos, atravesando el patio en fila, se dirigieron hacia la
sala. El doctor Lorquin, Despois, Marcos Divès, Materne y sus dos hijos,
gente toda de buen diente y de apetito magnífico, esperaban la cena con
impaciencia.
--¿Y nuestros heridos, doctor?--preguntó Hullin al entrar.
--Todo está terminado, señor Juan Claudio. El trabajo que usted nos ha
dado ha sido rudo, pero el tiempo es favorable y no son de temer las
fiebres pútridas; todo se presenta bien.
Katel, Lesselé y Luisa entraron en seguida llevando una enorme sopera
que humeaba y dos suculentos asados de vaca, que depositaron en la mesa.
Todos se sentaron sin ceremonia, Materne a la derecha de Juan Claudio y
Catalina Lefèvre a la izquierda. A partir de aquel momento el ruido de
las cucharas y tenedores y el glogloteo de las botellas substituyeron a
la conversación hasta las ocho y media de la noche. A través de los
cristales de las ventanas se veía el resplandor de grandes hogueras, que
anunciaban que los guerrilleros se disponían a hacer honor a la cocina
de Luisa, y aquello contribuía a la satisfacción de los invitados.
A las nueve, Marcos Divès se hallaba de camino hacia el Falkenstein con
los prisioneros. A las diez, todos dormían en la alquería y en la meseta
de la montaña, alrededor de las hogueras del vivaque.
Sólo se interrumpía el silencio de tarde en tarde, por el ruido de los
pasos de las rondas y por el «¿quién vive?» de los centinelas.
Así terminó aquella jornada, en la que los montañeses mostraron que no
había degenerado la vieja raza.
Otros acontecimientos, no menos graves, iban en breve a suceder a los
que acababan de tener lugar; porque en este mundo, apenas vencido un
obstáculo, se presentan otros nuevos. La vida humana se asemeja a un mar
agitado: una ola sigue a otra, desde el antiguo al nuevo mundo, y nada
puede detener este movimiento eterno.