Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huían en bandadas hacia
Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando
pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrás, como si
temieran que los franceses les fueran a los alcances.
En Grand-Fontaine, todo lo destruían por venganza, forzaban puertas y
ventanas, maltrataban a las gentes, exigían comidas y bebidas sin
dilación y perseguían a las muchachas hasta los graneros. Los gritos,
las imprecaciones, las órdenes de los jefes, las lamentaciones de los
aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente
de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo
aquello subía como un zumbido confuso hasta los parapetos.
En la ladera sólo se veían armas, chacós y muertos; en una palabra, los
residuos de una gran derrota. Enfrente se aparecían los cañones de
Marcos Divès enfilados hacia el valle y dispuestos a hacer fuego en caso
de un nuevo ataque.
Todo había afortunadamente acabado. Y, sin embargo, ni un solo grito se
elevaba de las trincheras; las pérdidas de los montañeses habían sido
muy dolorosas en el último asalto. El silencio que siguió al tumulto
tenía algo de solemne, y cuantos hombres lograron escapar a la
carnicería se miraban unos a otros con gravedad, como admirados de
volverse a ver. Algunos llamaban al amigo; otros, al hermano, que no
respondía, y dirigiéndose en su busca por la trinchera, a lo largo de
los parapetos o por la rampa, gritaban: «¡Eh! ¡Jacobo, Felipe! ¿Eres
tú?»
Mientras tanto, iba acercándose la noche; sus tonos grises se extendían
por los atrincheramientos y por el abismo, envolviendo en el misterio
aquellas horribles escenas. La gente iba y venía entre los despojos de
la batalla sin reconocerse.
Materne, después de haber secado la bayoneta, llamó a sus hijos con voz
ronca.
--¡Eh! ¡Kasper! ¡Frantz!
Y al ver que se acercaban entre sombras, les preguntó:
--¿Sois vosotros?
--Sí; nosotros somos.
--¿No tenéis nada?
--No.
La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y
quedamente añadió:
--¡Nos hallamos otra vez los tres reunidos!
Y el cazador, del que no podía decirse que era nada cariñoso, besó a sus
hijos con frenesí, lo cual sorprendió a éstos sobremanera. Mas al oír un
ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo así como sollozos
interiores, ambos jóvenes se quedaron atónitos y no pudieron dejar de
pensar: «¡Cómo nos quiere! ¡Nunca hubiéramos creído esto!»
Frantz y Kasper se sintieron también conmovidos hasta las entrañas.
Pero en seguida, el anciano, dominando su emoción, exclamó:
--¡Está bien, hijos míos! ¡La jornada ha sido dura! ¡Vamos a beber un
trago, porque tengo sed!
Dirigieron los tres una última mirada hacia el talud sombrío, y viendo
los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin
al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquería.
Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al
sentir algún objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que decía:
--¿Eres tú, Materne?
--¡Ah! ¡Pobre amigo Rochart, perdón!--respondió el cazador
inclinándose--; ¡te he tocado! Pero ¿cómo? ¿Estás todavía aquí?
--Sí... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.
Permanecieron los tres silenciosos, y el leñador añadió luego:
--Dile a mi mujer que detrás del armario, en una media, hay cinco
escudos de seis libras; los había reservado... por si caíamos enfermos
uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.
--¡Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de
salvarse, amigo mío. Ahora vamos a trasladarte.
--No, no merece la pena; no duraré más de una hora; ya habrá ocasión de
que me lleven.
Materne, sin responder, hizo una seña a Kasper para que cruzara la
carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indicó que
colocara encima al leñador, a pesar de sus lamentos, lo cual quedó hecho
en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.
Todos los heridos que durante el combate se habían sentido con fuerzas
para llegar a la ambulancia se encontraban allí. El doctor Lorquin y su
colega Despois, que llegó en el transcurso de la acción, tuvieron que
trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se había acabado.
Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo
alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que
les heló la sangre en las venas, y el leñador, medio muerto, exclamó:
--¿Por qué me traéis aquí? No quiero, no... No consentiré que me hagan
nada.
--Abre la puerta, Frantz--dijo Materne con la frente cubierta de un
sudor frío--; ¡abre pronto!
Frantz empujó la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio
de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de
seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres
sujetándole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las
mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres
dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al
pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La
sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba más pálido que la muerte.
Catalina Lefèvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los
brazos, parecía serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas
arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La
anciana tenía los ojos fijos en el suelo y no veía nada.
--¡Se ha terminado!--dijo el doctor volviéndose.
Y dirigiendo una mirada hacia los recién llegados, dijo:
--¡Eh! ¿Es usted, señor Rochart?
--Sí, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar así.
El doctor levantó una vela, le miró e hizo un gesto.
--¡Vamos, amigo mío! ¡Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un
poco será demasiado tarde.
--¡Tanto mejor! ¡Ya he sufrido bastante en mi vida!
--Como usted quiera. Pasemos a otro.
Había una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos últimos
estaban vacíos, y en ellos se veían grandes manchas de sangre. Materne y
Kasper colocaron en el más apartado al leñador, mientras que Despois se
acercaba a otro herido diciéndole:
--¡Nicolás, ha llegado tu hora!
Entonces Nicolás Cerf se levantó con el rostro pálido y los ojos
desencajados de terror.
--Dadle una copa de aguardiente--dijo el doctor.
--No; prefiero fumarme una pipa.
--¿Dónde está tu pipa?
--En el chaleco.
--Bien; aquí la tienes. ¿Y el tabaco?
--En el bolsillo del pantalón.
--Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; ¡muy
bien! Da gusto ver hombres de corazón. Vamos a cortarle el brazo en dos
tiempos y tres movimientos.
--¿No sería posible conservarlo, señor Lorquin, para dar de comer a mis
hijos? ¡Es lo único que tengo!
--No; el hueso está triturado y no se puede reducir. Encienda usted la
pipa, Despois. Ten, Nicolás, fuma, fuma.
El desgraciado comenzó a fumar sin ninguna gana.
--¿Estamos?--preguntó el doctor.
--Sí--respondió Nicolás con voz ahogada.
--Bien. ¡Cuidado, Despois! ¡Lave usted!
El doctor, con un cuchillo grande, hizo rápidamente un corte circular en
la carne. Nicolás rechinó los dientes. La sangre saltó. Despois se
ocupaba en ligar algo. La sierra rechinó durante dos segundos, y el
brazo cayó pesadamente al suelo.
--Esto es lo que se llama una operación bien terminada--dijo Lorquin.
Nicolás había dejado de fumar; la pipa se desprendió de sus labios.
David Schlosser, de Walsh, que había sujetado al herido, le soltó.
Lorquin envolvió el muñón en unos trapos blancos, y Nicolás, sin ayuda
de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergón.
--¡Otro que está despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y
pasemos a otro--dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una
jofaina.
Cada vez que Lorquin decía «Pasemos a otro», los heridos se estremecían
de terror, a causa de los gritos que habían oído y de los cuchillos que
habían visto relucir; pero ¿qué hacer? Todas las habitaciones de la
casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No
quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquería. Era,
pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, más tarde o más
temprano, había de llegar el turno.
Cuanto hemos descrito sucedió en pocos instantes. Materne y sus hijos
contemplaban tales escenas como se contemplan las cosas horribles, para
saber lo que son; luego vieron en un rincón, a la izquierda, debajo del
reloj antiguo de loza, un montón de brazos y piernas. Allí había ido a
parar el brazo de Nicolás, y ahora se ocupaban los doctores en extraer
una bala del hombro de un montañés del Harberg, de rojas patillas, para
lo cual hacían a éste anchas incisiones en forma de cruz en la espalda,
cuya carne se estremecía, y de los velludos costados del herido la
sangre corría hasta las botas.
¡Cosa extraña! El perro _Plutón_, situado detrás del doctor, miraba
aquello con aire atento, como si comprendiera de lo que se trataba, y de
vez en cuando estiraba las patas y arqueaba el lomo, abriendo la boca
hasta las orejas.
Materne no pudo ver más.
--¡Vámonos!--dijo.
Apenas hubieron entrado en el obscuro pasillo, oyeron exclamar al
doctor: «¡Aquí está la bala!»
Lo cual debió causar una gran alegría al hombre del Harberg.
Una vez fuera, Materne, respirando el aire frío con toda la fuerza de
sus pulmones, exclamó:
--¡Y cuando pienso que hubiera podido sucedernos lo mismo!
--Sí--respondió Kasper--; recibir una bala en la cabeza, eso no es nada;
pero que le descuarticen a uno de esa manera y tener luego que pasar el
resto de su vida pidiendo limosna...
--¡Bah! ¡Yo haría como Rochart!--exclamó Frantz--; acabaría de una vez.
Tiene razón el viejo: cuando uno ha cumplido su deber, ¿por qué ha de
tener miedo? ¡Dios es justo y lo ve todo!
En tal momento, el ruido de unas voces fue elevándose a la derecha de
los interlocutores.
--Son Marcos Divès y Hullin--dijo Kasper, después de prestar atención.
--Sí; seguramente vienen de poner parapetos detrás del pinar para
defender los cañones--añadió Frantz.
Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.
--Tú mismo no sabes qué hacer con esos tres prisioneros--decía Hullin
con brusquedad--; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein
para traer municiones, ¿por qué no te los llevas?
--¿Y dónde los meto?
--¡Pardiez! En la prisión municipal de Abreschwiller; nosotros no
podemos tenerlos aquí.
--¡Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el
camino, los atravieso con el sable por la espalda.
--¡Eso, ni que decir tiene!
Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir
un grito de entusiasmo.
--¡Eh! ¿Eres tú, amigo mío?; hace una hora que te busco. ¿Dónde demonio
estabas?
--Hemos traído al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.
--¡Ah!, ¡qué dolor!
--Sí, ¡qué dolor!
Hubo un momento de silencio; luego la satisfacción del jefe,
sobreponiéndose a todo, le hizo exclamar:
--La cosa no tiene nada de alegre; pero, ¿qué quiere usted?, son
consecuencias de la guerra. Y vosotros, ¿no tenéis nada?
--No, estamos los tres sanos y salvos.
--Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden
gloriarse de tener suerte.
--Sí--exclamó Marcos Divès riendo--; yo veía llegado el momento en que
Materne iba a tener que tocar llamada; sin los cañonazos de última hora,
a fe mía, la cosa tomaba mal cariz.
Materne enrojeció, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo
ásperamente:
--Puede ser; pero sin los cañonazos del comienzo no hubiéramos tenido
necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres
tendrían sus brazos y piernas, lo cual nada dañaría nuestra victoria.
--¡Bah!--interrumpió Hullin, que veía iniciarse una disputa entre los
dos hombres, poco conciliadores por naturaleza--; dejemos eso; todo el
mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.
Y luego, dirigiéndose a Materne, añadió:
--Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los
alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarán antes
de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen
acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay
que recibirlos a tiros.
--Voy allí en seguida--respondió el cazador.
--¡Eh, Materne! Volverás pronto a casa con tus hijos para cenar.
--Bien, Juan Claudio, iremos.
Materne se alejó.
Hullin ordenó a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en
el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para
ir sin pérdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se
marchaban, Juan Claudio penetró en la alquería.