XVI

Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huían en bandadas hacia

Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando

pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrás, como si

temieran que los franceses les fueran a los alcances.

En Grand-Fontaine, todo lo destruían por venganza, forzaban puertas y

ventanas, maltrataban a las gentes, exigían comidas y bebidas sin

dilación y perseguían a las muchachas hasta los graneros. Los gritos,

las imprecaciones, las órdenes de los jefes, las lamentaciones de los

aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente

de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo

aquello subía como un zumbido confuso hasta los parapetos.

En la ladera sólo se veían armas, chacós y muertos; en una palabra, los

residuos de una gran derrota. Enfrente se aparecían los cañones de

Marcos Divès enfilados hacia el valle y dispuestos a hacer fuego en caso

de un nuevo ataque.

Todo había afortunadamente acabado. Y, sin embargo, ni un solo grito se

elevaba de las trincheras; las pérdidas de los montañeses habían sido

muy dolorosas en el último asalto. El silencio que siguió al tumulto

tenía algo de solemne, y cuantos hombres lograron escapar a la

carnicería se miraban unos a otros con gravedad, como admirados de

volverse a ver. Algunos llamaban al amigo; otros, al hermano, que no

respondía, y dirigiéndose en su busca por la trinchera, a lo largo de

los parapetos o por la rampa, gritaban: «¡Eh! ¡Jacobo, Felipe! ¿Eres

tú?»

Mientras tanto, iba acercándose la noche; sus tonos grises se extendían

por los atrincheramientos y por el abismo, envolviendo en el misterio

aquellas horribles escenas. La gente iba y venía entre los despojos de

la batalla sin reconocerse.

Materne, después de haber secado la bayoneta, llamó a sus hijos con voz

ronca.

--¡Eh! ¡Kasper! ¡Frantz!

Y al ver que se acercaban entre sombras, les preguntó:

--¿Sois vosotros?

--Sí; nosotros somos.

--¿No tenéis nada?

--No.

La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y

quedamente añadió:

--¡Nos hallamos otra vez los tres reunidos!

Y el cazador, del que no podía decirse que era nada cariñoso, besó a sus

hijos con frenesí, lo cual sorprendió a éstos sobremanera. Mas al oír un

ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo así como sollozos

interiores, ambos jóvenes se quedaron atónitos y no pudieron dejar de

pensar: «¡Cómo nos quiere! ¡Nunca hubiéramos creído esto!»

Frantz y Kasper se sintieron también conmovidos hasta las entrañas.

Pero en seguida, el anciano, dominando su emoción, exclamó:

--¡Está bien, hijos míos! ¡La jornada ha sido dura! ¡Vamos a beber un

trago, porque tengo sed!

Dirigieron los tres una última mirada hacia el talud sombrío, y viendo

los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin

al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquería.

Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al

sentir algún objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que decía:

--¿Eres tú, Materne?

--¡Ah! ¡Pobre amigo Rochart, perdón!--respondió el cazador

inclinándose--; ¡te he tocado! Pero ¿cómo? ¿Estás todavía aquí?

--Sí... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.

Permanecieron los tres silenciosos, y el leñador añadió luego:

--Dile a mi mujer que detrás del armario, en una media, hay cinco

escudos de seis libras; los había reservado... por si caíamos enfermos

uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.

--¡Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de

salvarse, amigo mío. Ahora vamos a trasladarte.

--No, no merece la pena; no duraré más de una hora; ya habrá ocasión de

que me lleven.

Materne, sin responder, hizo una seña a Kasper para que cruzara la

carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indicó que

colocara encima al leñador, a pesar de sus lamentos, lo cual quedó hecho

en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.

Todos los heridos que durante el combate se habían sentido con fuerzas

para llegar a la ambulancia se encontraban allí. El doctor Lorquin y su

colega Despois, que llegó en el transcurso de la acción, tuvieron que

trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se había acabado.

Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo

alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que

les heló la sangre en las venas, y el leñador, medio muerto, exclamó:

--¿Por qué me traéis aquí? No quiero, no... No consentiré que me hagan

nada.

--Abre la puerta, Frantz--dijo Materne con la frente cubierta de un

sudor frío--; ¡abre pronto!

Frantz empujó la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio

de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de

seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres

sujetándole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las

mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres

dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al

pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La

sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba más pálido que la muerte.

Catalina Lefèvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los

brazos, parecía serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas

arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La

anciana tenía los ojos fijos en el suelo y no veía nada.

--¡Se ha terminado!--dijo el doctor volviéndose.

Y dirigiendo una mirada hacia los recién llegados, dijo:

--¡Eh! ¿Es usted, señor Rochart?

--Sí, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar así.

El doctor levantó una vela, le miró e hizo un gesto.

--¡Vamos, amigo mío! ¡Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un

poco será demasiado tarde.

--¡Tanto mejor! ¡Ya he sufrido bastante en mi vida!

--Como usted quiera. Pasemos a otro.

Había una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos últimos

estaban vacíos, y en ellos se veían grandes manchas de sangre. Materne y

Kasper colocaron en el más apartado al leñador, mientras que Despois se

acercaba a otro herido diciéndole:

--¡Nicolás, ha llegado tu hora!

Entonces Nicolás Cerf se levantó con el rostro pálido y los ojos

desencajados de terror.

--Dadle una copa de aguardiente--dijo el doctor.

--No; prefiero fumarme una pipa.

--¿Dónde está tu pipa?

--En el chaleco.

--Bien; aquí la tienes. ¿Y el tabaco?

--En el bolsillo del pantalón.

--Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; ¡muy

bien! Da gusto ver hombres de corazón. Vamos a cortarle el brazo en dos

tiempos y tres movimientos.

--¿No sería posible conservarlo, señor Lorquin, para dar de comer a mis

hijos? ¡Es lo único que tengo!

--No; el hueso está triturado y no se puede reducir. Encienda usted la

pipa, Despois. Ten, Nicolás, fuma, fuma.

El desgraciado comenzó a fumar sin ninguna gana.

--¿Estamos?--preguntó el doctor.

--Sí--respondió Nicolás con voz ahogada.

--Bien. ¡Cuidado, Despois! ¡Lave usted!

El doctor, con un cuchillo grande, hizo rápidamente un corte circular en

la carne. Nicolás rechinó los dientes. La sangre saltó. Despois se

ocupaba en ligar algo. La sierra rechinó durante dos segundos, y el

brazo cayó pesadamente al suelo.

--Esto es lo que se llama una operación bien terminada--dijo Lorquin.

Nicolás había dejado de fumar; la pipa se desprendió de sus labios.

David Schlosser, de Walsh, que había sujetado al herido, le soltó.

Lorquin envolvió el muñón en unos trapos blancos, y Nicolás, sin ayuda

de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergón.

--¡Otro que está despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y

pasemos a otro--dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una

jofaina.

Cada vez que Lorquin decía «Pasemos a otro», los heridos se estremecían

de terror, a causa de los gritos que habían oído y de los cuchillos que

habían visto relucir; pero ¿qué hacer? Todas las habitaciones de la

casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No

quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquería. Era,

pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, más tarde o más

temprano, había de llegar el turno.

Cuanto hemos descrito sucedió en pocos instantes. Materne y sus hijos

contemplaban tales escenas como se contemplan las cosas horribles, para

saber lo que son; luego vieron en un rincón, a la izquierda, debajo del

reloj antiguo de loza, un montón de brazos y piernas. Allí había ido a

parar el brazo de Nicolás, y ahora se ocupaban los doctores en extraer

una bala del hombro de un montañés del Harberg, de rojas patillas, para

lo cual hacían a éste anchas incisiones en forma de cruz en la espalda,

cuya carne se estremecía, y de los velludos costados del herido la

sangre corría hasta las botas.

¡Cosa extraña! El perro _Plutón_, situado detrás del doctor, miraba

aquello con aire atento, como si comprendiera de lo que se trataba, y de

vez en cuando estiraba las patas y arqueaba el lomo, abriendo la boca

hasta las orejas.

Materne no pudo ver más.

--¡Vámonos!--dijo.

Apenas hubieron entrado en el obscuro pasillo, oyeron exclamar al

doctor: «¡Aquí está la bala!»

Lo cual debió causar una gran alegría al hombre del Harberg.

Una vez fuera, Materne, respirando el aire frío con toda la fuerza de

sus pulmones, exclamó:

--¡Y cuando pienso que hubiera podido sucedernos lo mismo!

--Sí--respondió Kasper--; recibir una bala en la cabeza, eso no es nada;

pero que le descuarticen a uno de esa manera y tener luego que pasar el

resto de su vida pidiendo limosna...

--¡Bah! ¡Yo haría como Rochart!--exclamó Frantz--; acabaría de una vez.

Tiene razón el viejo: cuando uno ha cumplido su deber, ¿por qué ha de

tener miedo? ¡Dios es justo y lo ve todo!

En tal momento, el ruido de unas voces fue elevándose a la derecha de

los interlocutores.

--Son Marcos Divès y Hullin--dijo Kasper, después de prestar atención.

--Sí; seguramente vienen de poner parapetos detrás del pinar para

defender los cañones--añadió Frantz.

Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.

--Tú mismo no sabes qué hacer con esos tres prisioneros--decía Hullin

con brusquedad--; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein

para traer municiones, ¿por qué no te los llevas?

--¿Y dónde los meto?

--¡Pardiez! En la prisión municipal de Abreschwiller; nosotros no

podemos tenerlos aquí.

--¡Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el

camino, los atravieso con el sable por la espalda.

--¡Eso, ni que decir tiene!

Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir

un grito de entusiasmo.

--¡Eh! ¿Eres tú, amigo mío?; hace una hora que te busco. ¿Dónde demonio

estabas?

--Hemos traído al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.

--¡Ah!, ¡qué dolor!

--Sí, ¡qué dolor!

Hubo un momento de silencio; luego la satisfacción del jefe,

sobreponiéndose a todo, le hizo exclamar:

--La cosa no tiene nada de alegre; pero, ¿qué quiere usted?, son

consecuencias de la guerra. Y vosotros, ¿no tenéis nada?

--No, estamos los tres sanos y salvos.

--Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden

gloriarse de tener suerte.

--Sí--exclamó Marcos Divès riendo--; yo veía llegado el momento en que

Materne iba a tener que tocar llamada; sin los cañonazos de última hora,

a fe mía, la cosa tomaba mal cariz.

Materne enrojeció, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo

ásperamente:

--Puede ser; pero sin los cañonazos del comienzo no hubiéramos tenido

necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres

tendrían sus brazos y piernas, lo cual nada dañaría nuestra victoria.

--¡Bah!--interrumpió Hullin, que veía iniciarse una disputa entre los

dos hombres, poco conciliadores por naturaleza--; dejemos eso; todo el

mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.

Y luego, dirigiéndose a Materne, añadió:

--Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los

alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarán antes

de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen

acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay

que recibirlos a tiros.

--Voy allí en seguida--respondió el cazador.

--¡Eh, Materne! Volverás pronto a casa con tus hijos para cenar.

--Bien, Juan Claudio, iremos.

Materne se alejó.

Hullin ordenó a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en

el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para

ir sin pérdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se

marchaban, Juan Claudio penetró en la alquería.

La invasión o El loco Yégof · 第 24 / 49 题