XV

Los montañeses rebosaban de entusiasmo; alzaban las manos, se ensalzaban

unos a otros y se consideraban los primeros héroes de la Tierra.

Catalina, Luisa, el doctor Lorquin, todo el mundo se apresuró a salir de

la casa, gritando, felicitándose mutuamente, para ver las huellas de las

balas y los taludes ennegrecidos por la pólvora; por otra parte, José

Larnette, con la cabeza maltrecha, se hallaba tendido en un hoyo;

Baumgarten, con un brazo colgando, se dirigió a la ambulancia muy

pálido, y Daniel Spitz, a pesar del balazo recibido, quería seguir

luchando; pero el doctor no hizo caso de aquellos deseos y le obligó a

marchar a casa.

Luisa llegó con el carrillo y dio de beber aguardiente a los que habían

combatido, y Catalina Lefèvre, de pie junto al borde de la rampa,

contemplaba los muertos y los heridos esparcidos en la carretera, al

final de largos regueros de sangre. Entre aquellos desgraciados había

unos que eran jóvenes y otros viejos, con los rostros blancos como la

cera, los ojos desmesuradamente abiertos y los brazos extendidos.

Algunos pugnaban por levantarse, pero volvían a caer en seguida; otros

miraban a las alturas como temiendo que les disparasen desde ellas. Y se

arrastraban desde lo largo del talud para ponerse al abrigo de las

balas.

Muchos parecían resignados y buscaban un lugar donde morir, o se

quedaban mirando a su regimiento, que se alejaba en dirección de

Framont; ¡aquel regimiento de que formaban parte cuando salieron de su

aldea, en el que habían hecho una larga campaña, y que ahora les

abandonaba! «¡El regimiento volverá a ver a Alemania!--pensaban los

desgraciados--. Y cuando pregunten al capitán o al sargento: «¡Conoce

usted a un tal Hans, Kasper o Nickel, de la primera o de la segunda

compañía?», responderán: «Espere usted... Me parece recordar... ¿Era uno

que tenía una cicatriz en la oreja o en la mejilla, los cabellos rubios

o castaños y cinco pies y seis pulgadas? Sí, le conocí. En Francia se ha

quedado cerca de una aldehuela cuyo nombre no recuerdo. Los montañeses

le mataron el mismo día que al comandante Yeri-Peter; era un excelente

muchacho.» Y después se acabó.

Tal vez, entre tantos, habría algunos que se acordaban de sus madres...

o de cierta linda muchacha de su país, _Gretchen o Lotchen_[5], que les

había dado una cinta al partir mientras lloraban a lágrima viva: «¡Te

esperaré, Kasper; sólo contigo me he de casar!» «¡Sí, sí; mucho tiempo

has de esperar!»

La señora Lefèvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar.

Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:

--¡Bien, amigos míos! ¡Ya habéis entrado en fuego! ¡Mil demonios! ¡Esto

marcha! Los alemanes no estarán muy orgullosos de la jornada.

Luego besó a Luisa y corrió a ver a la señora Lefèvre.

--¿Está usted satisfecha, Catalina? ¡No van mal nuestros asuntos! Pero

¿qué le sucede? ¿Usted no se alegra?

--Sí, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al

camino: ¡qué matanza!

--Es la guerra--respondió gravemente Hullin.

--¿Y no habría medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira

con sus hermosos ojos azules, ¡Qué lástima me da de él!..., o a ese otro

moreno que se venda la pierna con un pañuelo?

--Imposible, Catalina, lo siento mucho; habría necesidad de hacer una

escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro

de una o dos horas, la utilizarían para el asalto. Vámonos. Hay que

comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jerónimo, a

Piorette. ¡Eh! ¡Simón, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar

la gran noticia a los compañeros. ¡Materne, mucho cuidado! Al menor

movimiento no dejes de avisarme.

Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de

reserva, y a Marcos Divès montado a caballo en medio de sus hombres. El

contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos

cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.

--¡Bah!--le dijo Hullin--, ¡tanto mejor! Además, tú guardas nuestra

derecha. Mira, allá, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes

marchar.

Divès no contestó nada; su rostro tenía una expresión triste e indignada

a la vez, y los contrabandistas que le acompañaban, envueltos en sus

capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no

parecían tampoco de muy buen humor; diríase que proyectaban una

venganza.

Hullin, convencido de que no podía consolarles, entró en la alquería. El

doctor Lorquin se disponía a extraer la bala de la herida de Baumgarten,

el cual daba terribles gritos.

Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio

le pidió papel y tinta para transmitir las órdenes a las demás

posiciones de la sierra; y era tan grande la turbación del pobre

anabaptista, que a duras penas pudo dárselos. No obstante, consiguió

hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el

encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.

En la sala grande se habían reunido muchos montañeses que se calentaban

cerca del hogar y hablaban con animación. Daniel Spitz había sufrido ya

la amputación de dos dedos y se hallaba sentado detrás de la estufa, con

la mano envuelta en unos trapos blancos.

Los hombres que se habían apostado, desde antes del amanecer, detrás de

los parapetos, como no habían comido, tomaban un bocado y bebían un poco

de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecían a boca llena sus

acciones. Luego salían, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvían

a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando

se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se reía hasta

desternillarse.

Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta mediodía, momento

en que Marcos Divès penetró rápidamente en la sala gritando:

--¡Hullin! ¿Dónde está Hullin?

--Aquí estoy.

--¡Pronto, ven!

La voz del contrabandista tenía un acento extraño; hacía un momento,

aunque irritado por no haber intervenido en el combate, parecía más bien

triunfante. Juan Claudio le siguió lleno de inquietud, y la sala quedó

vacía en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada

expresión de Marcos, que se trataba de un asunto grave.

A la derecha del Donon se extiende el barranco de las Mineras, que sirve

de cauce a un torrente en la época del deshielo y que baja desde la

cumbre de la sierra hasta lo hondo del valle.

Frente por frente de la meseta que defendían los guerrilleros, y en la

ladera opuesta del barranco, a quinientos o seiscientos metros, avanza

una especie de espolón descubierto y escarpado que Hullin no había

creído necesario ocupar provisionalmente para no dividir las fuerzas, y

además porque imaginaba que no le sería difícil rodear la posición por

los pinares y establecerse allí en caso que el enemigo intentase

apoderarse de ella.

Ahora bien: imagínese la consternación de nuestros personajes cuando, al

asomarse al umbral de la alquería, vieron dos compañías de alemanes

trepar por las faldas opuestas, entre los huertos de Grand-Fontaine, con

dos piezas de artillería, arrastradas por vigorosos tiros, y que

parecían colgadas del precipicio. Una gran multitud empujaba las ruedas,

y pocos momentos faltaban para que los cañones alcanzasen lo alto de la

meseta. Aquello fue como un rayo sobre la cabeza de Juan Claudio; se

puso intensamente pálido, y le acometió un acceso de furor

indescriptible contra Divès.

--¿No has podido avisarme antes?--díjole Hullin con voz semejante a un

aullido--. ¿No te encargué que vigilaras el barranco? ¡Estamos cercados!

¡Ahora nos cogerán de flanco y cruzarán el camino más lejos! ¡Todo se lo

ha llevado el demonio!

Cuantos se hallaban presentes, incluso Materne, que había acudido a toda

prisa, se estremecieron de pies a cabeza al ver la mirada que Juan

Claudio dirigió al contrabandista.

Este, a pesar de su audacia habitual, quedose sobrecogido y no sabía qué

responder.

--Vamos, vamos, Juan Claudio--dijo por último--; la cosa no es tan grave

como dices. Todavía no hemos pegado nosotros. Además, nos hacen falta

cañones, y esos nos vendrán a maravilla.

--¡Sí, a maravilla, idiota! Has estado esperando hasta el último momento

por amor propio, ¿no es eso? Querías batirte, ensalzar tus hazañas,

vanagloriarte. Y para eso juegas con la vida de todos nosotros. ¡Ea,

mira! ¡Allí tienes a los otros preparándose en Framont!

En efecto; una nueva columna, mucho más fuerte que la primera, salía de

Framont a paso de carga y subía hacia los parapetos. Divès no decía una

palabra; Hullin, reprimiendo su indignación, se tranquilizó súbitamente

ante la gravedad del peligro.

--¡Id a ocupar vuestros puestos!--dijo Juan Claudio con voz seca a

cuantos se hallaban presentes--; que todo el mundo esté preparado para

el ataque que se aproxima. ¡Materne, mucho cuidado!

El cazador bajó la cabeza.

Mientras tanto, Marcos Divès había recobrado su aplomo.

--En vez de gritar como una mujer--dijo a Hullin--, mejor sería que me

mandaras atacar allá abajo, rodeando el barranco por los pinares.

--¡No queda otro recurso, con mil demonios!--replicó Juan Claudio.

Y algo más tranquilo añadió:

--Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habíamos vencido, y por tu

culpa todo está como antes. ¡Si se frustra tu ataque, los dos nos

cortaremos la cabeza!

--Bueno, bueno; la pelota está en el tejado; ¡yo te respondo de lo que

ocurra!

El contrabandista montó, de un salto, a caballo, terciose sobre el

hombro uno de los picos de la capa y desenvainó su gran espada con un

continente magnífico. Todos los hombres que le seguían hicieron lo

mismo.

Luego, Divès, volviéndose hacia la tropa de reserva, compuesta de

cincuenta rudos montañeses, y señalando la meseta con el sable, les

dijo:

--¿Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no

podrán decir que tienen más valor que los del Sarre. ¡Adelante!

Y la tropa, enardecida, se puso en marcha, flanqueando el barranco.

Hullin, muy pálido, gritó:

--¡A la bayoneta!

El enorme contrabandista, montado en un altísimo rocín de musculosa y

reluciente grupa, se volvió sonriendo para sí; agitó luego la espada con

un ademán expresivo, y la tropa se perdió en los pinares.

En aquel momento los alemanes, con las piezas de ocho, llegaban a la

meseta y se formaban en batería, mientras que la columna de Framont

trataba de escalar la ladera. Todo se hallaba, pues, en el mismo estado

que antes de la batalla, con la diferencia de que los cañones enemigos

iban a entrar en juego y a coger a los defensores por la espalda.

Se veían claramente las dos piezas, los grapones, las palancas, los

escobillones, los artilleros y el oficial: un individuo delgado, ancho

de espaldas, de largos bigotes rubios. La niebla azulada del valle

acortaba las distancias, hasta el extremo de que se hubiera creído poder

alcanzar la posición con la mano; pero Hullin y Materne no se engañaban;

había más de seiscientos metros, y ningún fusil alejaba tanto.

No obstante, el cazador Materne, antes de regresar a los parapetos,

quiso convencerse de ello; y acercándose cuanto le fue posible al

barranco, acompañado de su hijo Kasper y de otros varios, se apoyó en un

árbol y apuntó con lentitud hacia el oficial de los bigotes rubios.

Cuantos presenciaron la escena contuvieron la respiración, temerosos de

que fracasara la prueba.

Materne hizo el disparo; mas cuando puso la culata en el suelo y miró,

nada había cambiado.

--¡Es curioso cómo la edad acorta la vista!--dijo el cazador.

--¡Usted corto de vista!--exclamó Kasper--; ¡desde los Vosgos a Suiza no

hay nadie que pueda hacer un blanco a doscientos metros mejor que usted!

El anciano guardabosque lo sabía perfectamente; pero no quería desanimar

a los demás.

--Está bien--añadió Materne--; no es hora de discutir. Los enemigos van

a subir; cada cual cumpla con su deber.

A pesar de tales palabras, sencillas y reposadas en apariencia, Materne

sentía una gran inquietud interior. Al entrar en la trinchera llegaron a

sus oídos rumores vagos; el resonar de armas, el ruido de una multitud

de pasos regulares; miró entonces por encima de la rampa y vio a los

alemanes que llegaban provistos de largas escalas terminadas en garfios

de hierro.

Aquel nuevo contratiempo causó una impresión desagradable al

guardabosque; hizo señas a su hijo para que se acercara y le dijo en voz

muy baja:

--Kasper, esto va mal, esto va muy mal; esos bribones traen las escalas;

dame la mano. Quisiera tenerte cerca de mí y también a Frantz; ¡pero

hemos de defender el pellejo hasta lo último!

En aquel momento un golpe terrible sacudió los parapetos de arriba

abajo: oyose una voz ronca que gritaba: «¡Ay, Dios mío!»

Luego, un ruido sordo a unos cien pasos de distancia, y un abeto se

inclinó lentamente y cayó al abismo. Eran los efectos del primer

cañonazo; había cortado las piernas al anciano Rochart. A este primero,

siguió casi al mismo tiempo un segundo cañonazo, que cubrió a los

defensores de hielo pulverizado, con un zumbido terrible. Materne, al

oírlo, no pudo menos de bajar la cabeza; pero en seguida se puso

derecho, exclamando:

--¡Venguémonos, hijos míos!... ¡Aquí están!... ¡Vamos a vencer o a

morir!

Por fortuna, el terror de los defensores no duró más de un segundo;

todos comprendieron que a la menor vacilación estaban perdidos. Dos

escalas se elevaban en aquel momento por los aires, a pesar del fuego, y

venían a apoyar sus garfios en la rampa. El peligro inminente reavivó

las energías de los defensores de la trinchera, y el combate comenzó de

nuevo más furioso, más desesperado que la primera vez.

Hullin había visto las escalas antes que Materne, y su indignación

contra Divès aumentó más aún; pero como en semejantes ocasiones la

indignación no sirve para nada, mandó a Lagarmitte que dijera a Frantz

Materne, el cual se hallaba apostado al otro lado del Donon, que

acudiese a toda prisa con la mitad de los hombres a sus órdenes.

Fácilmente puede adivinarse si el muchacho, advertido del peligro que

corría su padre, dejaría perder un segundo. Ya se veían los amplios

sombreros negros trepar por la ladera a través de la nieve, con el fusil

a la espalda y marchando tan de prisa como podían, y, sin embargo, Juan

Claudio salió al encuentro de ellos, sudoroso, con la mirada huraña, y

les gritó con voz enérgica:

--¡Vamos! ¡Vamos!... ¡Más de prisa! ¡A ese paso no llegaréis nunca!

Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situación al

contrabandista.

Mientras tanto, Marcos Divès había rodeado el barranco, en lo que empleó

una media hora, y comenzaba a divisar las dos compañías alemanas

situadas, en posición de descanso, a cien pasos detrás de los cañones

que hacían fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se

acercó a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo

que los cañonazos percutían uno tras otro en la garganta y que se oían,

a lo lejos, los clamores del asalto:

--¡Compañeros! ¡Vais a arremeter contra la infantería a la bayoneta!

Nosotros nos encargamos de los demás. ¿Estamos?

--Sí, estamos.

--Pues ¡en marcha!

La tropa avanzó en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de

Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oyó el _¿verdá?_[6] de

un centinela; luego dos tiros, un grito estentóreo de «¡Viva Francia!» y

el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo

tiempo; los valientes montañeses cayeron sobre el enemigo como una

manada de lobos.

Divès, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de

punta, los miraba sonriendo, y decía:

--¡Esto va bien!

La refriega era terrible; el suelo se estremecía. Los alemanes, lo mismo

que los franceses, no hacían fuego; el ataque se verificaba en silencio;

un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en

cuando por algún tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces

indistintas: no se oía nada más.

Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se

regodeaban pensando en la matanza próxima y aguardaban la orden de su

jefe con impaciencia.

--Ahora nos toca a nosotros--dijo por último Marcos--. ¡Los cañones son

nuestros!

Y de la parte más intrincada de la espesura, con las amplias capas

abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en

alto, los contrabandistas partieron.

--No dar tajos, sino estocadas--dijo Marcos.

Y no hubo más.

Los doce buitres llegaron a los cañones en un segundo. Formaban parte

del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos

aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca

de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los

golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, únicas

armas de que disponían los artilleros, llovían a su alrededor como una

granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta hacía

rodar a un hombre.

Marcos Divès recibió a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le

cubrió de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebató el sombrero;

pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvándose sobre la silla y

alargando el brazo, atravesó al corpulento oficial de los bigotes rubios

y le clavó a uno de los cañones. Después, se puso derecho, y mirando

alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:

--Ya están todos despachados; los cañones son nuestros.

Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega

que tenía lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos

de los caballos, los gritos de ira, la huída de unos, arrojando las

armas para correr más de prisa, el encarnizamiento de otros; más allá

del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de

bayonetas; los montañeses, situados en la rampa, defendiéndose

desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo,

la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el

tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de

ellos, apresurándose por seguir el movimiento; por último, Materne, de

pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el cañón,

la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo

Frantz, que llegaba con el pelotón, precedido del señor Juan Claudio,

para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse también el ruido de la

multitud de disparos que se hacían, de las descargas, ya cerradas, ya

sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles,

interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de

los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola

mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.

Pero Divès no era hombre que se entregara a la contemplación, y no

perdió tiempo en hacer reflexiones poéticas sobre el tumulto y el

encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de

la situación, y arrojándose del caballo, se dirigió al cañón más

próximo, que se hallaba cargado; cogió las palancas de ajuste para

cambiar la dirección, apuntó al pie de las escalas y, aplicando una

mecha encendida que encontró por allí, hizo fuego.

Un momento después se oyeron, en la lejanía, clamores extraños, y el

contrabandista, mirando a través del humo, vio una brecha sangrienta en

las filas del enemigo. Agitó entonces los brazos en señal de triunfo, y

los montañeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un

hurra general.

--¡Vamos! ¡Pie a tierra!--dijo Divès a sus hombres--; no hay que

dormirse. ¡Aquí un cartucho! ¡Una bala! ¡Ahora, estopa! Nosotros somos

los que vamos a limpiar el camino. ¡Cuidado!

Los contrabandistas se colocaron en posición, y el fuego continuó contra

los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta

a otra las filas enemigas. A la décima descarga, hubo un clamor general

de «¡Sálvese quien pueda!»

--¡Fuego!, ¡fuego!--gritaba Marcos.

Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de

Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que

habían por un momento perdido.

Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos,

muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La

última bala cayó en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la

esquina del abrevadero, derribó la chimenea de _El Buey Rojo_.

Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel día. No fueron pocos los

montañeses muertos; pero los _kaiserlicks_ fueron muchos más. Y sin el

cañoneo de Divès todo se hubiera perdido, porque los defensores eran

menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueño de la

trinchera.

La invasión o El loco Yégof · 第 23 / 49 题