Los montañeses rebosaban de entusiasmo; alzaban las manos, se ensalzaban
unos a otros y se consideraban los primeros héroes de la Tierra.
Catalina, Luisa, el doctor Lorquin, todo el mundo se apresuró a salir de
la casa, gritando, felicitándose mutuamente, para ver las huellas de las
balas y los taludes ennegrecidos por la pólvora; por otra parte, José
Larnette, con la cabeza maltrecha, se hallaba tendido en un hoyo;
Baumgarten, con un brazo colgando, se dirigió a la ambulancia muy
pálido, y Daniel Spitz, a pesar del balazo recibido, quería seguir
luchando; pero el doctor no hizo caso de aquellos deseos y le obligó a
marchar a casa.
Luisa llegó con el carrillo y dio de beber aguardiente a los que habían
combatido, y Catalina Lefèvre, de pie junto al borde de la rampa,
contemplaba los muertos y los heridos esparcidos en la carretera, al
final de largos regueros de sangre. Entre aquellos desgraciados había
unos que eran jóvenes y otros viejos, con los rostros blancos como la
cera, los ojos desmesuradamente abiertos y los brazos extendidos.
Algunos pugnaban por levantarse, pero volvían a caer en seguida; otros
miraban a las alturas como temiendo que les disparasen desde ellas. Y se
arrastraban desde lo largo del talud para ponerse al abrigo de las
balas.
Muchos parecían resignados y buscaban un lugar donde morir, o se
quedaban mirando a su regimiento, que se alejaba en dirección de
Framont; ¡aquel regimiento de que formaban parte cuando salieron de su
aldea, en el que habían hecho una larga campaña, y que ahora les
abandonaba! «¡El regimiento volverá a ver a Alemania!--pensaban los
desgraciados--. Y cuando pregunten al capitán o al sargento: «¡Conoce
usted a un tal Hans, Kasper o Nickel, de la primera o de la segunda
compañía?», responderán: «Espere usted... Me parece recordar... ¿Era uno
que tenía una cicatriz en la oreja o en la mejilla, los cabellos rubios
o castaños y cinco pies y seis pulgadas? Sí, le conocí. En Francia se ha
quedado cerca de una aldehuela cuyo nombre no recuerdo. Los montañeses
le mataron el mismo día que al comandante Yeri-Peter; era un excelente
muchacho.» Y después se acabó.
Tal vez, entre tantos, habría algunos que se acordaban de sus madres...
o de cierta linda muchacha de su país, _Gretchen o Lotchen_[5], que les
había dado una cinta al partir mientras lloraban a lágrima viva: «¡Te
esperaré, Kasper; sólo contigo me he de casar!» «¡Sí, sí; mucho tiempo
has de esperar!»
La señora Lefèvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar.
Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:
--¡Bien, amigos míos! ¡Ya habéis entrado en fuego! ¡Mil demonios! ¡Esto
marcha! Los alemanes no estarán muy orgullosos de la jornada.
Luego besó a Luisa y corrió a ver a la señora Lefèvre.
--¿Está usted satisfecha, Catalina? ¡No van mal nuestros asuntos! Pero
¿qué le sucede? ¿Usted no se alegra?
--Sí, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al
camino: ¡qué matanza!
--Es la guerra--respondió gravemente Hullin.
--¿Y no habría medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira
con sus hermosos ojos azules, ¡Qué lástima me da de él!..., o a ese otro
moreno que se venda la pierna con un pañuelo?
--Imposible, Catalina, lo siento mucho; habría necesidad de hacer una
escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro
de una o dos horas, la utilizarían para el asalto. Vámonos. Hay que
comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jerónimo, a
Piorette. ¡Eh! ¡Simón, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar
la gran noticia a los compañeros. ¡Materne, mucho cuidado! Al menor
movimiento no dejes de avisarme.
Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de
reserva, y a Marcos Divès montado a caballo en medio de sus hombres. El
contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos
cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.
--¡Bah!--le dijo Hullin--, ¡tanto mejor! Además, tú guardas nuestra
derecha. Mira, allá, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes
marchar.
Divès no contestó nada; su rostro tenía una expresión triste e indignada
a la vez, y los contrabandistas que le acompañaban, envueltos en sus
capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no
parecían tampoco de muy buen humor; diríase que proyectaban una
venganza.
Hullin, convencido de que no podía consolarles, entró en la alquería. El
doctor Lorquin se disponía a extraer la bala de la herida de Baumgarten,
el cual daba terribles gritos.
Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio
le pidió papel y tinta para transmitir las órdenes a las demás
posiciones de la sierra; y era tan grande la turbación del pobre
anabaptista, que a duras penas pudo dárselos. No obstante, consiguió
hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el
encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.
En la sala grande se habían reunido muchos montañeses que se calentaban
cerca del hogar y hablaban con animación. Daniel Spitz había sufrido ya
la amputación de dos dedos y se hallaba sentado detrás de la estufa, con
la mano envuelta en unos trapos blancos.
Los hombres que se habían apostado, desde antes del amanecer, detrás de
los parapetos, como no habían comido, tomaban un bocado y bebían un poco
de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecían a boca llena sus
acciones. Luego salían, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvían
a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando
se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se reía hasta
desternillarse.
Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta mediodía, momento
en que Marcos Divès penetró rápidamente en la sala gritando:
--¡Hullin! ¿Dónde está Hullin?
--Aquí estoy.
--¡Pronto, ven!
La voz del contrabandista tenía un acento extraño; hacía un momento,
aunque irritado por no haber intervenido en el combate, parecía más bien
triunfante. Juan Claudio le siguió lleno de inquietud, y la sala quedó
vacía en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada
expresión de Marcos, que se trataba de un asunto grave.
A la derecha del Donon se extiende el barranco de las Mineras, que sirve
de cauce a un torrente en la época del deshielo y que baja desde la
cumbre de la sierra hasta lo hondo del valle.
Frente por frente de la meseta que defendían los guerrilleros, y en la
ladera opuesta del barranco, a quinientos o seiscientos metros, avanza
una especie de espolón descubierto y escarpado que Hullin no había
creído necesario ocupar provisionalmente para no dividir las fuerzas, y
además porque imaginaba que no le sería difícil rodear la posición por
los pinares y establecerse allí en caso que el enemigo intentase
apoderarse de ella.
Ahora bien: imagínese la consternación de nuestros personajes cuando, al
asomarse al umbral de la alquería, vieron dos compañías de alemanes
trepar por las faldas opuestas, entre los huertos de Grand-Fontaine, con
dos piezas de artillería, arrastradas por vigorosos tiros, y que
parecían colgadas del precipicio. Una gran multitud empujaba las ruedas,
y pocos momentos faltaban para que los cañones alcanzasen lo alto de la
meseta. Aquello fue como un rayo sobre la cabeza de Juan Claudio; se
puso intensamente pálido, y le acometió un acceso de furor
indescriptible contra Divès.
--¿No has podido avisarme antes?--díjole Hullin con voz semejante a un
aullido--. ¿No te encargué que vigilaras el barranco? ¡Estamos cercados!
¡Ahora nos cogerán de flanco y cruzarán el camino más lejos! ¡Todo se lo
ha llevado el demonio!
Cuantos se hallaban presentes, incluso Materne, que había acudido a toda
prisa, se estremecieron de pies a cabeza al ver la mirada que Juan
Claudio dirigió al contrabandista.
Este, a pesar de su audacia habitual, quedose sobrecogido y no sabía qué
responder.
--Vamos, vamos, Juan Claudio--dijo por último--; la cosa no es tan grave
como dices. Todavía no hemos pegado nosotros. Además, nos hacen falta
cañones, y esos nos vendrán a maravilla.
--¡Sí, a maravilla, idiota! Has estado esperando hasta el último momento
por amor propio, ¿no es eso? Querías batirte, ensalzar tus hazañas,
vanagloriarte. Y para eso juegas con la vida de todos nosotros. ¡Ea,
mira! ¡Allí tienes a los otros preparándose en Framont!
En efecto; una nueva columna, mucho más fuerte que la primera, salía de
Framont a paso de carga y subía hacia los parapetos. Divès no decía una
palabra; Hullin, reprimiendo su indignación, se tranquilizó súbitamente
ante la gravedad del peligro.
--¡Id a ocupar vuestros puestos!--dijo Juan Claudio con voz seca a
cuantos se hallaban presentes--; que todo el mundo esté preparado para
el ataque que se aproxima. ¡Materne, mucho cuidado!
El cazador bajó la cabeza.
Mientras tanto, Marcos Divès había recobrado su aplomo.
--En vez de gritar como una mujer--dijo a Hullin--, mejor sería que me
mandaras atacar allá abajo, rodeando el barranco por los pinares.
--¡No queda otro recurso, con mil demonios!--replicó Juan Claudio.
Y algo más tranquilo añadió:
--Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habíamos vencido, y por tu
culpa todo está como antes. ¡Si se frustra tu ataque, los dos nos
cortaremos la cabeza!
--Bueno, bueno; la pelota está en el tejado; ¡yo te respondo de lo que
ocurra!
El contrabandista montó, de un salto, a caballo, terciose sobre el
hombro uno de los picos de la capa y desenvainó su gran espada con un
continente magnífico. Todos los hombres que le seguían hicieron lo
mismo.
Luego, Divès, volviéndose hacia la tropa de reserva, compuesta de
cincuenta rudos montañeses, y señalando la meseta con el sable, les
dijo:
--¿Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no
podrán decir que tienen más valor que los del Sarre. ¡Adelante!
Y la tropa, enardecida, se puso en marcha, flanqueando el barranco.
Hullin, muy pálido, gritó:
--¡A la bayoneta!
El enorme contrabandista, montado en un altísimo rocín de musculosa y
reluciente grupa, se volvió sonriendo para sí; agitó luego la espada con
un ademán expresivo, y la tropa se perdió en los pinares.
En aquel momento los alemanes, con las piezas de ocho, llegaban a la
meseta y se formaban en batería, mientras que la columna de Framont
trataba de escalar la ladera. Todo se hallaba, pues, en el mismo estado
que antes de la batalla, con la diferencia de que los cañones enemigos
iban a entrar en juego y a coger a los defensores por la espalda.
Se veían claramente las dos piezas, los grapones, las palancas, los
escobillones, los artilleros y el oficial: un individuo delgado, ancho
de espaldas, de largos bigotes rubios. La niebla azulada del valle
acortaba las distancias, hasta el extremo de que se hubiera creído poder
alcanzar la posición con la mano; pero Hullin y Materne no se engañaban;
había más de seiscientos metros, y ningún fusil alejaba tanto.
No obstante, el cazador Materne, antes de regresar a los parapetos,
quiso convencerse de ello; y acercándose cuanto le fue posible al
barranco, acompañado de su hijo Kasper y de otros varios, se apoyó en un
árbol y apuntó con lentitud hacia el oficial de los bigotes rubios.
Cuantos presenciaron la escena contuvieron la respiración, temerosos de
que fracasara la prueba.
Materne hizo el disparo; mas cuando puso la culata en el suelo y miró,
nada había cambiado.
--¡Es curioso cómo la edad acorta la vista!--dijo el cazador.
--¡Usted corto de vista!--exclamó Kasper--; ¡desde los Vosgos a Suiza no
hay nadie que pueda hacer un blanco a doscientos metros mejor que usted!
El anciano guardabosque lo sabía perfectamente; pero no quería desanimar
a los demás.
--Está bien--añadió Materne--; no es hora de discutir. Los enemigos van
a subir; cada cual cumpla con su deber.
A pesar de tales palabras, sencillas y reposadas en apariencia, Materne
sentía una gran inquietud interior. Al entrar en la trinchera llegaron a
sus oídos rumores vagos; el resonar de armas, el ruido de una multitud
de pasos regulares; miró entonces por encima de la rampa y vio a los
alemanes que llegaban provistos de largas escalas terminadas en garfios
de hierro.
Aquel nuevo contratiempo causó una impresión desagradable al
guardabosque; hizo señas a su hijo para que se acercara y le dijo en voz
muy baja:
--Kasper, esto va mal, esto va muy mal; esos bribones traen las escalas;
dame la mano. Quisiera tenerte cerca de mí y también a Frantz; ¡pero
hemos de defender el pellejo hasta lo último!
En aquel momento un golpe terrible sacudió los parapetos de arriba
abajo: oyose una voz ronca que gritaba: «¡Ay, Dios mío!»
Luego, un ruido sordo a unos cien pasos de distancia, y un abeto se
inclinó lentamente y cayó al abismo. Eran los efectos del primer
cañonazo; había cortado las piernas al anciano Rochart. A este primero,
siguió casi al mismo tiempo un segundo cañonazo, que cubrió a los
defensores de hielo pulverizado, con un zumbido terrible. Materne, al
oírlo, no pudo menos de bajar la cabeza; pero en seguida se puso
derecho, exclamando:
--¡Venguémonos, hijos míos!... ¡Aquí están!... ¡Vamos a vencer o a
morir!
Por fortuna, el terror de los defensores no duró más de un segundo;
todos comprendieron que a la menor vacilación estaban perdidos. Dos
escalas se elevaban en aquel momento por los aires, a pesar del fuego, y
venían a apoyar sus garfios en la rampa. El peligro inminente reavivó
las energías de los defensores de la trinchera, y el combate comenzó de
nuevo más furioso, más desesperado que la primera vez.
Hullin había visto las escalas antes que Materne, y su indignación
contra Divès aumentó más aún; pero como en semejantes ocasiones la
indignación no sirve para nada, mandó a Lagarmitte que dijera a Frantz
Materne, el cual se hallaba apostado al otro lado del Donon, que
acudiese a toda prisa con la mitad de los hombres a sus órdenes.
Fácilmente puede adivinarse si el muchacho, advertido del peligro que
corría su padre, dejaría perder un segundo. Ya se veían los amplios
sombreros negros trepar por la ladera a través de la nieve, con el fusil
a la espalda y marchando tan de prisa como podían, y, sin embargo, Juan
Claudio salió al encuentro de ellos, sudoroso, con la mirada huraña, y
les gritó con voz enérgica:
--¡Vamos! ¡Vamos!... ¡Más de prisa! ¡A ese paso no llegaréis nunca!
Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situación al
contrabandista.
Mientras tanto, Marcos Divès había rodeado el barranco, en lo que empleó
una media hora, y comenzaba a divisar las dos compañías alemanas
situadas, en posición de descanso, a cien pasos detrás de los cañones
que hacían fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se
acercó a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo
que los cañonazos percutían uno tras otro en la garganta y que se oían,
a lo lejos, los clamores del asalto:
--¡Compañeros! ¡Vais a arremeter contra la infantería a la bayoneta!
Nosotros nos encargamos de los demás. ¿Estamos?
--Sí, estamos.
--Pues ¡en marcha!
La tropa avanzó en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de
Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oyó el _¿verdá?_[6] de
un centinela; luego dos tiros, un grito estentóreo de «¡Viva Francia!» y
el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo
tiempo; los valientes montañeses cayeron sobre el enemigo como una
manada de lobos.
Divès, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de
punta, los miraba sonriendo, y decía:
--¡Esto va bien!
La refriega era terrible; el suelo se estremecía. Los alemanes, lo mismo
que los franceses, no hacían fuego; el ataque se verificaba en silencio;
un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en
cuando por algún tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces
indistintas: no se oía nada más.
Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se
regodeaban pensando en la matanza próxima y aguardaban la orden de su
jefe con impaciencia.
--Ahora nos toca a nosotros--dijo por último Marcos--. ¡Los cañones son
nuestros!
Y de la parte más intrincada de la espesura, con las amplias capas
abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en
alto, los contrabandistas partieron.
--No dar tajos, sino estocadas--dijo Marcos.
Y no hubo más.
Los doce buitres llegaron a los cañones en un segundo. Formaban parte
del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos
aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca
de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los
golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, únicas
armas de que disponían los artilleros, llovían a su alrededor como una
granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta hacía
rodar a un hombre.
Marcos Divès recibió a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le
cubrió de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebató el sombrero;
pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvándose sobre la silla y
alargando el brazo, atravesó al corpulento oficial de los bigotes rubios
y le clavó a uno de los cañones. Después, se puso derecho, y mirando
alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:
--Ya están todos despachados; los cañones son nuestros.
Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega
que tenía lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos
de los caballos, los gritos de ira, la huída de unos, arrojando las
armas para correr más de prisa, el encarnizamiento de otros; más allá
del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de
bayonetas; los montañeses, situados en la rampa, defendiéndose
desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo,
la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el
tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de
ellos, apresurándose por seguir el movimiento; por último, Materne, de
pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el cañón,
la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo
Frantz, que llegaba con el pelotón, precedido del señor Juan Claudio,
para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse también el ruido de la
multitud de disparos que se hacían, de las descargas, ya cerradas, ya
sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles,
interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de
los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola
mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.
Pero Divès no era hombre que se entregara a la contemplación, y no
perdió tiempo en hacer reflexiones poéticas sobre el tumulto y el
encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de
la situación, y arrojándose del caballo, se dirigió al cañón más
próximo, que se hallaba cargado; cogió las palancas de ajuste para
cambiar la dirección, apuntó al pie de las escalas y, aplicando una
mecha encendida que encontró por allí, hizo fuego.
Un momento después se oyeron, en la lejanía, clamores extraños, y el
contrabandista, mirando a través del humo, vio una brecha sangrienta en
las filas del enemigo. Agitó entonces los brazos en señal de triunfo, y
los montañeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un
hurra general.
--¡Vamos! ¡Pie a tierra!--dijo Divès a sus hombres--; no hay que
dormirse. ¡Aquí un cartucho! ¡Una bala! ¡Ahora, estopa! Nosotros somos
los que vamos a limpiar el camino. ¡Cuidado!
Los contrabandistas se colocaron en posición, y el fuego continuó contra
los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta
a otra las filas enemigas. A la décima descarga, hubo un clamor general
de «¡Sálvese quien pueda!»
--¡Fuego!, ¡fuego!--gritaba Marcos.
Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de
Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que
habían por un momento perdido.
Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos,
muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La
última bala cayó en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la
esquina del abrevadero, derribó la chimenea de _El Buey Rojo_.
Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel día. No fueron pocos los
montañeses muertos; pero los _kaiserlicks_ fueron muchos más. Y sin el
cañoneo de Divès todo se hubiera perdido, porque los defensores eran
menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueño de la
trinchera.