A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en el
valle.
De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de la
sala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado;
todo se hallaba en tranquilidad.
Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosaco
muerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha y
rígido como si fuese de piedra.
Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba el
ambiente.
Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefable
ternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; sus
irritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundantes
lágrimas.
Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.
El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos
de actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba con
recogimiento.
--Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber de
defendernos--decía el doctor--; nuestros padres han cultivado estos
bosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.
--Sin duda--respondía el anabaptista en tono sentencioso--; pero está
escrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»
Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de
jamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volvió
con rapidez y contestó:
--Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, los
alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por las
puertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí,
curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellar
cómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían que
tuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia,
todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sin
tratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para los
demás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles
ningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el
mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros
les defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedes
discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la
paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; eso
conforta el ánimo.
Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente y
acabó de comer el trozo de jamón.
Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir una
sonrisa.
En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que se
hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:
--Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.
--Está bien, Simón, voy en seguida--dijo Hullin levantándose--. Dame un
beso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.
Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisa
parecía más muerta que viva.
--Sobre todo--dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina--, que nadie
salga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!
Y acto continuo salió al pasadizo.
Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.
El señor Juan Claudio llegó hasta el extremo de la meseta y, dirigiendo
la vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres mil
metros debajo de él, vio lo siguiente:
Los alemanes, que habían llegado el día antes, a la caída de la tarde,
pocas horas después que los cosacos, habían pasado la noche en las
trojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento se
agitaban como un hormiguero. Serían cinco o seis mil y salían por las
puertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rápidamente las
mochilas, colgándose los sables y calando las bayonetas.
Otros soldados, los de caballería--ulanos, cosacos, húsares, con
uniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; con
morriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados--,
ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.
Los oficiales, con las capas terciadas, descendían las escalerillas,
unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, a
la puerta de las casas.
Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocaban
diana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdas
de las cajas. En una palabra, podían observarse en aquel espacio, no
mayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejército que
se pone en marcha.
Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectáculo;
las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Los
posaderos llenaban las cantimploras en presencia del caporal _schlague_,
que se hallaba de pie junto a ellos.
A Hullin, que tenía buena vista, no se le escapaba nada; además, hacía
muchos años que había sido testigo de hechos análogos; pero Lagarmitte,
que nunca había visto nada parecido, estaba estupefacto.
--¡Cuántos son!--decía moviendo la cabeza.
--¡Bah! ¿Y eso qué significa?--dijo Hullin--. En mi tiempo hemos
aniquilado tres ejércitos de cincuenta mil, de la misma raza que éstos,
en seis meses. Todo lo que ves ahí no nos hubiera bastado para merendar.
Y además, tranquilízate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya
los verás correr como conejos. No sería la primera vez.
Después de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso
ir a ver cómo se hallaba la gente.
--¡Vamos!--dijo al pastor.
Ambos comenzaron a caminar por detrás de los parapetos, siguiendo una
trinchera, abierta en la nieve dos días antes. La nieve, endurecida por
la helada, se había convertido en hielo. Los árboles, tumbados delante y
completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera
infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos
metros. El camino cortado pasaba por debajo.
Al acercarse, Juan Claudio vio a los montañeses del Dagsberg acurrucados
en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos
de otros, habían hecho.
Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la
cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro
metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenían mas que
levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al
extremo de una rampa suave.
La llegada de Hullin causó una satisfacción general.
--¡Eh, señor Juan Claudio!, ¿cuándo vamos a empezar?
--Pronto, hijos míos, no tengáis prisa; antes de una hora habrá
comenzado la partida.
--¡Ah! ¡Tanto mejor!
--Sí, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin
apresuramiento y sin descubrir el cuerpo más de lo que sea preciso.
--Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio--le contestaban.
Hullin se alejaba luego en otra dirección; por todas partes se le
recibía con igual entusiasmo.
--No se olviden--decía a todos--de parar el fuego en cuanto oigan la
cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastaría inútilmente la
pólvora.
Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotón de
hombres, cuyo número ascendía a cerca de doscientos cincuenta, Hullin
halló al cazador en disposición de fumarse una pipa, con la nariz roja
como un ascua y la barba erizada por el frío, como piel de jabalí.
--¡Eh! ¿Eres tú, Juan Claudio?
--Sí, vengo a estrechar tu mano.
--Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; ¿irán a
pasar por otra parte?
--No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para
transportar la artillería y los bagajes. ¿Ves? Ya han tocado a
botasilla.
--Sí, lo he visto; parece que se preparan.
Luego, riendo en voz baja, Materne añadió:
--No sabes, Juan Claudio, hace un momento, cuando miraba hacia
Grand-Fontaine, la cosa tan divertida que he visto.
--¿Qué, amigo mío?
--He visto a cuatro alemanes que asían a Dubreuil, el gordo, amigo de
los aliados; le han tendido en el banco de piedra que hay a la puerta de
su casa, y uno de aquéllos, un hombre alto y delgado, le ha dado no sé
cuántos estacazos en las costillas. ¡Je, je, je! ¡Cómo gritaría el muy
bribón! Apuesto a que ha negado algo a sus excelentes amigos; por
ejemplo, el vino que tiene del año once.
Hullin ya no oía a su compañero, porque, habiendo mirado casualmente
hacia el valle, acababa de ver un regimiento de infantería que
desembocaba en la carretera. Más allá, en la calle, la caballería
avanzaba, y cinco o seis oficiales iban delante galopando.
--¡Ah, ah! ¡Ahí vienen, ahí vienen!--exclamó el antiguo soldado, cuyo
rostro tomó de pronto una expresión de singular entusiasmo. ¡Vamos! ¡Por
fin se deciden!
Y se arrojó por la trinchera gritando:
--¡Muchachos, atención!
Al pasar, vio a Riffi, el sastrecillo de Charmes, inclinado sobre un
enorme fusil de munición; el hombrecillo había hecho un escalón en la
nieve para apuntar mejor. Más arriba reconoció al leñador Rochart, con
sus recias almadreñas cubiertas con pieles de carnero; en tal instante,
llenaba la cantimplora y se ponía derecho lentamente, con la carabina
bajo el brazo y el gorro de algodón inclinado hacia la oreja.
Y no hubo más, porque para dominar todo el campo de batalla Hullin debía
trepar a la cumbre del Donon, en la que be elevaba una roca.
Lagarmitte le seguía muy de prisa, dando zancadas. Diez minutos después,
cuando llegaron jadeantes a lo alto de la roca, vieron, a mil quinientos
metros por debajo de ellos, la columna enemiga, que se componía de unos
tres mil hombres, luciendo amplios uniformes blancos, obscuros
correajes, polainas de paño, los chacós muy anchos y los bigotes rojos;
los oficiales, con gorras de plato, marchaban en el espacio que separaba
unas compañías de otras, contoneándose a caballo, con la espada en la
mano y volviéndose de vez en cuando, para gritar con voz aguda:
_Worwaerts!_, _worwaerts!_[4].
Y todo el conjunto erizado de refulgentes bayonetas, que subían a paso
de carga hacia los parapetos.
Materne, el cazador, asomando su gran nariz aguileña por encima de una
rama de enebro y enarcando las cejas, observaba también la llegada de
los alemanes. Y como tenía muy buena vista, distinguía las caras entre
aquella multitud y podía elegir la persona que quería derribar.
En medio de la tropa, jinete en un caballo bayo, avanzaba muy erguido un
oficial de edad provecta, peluca blanca y con un sombrero de picos con
galón de oro, el cuerpo cruzado por una banda amarilla y el pecho
cubierto de cintajos. Cuando dicho personaje alzaba la cabeza, el pico
del sombrero, coronado por un penacho de plumas negras, hacía las veces
de visera. Profundas arrugas surcaban las mejillas del caballero, que
parecía no tener nada de amable.
--¡Este es mi hombre!--se dijo el cazador, mientras apoyaba en el hombro
la carabina muy despacio.
Luego apuntó, hizo fuego, y cuando miró, el anciano oficial había
desaparecido.
Acto continuo comenzó en la ladera, a lo largo de los atrincheramientos,
un fuego de fusilería incesante, parecido a un chisporroteo; pero los
alemanes, sin contestar, continuaron avanzando hacia los parapetos con
los fusiles al hombro y las filas de soldados muy derechas, como si
estuvieran en una parada.
A decir verdad, más de un montañés valiente, padre de familia, al ver
subir aquella selva de bayonetas, a pesar de las descargas, pensó que
quizás hubiera sido más prudente haberse quedado en la aldea que
meterse en una aventura semejante. Pero, como dice el refrán, «cuando el
vino está servido hay que apurar las copas».
Riffi, el sastrecillo de Charmes, recordó las juiciosas palabras de su
mujer Sapiencia: «¡Riffi, darás lugar a que te rompan un hueso, y te lo
habrás merecido!»
El pobre hombre hizo promesa de un _ex voto_ magnífico a la capilla de
San León si volvía de la guerra; pero al mismo tiempo se dispuso a
utilizar cuanto pudiera el gran fusil de munición.
A doscientos pasos del parapeto los alemanes se detuvieron y comenzaron
un fuego graneado tan intenso como no se había oído otro semejante en la
sierra; era un verdadero zumbido constante de disparos; las balas, a
centenares, segaban las ramas, hacían saltar pedazos de hielo, se
aplastaban en las piedras, a izquierda, a derecha, por delante, por
detrás. Unas rebotaban con silbidos extraños, y a veces pasaban como
bandadas de pichones.
No impedía aquello a los montañeses continuar el fuego; pero hubo
necesidad de pararlo, porque toda la ladera se hallaba envuelta en un
humo azulado que impedía ver.
Pasados próximamente diez minutos, se oyó el redoble de un tambor, y
aquella masa humana se lanzó corriendo hacia los parapetos, gritando,
tanto los oficiales como los soldados: _Worwaerts!_
La tierra se estremecía.
Materne irguiose cuan largo era, y colocándose al lado de la trinchera,
con voz terrible y un fuerte temblor en las mejillas, exclamó:
--¡Arriba!..., ¡arriba!...
Era el momento conveniente, porque gran número de alemanes, casi todos
estudiantes de filosofía, de derecho y de medicina, con las caras llenas
de cicatrices a consecuencia de los duelos tenidos en las cervecerías de
Munich, de Jena y de otras partes, y que luchaban contra nosotros en
virtud de la promesa que se les había hecho de concederles ciertas
libertades después de la caída de Napoleón; todos aquellos mozalbetes
intrépidos trepaban asiéndose de pies y manos del hielo y trataban de
saltar a las trincheras.
Pero a medida que trepaban se les rechazaba a culatazos y caían en sus
propias filas como un pedrisco.
En tal ocasión, pudo preciarse el ejemplar comportamiento del anciano
leñador Rochart. El solo hizo rodar por tierra a más de diez hijos de la
vieja Germania; los cogía por debajo de los brazos y los arrojaba al
camino. Materne tenía la bayoneta viscosa de sangre. Y el pequeño Riffi
no cesaba de cargar el fusil y de tirar con ardor sobre la masa de
enemigos; y José Larnette, que tuvo la desgracia de que le alcanzase un
tiro en un ojo; Hans Baumgarten, que resultó con un hombro maltrecho;
Daniel Spitz, que perdió dos dedos de un sablazo, y otros muchos, cuyos
nombres deben ser honrados y venerados por los siglos de los siglos, no
dejaron durante un segundo de cargar y descargar sus fusiles.
Por la parte baja de la rampa se oían gritos horribles, y cuando se
miraba por encima se veían bayonetas de punta y hombres a caballo.
Aquel choque duró más de un cuarto de hora. Nadie sabía lo que los
alemanes pretendían hacer, puesto que no podían forzar el paso; pero, de
improviso, decidieron retroceder. Habían muerto casi todos los
estudiantes, y los demás, aguerridos guías acostumbrados a las retiradas
honrosas, no eran capaces de combatir con el mismo entusiasmo.
Comenzaron, pues, a retirarse lentamente, y, por último, con mayor
prisa. Los oficiales, detrás de los fugitivos, les golpeaban con los
sables de plano, y como los tiros les iban a los alcances, acabaron
huyendo con tanta precipitación como orden habían empleado a su llegada.
Materne, de pie en lo alto del talud y acompañado de cincuenta hombres,
blandía la carabina y reía con la mayor satisfacción.
En la parte inferior de la rampa se arrastraban masas de heridos. La
nieve, removida por las pisadas, estaba roja de sangre. En medio de un
montón de cadáveres se veían dos oficiales jóvenes que aún se hallaban
vivos y que sucumbían por el peso de sus caballos muertos.
Era horrible el espectáculo; pero los hombres son, en verdad, feroces.
No hubo uno solo, de los victoriosos montañeses, que se compadeciera de
aquellos desgraciados; al contrario, cuantos más muertos veían, tanto
más se regocijaban.
En tal momento, Riffi, poseído de un noble entusiasmo, se deslizó a lo
largo del talud, porque acababa de ver, un poco a la izquierda, por
debajo de los parapetos, un magnífico caballo, perteneciente al coronel
muerto por Materne, que se había refugiado en aquel rincón, sano y
salvo.
--En mis manos caerás--se decía Riffi--; Sapiencia se va a quedar
asombrada.
Cuantos contemplaban la escena envidiaban la suerte del hombrecillo, el
cual, cogiendo el caballo por la brida, se montó en él. ¡Pero cuál no
sería la estupefacción general, y sobre todo la de Riffi, cuando vieron
al noble bruto emprender una carrera desenfrenada en dirección de las
tropas alemanas!
El sastrecillo levantaba al cielo las manos, implorando a Dios y a todos
los santos.
Materne tuvo la idea de disparar contra el caballo, pero no se atrevió a
hacerlo porque iba demasiado de prisa.
Apenas hubo llegado al bosque de bayonetas enemigas, Riffi desapareció.
Todo el mundo creyó que había muerto asesinado; pero una hora después se
le vio pasar por la calle Mayor de Grand-Fontaine, con las manos atadas
a la espalda, seguido del caporal _schlague_, que empuñaba una baqueta.
¡Pobre Riffi! Fue el único que no pudo gozar del triunfo, y sus
compañeros acabaron por reírse de su triste sino, como si se hubiera
tratado de un _kaiserlick_.
Tal es el carácter de los hombres; cuando la alegría pasa por su puerta,
no sienten los dolores de los demás.