XIV

A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en el

valle.

De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de la

sala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado;

todo se hallaba en tranquilidad.

Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosaco

muerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha y

rígido como si fuese de piedra.

Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba el

ambiente.

Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefable

ternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; sus

irritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundantes

lágrimas.

Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.

El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos

de actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba con

recogimiento.

--Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber de

defendernos--decía el doctor--; nuestros padres han cultivado estos

bosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.

--Sin duda--respondía el anabaptista en tono sentencioso--; pero está

escrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»

Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de

jamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volvió

con rapidez y contestó:

--Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, los

alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por las

puertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí,

curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellar

cómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían que

tuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia,

todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sin

tratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para los

demás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles

ningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el

mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros

les defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedes

discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la

paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; eso

conforta el ánimo.

Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente y

acabó de comer el trozo de jamón.

Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir una

sonrisa.

En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que se

hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:

--Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.

--Está bien, Simón, voy en seguida--dijo Hullin levantándose--. Dame un

beso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.

Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisa

parecía más muerta que viva.

--Sobre todo--dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina--, que nadie

salga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!

Y acto continuo salió al pasadizo.

Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.

El señor Juan Claudio llegó hasta el extremo de la meseta y, dirigiendo

la vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres mil

metros debajo de él, vio lo siguiente:

Los alemanes, que habían llegado el día antes, a la caída de la tarde,

pocas horas después que los cosacos, habían pasado la noche en las

trojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento se

agitaban como un hormiguero. Serían cinco o seis mil y salían por las

puertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rápidamente las

mochilas, colgándose los sables y calando las bayonetas.

Otros soldados, los de caballería--ulanos, cosacos, húsares, con

uniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; con

morriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados--,

ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.

Los oficiales, con las capas terciadas, descendían las escalerillas,

unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, a

la puerta de las casas.

Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocaban

diana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdas

de las cajas. En una palabra, podían observarse en aquel espacio, no

mayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejército que

se pone en marcha.

Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectáculo;

las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Los

posaderos llenaban las cantimploras en presencia del caporal _schlague_,

que se hallaba de pie junto a ellos.

A Hullin, que tenía buena vista, no se le escapaba nada; además, hacía

muchos años que había sido testigo de hechos análogos; pero Lagarmitte,

que nunca había visto nada parecido, estaba estupefacto.

--¡Cuántos son!--decía moviendo la cabeza.

--¡Bah! ¿Y eso qué significa?--dijo Hullin--. En mi tiempo hemos

aniquilado tres ejércitos de cincuenta mil, de la misma raza que éstos,

en seis meses. Todo lo que ves ahí no nos hubiera bastado para merendar.

Y además, tranquilízate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya

los verás correr como conejos. No sería la primera vez.

Después de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso

ir a ver cómo se hallaba la gente.

--¡Vamos!--dijo al pastor.

Ambos comenzaron a caminar por detrás de los parapetos, siguiendo una

trinchera, abierta en la nieve dos días antes. La nieve, endurecida por

la helada, se había convertido en hielo. Los árboles, tumbados delante y

completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera

infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos

metros. El camino cortado pasaba por debajo.

Al acercarse, Juan Claudio vio a los montañeses del Dagsberg acurrucados

en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos

de otros, habían hecho.

Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la

cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro

metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenían mas que

levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al

extremo de una rampa suave.

La llegada de Hullin causó una satisfacción general.

--¡Eh, señor Juan Claudio!, ¿cuándo vamos a empezar?

--Pronto, hijos míos, no tengáis prisa; antes de una hora habrá

comenzado la partida.

--¡Ah! ¡Tanto mejor!

--Sí, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin

apresuramiento y sin descubrir el cuerpo más de lo que sea preciso.

--Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio--le contestaban.

Hullin se alejaba luego en otra dirección; por todas partes se le

recibía con igual entusiasmo.

--No se olviden--decía a todos--de parar el fuego en cuanto oigan la

cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastaría inútilmente la

pólvora.

Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotón de

hombres, cuyo número ascendía a cerca de doscientos cincuenta, Hullin

halló al cazador en disposición de fumarse una pipa, con la nariz roja

como un ascua y la barba erizada por el frío, como piel de jabalí.

--¡Eh! ¿Eres tú, Juan Claudio?

--Sí, vengo a estrechar tu mano.

--Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; ¿irán a

pasar por otra parte?

--No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para

transportar la artillería y los bagajes. ¿Ves? Ya han tocado a

botasilla.

--Sí, lo he visto; parece que se preparan.

Luego, riendo en voz baja, Materne añadió:

--No sabes, Juan Claudio, hace un momento, cuando miraba hacia

Grand-Fontaine, la cosa tan divertida que he visto.

--¿Qué, amigo mío?

--He visto a cuatro alemanes que asían a Dubreuil, el gordo, amigo de

los aliados; le han tendido en el banco de piedra que hay a la puerta de

su casa, y uno de aquéllos, un hombre alto y delgado, le ha dado no sé

cuántos estacazos en las costillas. ¡Je, je, je! ¡Cómo gritaría el muy

bribón! Apuesto a que ha negado algo a sus excelentes amigos; por

ejemplo, el vino que tiene del año once.

Hullin ya no oía a su compañero, porque, habiendo mirado casualmente

hacia el valle, acababa de ver un regimiento de infantería que

desembocaba en la carretera. Más allá, en la calle, la caballería

avanzaba, y cinco o seis oficiales iban delante galopando.

--¡Ah, ah! ¡Ahí vienen, ahí vienen!--exclamó el antiguo soldado, cuyo

rostro tomó de pronto una expresión de singular entusiasmo. ¡Vamos! ¡Por

fin se deciden!

Y se arrojó por la trinchera gritando:

--¡Muchachos, atención!

Al pasar, vio a Riffi, el sastrecillo de Charmes, inclinado sobre un

enorme fusil de munición; el hombrecillo había hecho un escalón en la

nieve para apuntar mejor. Más arriba reconoció al leñador Rochart, con

sus recias almadreñas cubiertas con pieles de carnero; en tal instante,

llenaba la cantimplora y se ponía derecho lentamente, con la carabina

bajo el brazo y el gorro de algodón inclinado hacia la oreja.

Y no hubo más, porque para dominar todo el campo de batalla Hullin debía

trepar a la cumbre del Donon, en la que be elevaba una roca.

Lagarmitte le seguía muy de prisa, dando zancadas. Diez minutos después,

cuando llegaron jadeantes a lo alto de la roca, vieron, a mil quinientos

metros por debajo de ellos, la columna enemiga, que se componía de unos

tres mil hombres, luciendo amplios uniformes blancos, obscuros

correajes, polainas de paño, los chacós muy anchos y los bigotes rojos;

los oficiales, con gorras de plato, marchaban en el espacio que separaba

unas compañías de otras, contoneándose a caballo, con la espada en la

mano y volviéndose de vez en cuando, para gritar con voz aguda:

_Worwaerts!_, _worwaerts!_[4].

Y todo el conjunto erizado de refulgentes bayonetas, que subían a paso

de carga hacia los parapetos.

Materne, el cazador, asomando su gran nariz aguileña por encima de una

rama de enebro y enarcando las cejas, observaba también la llegada de

los alemanes. Y como tenía muy buena vista, distinguía las caras entre

aquella multitud y podía elegir la persona que quería derribar.

En medio de la tropa, jinete en un caballo bayo, avanzaba muy erguido un

oficial de edad provecta, peluca blanca y con un sombrero de picos con

galón de oro, el cuerpo cruzado por una banda amarilla y el pecho

cubierto de cintajos. Cuando dicho personaje alzaba la cabeza, el pico

del sombrero, coronado por un penacho de plumas negras, hacía las veces

de visera. Profundas arrugas surcaban las mejillas del caballero, que

parecía no tener nada de amable.

--¡Este es mi hombre!--se dijo el cazador, mientras apoyaba en el hombro

la carabina muy despacio.

Luego apuntó, hizo fuego, y cuando miró, el anciano oficial había

desaparecido.

Acto continuo comenzó en la ladera, a lo largo de los atrincheramientos,

un fuego de fusilería incesante, parecido a un chisporroteo; pero los

alemanes, sin contestar, continuaron avanzando hacia los parapetos con

los fusiles al hombro y las filas de soldados muy derechas, como si

estuvieran en una parada.

A decir verdad, más de un montañés valiente, padre de familia, al ver

subir aquella selva de bayonetas, a pesar de las descargas, pensó que

quizás hubiera sido más prudente haberse quedado en la aldea que

meterse en una aventura semejante. Pero, como dice el refrán, «cuando el

vino está servido hay que apurar las copas».

Riffi, el sastrecillo de Charmes, recordó las juiciosas palabras de su

mujer Sapiencia: «¡Riffi, darás lugar a que te rompan un hueso, y te lo

habrás merecido!»

El pobre hombre hizo promesa de un _ex voto_ magnífico a la capilla de

San León si volvía de la guerra; pero al mismo tiempo se dispuso a

utilizar cuanto pudiera el gran fusil de munición.

A doscientos pasos del parapeto los alemanes se detuvieron y comenzaron

un fuego graneado tan intenso como no se había oído otro semejante en la

sierra; era un verdadero zumbido constante de disparos; las balas, a

centenares, segaban las ramas, hacían saltar pedazos de hielo, se

aplastaban en las piedras, a izquierda, a derecha, por delante, por

detrás. Unas rebotaban con silbidos extraños, y a veces pasaban como

bandadas de pichones.

No impedía aquello a los montañeses continuar el fuego; pero hubo

necesidad de pararlo, porque toda la ladera se hallaba envuelta en un

humo azulado que impedía ver.

Pasados próximamente diez minutos, se oyó el redoble de un tambor, y

aquella masa humana se lanzó corriendo hacia los parapetos, gritando,

tanto los oficiales como los soldados: _Worwaerts!_

La tierra se estremecía.

Materne irguiose cuan largo era, y colocándose al lado de la trinchera,

con voz terrible y un fuerte temblor en las mejillas, exclamó:

--¡Arriba!..., ¡arriba!...

Era el momento conveniente, porque gran número de alemanes, casi todos

estudiantes de filosofía, de derecho y de medicina, con las caras llenas

de cicatrices a consecuencia de los duelos tenidos en las cervecerías de

Munich, de Jena y de otras partes, y que luchaban contra nosotros en

virtud de la promesa que se les había hecho de concederles ciertas

libertades después de la caída de Napoleón; todos aquellos mozalbetes

intrépidos trepaban asiéndose de pies y manos del hielo y trataban de

saltar a las trincheras.

Pero a medida que trepaban se les rechazaba a culatazos y caían en sus

propias filas como un pedrisco.

En tal ocasión, pudo preciarse el ejemplar comportamiento del anciano

leñador Rochart. El solo hizo rodar por tierra a más de diez hijos de la

vieja Germania; los cogía por debajo de los brazos y los arrojaba al

camino. Materne tenía la bayoneta viscosa de sangre. Y el pequeño Riffi

no cesaba de cargar el fusil y de tirar con ardor sobre la masa de

enemigos; y José Larnette, que tuvo la desgracia de que le alcanzase un

tiro en un ojo; Hans Baumgarten, que resultó con un hombro maltrecho;

Daniel Spitz, que perdió dos dedos de un sablazo, y otros muchos, cuyos

nombres deben ser honrados y venerados por los siglos de los siglos, no

dejaron durante un segundo de cargar y descargar sus fusiles.

Por la parte baja de la rampa se oían gritos horribles, y cuando se

miraba por encima se veían bayonetas de punta y hombres a caballo.

Aquel choque duró más de un cuarto de hora. Nadie sabía lo que los

alemanes pretendían hacer, puesto que no podían forzar el paso; pero, de

improviso, decidieron retroceder. Habían muerto casi todos los

estudiantes, y los demás, aguerridos guías acostumbrados a las retiradas

honrosas, no eran capaces de combatir con el mismo entusiasmo.

Comenzaron, pues, a retirarse lentamente, y, por último, con mayor

prisa. Los oficiales, detrás de los fugitivos, les golpeaban con los

sables de plano, y como los tiros les iban a los alcances, acabaron

huyendo con tanta precipitación como orden habían empleado a su llegada.

Materne, de pie en lo alto del talud y acompañado de cincuenta hombres,

blandía la carabina y reía con la mayor satisfacción.

En la parte inferior de la rampa se arrastraban masas de heridos. La

nieve, removida por las pisadas, estaba roja de sangre. En medio de un

montón de cadáveres se veían dos oficiales jóvenes que aún se hallaban

vivos y que sucumbían por el peso de sus caballos muertos.

Era horrible el espectáculo; pero los hombres son, en verdad, feroces.

No hubo uno solo, de los victoriosos montañeses, que se compadeciera de

aquellos desgraciados; al contrario, cuantos más muertos veían, tanto

más se regocijaban.

En tal momento, Riffi, poseído de un noble entusiasmo, se deslizó a lo

largo del talud, porque acababa de ver, un poco a la izquierda, por

debajo de los parapetos, un magnífico caballo, perteneciente al coronel

muerto por Materne, que se había refugiado en aquel rincón, sano y

salvo.

--En mis manos caerás--se decía Riffi--; Sapiencia se va a quedar

asombrada.

Cuantos contemplaban la escena envidiaban la suerte del hombrecillo, el

cual, cogiendo el caballo por la brida, se montó en él. ¡Pero cuál no

sería la estupefacción general, y sobre todo la de Riffi, cuando vieron

al noble bruto emprender una carrera desenfrenada en dirección de las

tropas alemanas!

El sastrecillo levantaba al cielo las manos, implorando a Dios y a todos

los santos.

Materne tuvo la idea de disparar contra el caballo, pero no se atrevió a

hacerlo porque iba demasiado de prisa.

Apenas hubo llegado al bosque de bayonetas enemigas, Riffi desapareció.

Todo el mundo creyó que había muerto asesinado; pero una hora después se

le vio pasar por la calle Mayor de Grand-Fontaine, con las manos atadas

a la espalda, seguido del caporal _schlague_, que empuñaba una baqueta.

¡Pobre Riffi! Fue el único que no pudo gozar del triunfo, y sus

compañeros acabaron por reírse de su triste sino, como si se hubiera

tratado de un _kaiserlick_.

Tal es el carácter de los hombres; cuando la alegría pasa por su puerta,

no sienten los dolores de los demás.

La invasión o El loco Yégof · 第 22 / 49 题