Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería del
anabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.
Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha
de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se
encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían las
personas de la granja.
Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de
innumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de una
pulgada de escarcha en los cristales.
Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de las
patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos,
que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estos
feroces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudo
hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamaban
unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del
viento.
Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Son
cantos fúnebres--pensaban--; es la Muerte que olfatea la batalla y nos
llama.»
Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.
Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco en
la leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, y
mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas
cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.
Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las
últimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada
de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque
tendría lugar al día siguiente. Había mandado distribuir los cartuchos,
reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestos
convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemano
el sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a
Jerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores
tiradores.
El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna
grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo
la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido
hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta
la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.
_Plutón_ ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos
hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los
codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.
--Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se
oye galopar.
--Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.
--Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.
--Falta esto... y lo otro.
--Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese
lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego.
Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los
cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el
resto a sus compañeros.
Y así durante toda la noche.
Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir
a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina
Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al
mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.
Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se
refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.
En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.
La meseta ofrecía un extraño aspecto.
Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las
hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se
veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos
cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas;
otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el
fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la
espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza
o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados,
en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil
al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo
cubierto de nubes.
A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los
caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para
entrar en calor mientras hablaban en voz alta.
--El señor Juan Claudio llega--dijo Kasper, adelantándose por aquel
lado.
Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas
secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès
a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises,
con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos
o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles
alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a
la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los
pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás
de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en
canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas
coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad
y volvió a quedar en la sombra.
Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un
hermoso caballo.
--¿Eres tú, Juan Claudio?
--Sí, Marcos, yo soy.
--Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja
noche y día.
--¡Bien! ¡Bien!
--Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha
hecho matanza...
--Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se
acerca.
--Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que
meter la pólvora?
--Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?
--Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!
--Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.
--Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las
narices en todo.
--Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que
hace.
--Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe
más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden
mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja
sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es
que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey--el pobre
_Schwartz_, usted sabe--que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí
el cuarto trasero para la comida de esta mañana.
--Catalina--exclamó Juan Claudio conmovido--, por bien que la conozca,
siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el
dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.
--¡Bah!--respondió la labradora levantándose y saltando del carro--;
usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.
Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego,
volviéndose, dijo:
--La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es ver
la hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?
--Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas
de Pelsly. Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brilla
aquella luz.
--¡Pobre hija mía!--dijo Catalina--; voy a ayudarle, y así entraré en
calor.
Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Qué
mujer!»
Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora al
cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera más
próxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de la
partida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en
una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos
como si fuese un manto real!
Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era,
de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; se
le hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en medio
de su horda adormecida.
Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndole
suavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente:
--¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo
invencible y de tus innumerables ejércitos!
El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:
--Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de
tus manos. He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.
--¿Qué sentencia?--preguntó Juan Claudio.
El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:
--Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de una
gran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu
clan para pedirte que me franquearas el paso...
--¡Hace mil seiscientos años!--dijo Hullin--; ¡demonio, Yégof, resulta
que somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que
le parece.
--Sí--añadió el loco--; pero, con tu obstinación de costumbre, no
quisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos
claman venganza.
--¡Ah! ¡El Blutfeld!--dijo Juan Claudio--; sí, sí, una historia antigua;
me parece haber oído hablar de eso.
Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó:
--¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho
cuidado: la sangre pide sangre.
Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:
--Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu
raza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, tú
lo sabes...
--¡Vamos!--pensó Juan Claudio--; otra vez me va a hablar de Luisa...
Y como previese una petición en regla, dijo:
--Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantas
cosas que ver!...
El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con el
rostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:
--¡No me concedes tu hija!
--Ya hablaremos de eso más tarde.
--¡Me la niegas!
--Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.
--¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!
Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, se
alejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera,
descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:
--¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerpo
servirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos de
mi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni
merced. Tú lo has querido.
Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el
desgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.
Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos,
vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas.
También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sin
darles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron del
otro lado y otra vez se durmieron.
Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En
pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.
Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigían
al cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban las
calabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con el
jefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad del
amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.
Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción de
cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que
numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, ni
que habían pasado la noche en aquel sitio.
Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unión
del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.
Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor Juan
Claudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso de
necesidad.