XIII

Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería del

anabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.

Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha

de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se

encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían las

personas de la granja.

Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de

innumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de una

pulgada de escarcha en los cristales.

Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de las

patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos,

que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estos

feroces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudo

hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamaban

unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del

viento.

Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Son

cantos fúnebres--pensaban--; es la Muerte que olfatea la batalla y nos

llama.»

Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.

Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco en

la leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, y

mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas

cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.

Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las

últimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada

de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque

tendría lugar al día siguiente. Había mandado distribuir los cartuchos,

reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestos

convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemano

el sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a

Jerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores

tiradores.

El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna

grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo

la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido

hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta

la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.

_Plutón_ ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos

hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los

codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.

--Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se

oye galopar.

--Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.

--Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.

--Falta esto... y lo otro.

--Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese

lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego.

Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los

cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el

resto a sus compañeros.

Y así durante toda la noche.

Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir

a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina

Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al

mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.

Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se

refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.

En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.

La meseta ofrecía un extraño aspecto.

Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las

hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se

veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos

cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas;

otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el

fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la

espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza

o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados,

en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil

al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo

cubierto de nubes.

A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los

caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para

entrar en calor mientras hablaban en voz alta.

--El señor Juan Claudio llega--dijo Kasper, adelantándose por aquel

lado.

Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas

secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès

a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises,

con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos

o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles

alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a

la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los

pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás

de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en

canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas

coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad

y volvió a quedar en la sombra.

Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un

hermoso caballo.

--¿Eres tú, Juan Claudio?

--Sí, Marcos, yo soy.

--Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja

noche y día.

--¡Bien! ¡Bien!

--Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha

hecho matanza...

--Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se

acerca.

--Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que

meter la pólvora?

--Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?

--Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!

--Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.

--Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las

narices en todo.

--Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que

hace.

--Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe

más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden

mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja

sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es

que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey--el pobre

_Schwartz_, usted sabe--que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí

el cuarto trasero para la comida de esta mañana.

--Catalina--exclamó Juan Claudio conmovido--, por bien que la conozca,

siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el

dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.

--¡Bah!--respondió la labradora levantándose y saltando del carro--;

usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.

Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego,

volviéndose, dijo:

--La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es ver

la hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?

--Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas

de Pelsly. Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brilla

aquella luz.

--¡Pobre hija mía!--dijo Catalina--; voy a ayudarle, y así entraré en

calor.

Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Qué

mujer!»

Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora al

cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera más

próxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de la

partida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en

una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos

como si fuese un manto real!

Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era,

de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; se

le hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en medio

de su horda adormecida.

Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndole

suavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente:

--¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo

invencible y de tus innumerables ejércitos!

El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:

--Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de

tus manos. He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.

--¿Qué sentencia?--preguntó Juan Claudio.

El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:

--Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de una

gran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu

clan para pedirte que me franquearas el paso...

--¡Hace mil seiscientos años!--dijo Hullin--; ¡demonio, Yégof, resulta

que somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que

le parece.

--Sí--añadió el loco--; pero, con tu obstinación de costumbre, no

quisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos

claman venganza.

--¡Ah! ¡El Blutfeld!--dijo Juan Claudio--; sí, sí, una historia antigua;

me parece haber oído hablar de eso.

Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó:

--¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho

cuidado: la sangre pide sangre.

Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:

--Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu

raza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, tú

lo sabes...

--¡Vamos!--pensó Juan Claudio--; otra vez me va a hablar de Luisa...

Y como previese una petición en regla, dijo:

--Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantas

cosas que ver!...

El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con el

rostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:

--¡No me concedes tu hija!

--Ya hablaremos de eso más tarde.

--¡Me la niegas!

--Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.

--¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!

Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, se

alejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera,

descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:

--¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerpo

servirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos de

mi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni

merced. Tú lo has querido.

Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el

desgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.

Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos,

vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas.

También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sin

darles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron del

otro lado y otra vez se durmieron.

Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En

pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.

Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigían

al cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban las

calabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con el

jefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad del

amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.

Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción de

cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que

numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, ni

que habían pasado la noche en aquel sitio.

Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unión

del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.

Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor Juan

Claudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso de

necesidad.

La invasión o El loco Yégof · 第 21 / 49 题