XII

Hacía tiempo que Materne y sus hijos caminaban sin hablar; el tiempo se

había presentado hermoso; el pálido sol de invierno brillaba en la nieve

deslumbrante sin llegar a fundirla; el suelo sonaba a duro. A lo lejos,

en el valle, se dibujaban con una limpidez extraordinaria las flechas de

los abetos, los lomos rojizos de las rocas, los tejados de los caseríos,

con sus estalactitas de hielo pendientes de las tejas, sus ventanillas

centelleantes y sus agudos mojinetes.

La gente paseaba por las calles de Grand-Fontaine; un corro de muchachas

se hallaba parado delante del lavadero; algunos viejos, cubiertas las

cabezas con gorros de algodón, fumaban una pipa junto a la puerta de sus

casuchas. Aquel enjambre humano, en el fondo de la llanura azulada, iba,

venía y se agitaba sin que un aliento o un suspiro llegase al oído de

los cazadores.

Detúvose Materne al salir del bosque, y dijo a sus hijos:

--Voy a bajar a la aldea para ver a Dubreuil, el posadero de _La Piña_.

Y señalaba con el palo una amplia construcción blanca, cuyas ventanas,

así como la puerta, se hallaban rodeadas de una franja amarilla,

viéndose colgada de la pared una rama de pino a guisa de muestra.

--Vosotros me esperáis aquí; si no hay peligro, saldré al escalón de la

puerta y agitaré el sombrero; entonces podéis venir a tomar una copa de

vino conmigo.

Materne, acto continuo, bajó por la ladera, cubierta de nieve, hasta los

jardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine,

en lo que tardó unos diez minutos; después, siguiendo unos surcos, llegó

a la pradera, atravesó la plaza de la aldea, y sus dos hijos, que

aguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada.

Pocos momentos después el cazador apareció en el umbral y agitó el

sombrero, lo cual produjo a los jóvenes viva satisfacción.

No había pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos se

encontraron con su padre en la sala grande de _La Piña_; era aquélla una

habitación baja de techo, que tenía una estufa de hierro pintada de

color plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pino

perfectamente limpias con cola de caballo.

A excepción del posadero Dubreuil, el más gordo y apoplético de los

taberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma de

odre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, de

nariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papada

que le caía a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa,

a excepción de este curioso personaje, sentado en un ancho sillón de

cuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazador

de llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallo

de madera agitaba las alas con un chirrido extraño.

--¡Salud, señor Dubreuil!--dijeron los muchachos con voz ruda.

--¡Buenos días, amigos míos, buenos días!--respondió el posadero

esforzándose por sonreír; y luego, con voz opaca, preguntó:

--¿No hay nada nuevo?

--¡No, por cierto!--respondió Kasper--; ha llegado el invierno, el

tiempo del jabalí.

Después, dejando uno y otro las carabinas en el rincón de la ventana, al

alcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la pierna

por encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba la

cabecera de la mesa.

Bebieron los tres, después de decir: «¡A vuestra salud!», como tenían

siempre costumbre de hacer.

--¿De modo--dijo Materne volviéndose hacia el enorme posadero, como si

prosiguiera una conversación interrumpida--que usted cree, señor

Dubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronías y

que podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabalíes?

--¡Oh!, de eso no sé nada--exclamó el posadero--; sólo puedo decir que

hasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, además, que no

hacen daño a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntad

que quieran combatir al usurpador.

--¡El usurpador! ¿Qué es eso?

--¡Bah! ¡Napoleón Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce!

Miren ustedes a la pared.

Y les señaló un cartelón pegado a la pared, cerca del reloj.

--Vean ustedes esto y se convencerán que los austriacos son

verdaderamente amigos nuestros.

Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuo

aquel estremecimiento, dijo:

--¡Ah, bah!

--Sí; lean eso.

--Pero si yo no sé leer, señor Dubreuil, ni mis hijos tampoco;

explíquenos usted por encima de lo que se trata.

Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazos

del sillón, se levantó resoplando como un becerro y fue a colocarse

delante del cartelón, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa.

Después, en tono solemne, leyó una proclama de los soberanos aliados en

la que declaraban «que habían declarado la guerra a la persona de

Napoleón, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundo

debía permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de ser

quemados, saqueados y fusilados».

Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extrañeza.

Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigió a su asiento, mientras decía:

--¡Ya lo ven ustedes!

--¿Y cómo tiene usted esto?--preguntó Kasper.

--Ese cartel, hijo mío, está puesto en todas las esquinas.

--¡Pues bien, no nos parece mal!--dijo Materne asiendo el brazo de

Frantz, que se levantaba echando chispas por los ojos--. ¿Quieres fuego,

Frantz? Aquí tienes mi eslabón.

Frantz volvió a sentarse; el viejo tomó una expresión ingenua y

preguntó:

--Y nuestros amigos los alemanes ¿no se quedan con nada de nadie?

--La gente pacífica no tiene nada que temer; pero a los granujas que se

insurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos no

deben pagar las culpas de los malos. Así, ustedes, por ejemplo, en lugar

de ser maltratados, serían muy bien recibidos en el cuartel general de

los aliados. Conocen ustedes la comarca, podrían servir de guías y les

pagarían espléndidamente.

Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; el

padre había extendido las manos sobre la mesa, abriéndolas mucho, como

aconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estaba

pálido.

El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosiguió:

--Ustedes tienen que temer más bien, por el bosque de las Baronías, a

esos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevado

en masa y quieren volver al 93.

--¿Está usted seguro?--preguntó Materne haciendo esfuerzos por

dominarse.

--¡Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los verá

en el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo han

atado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar los

caminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos días van a ver

cosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diez

mil, son millares de millares... ¡Y no quedará uno!

Materne se levantó y dijo secamente:

--Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, y

estamos aquí hablando tranquilamente como cotorras. ¡Hasta la vista,

señor Dubreuil!

Salieron los tres rápidamente, no pudiendo reprimir la cólera.

--¡No olviden lo que les he dicho!--gritó el posadero desde su asiento.

Una vez fuera, volviose Materne y exclamó, al tiempo que le temblaban

los labios:

--Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.

--Y yo--dijo Frantz--estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.

Kasper, con un pie en el escalón, parecía querer entrar; apretaba el

mango del cuchillo de monte y su rostro tenía una expresión terrible.

Pero el anciano lo cogió del brazo y se lo llevó, mientras decía:

--Vamos, vamos... ¡Ya nos lo tropezaremos más adelante! ¡Aconsejarme a

mí que haga traición a mi país! Hullin hizo bien advirtiéndonos que

tomáramos precauciones; tenía razón.

Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierda

miradas hurañas. Las gentes se preguntaban unas a otras: «¿Qué les

sucede a ésos?»

Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua que

se alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, en

un tono más reposado, señalando a sus hijos el sendero que, entre

brezos, rodea a Framont, les dijo:

--Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No iré muy

de prisa, para que podáis llegar al mismo tiempo que yo.

Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo un

buen trecho preguntándose cuál habría sido la causa interna que le

impidió abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pensó que el hecho

obedecía, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.

Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez en

cuando numerosos rebaños de bueyes, carneros y cabras que se encaminaban

a la sierra. Había algunos que venían de Wisch, de Urmatt y hasta de

Mutzig; los pobres animales no podían más.

--¿Adónde demonios vais tan de prisa?--gritaba el cazador a los pastores

cariacontecidos--. ¿No tenéis vosotros confianza en las proclamas de los

rusos y de los austriacos?

Los campesinos, de mal humor, le respondían:

--¡Sí, sí; ríase usted de las proclamas! ¡Ya sabemos lo que ahora valen!

Por todas partes no hay mas que saqueos y robos; se imponen

contribuciones forzosas, se confiscan los caballos, las vacas, los

bueyes, los carruajes.

--¡Bah!, ¡bah!, ¡bah!, no es posible... ¿Qué me dicen ustedes? Eso me

asombra; ¡unos hombres tan francos, unos amigos tan buenos, que vienen a

salvar a Francia! No puedo creerlo. ¡Después de una proclama tan

hermosa!

--¡Pues baje usted a Alsacia y ya verá!

Aquella pobre gente se marchaba moviendo la cabeza con un aire de

profunda indignación, y Materne se reía para sus adentros.

A medida que el cazador avanzaba, aumentaba el número de rebaños; y no

eran solamente rebaños de ganado los que huían, unos mugiendo, otros

berreando, sino también bandadas de ocas que se extendían hasta perderse

de vista, gritando, graznando, arrastrando sus buches a lo largo del

camino, con las alas abiertas y las patas medio heladas; ¡daba pena

verlas!

Mas al acercarse a Schirmeck el espectáculo era más doloroso aún;

familias enteras huían en sus carromatos cargados de barriles de

alimentos y muebles, con mujeres y niños que golpeaban a los caballos

hasta acabar con ellos, y diciendo con voz lastimera: «Estamos perdidos;

han entrado los cosacos.»

Aquel grito «¡los cosacos!, ¡los cosacos!» corría de un extremo a otro

del camino como una ráfaga de viento; las mujeres se volvían

estupefactas, y los niños se ponían de pie en los carruajes para ver más

lejos. Nunca se había visto nada semejante, y Materne, indignado, se

avergonzaba del miedo de aquella gente, que, pudiendo defenderse, huían

de una manera cobarde por egoísmo y por salvar sus bienes.

Muy cerca de Schirmeck, en la encrucijada de la Hondonada de los Sauces,

Kasper y Frantz volvieron a unirse a su padre y los tres entraron en la

taberna de _La Llave de Oro_, que, a la derecha del camino y en la parte

baja de la ladera, tenía la viuda Faltaux.

La pobre mujer y sus dos hijas contemplaban desde una ventana aquella

emigración, y cruzaban las manos como en súplica.

El tumulto, en efecto, aumentaba de momento en momento; el ganado, los

carruajes y la gente parecían querer pasar unos por encima de los otros.

Ninguno era dueño de sí; todos gritaban y pugnaban por hacerse sitio.

Materne empujó la puerta, y viendo a las mujeres más muertas que vivas,

pálidas y desmelenadas, gritó golpeando el suelo con el palo:

--¡Vaya! ¡Vaya con la madre! ¿Pero usted se ha vuelto loca? ¡Vamos,

usted, que debía dar ejemplo a sus hijas, es la primera en acobardarse!

¡Es vergonzoso!

Volviose en tal ocasión la anciana y contestó con voz lastimera:

--¡Ay, amigo Materne! ¡Si usted supiera!...

--¡Qué! ¿Que el enemigo se acerca? No se comerá a usted...

--No, pero todo lo devora sin compasión. La anciana Ursula, de

Schlestadt, que llegó ayer tarde, dice que los austriacos no quieren mas

que _knoepfe y noudel_; los rusos, _schnaps_, y los bávaros, chucruta. Y

cuando se han atracado de todo esto hasta no poder más, gritan con la

boca llena: _¡schokolate, schokolate!_ ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¿Cómo

vamos a alimentar a esta gente?

--Ya sé que la cosa es muy difícil--dijo el cazador--; los grajos nunca

tienen bastante queso. Pero, vamos a ver, ¿dónde están esos cosacos,

bávaros y austriacos? Desde Grand-Fontaine no hemos encontrado ni uno

solo.

--Están en Alsacia, cerca de Urmatt, y vienen hacia aquí.

--Mientras vienen o no vienen, sírvanos una jarra de vino; aquí tiene

usted un escudo de tres libras, que le será más fácil de ocultar que los

toneles.

Una de las muchachas bajó a la cueva, y en el mismo instante otras

personas entraron en la taberna: un vendedor de almanaques de las

cercanías de Estrasburgo, un guía de Sarrebrück, que iba de blusa, y dos

o tres vecinos de Mutzig, de Wisch y de Schirmeck, que huían con sus

rebaños y que no podían más a fuerza de gritar.

Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perder

de vista el camino; sirviéronles vino, y cada cual comenzó a contar lo

que sabía; uno dijo que los aliados eran tantos que tenían que acostarse

uno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenos

de miseria que, así que se marchaban, las hojas secas andaban solas por

el bosque; otro contó que los cosacos habían prendido fuego a una aldea

de Alsacia porque no les dieron velas como postre después de una comida;

que algunos de ellos, en particular los calmucos, comían jabón como si

fuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos bebían

aguardiente en vasos, después de haber echado en el líquido varios

puñados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo era

para ellos comestible y bebedero.

A este propósito, el guía dijo que, tres días antes, un cuerpo de

ejército ruso, que había pasado por la noche al alcance de los cañones

de Wisch y se había visto obligado a detenerse durante más de una hora

en medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, había bebido en un

calentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de una

anciana de ochenta años; añadió que aquellos salvajes rompían el hielo

para bañarse y luego, para secarse, se metían en hornos de ladrillos; en

una palabra, que sólo temían al caporal _schlague_.

Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extrañas--vistas por

ellos mismos, según aseguraban, o sabidas por personas veraces--que

apenas se podía creer nada de lo que contaban.

Fuera proseguía sin interrupción el tumulto, el rodar de los carros, el

berrear de los rebaños, el clamor de los fugitivos, lo que producía el

efecto de un descomunal zumbido.

A mediodía, cuando Materne y sus hijos se disponían a partir, oyose un

grito más fuerte, más prolongado que los demás: «¡Los cosacos!, ¡los

cosacos!»

Todo el mundo salió fuera, a excepción de los cazadores, que se

limitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente huía a

campo traviesa; hombres, rebaños, carros, todo se dispersaba como las

hojas ante el viento del otoño.

En menos de dos minutos el camino quedó libre, salvo en Schirmeck, donde

era tal la confusión, que no se podía dar un paso. Materne, alzando la

vista a la parte más lejana del camino, exclamó:

--No hago mas que mirar, pero no veo nada.

--Ni yo--contestó Kasper.

--¡Vamos!, ¡vamos!--exclamó el cazador--; me parece que el miedo de esta

gente atribuye al enemigo más fuerza de la que tiene. No recibiremos

nosotros así a los cosacos en la sierra; ¡ya encontrarán quien les dé

las buenas tardes!

Luego, alzando los hombros con expresión de repugnancia, dijo:

--El miedo es algo ruin; ¡y todavía más cuando lo que podemos perder es

una vida miserable! Vámonos.

Salieron los tres de la posada, y el anciano siguió el camino del valle

con el fin de subir a la cima del Hirschberg, situada enfrente; sus

hijos le acompañaron, y pronto se encontraron todos a la orilla del

bosque. Materne dijo que era preciso subir lo más alto que fuese

posible, con el objeto de dominar la llanura para adquirir noticias

ciertas que llevar al vivaque, pues todas las habladurías de los

fugitivos no valían lo que una simple ojeada al terreno.

Kasper y Frantz estuvieron conformes, y comenzaron los tres a trepar por

el monte, que forma una especie de promontorio avanzando dentro de la

llanura.

Cuando llegaron a la cumbre, divisaron claramente la posición del

enemigo, situada a tres leguas de allí, entre Urmatt y Lutzelhouse; se

veían grandes líneas negras sobre la nieve; más lejos, algunas masas

obscuras, que serían sin duda la artillería y los bagajes; otras masas

rodeaban las aldeas, y, a pesar de la distancia, el centelleo de las

bayonetas indicaba que una columna acababa de ponerse en camino, en

dirección de Wisch.

Después de contemplar detenidamente aquel espectáculo con melancólica

mirada, el anciano dijo:

--Tenemos a la vista lo menos treinta mil hombres, y avanzan hacia

nuestras posiciones; mañana, o pasado mañana lo más tarde, nos atacarán.

No va a ser un encuentro de poca monta; pero si ellos son muchos,

nosotros tenemos la ventaja del terreno, y además siempre es agradable

tirar a las masas; así no se malgastan las balas.

Hechas aquellas razonables reflexiones, Materne calculó la altura del

sol y dijo:

--Ahora son las dos; ya sabemos cuanto queríamos saber. Volvamos al

vivaque.

Los dos muchachos se pasaron las carabinas a la espalda a modo de

bandolera, y, dejando a la izquierda el valle del Brocque, Schirmeck y

Framont, subieron la empinada cuesta del Hengsbach, que domina, a una

distancia de dos leguas, al pequeño Donon; bajaron por la falda opuesta,

sin seguir ningún sendero en la nieve, guiándose sólo por las cimas para

cortar terreno.

Hacía dos horas que caminaban de tal manera; el sol frío del invierno se

hundía en el horizonte, y la noche, una noche clara y tranquila, se

aproximaba. Solamente les faltaba bajar y subir la ladera opuesta del

solitario desfiladero del Riel, que formaba una gran hoya redonda en

medio del bosque, en el fondo de la cual se aparece una laguna de

azuladas aguas que sirve de abrevadero a los corzos.

De repente, al salir los cazadores de la espesura, cuando marchaban

distraídamente y sin pensar en nada, el anciano Materne, deteniéndose

tras unas malezas, dijo:

--¡Quietos!

Y con la mano señaló a la laguna, por entonces cubierta de una capa de

hielo delgada y transparente. Bastó a los muchachos dirigir una mirada

hacia aquel sitio para gozar del más sorprendente espectáculo: unos

veinte cosacos, hombres de revueltas barbas rubias, que llevaban a la

cabeza gorros de viejas pieles en forma de tubos de chimenea, que

cubrían sus escuálidos cuerpos con mugrientos harapos, cabalgaban,

apoyados en estribos hechos de cuerda, en caballitos de crines flotantes

que les llegaban al petral, de cola escasa y grupa amarilla, negra y

blanca como de cabras. Unos llevaban por toda arma un lanzón; otros, un

sable; otros, un hacha atada con una cuerda a la silla y una enorme

pistola de arzón sujeta a la cintura. Varios otros, con el rostro

levantado contemplaban extáticamente la verde copa de los abetos, que se

escalonaban unos sobre otros y llegaban hasta las nubes. Un hombre alto

y delgado rompía el hielo con el extremo de la lanza, mientras su

caballejo bebía, con el cuello estirado y las crines caídas, en forma de

barba, sobre la cara. Otros, que habían echado pie a tierra, separaban

la nieve y señalaban al bosque, como manifestando que era aquél un buen

sitio para establecer el campamento. Los demás compañeros, que

permanecían a caballo, hablaban entre sí e indicaban hacia el fondo del

valle que a la derecha desciende en forma de hendedura hasta

Grinderwald.

Era lo que veían los cazadores un descanso, y nadie podría expresar

hasta qué punto aquellos seres venidos de tan lejanas tierras, con sus

rostros cobrizos, sus grandes barbas, sus ojos negros, su frente

hundida, su nariz chata y sus harapos pardos, parecían extraños y

pintorescos al borde de la laguna, al pie de las ingentes rocas

verticales que sostenían los verdes abetos junto al cielo.

Era un mundo nuevo dentro del nuestro, un género de caza desconocido,

sorprendente, extraño, que los tres cazadores se entregaron a contemplar

poseídos de una curiosidad extraordinaria. Pero, satisfecha ésta, así

que pasaron cinco minutos, Kasper y Frantz pusieron las bayonetas al

extremo de las carabinas y retrocedieron unos veinte pasos en la

espesura. El padre y los dos hijos llegaron a la base de una roca, que

tendría quince o veinte pies de altura, a la que subió el anciano

Materne, pues nada mejor podía hacer, puesto que no llevaba armas;

luego, después de cruzar algunas palabras en voz baja, Kasper examinó la

espoleta de su carabina y apuntó muy despacio, mientras su hermano se

hallaba preparado para imitarle.

Uno de los cosacos, el que los cazadores habían visto dando de beber al

caballo, se encontraba a doscientos pasos aproximadamente. Sonó el tiro,

que repitieron los ecos profundos de la garganta, y el cosaco, cayendo

por encima de la cabeza de su montura, desapareció en el hielo de la

laguna.

Es imposible describir el estupor que se apoderó del enemigo al oír la

detonación. Las miradas de aquellos hombres se dirigían a todas partes,

y el eco repetía el sonido como si fuesen muchos los disparos, mientras

que se elevaba una ancha nube de humo encima del macizo de árboles donde

se hallaban los cazadores.

Kasper, en menos que se dice, había vuelto a cargar la carabina; pero,

al mismo tiempo, los cosacos que estaban a pie saltaron sobre sus

caballos y se precipitaron por la pendiente del Hartz, marchando en fila

como los corzos y gritando con voz terrible:

--¡Hurra! ¡Hurra!

Aquella huída fue tan rápida como una visión; en el momento que Kasper

apuntaba por segunda vez, la cola del último caballo desaparecía entre

los matorrales.

El caballo del cosaco muerto permanecía solo, junto al agua, porque una

rara circunstancia le impedía moverse; su dueño, con la cabeza hundida

en el légamo, tenía el pie metido en el estribo.

Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento;

después, alegremente, dijo:

--¡Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. Tú, Frantz, quédate

aquí... por si volviera alguno...

A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba el

caballo.

Materne cogió acto continuo la brida, diciendo:

--¡Bien, amigo mío!; ahora te enseñaremos a hablar francés.

--¡Vámonos!--dijo Kasper.

--No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servirá para animar a los

compañeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca son

buenos cazadores.

Los tres hombres extrajeron del légamo al cosaco, lo colocaron

atravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon por

un sendero tan rápido, que Materne, en más de cien ocasiones, llegó a

decir: «El caballo no puede pasar por ahí.»

Pero el caballo, que era tan ágil como una cabra, pasaba más fácilmente

que ellos; visto lo cual, el anciano acabó diciendo:

--¡Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, éste me

servirá para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente,

muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo de

camino.

De vez en cuando hacía Materne sobre el cosaco reflexiones como éstas:

--¡Qué cosa más singular!, ¿eh? Una nariz redonda y una frente como una

caja de queso. ¡Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dado

bien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le ha

salido por la espalda. ¡La pólvora es magnífica! Divès tiene siempre

buen género.

Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces de

los centinelas de la partida:

--¿Quién vive?

--¡Francia!--respondió Materne adelantándose.

Todos salieron al encuentro de los recién llegados, gritando: «¡Viva

Materne!»

El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los demás, no pudo

contenerse y acudió, acompañado del doctor Lorquin. Los hombres de la

partida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedaban

pasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.

--Es un cosaco--dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.

--Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.

Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en el

suelo.

Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a la

luz de las llamas.

El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:

--Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, lo

cubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.

Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpo

del cadáver, dijo:

--La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto

semejante al de un aneurisma cuando revienta.

Todos los demás guardaban silencio.

Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muy

contento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:

--Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismo

mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.

Entonces Hullin le llamó aparte, y juntos entraron en la granja, en

tanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba a

hacer reflexiones particulares sobre el cosaco.

La invasión o El loco Yégof · 第 20 / 49 题