Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del
Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un
extremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por el
propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerza
principal.
Allí, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilómetros de
Grand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientos
ulteriores.
Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hasta
llegar a los dos tercios de la cumbre se veía entonces una casa, rodeada
de algunas fanegas de tierra de labor, la alquería de Pelsly, el
anabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propósito para
poder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatían; detrás de
la casa, hacia la cúspide de la sierra, se extendían los establos y las
corralizas de cerdos.
Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; a
sus pies se descubrían Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrecha
garganta; más lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejos
residuos de ruinas feudales; por último, en las ondulaciones de la
montaña, el río Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grises
de Alsacia. A la izquierda se eleva la cúspide del Donon, sembrada de
rocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estaba
interceptado: la tierra de los desmontes se había dejado correr sobre la
nieve, y varios árboles corpulentos, con las ramas sin cortar, se
hallaban atravesados en la carretera.
La nieve, que se fundía, dejaba asomar de trecho en trecho terrones
amarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por el
cierzo.
Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se veía una
persona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotos
hasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: parecía un
desierto.
Sólo algunas hogueras esparcidas aquí y allá alrededor de la alquería,
de las que se elevaba en el cielo un humo débil, indican el
emplazamiento del vivaque.
Los montañeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echado
atrás y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; hacía tres días
que esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernas
encogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, se
encontraban Materne y sus dos hijos.
De vez en cuando, Luisa aparecía en la puerta de la granja, y en seguida
entraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba en
el estiércol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseaban
entre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constituía el
mayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplar
los magníficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otra
rojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasa
gota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillo
de aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefèvre.
Hacia las ocho de la mañana apareció repentinamente un hombre entre el
gran y el pequeño Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; el
hombre descendía agitando el sombrero.
Pocos minutos después se le reconoció: era Nickel Bentz, el antiguo
guarda forestal de Houpe.
Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar
a Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en un
enorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro _Plutón_.
Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se había
nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia
barba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazos
metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lana
gris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro de
algodón le caía en medio de la espalda.
Juan Claudio parecía contento.
--¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?--exclamó.
--Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado de
Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son
cañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagos
sobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se han
extendido por el llano.
--Están atacando la ciudad--dijo Hullin--, ¿pero del lado de
Lutzelstein?
--No se oye nada--respondió Bentz.
--Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos,
los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.
Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:
--No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vas
a salir, con tus hijos, de reconocimiento.
El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.
--¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas--dijo
Materne--, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de
austriacos o de cosacos.
--¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; se
trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, como
te conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y el
cuchillo de monte.
--¿Y por qué?
--Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te
fusilarán inmediatamente.
--¿Me fusilarán?
--Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser
prisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino de
Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán de
lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de
carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; pero
si es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.
--¡Ellos van a dejar que me prendan!--exclamó el cazador indignado--; yo
quisiera ver semejante cosa.
--Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmado
se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No
tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los
alemanes.
--¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo la
carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes la
carabina, el cuerno y el cuchillo. ¿Quién quiere prestarme una blusa y
un palo?
Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba
contemplábales con admiración.
Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano
cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la
montaña alta.
Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera
expedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las
bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al
extremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos de
monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la
cintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientras
dirigían a su alrededor miradas de triunfo.
--¡Eh, cuidado!--les dijo riendo el doctor Lorquin--; no olviden el
consejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entre
cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno
de ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.
--¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!
--Mis hijos--respondió altivamente Materne--son verdaderos cazadores y
saben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo.
¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de
vuelta antes de que llegue la noche.
Los expedicionarios salieron.
--¡Buena suerte!--les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve para
salvar los obstáculos amontonados en el camino.
No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el
camino hacia la derecha de la sierra.
Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus
largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus
anchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, en
caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis _kaiserlicks_ no saldrían
bien parados de semejantes hombres.
Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos y
desaparecieron.
Entonces Hullin volvió tranquilamente a la granja, hablando con Nickel
Bentz.
El doctor Lorquin iba detrás, seguido de _Plutón_, y los restantes
espectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hogueras
del vivaque.