XI

Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del

Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un

extremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por el

propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerza

principal.

Allí, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilómetros de

Grand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientos

ulteriores.

Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hasta

llegar a los dos tercios de la cumbre se veía entonces una casa, rodeada

de algunas fanegas de tierra de labor, la alquería de Pelsly, el

anabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propósito para

poder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatían; detrás de

la casa, hacia la cúspide de la sierra, se extendían los establos y las

corralizas de cerdos.

Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; a

sus pies se descubrían Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrecha

garganta; más lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejos

residuos de ruinas feudales; por último, en las ondulaciones de la

montaña, el río Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grises

de Alsacia. A la izquierda se eleva la cúspide del Donon, sembrada de

rocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estaba

interceptado: la tierra de los desmontes se había dejado correr sobre la

nieve, y varios árboles corpulentos, con las ramas sin cortar, se

hallaban atravesados en la carretera.

La nieve, que se fundía, dejaba asomar de trecho en trecho terrones

amarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por el

cierzo.

Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se veía una

persona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotos

hasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: parecía un

desierto.

Sólo algunas hogueras esparcidas aquí y allá alrededor de la alquería,

de las que se elevaba en el cielo un humo débil, indican el

emplazamiento del vivaque.

Los montañeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echado

atrás y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; hacía tres días

que esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernas

encogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, se

encontraban Materne y sus dos hijos.

De vez en cuando, Luisa aparecía en la puerta de la granja, y en seguida

entraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba en

el estiércol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseaban

entre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constituía el

mayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplar

los magníficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otra

rojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasa

gota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillo

de aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefèvre.

Hacia las ocho de la mañana apareció repentinamente un hombre entre el

gran y el pequeño Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; el

hombre descendía agitando el sombrero.

Pocos minutos después se le reconoció: era Nickel Bentz, el antiguo

guarda forestal de Houpe.

Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar

a Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en un

enorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro _Plutón_.

Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se había

nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia

barba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazos

metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lana

gris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro de

algodón le caía en medio de la espalda.

Juan Claudio parecía contento.

--¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?--exclamó.

--Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado de

Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son

cañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagos

sobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se han

extendido por el llano.

--Están atacando la ciudad--dijo Hullin--, ¿pero del lado de

Lutzelstein?

--No se oye nada--respondió Bentz.

--Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos,

los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.

Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:

--No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vas

a salir, con tus hijos, de reconocimiento.

El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.

--¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas--dijo

Materne--, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de

austriacos o de cosacos.

--¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; se

trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, como

te conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y el

cuchillo de monte.

--¿Y por qué?

--Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te

fusilarán inmediatamente.

--¿Me fusilarán?

--Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser

prisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino de

Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán de

lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de

carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; pero

si es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.

--¡Ellos van a dejar que me prendan!--exclamó el cazador indignado--; yo

quisiera ver semejante cosa.

--Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmado

se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No

tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los

alemanes.

--¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo la

carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes la

carabina, el cuerno y el cuchillo. ¿Quién quiere prestarme una blusa y

un palo?

Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba

contemplábales con admiración.

Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano

cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la

montaña alta.

Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera

expedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las

bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al

extremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos de

monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la

cintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientras

dirigían a su alrededor miradas de triunfo.

--¡Eh, cuidado!--les dijo riendo el doctor Lorquin--; no olviden el

consejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entre

cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno

de ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.

--¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!

--Mis hijos--respondió altivamente Materne--son verdaderos cazadores y

saben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo.

¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de

vuelta antes de que llegue la noche.

Los expedicionarios salieron.

--¡Buena suerte!--les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve para

salvar los obstáculos amontonados en el camino.

No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el

camino hacia la derecha de la sierra.

Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus

largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus

anchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, en

caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis _kaiserlicks_ no saldrían

bien parados de semejantes hombres.

Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos y

desaparecieron.

Entonces Hullin volvió tranquilamente a la granja, hablando con Nickel

Bentz.

El doctor Lorquin iba detrás, seguido de _Plutón_, y los restantes

espectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hogueras

del vivaque.

La invasión o El loco Yégof · 第 19 / 49 题