IX

Fácilmente puede imaginarse la animación de la granja, las idas y

venidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, el

chocar de vasos y tenedores, y la alegría que reflejaban aquellos

rostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantos

habían acompañado al carruaje de Catalina se instalaron en la amplia

sala, alrededor de un magnífico jamón, y se pusieron a celebrar sus

futuros triunfos con la jarra en la mano.

Era precisamente un martes, día de amasar en la granja.

La cocina, desde por la mañana, estaba hecha un ascua de oro; Duchêne,

el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodón metido

hasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buen

olor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilándolos en un

rincón del hogar. Luisa servía a los convidados, y Catalina Lefèvre lo

vigilaba todo, diciendo de vez en cuando:

--Daos prisa, hijos míos, daos prisa. La tercera hornada debe estar

acabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabéis que tocan a seis libras

de pan por hombre.

Hullin, desde su sitio, veía a la anciana labradora ir y venir.

--¡Qué mujer!--se decía--, ¡qué mujer! ¡Vaya usted a encontrar dos

semejantes en toda la comarca! ¡A la salud de Catalina Lefèvre!

--¡A la salud de Catalina!--respondían los demás.

Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversaciones

de combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentían poseídos de

una ciega confianza, todos se decían para sus adentros: «¡Esto marcha

bien!»

Pero el cielo les reservaba en aquel día una satisfacción aún mayor,

sobre todo a Luisa y a la señora Lefèvre. Hacia mediodía, cuando un

hermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y fundía la escarcha de los

cristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza del

gallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetían

los ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo _Johan_,

que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpió en aullidos

tan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prestó

atención.

Era el momento de mayor animación en la cocina; la tercera hornada salía

del horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefèvre, suspendieron

el trabajo.

--Algo sucede--dijo la labradora en voz baja.

Y luego añadió muy conmovida:

--Desde que se marchó mi hijo, _Johan_ no ha aullado así.

En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio.

Luisa corrió a la puerta, gritando: «¡Es él, es él!» Y casi al mismo

tiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta y

apareció en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan moreno

y escuálido, con un capote gris con botones de estaño tan viejo y raído,

con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los allí presentes

quedáronse, al verle, sobrecogidos.

El soldado parecía no poder dar un paso más, y muy despacio dejó caer el

fusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del recién

llegado--la nariz de la señora Lefèvre--relucía como el bronce; sus

rubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esos

gavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas de

los establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy pálido,

a través del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenos

de lágrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.

Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacudía la cadena; dentro se oía

la llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida,

Catalina Lefèvre, con voz desgarradora, exclamó:

--¡Gaspar!... ¡Hijo mío!... ¿Eres tú?

--¡Sí, madre!--respondió el soldado en voz baja y como si le ahogara la

emoción.

Y en el mismo momento Luisa comenzó a sollozar, mientras que en la

amplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.

Todos los amigos se acercaron al recién llegado, con el señor Juan

Claudio al frente, gritando: «¡Gaspar! ¡Gaspar Lefèvre!»

Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tan

enérgica, tan decidida, lloraba a lágrima viva: Gaspar no lloraba,

sostenía a su madre junto a su pecho, mezclándose sus bigotes rubios con

los cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:

--¡Madre!... ¡Madre!... ¡Ah! ¡Cuántas veces he pensado en ti!

Luego, con voz más firme, añadió:

--¡Luisa! ¡Yo he visto a Luisa!...

Y Luisa se arrojó en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.

--¡Ah! ¡No me has reconocido, Luisa!

--¡Oh, sí!; ¡oh, sí!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.

El anciano Duchêne, con el gorro de algodón en la mano, cerca del hogar,

tartamudeaba:

--¡Santo Dios!... ¿Es posible?... ¡Pobre muchacho..., cómo viene!...

El aperador había criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde que

se marchó, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo con

adornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas habían

venido a tierra.

En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:

--¿Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? ¿Nos vas a dejar

en blanco?

Entonces el muchacho se volvió y prorrumpió en un grito de entusiasmo:

--¡Hullin! ¡El doctor Lorquin! ¡Materne! ¡Todos, todos, aquí están

todos!

Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora más alegres, con risotadas

y apretones de manos que no acababan nunca.

--¡Ah, doctor, es usted! ¡Ah, querido papá Juan Claudio!

Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosaba

la alegría; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de acá para

allá en la sala; la señora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil,

Duchêne con el saco, continuaban riendo, secándose los ojos y las

mejillas; nunca se había visto nada semejante.

--¡Sentémonos!... ¡Bebamos!--exclamó el doctor Lorquin--; ésta es la

corona de la fiesta.

--¡Ah, querido Gaspar, cuán contento estoy de verte sano y salvo!--decía

Hullin--. ¡Eh!, ¡eh!, sin que esto sea adularte; más me agrada verte así

que cuando tenías la cara redonda y colorada. ¡Ahora estás hecho un

hombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los del

Sambre, a los de Egipto. ¡Bah, bah, bah! No teníamos los carrillos

hinchados ni estábamos relucientes de grasa; mirábamos como las ratas

hambrientas cuando ven un queso, y teníamos los dientes largos y

limpios.

--Sí, sí, no me extraña, papá Juan Claudio--respondía Gaspar--.

Sentémonos; así se puede hablar más cómodamente. ¡Ah, vaya! ¿y por qué

están todos ustedes aquí?

--Pero ¿cómo? ¿No sabes nada? ¡Toda la comarca se ha levantado, desde el

Houpe hasta San Salvador, para la defensa!

--Sí, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pasé; ¿y es

cierto?

--¡Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yo

soy el general en jefe.

--¡Perfectamente, perfectamente! ¡Con mil demonios! ¡Que esos granujas

de _kaiserlicks_ no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, me

parece muy bien! ¡Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; ¡qué bien se

encuentra uno en su casa! ¡Eh, Luisa! ¡Ven y siéntate un momento aquí!

¡Mire usted, papá Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamón

al otro y la jarra en frente, en menos de quince días me reponía

completamente; no me reconocían los camaradas de la compañía!

Todos se habían sentado y veían con admiración al valiente muchacho

cortar, despedazar, empinar el codo, mirar luego a Luisa y a su madre

con ojos tiernos, y contestar a unos y otros sin perder bocado.

La gente de la finca, Duchêne, Anita, Robin, Dubourg, formando un

semicírculo, miraban a Gaspar con aire extático; Luisa llenaba de vez en

cuando la copa; la madre Lefèvre, sentada cerca del horno, revolvía la

mochila y, al no ver mas que dos camisas viejas muy sucias, con agujeros

como puños, unos zapatos torcidos, betún para la cartuchera, un peine

con sólo tres púas y una botella vacía, levantó las manos al cielo y se

apresuró a abrir el armario de la ropa blanca, murmurando:

--¡Señor! ¿Cómo extrañarse de que muera tanta gente de miseria?

El doctor Lorquin, ante un apetito tan voraz, se frotaba las manos muy

satisfecho y murmuraba entre dientes:

--¡Qué salud!, ¡qué estómago!, ¡qué diente!; ¡podría partir piedras como

si fuesen avellanas!

Y el anciano Materne decía a sus hijos:

--Otras veces, después de dos o tres días de caza en la sierra, durante

el invierno, me entraba también a mí un hambre de lobo y me comía una

pierna de corzo sin respirar; ahora, ya voy haciéndome viejo y me bastan

una o dos libras de carne. ¡Lo que es la edad!

Hullin había encendido su pipa y parecía muy pensativo; no cabía duda de

que algo le inquietaba. Cuando hubieron pasado algunos minutos, viendo

que el apetito de Gaspar se moderaba, exclamó repentinamente:

--Dime, Gaspar, sin dejar de comer, ¿cómo es posible que estés aquí?

Nosotros creíamos que te hallabas aún a orillas del Rin, cerca de

Estrasburgo.

--¡Ah, ah, el veterano! Ya comprendo--dijo Lefèvre guiñando un ojo--.

¡Como hay tantos desertores! ¿No es eso?

--¡Oh!, semejante idea no se me ocurrirá nunca; pero, sin embargo...

--¡A usted no le desagradará saber que tengo mis papeles en regla! No

puedo engañarle, papá Juan Claudio; usted está en su derecho; ¡el que

falta al llamamiento cuando los _kaiserlicks_ están en Francia merece

que le fusilen! Pero no tenga cuidado, aquí está mi permiso.

Hullin, que no sentía una falsa delicadeza, leyó:

* * * * *

«Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefèvre, de la 2.ª

del 1.º.

»Hoy, 3 de enero de 1814.

»_Gémeau_, comandante del batallón.»

* * * * *

--Bien, bien--dijo Hullin--; mete esto en la mochila, porque puede

perderse.

Juan Claudio había vuelto a adquirir su alegría habitual.

--Mirad, hijos míos--añadió luego--, sé bien lo que es el amor; es algo

muy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jóvenes

cuando se aproximan a su aldea después de una campaña. Son capaces de

faltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tres

gendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo está en regla,

bebamos una copa de _rikevir_. ¿Qué dice usted de esto, Catalina? Los

del Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto que

perder.

--Tiene usted razón, Juan Claudio--respondió la anciana labradora

tristemente--. Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de la

despensa.

La criada se marchó corriendo.

--Pero ese permiso, Gaspar--añadió Catalina--, ¿cuándo comenzaste a

usarlo?

--Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimiento

se retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.

--Bien; todavía tienes siete horas por delante; no necesitarás más de

seis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.

La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo el

mundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descolorida

charretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullin

golpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, y

fruncía las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, y

una vez que fueron abiertas, exclamó:

--Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, ¡pardiez!

De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabará bien;

Gaspar volverá, y entonces nos divertiremos.

Juan Claudio llenó las copas y Catalina secose las lágrimas, murmurando:

--¡Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! ¡Ah!

¡Que vengan, que vengan por aquí!

Se vaciaron las copas sin ninguna alegría; pero el añejo _rikevir_, al

penetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tardó en

reanimarlos. Gaspar, más firme de lo que hubiera podido sospechar,

comenzó a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig y

Hannau, donde los reclutas se habían batido como veteranos ganando

victoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.

Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos de

peligro--al pasar los ríos bajo el fuego enemigo, al tomar una batería a

la bayoneta--, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Los

ojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dónde se

hallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello y

apretaban las mandíbulas, y el vinillo añejo, acudiendo en ayuda de la

imaginación, aumentaba el entusiasmo cada momento más: «¡Ah, los

granujas! ¡ah, bandidos! ¡Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...»

La señora Lefèvre admiraba el valor y la fortuna de su hijo en medio de

estos acontecimientos, de los que los siglos venideros guardarán por

siempre memoria.

Pero cuando Lagarmitte, con aire serio y solemne, vistiendo larga blusa

gris, sombrero flexible, de color negro, que resaltaba sobre su

cabellera blanca, y llevando colgada del hombro su enorme trompa,

atravesó la cocina y asomose a la puerta de la sala, diciendo: «¡Los del

Sarre llegan!», entonces toda aquella exaltación desapareció y los

reunidos se levantaron, pensando en la terrible lucha que iba pronto a

comenzar en la sierra.

Luisa, arrojándose en brazos de Gaspar, exclamó:

--¡Gaspar, no te vayas! ¡Quédate con nosotros!

El joven se puso muy pálido, y dijo:

--Soy soldado; me llamo Gaspar Lefèvre; te amo mil veces más que a mi

vida; pero un Lefèvre cumple siempre con su deber.

Desasiose el joven de los brazos de su novia; Luisa se recostó sobre la

mesa y comenzó a gemir en alta voz. Levantose Gaspar; pero Hullin se

interpuso, y estrechándole fuertemente las manos, mientras que un ligero

temblor le agitaba el rostro, exclamó:

--¡Está muy bien! ¡Acabas de hablar como un hombre!

La señora Lefèvre se aproximó a su hijo reposadamente, para atarle la

mochila a los hombros. Así lo hizo, con las cejas fruncidas, los labios

contraídos bajo la nariz aguileña, sin dar un suspiro; pero dos gruesas

lágrimas corrieron lentamente por las arrugas de sus mejillas. Y cuando

hubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la manga del vestido, y

dijo:

--Está bien... Ve..., ve..., hijo mío, tu madre te bendice. Si la guerra

te lleva, no morirás... Aquí tienes tu sitio, aquí, entre Luisa y yo:

¡siempre estarás con nosotras! ¡Esta pobre niña no tiene aún bastante

edad para saber que vivir es sufrir!...

Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala,

entregada a sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata del

fusil golpear en las losas de la cocina y que se abría la puerta

exterior, la joven lanzó un grito desgarrador y precipitose fuera.

--¡Gaspar!, ¡Gaspar!--dijo--, ya estoy tranquila, ya no lloro más; no

quiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!

--¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!--dijo

Gaspar--. Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero si

tienes un poco de ánimo..., entonces me iré contento.

--Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma,

¡quiero ser como mamá!

Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullin

sostenía el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos,

vamos, ya está bien!»

Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sin

volver la cabeza.

En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas,

trepaban en fila por el sendero del Valtin.

Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gaspar

se volvió y levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin se

adelantó para recibir a la gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció con

las mujeres; y así que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido,

el doctor exclamó:

--Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo un

hombre de corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!

Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban a

la guerra como si fuesen de fiesta.

X

Mientras que Hullin, al frente de los montañeses, se preparaba para la

defensa, el loco Yégof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado que

llevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen del

alma humana herida en su parte más noble, más hermosa y más importante,

la inteligencia, el loco Yégof, con el pecho descubierto, los pies

desnudos, insensible al frío, como el reptil preso en el hielo, vagaba

de montaña en montaña, en medio de las nieves.

¿Por qué causa los privados de razón resisten las temperaturas más

rigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo caso

sucumben? ¿Se debe a una concentración más poderosa de la vida, a una

circulación más rápida de la sangre, a un estado continuo de fiebre?

¿Es efecto de la sobreexcitación de los sentidos, o tiene quizás un

origen que se desconoce?

La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causas

materiales y se declara impotente para explicar tales fenómenos.

Yégof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el frío

aumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendo

una caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la maleza

con las garras vacías, lanzando angustiosos gritos. El loco, con el

cuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueños, caminaba,

caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde el

Sonneberg al Blutfeld.

Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de «El Encinar»,

iba a ser testigo del más raro y emocionante espectáculo.

Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos días

antes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dejó abandonado allí su

carro, para llevar el rebaño a la granja; pero notando la falta de la

piel de carnero con que se cubría y que se había dejado olvidada en su

cabaña ambulante aquel día, terminada su labor, se puso en camino, hacia

las cuatro de la tarde, para ir a buscarla.

El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrecha

garganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente de

agua se desliza por allí sinuosamente, tanto en invierno como en verano,

a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado,

en el que se ven grandes piedras esparcidas.

Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque el

Blutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de la

Luna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela de

Dagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se había

librado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cuales

querían penetrar en las Galias a las órdenes de un jefe llamado

Luitprandt. Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbres

de alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de gran

tamaño y los trituraron allí como en un mortero, y que del hecho de tan

gran matanza el puerto lleva el nombre de _Blutfeld_ (campo de sangre).

Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos,

trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.

De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedras

cubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas,

parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento de

la sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, el

estruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo que

parece, aquellos hombres conducían en carros cubiertos de pieles a

mujeres, niños, viejos y todo cuanto poseían en oro y plata, así como

sus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan a

América.

Durante dos días, los triboques no cesaron de exterminarlos y, al

tercero, volvieron a trepar al Donon, al Schneeberg, al Grosmann, al

Giromani y al Hengst cargados con un inmenso botín.

Tal es la leyenda conocida respecto del Blutfeld; y ciertamente, cuando

se contempla aquel desfiladero, encajonado entre montañas como una

enorme cisterna, sin más salida que un estrecho sendero, se comprende

que los germanos no debían hallarse allí muy a gusto.

Robin llegó al puerto entre las siete y las ocho, a la salida de la

Luna.

Mil veces había bajado el pastor al fondo del precipicio; pero nunca lo

había visto iluminado tan claramente ni tan melancólico.

De lejos, su carro plateado, en lo hondo del abismo, le producía el

efecto de una de aquellas enormes piedras cubiertas de nieve, bajo las

cuales se hallaban sepultados los germanos. Estaba el carro a la entrada

del desfiladero, detrás de unos espesos matorrales, y el arroyuelo

murmuraba no lejos y se extendía en estrías de hielo, brillante como

cuchillas.

Llegado al sitio donde se dirigía, el pastor comenzó a buscar la llave

del candado; después, abrió la garita, y marchando a cuatro pies, pudo

recuperar la zamarra y una hacheta que no recordaba siquiera haber

perdido.

¡Pero cuál no sería su sorpresa cuando, al volverse para salir, vio al

loco Yégof aparecer por un recodo del sendero y dirigirse hacia él, a la

clara luz de la Luna!

El pastor recordó en seguida la historia espeluznante que había oído en

la cocina de «El Encinar» y tuvo miedo...; pero no hay que decir lo que

sentiría cuando vio detrás del loco, a quince o veinte pasos, aparecer

también cinco lobos grises, dos de ellos grandes y tres pequeños.

Al pronto creyó que eran perros; pero no, eran lobos, y marchaban

lentamente detrás de Yégof, el cual no los veía, al parecer. Revoloteaba

el cuervo, pasando de la luz a la sombra que arrojaban las rocas, y

después volvía; los lobos, con los ojos brillantes y los hocicos

levantados, olfateaban, y el loco alzaba su cetro.

El pastor cerró la puerta de la garita con la rapidez del rayo, pero

Yégof no lo vio. El loco caminaba por el desfiladero como por una

inmensa sala; a izquierda y derecha se alzaban tajos ingentes; en lo

alto brillaban millones de estrellas. Se hubiera oído volar una mosca;

los lobos, al andar, no hacían ruido alguno, y el cuervo iba a posarse

en la copa de una encina seca, situada sobre una de las rocas opuestas;

su brillante plumaje parecía de color azul, y de vez en cuando volvía la

cabeza como si escuchara.

Aquello era extraordinario.

Robin pensó:

--El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, si

cae, han acabado sus días.

Pero, en medio del desfiladero, Yégof se volvió, sentose en una piedra,

y los cinco lobos, alrededor de él, con el hocico levantado, se sentaron

también en la nieve.

Entonces sucedió algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando el

cetro, comenzó a hablarles, llamándolos por su nombres.

Los lobos respondían con lúgubres lamentos.

He aquí lo que les decía:

--¡Eh! ¡_Child_, _Bléed_, _Merweg_, y tú, _Sarimar_, amigos míos, ya

estamos otra vez reunidos! Volvéis gordos... ¡Se conoce que os han

tratado bien en Alemania! ¿No?

Luego, señalando hacia el desfiladero cubierto de nieve, añadió:

--¿Os acordáis de la gran batalla?

Uno de los lobos comenzó a aullar con voz lastimera; después, otro, y,

por último, los cinco a la vez.

El concierto duró más de diez minutos.

El cuervo, posado en el árbol seco, no se movía.

Robin hubiera querido huir; rezaba, llamaba en su auxilio a todos los

santos, y muy particularmente a su patrón, del que son muy devotos los

pastores de la sierra.

Pero los lobos continuaban aullando, y sus alaridos eran repetidos por

los ecos del Blutfeld.

Por último, uno de ellos, el más viejo, se calló; después lo hizo otro,

y finalmente los demás. Yégof prosiguió de esta manera:

--Sí, sí, es una dolorosa historia. ¡Oh, mirad! ¡Este es el arroyo por

donde corría la sangre de los nuestros! Es igual, _Merweg_, es igual;

también los otros sembraron de huesos la maleza. ¡Y la Luna vio a sus

mujeres arrancarse los cabellos durante tres días y tres noches! ¡Oh,

qué horrible jornada! ¡Oh, los perros, se han ensoberbecido con su gran

victoria! ¡Que la maldición caiga sobre ellos!... ¡Malditos sean!

El loco había arrojado al suelo la corona y la recogió sollozando.

Los lobos, que permanecían sentados, le oían como personas que prestan

atención. El mayor de ellos comenzó a aullar, y Yégof le dijo:

--¡Tú tienes hambre, _Sarimar_! ¡Alégrate, alégrate, pues la carne no va

a faltar en mucho tiempo; los nuestros están al llegar, y la batalla va

a empezar de nuevo.

Después se levantó y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:

--¡Aquí están tus huesos!

Acercose a otra piedra, y añadió:

--¡Y los tuyos, _Merweg_, los tuyos!

El cortejo de lobos le siguió; el loco, subiéndose a una piedra y

contemplando el abismo silencioso, exclamó:

--¡Nuestro canto de guerra ha muerto! ¡Nuestro canto de guerra es una

lamentación! ¡La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seréis los

guerreros: volverán a ser vuestras estas cañadas y estas montañas.

--¡Oh! En el aire vibran aún los chirridos de los carros, los gritos de

las mujeres, los golpes de las mazas.

--Sí, sí; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimos

rodeados. Y ahora, todo ha muerto; oíd, todo ha muerto; vuestros huesos

reposan, pero vuestros hijos llegan, y el día de la venganza volverá.

¡Cantad! ¡Cantad!

Y el loco comenzó también a aullar, mientras que los lobos reanudaban

sus salvajes gritos.

Aquellos quejidos se hacían cada vez más lastimeros, y en el silencio de

los montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, en

medio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el peso

de la nieve, los ecos lejanos respondían al lúgubre concierto con voz

tan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba poseído de un horror de

que guardaría memoria durante toda su vida.

Pero su temor iba disminuyendo porque Yégof y su fúnebre cortejo se

hallaban cada vez más lejos y se encaminaban hacia Halzach.

El cuervo, lanzando un grito ronco, extendió las alas y levantó el vuelo

en el cielo azul pálido.

Esta sorprendente escena desapareció sin dejar rastro.

Durante largo tiempo, Robin oyó los aullidos que, poco a poco, se

extinguían. Hacía más de veinte minutos que habían cesado y que el

silencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando el

buen hombre, sintiéndose seguro, salió de la garita y tomó corriendo el

camino de la granja.

Cuando llegó a «El Encinar» encontró toda la casa en movimiento. Se

hacían preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon.

Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se habían marchado con los del Sarre.

Catalina Lefèvre dirigía en persona la operación de cargar la galera,

tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir y

venir, correr y ayudar a hacer los preparativos.

Robin no pudo contar a nadie lo que había presenciado. Además, aquello

le parecía a él mismo tan increíble, que no se atrevía a abrir la boca.

Y cuando se acostó en el pesebre que le servía de cama, en medio del

establo, acabó por convencerse que Yégof había en otro tiempo

domesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de sus

desvaríos, como a veces se habla a un perro.

Pero siempre conservó de tal encuentro un temor supersticioso, y aun en

su más avanzada edad el buen hombre no habló nunca de estas cosas sin

estremecerse.

La invasión o El loco Yégof · 第 18 / 49 题