VIII

Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en

la cabaña del _ségare_ al abrigo de la campana de la inmensa chimenea.

Un cierto buen humor resplandecía en el rostro de aquellas animosas

gentes.

--Hace veinte años que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de

los cosacos--decía sonriendo el anciano Materne--, y no me disgustaría

ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el ánimo.

--Sí--respondió Labarbe--; vamos a ver tipos curiosos; los niños de la

sierra podrán contar anécdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las

viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de

aquí a cincuenta años.

--Compañeros--dijo Hullin--, todos vosotros conocéis el país y tenéis

presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabéis también que dos

grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos;

ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de

aquí sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo

Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la

izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a

San Dié, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratará de

forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballería, la

artillería y la impedimenta; pero como están defendidos, no tenemos por

qué inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes--lo

que prolongaría mucho la campaña--, no hay que temer nada; pero eso es

poco probable. Después de intimar a rendirse a Huningue, Belfort,

Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche,

Lutzelstein y Sarrebrück, del otro, creo que vendrán sobre nosotros.

Ahora, oídme bien: entre Falsburgo y San Dié hay varios desfiladeros

para la infantería, pero no hay mas que un camino por el que puedan

pasar los cañones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que

va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez

dueños de tal entrada, los aliados podrán invadir la Lorena. Dicha

carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aquí, a la derecha. Lo

primero que hay que hacer es fortificarse allí poderosamente, en el

sitio más adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la

carretera, destruyendo los puentes y llenándola de obstáculos. Varios

centenares de árboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y

hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se

está bien resguardado y se ve venir a la gente. ¡Los árboles son una

complicación de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible

echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo

eso, compañeros, quedará terminado mañana por la noche o pasado mañana

cuando más; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una

posición y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de

manera que el enemigo no pueda rodearla...

--Precisamente estaba pensando en eso--dijo Materne--; una vez en el

valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantería en las

colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedirá hacer

la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.

--Sí, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy

sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra

izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un

puerto mas que conservando las alturas, Piorette irá a situarse con cien

hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jerónimo, al Grosmann, con otros

cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los demás,

se colocará en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaréis

que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas próximas,

para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las

provisiones. Además, los heridos estarán así más cerca de sus casas, lo

que hay que tener también presente. Esto es lo que tenía que deciros,

por el momento. Los jefes de los puestos me enviarán todos los días al

Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un

hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo

y seña. También organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir

de prisa, hablaremos de eso cuando estéis en vuestras posiciones y no

haya que temer una sorpresa del lado enemigo.

--¿Y yo?--exclamó Marcos Divès--. ¿Yo no tendré nada que hacer? ¿Voy a

permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los demás?

--Tú quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabría

manejar la pólvora mejor que tú, preservándola del fuego y de la

humedad, fundir balas, hacer cartuchos...

--¡Pero eso es propio de las mujeres!--exclamó el contrabandista--.

Hexe-Baizel lo hará tan bien como yo. ¡Cómo! ¿Yo no he de disparar un

solo tiro?

--Tranquilízate, Marcos--respondió Hullin riendo--; no te faltará

ocasión de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el

centro de nuestra línea, nuestro depósito y nuestro punto de retirada en

caso de contratiempo. El enemigo sabrá, por sus espías, que los convoyes

salen de allí, y tratará probablemente de arrebatárnoslo; las balas y

los bayonetazos no escasearán. Además, aun cuando estuvieses libre de

peligro, no habría que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus

cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un interés

decidido...

--No--dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las

cuevas había impresionado--; no, si se piensa bien, no te falta razón.

Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos

el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré

más libre.

--Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?--preguntó

Hullin.

--Sí, sí; comprendido.

--Pues bien, compañeros--exclamó el animoso jefe con voz alegre--; vamos

a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se

marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más

tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente

defendidos.

Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el

mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos;

luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen

lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas,

picos y fusiles.

--Saldremos a las dos--les dijo Juan Claudio--, y acamparemos en el

Donon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.

Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y

Kasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donon

y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oído

por aquéllos con gran complacencia.

La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro que

la esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:

--Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabe

arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoy

asombrada.

Y luego, volviéndose, exclamó:

--Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vino

añejo, que no se beberán los alemanes.

--No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.

Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos

trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy

lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado,

cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo,

de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo la

nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldones

de su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundo

exclamó:

--Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres;

viene con su perro _Plutón_; es una excelente persona.

En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:

--¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!

Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo

obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo

aquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó al

pie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a la

choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a decir

en seguida:

--¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya me

lo pagarán!

Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:

--Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis lo

que es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos y

puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla

de diferente clase que os van a regalar.

Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todos

los que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.

Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin

añadió en tono más serio:

--Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando se

trata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido que

enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico no

está aquí de más. Eso no se lo perdono.

--Excúseme usted, doctor; he hecho mal--dijo Hullin estrechándole la

mano--. ¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siempre

se le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita que

le requieran para cumplir con su deber.

Apaciguose el doctor y dijo:

--Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya,

llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas las

cruces. Vamos a ver, ¿dónde está el general, para presentarle mis

quejas?

--Soy yo.

--¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?

--Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.

--¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada!

Lo olvido todo, Juan Claudio.

Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con

ella para organizar las ambulancias.

--Esté usted tranquilo, doctor--respondió la labradora--; todo estará

dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta

noche; ¿no te parece, Luisa?

--¡Sí, sí, mamá!--exclamó la joven, entusiasmada al ver que se iba

decididamente a la guerra--; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos la

noche velando, si es preciso. El señor Lorquin quedará satisfecho.

--¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.

El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó a

Catalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, la

desolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarle

ir a matarse con los _kaiserlicks_; en fin, los diferentes episodios de

su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus

hijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de este

modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «El

Encinar».

La invasión o El loco Yégof · 第 17 / 49 题