Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en
la cabaña del _ségare_ al abrigo de la campana de la inmensa chimenea.
Un cierto buen humor resplandecía en el rostro de aquellas animosas
gentes.
--Hace veinte años que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de
los cosacos--decía sonriendo el anciano Materne--, y no me disgustaría
ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el ánimo.
--Sí--respondió Labarbe--; vamos a ver tipos curiosos; los niños de la
sierra podrán contar anécdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las
viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de
aquí a cincuenta años.
--Compañeros--dijo Hullin--, todos vosotros conocéis el país y tenéis
presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabéis también que dos
grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos;
ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de
aquí sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo
Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la
izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a
San Dié, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratará de
forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballería, la
artillería y la impedimenta; pero como están defendidos, no tenemos por
qué inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes--lo
que prolongaría mucho la campaña--, no hay que temer nada; pero eso es
poco probable. Después de intimar a rendirse a Huningue, Belfort,
Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche,
Lutzelstein y Sarrebrück, del otro, creo que vendrán sobre nosotros.
Ahora, oídme bien: entre Falsburgo y San Dié hay varios desfiladeros
para la infantería, pero no hay mas que un camino por el que puedan
pasar los cañones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que
va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez
dueños de tal entrada, los aliados podrán invadir la Lorena. Dicha
carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aquí, a la derecha. Lo
primero que hay que hacer es fortificarse allí poderosamente, en el
sitio más adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la
carretera, destruyendo los puentes y llenándola de obstáculos. Varios
centenares de árboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y
hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se
está bien resguardado y se ve venir a la gente. ¡Los árboles son una
complicación de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible
echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo
eso, compañeros, quedará terminado mañana por la noche o pasado mañana
cuando más; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una
posición y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de
manera que el enemigo no pueda rodearla...
--Precisamente estaba pensando en eso--dijo Materne--; una vez en el
valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantería en las
colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedirá hacer
la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.
--Sí, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy
sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra
izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un
puerto mas que conservando las alturas, Piorette irá a situarse con cien
hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jerónimo, al Grosmann, con otros
cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los demás,
se colocará en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaréis
que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas próximas,
para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las
provisiones. Además, los heridos estarán así más cerca de sus casas, lo
que hay que tener también presente. Esto es lo que tenía que deciros,
por el momento. Los jefes de los puestos me enviarán todos los días al
Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un
hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo
y seña. También organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir
de prisa, hablaremos de eso cuando estéis en vuestras posiciones y no
haya que temer una sorpresa del lado enemigo.
--¿Y yo?--exclamó Marcos Divès--. ¿Yo no tendré nada que hacer? ¿Voy a
permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los demás?
--Tú quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabría
manejar la pólvora mejor que tú, preservándola del fuego y de la
humedad, fundir balas, hacer cartuchos...
--¡Pero eso es propio de las mujeres!--exclamó el contrabandista--.
Hexe-Baizel lo hará tan bien como yo. ¡Cómo! ¿Yo no he de disparar un
solo tiro?
--Tranquilízate, Marcos--respondió Hullin riendo--; no te faltará
ocasión de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el
centro de nuestra línea, nuestro depósito y nuestro punto de retirada en
caso de contratiempo. El enemigo sabrá, por sus espías, que los convoyes
salen de allí, y tratará probablemente de arrebatárnoslo; las balas y
los bayonetazos no escasearán. Además, aun cuando estuvieses libre de
peligro, no habría que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus
cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un interés
decidido...
--No--dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las
cuevas había impresionado--; no, si se piensa bien, no te falta razón.
Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos
el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré
más libre.
--Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?--preguntó
Hullin.
--Sí, sí; comprendido.
--Pues bien, compañeros--exclamó el animoso jefe con voz alegre--; vamos
a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se
marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más
tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente
defendidos.
Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el
mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos;
luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen
lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas,
picos y fusiles.
--Saldremos a las dos--les dijo Juan Claudio--, y acamparemos en el
Donon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.
Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y
Kasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donon
y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oído
por aquéllos con gran complacencia.
La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro que
la esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:
--Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabe
arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoy
asombrada.
Y luego, volviéndose, exclamó:
--Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vino
añejo, que no se beberán los alemanes.
--No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.
Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos
trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy
lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado,
cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo,
de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo la
nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldones
de su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundo
exclamó:
--Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres;
viene con su perro _Plutón_; es una excelente persona.
En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:
--¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!
Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo
obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo
aquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó al
pie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a la
choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a decir
en seguida:
--¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya me
lo pagarán!
Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:
--Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis lo
que es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos y
puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla
de diferente clase que os van a regalar.
Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todos
los que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.
Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin
añadió en tono más serio:
--Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando se
trata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido que
enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico no
está aquí de más. Eso no se lo perdono.
--Excúseme usted, doctor; he hecho mal--dijo Hullin estrechándole la
mano--. ¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siempre
se le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita que
le requieran para cumplir con su deber.
Apaciguose el doctor y dijo:
--Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya,
llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas las
cruces. Vamos a ver, ¿dónde está el general, para presentarle mis
quejas?
--Soy yo.
--¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?
--Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.
--¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada!
Lo olvido todo, Juan Claudio.
Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con
ella para organizar las ambulancias.
--Esté usted tranquilo, doctor--respondió la labradora--; todo estará
dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta
noche; ¿no te parece, Luisa?
--¡Sí, sí, mamá!--exclamó la joven, entusiasmada al ver que se iba
decididamente a la guerra--; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos la
noche velando, si es preciso. El señor Lorquin quedará satisfecho.
--¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.
El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó a
Catalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, la
desolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarle
ir a matarse con los _kaiserlicks_; en fin, los diferentes episodios de
su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus
hijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de este
modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «El
Encinar».