Una agitación extraordinaria reinaba en toda la línea de los Vosgos; el
rumor de la invasión próxima se esparcía de aldea en aldea hasta llegar
a las granjas y casas forestales del Hengst y del Nideck. Los buhoneros,
los carreteros, los caldereros, toda esa población flotante que va
continuamente de la sierra al llano y del llano a la sierra, llevaban
día por día, de Alsacia y de las orillas del Rin, una porción de
noticias inquietantes: «Las plazas--decían tales gentes--se preparan
para la defensa; se busca trigo y carne para aprovisionarlas; las
carreteras de Metz, Nancy, Huningue y Estrasburgo se ven surcadas de
convoyes. Por todas partes no se encuentran mas que cajones de pólvora,
de balas y de obuses; la caballería, la infantería y los artilleros
vuelven a sus puestos. El mariscal Victor, con doce mil hombres,
defiende la carretera de Saverne; pero los puentes de las plazas fuertes
están levantados desde las siete de la noche hasta las ocho de la
mañana.
Todo el mundo pensaba que aquello no era anuncio de nada bueno. Sin
embargo, aunque muchos sentían un gran temor ante la guerra, aunque las
viejas levantaban las manos al cielo implorando a «Jesús, María y José»,
la mayoría de las personas pensaban en procurarse medios de defensa. En
tales circunstancias, Juan Claudio Hullin fue bien acogido en todos
lados.
Aquel mismo día, hacia las cinco de la tarde, Hullin llegaba a la cima
del Hengst y se detuvo en casa del patriarca de los cazadores de monte,
el anciano Materne. Allí pernoctó, porque en invierno las jornadas son
cortas y los caminos difíciles. Materne prometió vigilar el desfiladero
de la Aduana con sus dos hijos, Kasper y Frantz, y contestar a la
primera señal que le hicieran desde el Falkenstein.
Al día siguiente, Juan Claudio marchó a Dagsburg, muy temprano, para
ponerse de acuerdo con su amigo Labarbe, el leñador. Juntos fueron a
recorrer los caseríos de alrededor, con el fin de encender en los pechos
el amor a la tierra natal, y al siguiente día Labarbe acompañó a Hullin
a casa del anabaptista Cristián Nickel, el colono del Painbach, persona
respetable y de buen sentido, pero a quien no pudieron convencer de que
debía tomar parte en la gloriosa empresa. Cristián Nickel tenía siempre
la misma respuesta para todas las observaciones que le hicieron: «Está
bien..., es justo..., pero el Evangelio dice: «Vuelva el palo a su
sitio... Quien a hierro mata, a hierro muere.» Sin embargo, les ofreció
que rogaría por la buena causa; eso fue todo lo que pudieron obtener de
él.
Los dos amigos llegaron hasta Walsch con el objeto de estrechar la mano
de Daniel Hirsch, antiguo artillero de marina, que les prometió
arrastrar consigo a la gente de su concejo.
En aquel sitio, Labarbe dejó a Juan Claudio, que siguió solo su camino.
Durante ocho días Hullin recorrió la sierra de un extremo al otro, de
Soldatenthal al Leonsberg, a Meienthal, a Abreschwiller, Voyer,
Loettenbach, Cirey, Petit-Mont y Saint-Sauver, y al noveno día fue a
casa del zapatero Jerónimo de San Quirino. Juntos visitaron el
desfiladero del Blanru, después de lo cual Hullin, satisfecho de su
viaje, tomó, por último, el camino de la aldea.
Hacía dos horas que Juan Claudio marchaba a buen paso, imaginándose la
vida del campamento, el vivaque, las descargas, las marchas y
contramarchas, toda aquella existencia de soldado que tantas veces había
echado de menos y que veía ahora volver con entusiasmo, cuando a lo
lejos, a mucha distancia aún, envuelto en la sombra del crepúsculo,
descubrió la mancha azulada del caserío de Charmes, su pobre casita que
deshacía en el cielo blanco una madeja de humo casi imperceptible, los
jardinillos rodeados de empalizadas, los tejados de madera, y, a la
izquierda, a media ladera, la gran finca de «El Encinar», con la
fábrica de aserrar del Valtin al fondo, en el barranco ya en sombra.
Entonces, de repente y sin saber por qué, inundose su alma de una
profunda tristeza.
Hullin detuvo el paso, pensando en la vida tranquila, apacible, que
abandonaba quizá para siempre; en su cuartito, tan abrigado en invierno
y tan alegre en la primavera, cuando abría las ventanitas para que
penetrase la brisa de los bosques; en el tic-tac monótono del viejo
reloj y, sobre todo, en Luisa, en su buena y querida Luisa, hilando
silenciosamente, con los ojos bajos, cantando alguna antigua canción,
con voz pura y penetrante, durante las horas del atardecer, en que ambos
se consumían de aburrimiento. Aquel recuerdo le conmovió tan
profundamente, que los más pequeños objetos, las herramientas de su
oficio--las barrenas largas y relucientes, el hacha de mango corto, los
mazos de madera, la estufilla, el armario desvencijado, las vasijas de
barro vidriado, la vieja imagen de San Miguel colgada de la pared, el
antiguo lecho de dosel que se hallaba al fondo de la alcoba, el
taburete, el baúl, la lámpara de mechero de cobre--, todo se le
reproducía en la memoria como una pintura animada, y las lágrimas
asomaron a sus ojos.
Pero sobre todo lo que sentía era Luisa, su querida hijita. ¡Cuántas
lágrimas iba a derramar! ¡Cómo iba a suplicarle que renunciase a la
guerra! ¡Y cómo se arrojaría a sus brazos, diciéndole: «¡Oh, no me
abandones, papá Juan Claudio! ¡Tanto como te quiero! ¿No es verdad que
no quieres dejarme?»
Y el buen hombre veía los hermosos ojos de su hija llenos de terror;
sentía los brazos de Luisa que le rodeaban el cuello. Pero estaba
decidido a ocultarle la verdad, a hacerle creer cualquier cosa,
valiéndose de un pretexto para explicar su ausencia y tranquilizarla;
mas tales medios no eran propios de su carácter, y por ello su tristeza
aumentaba.
Al pasar frente a la granja de «El Encinar» entró para decir a Catalina
Lefèvre que todo marchaba bien y que los campesinos sólo esperaban la
señal.
Un cuarto de hora después, el señor Juan Claudio desembocaba por el
sendero de los acebos frente a su casita.
Antes de empujar la puerta, que hacía mucho ruido, se le ocurrió ver lo
que hacía Luisa en aquel momento. Acercose, pues, a la ventana y miró
hacia dentro de la habitación: Luisa se hallaba de pie, junto a las
cortinas de la alcoba; parecía muy animada, arreglando, doblando y
desdoblando varios vestidos extendidos sobre la cama. Su dulce rostro
resplandecía de contento, y sus grandes ojos azules brillaban como
llenos de entusiasmo; hasta parecía que la joven hablaba en voz alta.
Hullin prestó atención, pero precisamente en aquel momento pasaba un
carro por la calle y no pudo oír nada.
Entonces, tomando una resolución sin titubear, entró diciendo con voz
fuerte:
--Luisa, ya estoy de vuelta.
Acto continuo, la joven, rebosando alegría y saltando como una corza,
corrió a abrazar a Hullin.
--¡Ah! ¿Eres tú, papá Juan Claudio? ¡Te esperaba! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
¡Cuánto tiempo has estado de viaje! ¡Pero ya estás aquí!
--¡Es que, hija mía--contestó el buen hombre en tono menos decidido,
dejando la estaca detrás de la puerta y el sombrero sobre la mesa--, es
que...
Y no pudo decir más.
--Sí, sí, has ido a ver a tus amigos--dijo riendo Luisa--; lo sé todo;
mamá Lefèvre me lo ha contado todo.
--¿Cómo, tú lo sabes?... ¿Y no te impresiona nada?... Me alegro, me
alegro; eso prueba tu buen sentido. ¡Y yo que temía verte llorar!
--¡Llorar! ¿Y por qué, papá Juan Claudio? ¡Oh! Yo tengo valor; tú no me
conoces, por lo visto.
Luisa tomó una expresión decidida, que hizo sonreír a Hullin; pero
aquella sonrisa desapareció súbitamente cuando la joven agregó:
--Vamos a ir a la guerra..., vamos a pelear..., vamos a batir la
sierra...
--¿Cómo? ¿Qué es eso de vamos, vamos?--exclamó el buen hombre
completamente sorprendido.
--¡Pues claro! ¿Es que no vamos ya?--dijo Luisa con voz que revelaba su
contrariedad.
--Quiero decir... que tengo que dejarte sola algún tiempo, hija mía.
--¡Dejarme!... ¡Oh!, de ningún modo. Me voy contigo; eso está decidido.
Mira, mi equipaje ya está preparado en ese paquete, y ahora estoy
arreglando el tuyo. No te preocupes de nada; déjame disponerlo todo y
quedarás satisfecho.
Hullin no podía salir de su estupor.
--¡Pero, Luisa--exclamó por fin--; tú no sabes lo que dices! ¡Reflexiona
un poco! Hay que pasar muchas noches a campo raso, marchar, correr, y el
frío y la nieve, los tiros... ¡Eso no puede ser!
--¡Por Dios--exclamó la joven, con voz nublada por las lágrimas y
arrojándose a sus brazos--, no me digas que no! Quieres reírte a costa
de tu hijita Luisa...; tú no puedes abandonarme.
--¡Pero estarás mejor aquí!... Tendrás fuego..., recibirás noticias
nuestras todos los días...
--No, no quiero; quiero marcharme. El frío no me importa nada. Hace
mucho tiempo que estoy encerrada; deseo tomar un poco de aire. ¿No salen
también los pájaros? Los petirrojos se pasan fuera todo el invierno.
Cuando era muy pequeña ¿no he sufrido hambre y frío?
Luisa golpeaba el suelo con el pie, y luego, abrazando a Juan Claudio
por tercera vez, le dijo cariñosamente:
--Vamos, papá Hullin; la señora Lefèvre ha dicho que sí... ¿Serás tú más
malo que ella? ¡Ah! ¡Si supieras cuánto te quiero!
El buen hombre, enternecido por tales palabras, se había sentado y
volvía hacia otro lado la cabeza para no dejarse vencer y para no dejar
que su hija le besara.
--¡Oh! ¡Y qué malo eres hoy conmigo, papá!
--Es por ti, hija mía.
--¡Pues bien; será peor..., porque me escaparé e iré en busca tuya! ¡El
frío!... ¿Qué me importa el frío? ¿Y si caes herido, si quieres ver a tu
Luisa por última vez y ella no está allí, a tu lado, para cuidarte,
para quererte hasta el último momento?... ¡Oh! ¡Tú crees que tengo el
corazón de piedra!
La joven sollozaba; Hullin no pudo resistir más y preguntó:
--¿Pero es cierto que la señora Lefèvre consiente?
--¡Ah, sí! ¡Ah, sí! Me lo ha dicho ella misma; me ha dicho: «Procura
convencer a papá Juan Claudio; por mi parte, no deseo otra cosa; estoy
muy contenta.»
--¡Pues!... ¿Cómo voy a defenderme contra vosotros dos?; vendrás con
nosotros; quedamos conformes.
Un grito de alegría resonó en la casuca.
--¡Oh! ¡Qué bueno eres!
Y, en un momento, las lágrimas de Luisa se secaron.
--Marcharemos a batir los bosques, a luchar.
--¡Ah!--exclamó Hullin moviendo de arriba abajo la cabeza--; ahora lo
veo claro; no puedes negar que eres la pequeña _heimatshlos_. ¡Vaya
usted a domesticar una golondrina!
Después, sentándola sobre sus rodillas, le dijo:
--Mira, Luisa; hace ahora doce años que te encontré un día en medio de
la nieve; ¡estabas completamente amoratada, pobre niña! Y cuando
estuvimos en la barraca, cerca de un gran fuego, y poco a poco fuiste
volviendo, lo primero que hiciste fue sonreírme. Desde entonces no he
tenido otra voluntad que la tuya. Con esa sonrisa me has llevado donde
has querido.
Y como Luisa le sonriera nuevamente, Juan Claudio y su ahijada se
besaron.
--Pues bien--dijo Hullin dando un suspiro--; veamos si los paquetes
están bien hechos.
Acercose a la cama y vio con asombro sus trajes de abrigo, sus chalecos
de franela muy bien cepillados, muy bien doblados y perfectamente
empaquetados; allí estaba asimismo el paquete de Luisa con sus vestidos,
sus faldas y sus recios zapatos cuidadosamente ordenados. Por último, no
pudiendo dejar de reír, exclamó:
--¡Oh, _heimatshlos_, _heimatshlos_! ¡Nadie como tú para hacer bien un
paquete y para marcharse sin volver la cabeza!
Luisa sonrió.
--¿Estás contento?
--¡No he de estarlo! Pero mientras hacías todo esto, estoy seguro que no
has pensado en preparar la cena.
--¡Oh! ¡Eso se arregla pronto! No sabía que venías esta noche, papá Juan
Claudio.
--Es verdad, hija mía. Prepárame algo, cualquier cosa, con tal que sea
pronto, porque tengo mucho apetito. Mientras tanto, voy a fumar una
pipa.
--Sí, eso es; fúmate una pipa.
Hullin se sentó junto al banco de trabajo y comenzó a golpear con el
eslabón con aspecto muy pensativo. Luisa iba de un lado a otro, como un
verdadero diablillo, atizando el fuego, partiendo los huevos sobre la
sartén y haciendo surgir, en un abrir y cerrar de ojos, una tortilla.
Nunca la joven se había mostrado tan dispuesta, tan alegre y tan linda.
Hullin, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, la
miraba ir y venir, gravemente, pensando en la cantidad de firmeza, de
voluntad y de resolución que existía en aquel cuerpecillo, ligero como
una hada y decidido como un húsar. Pocos instantes después Luisa le
servía la tortilla en un plato grande y vidriado, el pan, el vaso y la
botella.
--Aquí tienes, papá; y, ahora, regálate.
Y mientras Juan Claudio comía, Luisa le miraba afectuosamente.
Las llamas se retorcían en la estufa, iluminando con viva luz las vigas
bajas, la escalera de madera que quedaba en la obscuridad, el amplio
lecho situado al fondo de la alcoba, toda la vivienda, en una palabra,
tantas veces animada por el carácter alegre del almadreñero, las
canciones de su hija y el ardor del trabajo. Y todo aquello Luisa lo
abandonaba sin pena, pensando sólo en los bosques, en los senderos
cubiertos de nieve, en las montañas que se perdían de vista desde la
aldea hasta Suiza y más lejos aún. ¡Ah! El maestro Juan Claudio tenía
razón al exclamar: _¡Heimatshlos, heimatshlos!_ La golondrina no puede
domesticarse; necesita el aire libre, el cielo inmenso, el movimiento
incesante. En el momento de la partida no le asusta la tormenta, ni el
viento, ni la lluvia torrencial. Sólo tiene un pensamiento, un deseo
único, una palabra: «¡En marcha! ¡En marcha!»
Una vez terminada la comida, levantose Hullin y dijo a su hija:
--Estoy cansado, hija mía; dame un beso y vamos a dormir.
--Sí, papá Juan Claudio; pero no olvides despertarme si sales antes del
amanecer.
--No tengas cuidado; vendrás con nosotros.
Luego, al verla subir la escalera y desaparecer en la buhardilla, se
dijo:
--¡Tiene miedo de quedarse en el nido!
Fuera, el silencio era muy profundo. Dieron las once en el reloj de la
iglesia. El almadreñero se sentó para quitarse las botas. En aquel
momento su mirada fue a caer casualmente sobre el viejo fusil que se
hallaba colgado encima de la puerta; lo cogió con mucho cuidado, lo
limpió y lo hizo funcionar para ver si marchaba bien. El alma entera de
Hullin estaba absorbida por aquella tarea.
--Esto va bien--murmuró Juan Claudio.
Y luego, gravemente, añadió:
--¡Es curioso! ¡Es curioso! La última vez lo cogí en Marengo..., hace
catorce años... ¡Me parece que fue ayer!
De repente, oyose fuera crujir la nieve endurecida como por la presión
de unas pisadas rápidas. Hullin prestó atención: «¡Es alguien!...»
Casi inmediatamente después dos golpes, suaves y secos, sonaron en los
cristales. Juan Claudio se dirigió a la ventana y la abrió. La cabeza de
Marcos Divès, con su ancho sombrero de fieltro, rígido por el frío, se
inclinó en la sombra.
--¿Qué hay, Marcos? ¿Qué noticias?
--¿Has avisado a los de la sierra, a Materne, a Jerónimo, a Labarbe?
--Sí, a todos.
--Pues no hay tiempo que perder; el enemigo ha pasado.
--¿Ha pasado?
--Sí..., en toda la línea... He recorrido quince leguas por la nieve,
desde esta mañana, para decírtelo.
--¡Bien! Es preciso hacer la señal: una gran hoguera en el Falkenstein.
Hullin estaba muy pálido; volvió a ponerse los zapatos. Dos minutos
después, con la recia zamarra sobre los hombros y empuñando una estaca,
abría suavemente la puerta y marchaba a largos pasos, junto a Marcos
Divès, camino del Falkenstein.