Desde media noche hasta las seis de la mañana brilló, en medio de la
obscuridad, una hoguera en la cumbre del Falkenstein, y toda la sierra
se puso en movimiento.
Los amigos de Hullin, de Marcos Divès y de la Lefèvre, calzando altas
polainas y llevando sendos fusiles, se encaminaron, en el silencio de
los bosques, hacia los puertos del Valtin. El propósito del enemigo de
atravesar las llanuras de Alsacia para caer de improviso sobre los
desfiladeros había sido adivinado por todos. La campana de Dagsburg, de
Abreschwiller, de Walsch, de San Quirino y de las demás aldeas no
cesaban de tocar alarma.
Hay que imaginarse el Jaegerthal, al pie del viejo _burg_, en una época
de nieves extraordinaria a la pálida luz de aquella hora temprana cuando
los macizos de árboles comienzan a surgir de las sombras, cuando el
excesivo frío de la noche empieza a templar, al acercarse el día. Hay
que figurarse la antigua fábrica de aserrar, con su amplio techo plano,
su pesada rueda llena de témpanos, su ancha barraca débilmente iluminada
por una hoguera, cuya luz disminuía al acercarse el crepúsculo, y
alrededor del fuego gorros de piel, sombreros de fieltro, negros
perfiles mirándose unos por encima de otros y apretándose como si
formaran una muralla; a lo lejos, en los claros de los bosques y en las
anfractuosidades de la cañada, se veían otras hogueras que iluminaban
grupos de hombres y mujeres agazapados en la nieve.
La agitación comenzaba a disminuir. A medida que el cielo se aclaraba,
la gente se reconocía.
--¡Toma! ¡El primo Daniel, de Soldatenthal! ¿También tú has venido?
--¡Es claro! Ya lo ves, Enrique, y mi mujer también.
--¿Cómo? ¿La prima Nanette? ¿Y dónde está?
--Allá abajo, cerca de la encina grande, junto al fuego del tío Hars.
Dábanse la mano unos a otros. Algunos prorrumpían en largos bostezos y
otros arrojaban al fuego trozos de tablas; corrían de mano en mano las
calabazas de aguardiente, y los que se habían calentado se retiraban del
corro para ceder el puesto a los vecinos que tiritaban. Pero cierta
impaciencia se iba apoderando de la multitud.
--¡Ah!--se oía exclamar en diversos sitios--; no hemos venido aquí para
chamuscarnos la planta de los pies. Es hora de hablar, de ponernos de
acuerdo.
--¡Sí, sí; pongámonos de acuerdo! ¡Nombremos los jefes!
--No; todavía falta mucha gente. ¡Ved cómo siguen llegando de Dagsburg y
de San Quirino!
En efecto; a medida que el día avanzaba se veían más grupos de personas
que venían por los distintos senderos de la sierra. En el valle había
varios centenares de hombres reunidos: leñadores, carboneros,
almadieros, sin contar las mujeres ni los niños.
Nada tan pintoresco como aquella parada en medio de la nieve, en el
fondo del desfiladero rodeado de abetos altísimos que llegaban hasta las
nubes; a la derecha, los valles se unen unos a otros hasta perderse de
vista; a la izquierda, las ruinas del Falkenstein se recortan en el
cielo. De lejos, los grupos parecían bandadas de grullas posadas sobre
el hielo; pero de cerca se veía que eran hombres rudos, con las barbas
erizadas como cerdas de jabalí, la mirada sombría, los hombros anchos y
cuadrados y las manos callosas. Algunos que descollaban por su estatura
pertenecían a una raza de hombres de pelo rojo, de piel blanca, velludos
hasta la punta de los dedos y tan fuertes que podrían arrancar de cuajo
una encina. Entre éstos se encontraba el viejo Materne del Hengst y sus
dos hijos Frantz y Kasper. Aquellos tres hombrachos--armados de
carabinas cortas de Inspruck, con polainas altas de color azul y botones
de cuero que les subían por encima de la rodilla, las espaldas
cubiertas con una especie de casaca de piel de cabra y el sombrero muy
echado atrás--no se habían dignado siquiera acercarse al fuego. Hacía
una hora que el padre y los hijos se hallaban sentados en el tronco
cortado de un árbol, a la orilla del río, el ojo alerta y los pies en la
nieve, como al acecho. De vez en cuando el anciano decía a sus hijos:
--No sé cómo tiritan tanto allá abajo. Nunca he visto una noche tan
templada en este tiempo; es una noche de corzos; los arroyos no están
siquiera helados.
Todos los monteros de la comarca, al pasar, iban a estrecharles la mano,
y luego se reunían a su alrededor, formando así una especie de grupo
aparte. Tales hombres hablaban poco, porque habían adquirido la
costumbre de pasar callados noches y días enteros, a fin de no espantar
la caza.
Marcos Divès, de pie en medio de otro grupo, del que sobresalía
completamente su cabeza, hablaba y gesticulaba, señalando ya a un punto
de la sierra ya a otro. Frente a él se hallaba el anciano pastor
Lagarmitte, con una amplia blusa gris, una larga trompa de madera
colgada del hombro y su perro. Lagarmitte escuchaba al contrabandista
con la boca abierta y de vez en cuando inclinaba la cabeza. Por lo
demás, parecía que prestaba atención todo el corro, que se componía
principalmente de leñadores y almadieros, con los cuales el
contrabandista estaba en relación diariamente.
Entre la fábrica de aserrar y la primera hoguera, en la compuerta de la
esclusa, se hallaba sentado el zapatero Jerónimo de San Quirino, un
hombre de cincuenta a sesenta años, de cara larga y curtida, ojos
hundidos, nariz gruesa, orejas cubiertas con un gorro de piel de nutria
y barba rubia y puntiaguda que le llegaba hasta la cintura. Sus manos,
cubiertas con guantes gruesos de lana de color verde claro, se apoyaban
en un enorme garrote de serbal lleno de nudos. Iba vestido con un largo
capote de paño pardo; cualquiera hubiera creído que era un ermitaño.
Cada vez que se levantaba un rumor de algún lado, el señor Jerónimo
volvía lentamente la cabeza y se ponía a escuchar, frunciendo las cejas.
Juan Labarbe, por su parte, con el codo apoyado en un mango de hacha,
permanecía impasible. Era un hombre de pálidas mejillas, nariz aguileña
y finos labios. Tenía gran ascendiente sobre los de Dagsburg por su
resolución y por la claridad de su talento. Cuando los demás gritaban a
su alrededor: «¡Hay que deliberar! ¡No podemos estar así, sin hacer
nada!», él se limitaba sencillamente a decir: «Esperemos; todavía no ha
llegado Hullin, ni Catalina Lefèvre. No tenemos prisa». Entonces se
callaban todos, mirando con impaciencia hacia el sendero de Charmes.
El _ségare_ Piorette, un hombrecillo flaco, escurrido, enérgico, con las
cejas negras en medio de la frente y la pipa en la boca, estaba junto al
umbral de su choza, y contemplaba, con la mirada a la vez viva y
profunda, el conjunto de aquella escena.
Mientras tanto, la impaciencia aumentaba de minuto en minuto. Algunos
alcaldes de pueblo, con casaca y sombrero de picos, se dirigieron a la
fábrica de aserrar llamando a sus concejos respectivos para deliberar.
Pero, afortunadamente, el carro de Catalina Lefèvre apareció, por fin,
en el camino y mil gritos de entusiasmo se elevaron en seguida por todas
partes.
--¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Han llegado!
El anciano Materne se subió en un tronco y luego descendió, diciendo
gravemente:
--Son ellos.
Se produjo una gran agitación. Los grupos lejanos se acercaron, y los
demás se aproximaron también. Una especie de estremecimiento de
impaciencia dominaba a la multitud. Apenas viose distintamente a la
anciana labradora, con la fusta en la mano, sentada en un haz de paja,
cuando en todas partes resonaron, repetidos por el eco, gritos de:
--¡Viva Francia! ¡Viva la señora Catalina!
Hullin, que se había quedado atrás, con el sombrero sobre la nuca y el
viejo fusil en bandolera, atravesaba en aquel momento la pradera de
Eichmath repartiendo fuertes apretones de manos.
--¡Buenos días, Daniel! ¡Buenos días, Colon! ¡Buenos días! ¡Buenos días!
--¡Bah! ¡Esto está que arde, Hullin!
--Sí, sí; este invierno vamos a oír crujir las castañas. Buenos días,
amigo Jerónimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.
--Sí, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios,
saldremos de ellos.
Catalina había llegado mientras tanto a la puerta de la fábrica de
aserrar, y ordenó a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de
aguardiente, que había traído de la granja, y que fuera a buscar un
cántaro a la choza del _ségare_.
Pocos instantes después, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontró a
Materne y a sus dos hijos.
--Llega usted tarde--le dijo el anciano cazador.
--Sí; es cierto. ¿Qué quieres? He tenido que bajar del Falkenstein,
coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aquí,
no perdamos tiempo. ¡Lagarmitte, toca la cuerna para que se reúna la
gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.
Lagarmitte tocó la trompa, hinchándosele las mejillas hasta las orejas,
y los grupos que aún se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y
a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo.
Momentos después aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente
a la fábrica de aserrar. Hullin, que había adquirido un aspecto muy
serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la
multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.
--El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para
penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que
suponer que dentro de tres o cuatro días veremos aquí a los alemanes y a
los rusos.