Mientras Hullin se enteraba del desastre de nuestros ejércitos y
mientras se dirigía lentamente, cabizbajo y preocupado, hacia la aldea
de Charmes, todo seguía su marcha acostumbrada en la granja de «El
Encinar». Nadie pensaba ya en el extraño relato de Yégof, nadie se
cuidaba de la guerra; el viejo Duchêne llevaba los bueyes al abrevadero;
el pastor Robin removía la cama del ganado, y Anita y Juana desnataban
las ollas de leche cuajada. Catalina Lefèvre, sola, seria y callada,
pensaba en los pasados tiempos, mientras vigilaba con aspecto impasible
las idas y venidas del pequeño mundo que la rodeaba. Aquella mujer tenía
demasiada edad y era demasiado seria para olvidar en un día lo que le
había tan vivamente conmovido. Al llegar la noche, después de la cena,
Catalina marchose a la sala contigua, en la que se le oyó sacar el libro
de apuntes del armario y colocarlo en la mesa para ajustar sus cuentas
como de ordinario.
Luego los hombres comenzaron a cargar un carro de trigo, legumbres y
aves de corral, porque al día siguiente había mercado en Sarreburg, y
Duchêne tenía que salir al amanecer.
Imaginaos aquella amplia cocina con la gente a punto de acabar sus
tareas, antes de marcharse a acostar; el enorme puchero negro, lleno de
remolacha y patatas destinadas al ganado, humeando sobre un inmenso
fuego de leña que se consumía formando tulipanes de oro y púrpura; los
platos, las escudillas y las soperas reluciendo como soles en el vasar;
las ristras de ajos y de cebollas bermejas colgadas en hilera de las
obscuras vigas del techo, entre los jamones y las lonjas de tocino;
Juana, con su papalina azul y su faldilla roja, agitando lo que contenía
el puchero con un cucharón de madera; los jaulones de mimbres, en los
que cacarean las gallinas con el rubio gallo, que pasa la cabeza entre
los barrotes y mira la llama con ojo interrogante y la cresta caída
encima de la oreja; el dogo _Michel_, de cabeza aplastada e hinchados
carrillos, husmeando una escudilla olvidada; Dubourg, bajando la obscura
escalera que cruje, a la izquierda, inclinado hacia adelante, con un
saco sobre el hombro y el brazo arqueado, apoyado en la cadera, mientras
que fuera, en medio de la negra noche, el anciano Duchêne, de pie en el
carro, levanta la linterna y grita: «Este hace quince, Dubourg; faltan
todavía dos.» También se ven, colgados de la pared, una liebre vieja y
rubia, traída por el cazador Heinrich para venderla en el mercado, y un
hermoso gallo, cuyas plumas tenían visos verdes y rojos, con el ojo
empañado y una gota de sangre en la punta del pico.
Eran cerca de las siete y media cuando se oyó un ruido de pasos a la
entrada del patio. El perro se adelantó hasta el umbral refunfuñando;
mas al llegar allí respiró el viento de la noche, y después volvió
tranquilamente a lamer de nuevo su escudilla.
--Debe de ser alguien de la casa--dijo Anita--, porque _Michel_ no se
mueve.
Casi al mismo tiempo Duchêne gritó desde fuera:
--Buenas noches, maestro Juan Claudio. ¿Es usted?
--Sí, vengo de Falsburg y quiero descansar un momento antes de llegar a
la aldea. Catalina ¿está ahí?
Entonces pudo verse al buen hombre aparecer a la luz con su ancho
sombrero echado hacia atrás y el rollo de pieles de carnero al hombro.
--¡Buenas noches, hijos míos!--dijo Juan Claudio--, ¡buenas noches!...
Siempre ocupados...
--Gracias a Dios, sí, señor Hullin, como usted ve--respondió Juana
riendo--. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sería demasiado
aburrida.
--Es verdad, hija mía, es verdad: sólo el trabajo suele producir esos
frescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.
Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abrió, y adelantose
Catalina Lefèvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como para
adivinar de antemano las noticias que traía.
--Y bien, Juan Claudio, ¿ya está usted de vuelta?
--Sí, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.
Ambos penetraron en la sala, que era una habitación alta y bastante
grande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de roble
provistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirámide
que comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos,
dentro de una caja de nogal, y un gran sillón de cuero, articulado por
una cremallera, que había sido usado por diez generaciones de ancianos.
Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo de
Catalina, a quien le parecía ver aún con la cabeza blanca, sentado en
la sombra, detrás del hogar.
--¿Qué hay?--preguntó la labradora ofreciendo un asiento al almadreñero,
que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.
--Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho está bien, aunque
ha sufrido muchas penalidades... ¡Tanto mejor! ¡Así se forma la
juventud!... Pero en cuanto a lo demás, Catalina, los asuntos van mal:
¡la guerra, la guerra!...
Hullin sacudió la cabeza; Catalina, con los labios contraídos, se sentó
frente a él, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, y
dijo:
--¿De modo que la cosa está mal... decididamente... y tendremos la
guerra aquí?
--Sí, Catalina; de un día a otro veremos llegar a los aliados a nuestras
montañas.
--Lo sospechaba..., estaba segura de ello; pero hable usted, Juan
Claudio.
Entonces Hullin, con los codos hacia adelante, las gruesas orejas rojas
entre las manos y bajando la voz contó lo que había visto: las talas
alrededor de la ciudad, la distribución de las baterías en las murallas,
la publicación del estado de sitio, los carros de heridos en la plaza de
armas, la conversación con el viejo sargento en casa de Wittmann y el
resumen de la campaña. De vez en cuando hacía una pausa, y la anciana
labradora entornaba los ojos lentamente como para grabar los hechos en
su memoria. Cuando Juan Claudio habló de los heridos, la buena mujer
murmuró en voz baja: «¡Gaspar se ha escapado de ésta!».
Por último, cuando acabose aquella lúgubre historia, hubo un largo
silencio y ambos se miraron sin decir una palabra.
¡Cuántas reflexiones, cuán amargos sentimientos invadían sus almas!
Así que pasaron unos instantes, la anciana, sobreponiéndose a los
terribles pensamientos que la embargaban, dijo gravemente:
--¿Ve usted, Juan Claudio, como Yégof no estaba equivocado?
--Sin duda, sin duda, no estaba equivocado--respondió Hullin--; pero
¿qué prueba eso? Un loco que va de pueblo en pueblo, que sube y baja de
Alsacia a Lorena, que va de acá para allá, nada de extraño tiene que vea
o que de cuando en cuando diga una verdad en medio de sus desvaríos. En
su cabeza todo se embrolla, y los demás creen comprender lo que él mismo
no comprende. Pero no se trata de historia de loco, Catalina. Los
austriacos se acercan y lo que se trata de saber es si los dejaremos
pasar o si tendremos el valor de defendernos.
--¡De defendernos!--exclamó la anciana, cuyas pálidas mejillas se
estremecieron--. ¡Si nosotros tendremos el valor de defendernos! No es
conmigo, Hullin, con quien tiene usted que hablar. ¡Cómo!... ¿Acaso
valemos menos que nuestros antepasados? ¿Acaso ellos no se han
defendido?... ¿No ha sido preciso exterminarlos a todos, hombres,
mujeres y niños?
--Entonces, Catalina, ¿usted es partidaria de la defensa?
--¡Sí, sí..., en tanto que me quede un soplo de vida! ¡Que vengan, que
vengan! ¡La vieja de las viejas aquí les espera!
Sus largos cabellos grises se agitaron, sus pálidas y contraídas
mejillas se estremecieron y sus ojos despedían relámpagos. En aquel
momento Catalina parecía hermosa, hermosa como la anciana Margarita de
la que había hablado Yégof. Hullin le tendió la mano en silencio,
sonriendo de entusiasmo, y dijo:
--¡Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lo
mismo. No puede usted negar quién es, Catalina; ya está usted en marcha;
pero tenga un poco de tranquilidad y óigame. Nosotros vamos a luchar;
pero ¿con qué medios?
--Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...
--Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles
tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero,
desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.
La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientras
recogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al
azar, con aire pensativo.
--Sí--añadió Catalina bruscamente--, pólvora y balas hacen falta, es
verdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene en
abundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que Catalina
Lefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; que
ella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo...,
todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?
--Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.
--¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso--replicó la anciana--; es muy
sencillo: ¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos
hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio...,
yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es! Usted comprará la pólvora y
ese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus castillos.
Hullin comprendió por lo que oía que Catalina seguía pensando en la
historia de Yégof; pero viendo cuán irritada estaba la anciana y
pensando que sus propósitos contribuirían a la defensa del país, no hizo
ninguna observación a este respecto, y dijo solamente:
--Entonces, Catalina, quedamos conformes; mañana iré a ver a Marcos
Divès...
--Sí, compre usted toda la pólvora y todo el plomo que tenga. También
convendría recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente lo
que sucede y convenir con ellos una señal a fin de reunirse en caso de
ataque.
--Esté usted tranquila--dijo Juan Claudio--; yo me encargo de eso.
Levantáronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Hacía
media hora que había cesado el ruido en la cocina: la gente de la granja
se había ido a acostar. La anciana colocó la lámpara en una esquina del
hogar y corrió los cerrojos. Fuera, el frío era intenso; el aire,
tranquilo y límpido. Las cumbres de alrededor y los abetos del
Jaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas.
Lejos, bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle del
Blanru.
--¡Buenas noches, Hullin!--dijo la señora Lefèvre.
--¡Buenas noches, Catalina!
Juan Claudio alejose rápidamente por la cuesta de los brezos, y la
labradora, después de contemplar durante un segundo, cerró la puerta.
Fácilmente se podrá imaginar la alegría de Luisa cuando supo que Gaspar
se hallaba sano y salvo. La pobre joven no vivía desde hacía dos meses.
Hullin tuvo buen cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba por
el horizonte. Durante toda la noche la oyó Juan Claudio ir de un lado
para otro en su cuartito, hablando a solas como si se felicitara a sí
misma, pronunciando el nombre de Gaspar y abriendo cajones y cajas para
buscar, sin duda, algunos recuerdos que le hablasen de amor.
Así el pajarillo, sorprendido por la tormenta, tiritando aún, comienza a
cantar y a saltar de rama en rama, al salir al primer rayo de sol.
V
Cuando Juan Claudio Hullin, en mangas de camisa, abrió al día siguiente
las ventanas de su casilla vio las montañas vecinas--el Jaegerthal, el
Grosmann, el Donon--cubiertas de nieve. La primera aparición del
invierno, ocurrida mientras dormimos, tiene algo de sorprendente: los
viejos abetos, las rocas, cubiertas de musgo, que la víspera se
adornaban de verdor y que ahora centellean llenas de escarcha, producen
en el alma una tristeza indefinible. «Ha pasado otro año--nos decimos--,
y otra vez tenemos que sufrir los rigores del tiempo antes que vuelva la
primavera.» Y nos apresuramos a vestir la recia hopalanda y a encender
el fuego. Las habitaciones obscuras se llenan de luz blanca, y por
primera vez oímos a los gorriones, agazapados bajo los rastrojos, con
las plumas erizadas, que gritan afuera: «Esta mañana no hay comida, no
hay comida.»
Hullin se calzó sus recios zapatos herrados de doble suela, y sobre la
chaqueta púsose un amplio jubón de paño buriel.
Juan Claudio oía en el techo los pasos de Luisa, que iba de un lado a
otro en la buhardilla, y gritó:
--¡Luisa, me marcho!
--¡Cómo! ¿Se marcha usted hoy también?
--Sí, hija mía; tengo que salir, mis asuntos no han terminado.
Después, así que se hubo puesto un ancho sombrero de fieltro, subió la
escalera y dijo en voz baja:
--Hija mía, tardaré algún tiempo en volver, pues tengo que ir bastante
lejos; pero no te inquietes. Si alguien pregunta dónde estoy, le dices:
«En casa del primo Matías, en Saverne.»
--¿No quiere usted almorzar antes de salir?
--No; me llevo un pedazo de pan y la calabacilla de aguardiente. Adiós,
hija mía; alégrate, y piensa en Gaspar.
Y sin esperar que le hiciera nuevas preguntas, cogió su palo y salió de
la casilla, dirigiéndose hacia la colina de los Abedules, a la
izquierda de la aldea. No había pasado un cuarto de hora cuando Hullin
la había recorrido y llegaba al sendero de las Tres Fuentes, que rodea
el Falkenstein, siguiendo un murillo de piedra en seco. Las primeras
nieves, que nunca se endurecen, comenzaban, con el ambiente húmedo de
las cañadas, a fundirse y se deslizaban por el sendero. Hullin saltó el
murillo para subir la pendiente. Y dirigiendo casualmente la mirada
hacia la aldea, que se hallaba sólo a dos tiros de carabina, vio a
algunas mujeres barrer delante de sus puertas y a algunos vejetes que se
saludaban, mientras fumaban la primera pipa del día, junto al umbral de
su chamizo. Aquella profunda tranquilidad de la vida, en contraste con
los pensamientos que le agitaban, le impresionó, y siguiendo su camino
muy preocupado se dijo: «¡Qué tranquilo está todo allá abajo!... Nadie
sospecha nada, y, sin embargo, dentro de pocos días cuántos clamores,
qué estruendo de descargas no hendirán los aires!»
Como de lo que se trataba en primer lugar era de procurarse pólvora,
Catalina Lefèvre había puesto naturalmente los ojos en Marcos Divès, el
contrabandista, y en su virtuosa esposa Hexe-Baizel.
Aquellas gentes vivían al otro lado del Falkenstein y debajo de la roca
que servía de asiento a un antiguo _burg_[2] en ruinas; allí se habían
construido una especie de cubil bastante cómodo, el cual no tenía mas
que la puerta de entrada y dos ventanillos, pero que, según ciertos
rumores, se hallaba en comunicación con unos subterráneos por cierta
hendedura; nunca los carabineros habían podido descubrirla, a pesar de
los numerosos registros que habían hecho con tal fin. Juan Claudio y
Marcos Divès se conocían desde la infancia; juntos habían ido a coger
nidos de gavilanes y mochuelos, y desde entonces continuaban viéndose
casi todas las semanas, por lo menos una vez, en la fábrica de aserrar
del Valtin. Hullin estaba, pues, seguro del contrabandista, pero le
infundía alguna sospecha la señora Hexe-Baizel, mujer demasiado
circunspecta y que quizás no se inclinase del lado de la guerra. «En
fin--se decía Juan Claudio mientras caminaba--, ahora veremos.»
El almadreñero encendió la pipa, y de vez en cuando se volvía para
contemplar el inmenso paisaje, cuyos límites se ensanchaban cada momento
más.
Nada hay tan hermoso como el espectáculo de aquellas montañas pobladas
de bosques, elevándose unas sobre otras en el cielo pálido; de los
corpulentos brazos, que se extienden hasta perderse de vista, cubiertos
de nieve; de los obscuros barrancos, encajonados entre los bosques, con
el torrente al fondo saltando entre los cantos rodados tan verdosos y
bruñidos como el bronce. Y además el silencio, ese gran silencio del
invierno...; la nieve todavía blanda, que cae de la copa de los altos
abetos sobre las ramas inferiores que se inclinan; las aves de rapiña,
dando vueltas de dos en dos por encima de los montes y lanzando sus
gritos de combate: cosas son ésas que sólo se pueden ver, que no se
pueden describir.
Próximamente una hora después de haber salido de la aldea de Charmes,
Hullin trepaba por la cumbre del monte y llegaba al pie del peñón de los
Madroños. Alrededor de aquella masa granítica se extiende una especie de
terraplén de tres a cuatro pies de ancho. Semejante camino, hasta donde
llegan las copas de los abetos más altos que suben del precipicio, tiene
algo de siniestro, pero es seguro; si no se siente el vértigo, no hay
peligro alguno en recorrerlo. Por encima, formando una media bóveda,
avanzaba la roca cubierta de ruinas.
Juan Claudio se acercaba a la cueva del contrabandista, y deteniéndose
un momento en el terraplén, guardose la pipa en el bolsillo; luego
siguió andando por el sendero, que describe un semicírculo y termina por
el otro lado en una brecha. Al final, y casi junto a dicha cortadura,
vio Hullin las dos ventanillas del cubil y la puerta, que se hallaba
entreabierta. Un gran montón de estiércol se divisaba delante del
umbral.
En el mismo instante apareció Hexe-Baizel, arrojando, con una gran
escoba de retamas verdes, el estiércol al abismo. Aquella mujer era
pequeña y delgaducha; tenía los cabellos rojos y desgreñados, las
mejillas hundidas, la nariz afilada, los ojos pequeños y brillantes como
dos centellas; la boca fina, con los dientes muy blancos, y la tez
rojiza. En cuanto a su vestidura, se componía de una falda de lana muy
corta y sucia y de una camisola de lienzo bastante blanca; sus curtidos
bracillos musculosos, cubiertos de vello dorado, estaban desnudos hasta
el codo, a pesar del intenso frío que hace en el invierno a tal altura;
en fin, por todo calzado llevaba dos enormes chanclos destrozados.
--¡Hola! ¡Buenos días, Hexe-Baizel!--gritó Juan Claudio alegremente y en
tono burlón--; usted siempre tan gruesa y oronda, alegre y satisfecha...
¡Así me gusta!
Hexe-Baizel se había vuelto rápidamente, como una comadreja sorprendida
en acecho, sacudiendo la cabellera roja y lanzando chispas por los ojos;
pero se tranquilizó en seguida y exclamó secamente, como si se hablara a
sí misma:
--¡Hullin... el almadreñero! ¿Qué se le habrá perdido por aquí?
--Vengo a ver a mi amigo Marcos, señora Hexe-Baizel--respondió Juan
Claudio--; tenemos que hablar de negocios.
--¿Qué negocios?
--¡Ah! Eso queda para nosotros. Vamos, déjeme usted pasar, pues quiero
hablarle.
--Marcos está durmiendo.
--Pues hay que despertarle, porque el tiempo vuela.
Y diciendo esto, Hullin se inclinó para entrar por la puerta y penetró
en una pequeña cueva, cuya bóveda, en vez de ser redonda, era de forma
irregular, surcada de hendeduras. Cerca de la entrada, a dos pies del
suelo, la roca formaba una especie de hogar natural, en el que ardían
algunos carbones y ramas de enebro. Todos los utensilios de cocina de
Hexe-Baizel consistían en una olla de metal, un puchero de barro rojo,
dos platos desportillados y tres o cuatro tenedores de estaño; todo su
mobiliario, en un asiento de madera, una hacheta para partir la leña,
una caja con sal colgada de la piedra y la gran escoba de retamas
verdes. A la izquierda de tal cocina se veía otra caverna con una puerta
irregular, más ancha por arriba que por abajo, que se cerraba por medio
de dos tablas y un travesaño.
--Y ¿dónde está Marcos?--dijo Hullin sentándose cerca del hogar.
--Ya le he dicho que está durmiendo; ayer vino muy tarde, y hay que
dejarle dormir, ¿lo oye usted?
--Lo oigo muy bien, Hexe-Baizel, pero no tengo tiempo de esperar.
--Entonces, márchese.
--¡Márchese! ¡Eso se dice muy pronto!; pero es el caso que no quiero
irme. No he hecho una legua de camino para volverme con las manos
vacías.
--¿Eres tú, Hullin?--interrumpió bruscamente una voz saliendo de la
cueva de al lado.
--Sí, Marcos.
--¡Ah! Ya voy.
Oyose un ruido como de paja removida, y luego la tapadera de madera se
corrió: un cuerpo enorme, de una anchura de tres pies de hombro a
hombro, delgado, huesudo, cargado de espaldas, con el cuello y las
orejas color de ladrillo, los cabellos obscuros y espesos, inclinose
para pasar por el boquete, y Marcos Divès apareció ante Hullin
bostezando, estirando sus largos brazos y dando un suspiro contenido.
A primera vista, la fisonomía de Marcos Divès parecía bastante pacífica.
La frente ancha y baja, las despejadas sienes, los cabellos cortos y
rizados que avanzaban en punta hasta cerca de las cejas, la nariz recta
y larga, el mentón prolongado, y, sobre todo, la expresión tranquila de
sus ojos obscuros hubieran inducido a creer que pertenecía a la familia
de los rumiantes más bien que a la de las fieras; pero hubiese sido
aventurado fiarse de las apariencias. Por la comarca corrían rumores de
que Marcos Divès, en caso de que le atacaran los carabineros, no tendría
el menor reparo en servirse del hacha y de la escopeta para acabar
pronto; a él se le atribuían varios accidentes graves ocurridos a los
agentes del fisco; pero las pruebas faltaban en absoluto. El
contrabandista, gracias a su profundo conocimiento de los puertos de la
sierra y de las veredas que van de Dagsburg a Sarrebrück y de
Raon-l'Etape a Basilea, en Suiza, siempre se hallaba a quince leguas de
los sitios donde había sucedido alguna fechoría. Además, tenía un aire
bonachón, y aquellos que habían hecho correr rumores que le perjudicaban
siempre hubieron de acabar mal; lo que prueba la justicia del Señor en
este mundo.
--A fe mía, Hullin--exclamó Marcos después de salir del agujero--, ayer
estuve pensando en ti, y si no hubieras venido, hubiese ido yo a la
fábrica del Valtin con el solo objeto de buscarte. Siéntate.
Hexe-Baizel, trae un asiento a Hullin.
Luego sentose el contrabandista en el hogar, con la espalda hacia el
fuego y frente a la puerta abierta, por la que penetraban juntos los
vientos de Alsacia y de Suiza.
Por el boquete podía descubrirse una vista espléndida; parecía un
verdadero cuadro recortado por la roca, un cuadro inmenso abarcando todo
el valle del Rin, y del otro lado, las montañas, que se perdían en la
bruma. Respirábase un vientecillo fresco, y el fuego que danzaba en
aquel nido de búhos era agradable de ver con sus tonos rojos, después
que los ojos habían recorrido la extensión azulada.
--Marcos--dijo Hullin tras un instante de silencio--, ¿puedo hablar
delante de tu mujer?
--Ella y yo somos una sola persona.
--Pues bien, Marcos, vengo a comprarte pólvora y plomo.
--Para tirar liebres, ¿no es verdad?--dijo el contrabandista guiñando
los ojos.
--No; para batirnos con los alemanes y los rusos.
Hubo un instante de silencio.
--¿Y necesitarás mucha pólvora y mucho plomo?
--Todo el que me puedas proporcionar.
--Puedo proporcionarte hoy municiones por valor de tres mil
francos--dijo el contrabandista.
--Las compro.
--Y dentro de ocho días dispondré de otras tantas--añadió Marcos con la
misma tranquila voz y la mirada atenta.
--También las compro.
--¡Sí, usted las compra--exclamó Hexe-Baizel--, usted las compra, no lo
dudo!; pero ¿quién las paga?
--Cállate--dijo Marcos con acritud--; Hullin las compra, y su palabra
basta.--Después, tendiéndole la ancha mano de un modo afectuoso, añadió:
--Juan Claudio, aquí está mi mano; la pólvora y el plomo son tuyos; pero
quiero gastar la parte que me corresponde, ¿comprendes?
--Sí, Marcos; pienso pagarte en seguida.
--Pagará--dijo Haxe Baizel--, ¿lo oyes?
--¡Bah! ¡No soy sordo! Baizel, ve por una botella de _brimbelle-wasser_
para calentarnos un poco el estómago. Lo que Hullin acaba de decirme me
gusta. Esos granujas de _kaiserlicks_ no nos ganarán la partida con
tanta facilidad como yo creía. Parece que vamos a defendernos con
energía.
--Sí, con energía.
--¿Hay algunos que pagan?
--La que paga es Catalina Lefèvre, y ella es la que me manda--dijo
Hullin.
Entonces Marcos se levantó, y con voz grave, extendiendo el brazo hacia
los precipicios, exclamó:
--¡Es una mujer..., una mujer tan grande como aquel peñón de allá abajo,
el Oxenstein, el mayor que he visto en mi vida! ¡Bebo a su salud! ¡Bebe
tú también, Juan Claudio!
Hullin bebió, y luego lo hizo la anciana.
--Después de eso no hay más que hablar--exclamó Divès--; pero escucha,
Hullin; no hay que creer que es empresa fácil cortarles el paso; todos
los cazadores furtivos, todos los _segares_[3] _schileteros_ y
leñadores de la sierra no bastarán para ello. Acabo de llegar del otro
lado del Rin. ¡Cuántos rusos, austriacos, bávaros, prusianos, cosacos y
húngaros..., cuántos he visto! ¡Cubren la tierra; los pueblos no pueden
albergarlos y acampan en las llanuras, en las cañadas, en las alturas,
en las ciudades, a campo raso; por todas partes, por todas partes hay
enemigos!
En aquel momento un grito agudo hendió los aires.
--¡Es un halcón que está de caza!--dijo Marcos interrumpiéndose.
Mas en el mismo instante pasó una sombra por el peñón.
Era una bandada de pinzones que volaba sobre el abismo, y centenares de
halcones y gavilanes se agitaban sobre ellos, dando vertiginosas vueltas
y gritos estridentes para azorar a su presa, mientras que la bandada
parecía inmóvil, de densa que era. El movimiento regular de tantos miles
de alas producía en el silencio un ruido semejante al de las hojas secas
arrastradas por el cierzo.
--Son los pinzones, que se marchan de las Ardennas--dijo Hullin.
--Sí, es el último paso; ya el hayuco está enterrado en la nieve lo
mismo que la sementera. Pues bien, mira; hay más hombres allá abajo que
pájaros en esa bandada. Pero es igual, Juan Claudio; saldremos bien de
nuestra empresa, siempre que todo el mundo tome parte en ella.
¡Hexe-Baizel, enciende la linterna, porque voy a enseñar a Hullin las
provisiones que tenemos de pólvora y plomo!
Hexe-Baizel, al oír semejante proposición no pudo contener un gesto de
extrañeza, y dijo:
--Nadie, desde hace veinte años, ha entrado en la cueva; bien puede él
creernos bajo nuestra palabra como nosotros creemos bajo la suya que nos
pagará; de modo que no tengo para qué encender la linterna.
Marcos, sin contestar nada, extendió el brazo y tomó de la leñera una
gruesa tranca; entonces la vieja, con los cabellos erizados, desapareció
por el boquete más próximo como un hurón, y dos segundos después salía
con una enorme linterna de cuerno, que Divès encendió tranquilamente con
el fuego del hogar.
--Baizel--dijo Marcos volviendo a colocar el palo en el rincón--, tú
sabes que Juan Claudio es un amigo mío de la infancia, y que me fío
mucho más de él que de ti, vieja garduña; porque si no temieras que te
ahorcaran el mismo día que a mí, hace tiempo que me hubieran colgado de
una cuerda. Vamos, Hullin, sígueme.
Salieron ambos, y el contrabandista, torciendo a la izquierda, se
dirigió hacia la cortadura, que formaba una especie de salidizo sobre el
Valtin, a doscientos pies de altura. Separó con la mano las hojas de una
encinilla que había arraigado por debajo, alargó la pierna y desapareció
como si se hubiera arrojado al abismo. Juan Claudio se estremeció; pero
casi al mismo tiempo, sobre la pared que formaba la roca, vio destacarse
la cabeza de Divès, que avanzaba gritándole:
--Hullin, pon la mano a la izquierda, donde hay un agujero; extiende el
pie sin miedo y tocará en un escalón, y después da media vuelta.
Juan Claudio obedeció muerto de miedo; encontró el boquete en la piedra,
alcanzó el escalón y, dando media vuelta, se encontró frente a frente
con su compañero en una especie de nicho apuntado, que sin duda se
comunicaba en otro tiempo con una poterna. Al fondo del nicho abríase
una bóveda baja.
--¿Cómo demonio has encontrado esto?--exclamó Hullin completamente
maravillado.
--Lo encontré buscando nidos hace treinta y cinco años. Un día me
hallaba en la peña, y yo había visto salir de allí muchas veces un búho
de gran tamaño con la hembra, dos pájaros magníficos, con la cabeza
gorda como mi puño y unas alas de seis pies de ancho, cuando oí gritar a
las crías y me dije: «Están cerca de la caverna, en el extremo del
terraplén. Si pudiera dar la vuelta un poco más allá de la cortadura,
las cogería.» A fuerza de mirar y de inclinarme logré ver una esquina
del escalón, por encima del precipicio. Al lado había un acebo bastante
firme. Me así del acebo, extendí la pierna y, ¡ya lo ves!, aquí llegué.
¡Pero qué lucha, Hullin! El padre y la madre querían sacarme los ojos.
Por fortuna era de día, y aunque ambos se dirigían contra mí, abriendo
el pico y silbando, el sol los deslumbraba. Les di unos cuantos
puntapiés, y por fin fueron a caer en un abeto, allá abajo; y los
grajos, los zorzales, los pinzones, estuvieron volando alrededor de
ellos hasta que llegó la noche, para arrancarles las plumas. No puedes
figurarte, Juan Claudio, el montón de huesos, pellejos de ratas y
lebratos, la carroña que habían reunido en este nido aquellos animales.
Era una verdadera inmundicia. Lo arrojé todo al Jaegerthal y vi el
pasadizo cubierto. Se me olvidó decirte que me encontré dos crías;
retorcíles el pescuezo y las metí en el saco. Después de lo cual, con
toda tranquilidad entré, y ahora verás lo que hallé. Entra.
Ambos penetraron en una bóveda estrecha y baja, formada por enormes
piedras rojas, en las que la luz proyectaba, al marchar los dos amigos,
su vacilante resplandor.
Cuando hubieron andado unos treinta pasos, apareció ante Hullin una gran
cueva de forma circular, desplomada por lo alto y abierta en la roca
viva. Al fondo se veían unos cincuenta barriles apilados en forma de
pirámide, y a los lados, gran cantidad de barras de plomo y sacos de
tabaco, cuyo fuerte olor impregnaba el aire.
Marcos había dejado la linterna a la entrada de la bóveda y miraba su
guarida con la cabeza levantada y la sonrisa en los labios.
--He aquí lo que descubrí--dijo el contrabandista--, la cueva estaba
vacía; solamente encontré ahí en medio el esqueleto de un animal, tan
blanco como la nieve, seguramente de un zorro muerto de viejo. ¡El
granuja descubrió el pasadizo antes que yo, y aquí dormía a pierna
suelta! ¡A quién hubiera podido ocurrírsele venir a este lugar! En aquel
tiempo, Juan Claudio, yo tenía doce años. En seguida pensé que este
escondrijo podría serme útil algún día. No sabía entonces para qué...;
pero así que pasó tiempo, cuando hice las primeras salidas de
contrabando a Landau, Khel y Basilea con Jacobo Zimmer, y cuando los
carabineros se dedicaron a perseguirnos durante dos inviernos, la idea
de la cueva abandonada comenzó a rondar mi pensamiento desde la mañana
hasta la noche. Yo conocía ya a Hexe-Baizel, que era entonces criada de
la granja de «El Encinar», en casa del padre de Catalina. Trájome en
dote veinticinco luises, y vinimos a establecernos en la caverna de los
Madroños.
Callose Divès, y Hullin, muy pensativo, le preguntó:
--Entonces ¿has tomado cariño a este agujero?
--¡Que si le he tomado cariño!... Mira, no me iría a vivir a la casa más
hermosa de Estrasburgo aun cuando me dieran dos mil libras de renta.
Hace veintitrés años que guardo aquí mis mercancías: azúcar, café,
pólvora, tabaco, aguardiente; todo se mete ahí. Tengo ocho caballerías
siempre de camino.
--Pero no disfrutas de nada.
--¡Que no disfruto de nada! ¿Tú crees que no es nada burlarse de los
gendarmes, de los investigadores, de los carabineros, irritarlos,
despistarlos y oír decir por todas partes: «Ese granuja de Marcos, ¡qué
listo es!... ¡Cómo hace lo que quiere!... Es capaz de acabar con todo el
Estado...» Y esto y lo otro. ¡Je, je, je! Te aseguro que es el placer
mayor del mundo. Además, la gente te quiere porque vendes a mitad de
precio, con lo cual prestas un servicio a los pobres y mantienes
caliente el estómago.
--Sí; pero ¡cuántos peligros!
--¡Bah! Nunca se le ocurrirá a un carabinero pasar por la brecha.
--¡Desde luego!--pensó Hullin, al recordar que tendría necesidad de
salvar nuevamente el precipicio.
--Es igual--prosiguió Marcos--; no te falta del todo razón, Juan
Claudio. Al principio, cuando yo tenía que entrar aquí con esos
barrilillos a la espalda, sudaba la gota gorda; pero ahora ya me he
acostumbrado.
--¿Y si se te escurriera un pie?
--Pues nada; se acabaría todo. Lo mismo da morir ensartado en un abeto
que toser durante semanas y meses tendido en un jergón.
En tal momento, Divès iluminaba con la linterna las pilas de barriles,
que llegaban hasta la bóveda.
--Es pólvora fina inglesa--dijo Marcos--que se va de las manos como las
pepitas de plata y que caza a las mil maravillas. No se necesita mucha;
con un dedal basta. Y aquí tienes el plomo puro, sin mezcla de estaño.
Esta noche comenzará Hexe-Baizel a fundir las balas; ella entiende de
eso; tú verás.
Y ya se disponían a volver en dirección a la cortadura, cuando, de
repente, un confuso ruido de palabras se oyó zumbar en el aire. Marcos
apagó la linterna, y ambos quedaron sumidos en la obscuridad.
--Alguien va por ahí arriba--dijo el contrabandista en voz muy baja--.
¿Quién será el que se ha aventurado a trepar al Falkenstein con este
tiempo de nieves?
Estuvieron escuchando, conteniendo la respiración, con la vista fija en
el rayo de luz azulada que descendía por una estrecha falla hasta el
fondo de la caverna. Alrededor de aquella hendedura crecían algunas
malezas salpicadas de escarcha centelleante; más arriba se divisaba la
coronación de un antiguo muro. Y en el momento en que Divès y Hullin
miraban manteniendo el más profundo silencio, he aquí que aparece al pie
del muro una enorme cabeza despeluznada, una frente dentro de un aro
reluciente, una cara alargada y después una barba roja, puntiaguda, todo
lo cual se recortaba, formando una extraña silueta, en el cielo blanco
del invierno.
--Es el _Rey de Bastos_--dijo Marcos riendo.
--¡Pobre hombre!--murmuró Hullin gravemente--; viene a visitar su
castillo, andando por el hielo con los pies descalzos y con su corona de
hojalata en la cabeza. ¡Oye, oye cómo habla! Está dando órdenes a los
caballeros y a la corte; ahora extiende el cetro ya al Norte, ya al
Mediodía; todo es suyo; es el señor del cielo y de la tierra... ¡Pobre
hombre! ¡Sólo de verle con los calzoncillos que lleva y con la piel de
perro pelada a la espalda, siento frío en los huesos!
--Sí, Juan Claudio, esto me produce el efecto de un burgomaestre o de un
alcalde de pueblo, con una panza tan abultada como la de un palomo, a
quien se le hinchan los carrillos cuando dice: «Yo, Hans Aden, tengo
diez fanegas de magníficos prados, tengo también dos casas, una viña, un
huerto y un jardín; ¡ején!, ¡ején!, tengo esto, y lo otro, y lo de más
allá.» Pero al día siguiente le da un coliquillo, y... ¡andando! ¡Los
locos, los locos!... ¿Quién puede decir que no está loco? Vámonos,
Hullin; la vista de ese desgraciado que habla a solas y los gritos del
cuervo anunciando el hambre me estremecen.
Penetraron ambos en la galería, y al salir de las tinieblas, la claridad
del día estuvo a punto de deslumbrar a Hullin. Por fortuna, el cuerpo
aventajado de su camarada, que se había colocado delante de él, le
preservó del vértigo.
--¡Agárrate con fuerza--dijo Marcos--y haz como yo! La mano derecha en
el boquete, y el pie derecho delante, en el escalón; ahora, media
vuelta. ¡Ya estamos!
Volvieron a la cocina, en la que se hallaba Hexe-Baizel, quien les dijo
que Yégof estaba en las ruinas del antiguo _burg_.
--Ya lo sabemos--respondió Marcos--; acabamos de verle tomando el fresco
allá arriba: cada loco con su tema.
En tal momento, _Hans_, el cuervo, volando por encima del abismo, pasó
ante la puerta lanzando un grito ronco; oyose un ruido como de granizo
desprendiéndose de la maleza y apareció el loco en el terraplén con un
aspecto muy hosco; dirigió una mirada hacia el hogar, y exclamó:
--Marcos Divès, procura mudarte pronto. Te lo advierto porque estoy
cansado de este desorden. Las fortificaciones de mis dominios tienen que
quedar libres. No consiento que mi casa sea una gusanera. Por
consiguiente, prepáralo todo.
Luego, al ver a Juan Claudio, desarrugósele el entrecejo y le dijo:
--¿Tú por aquí, Hullin? ¿Serás, por fin, bastante perspicaz para
aceptar las proposiciones que me he dignado hacerte? ¿Comprenderás que
una unión como la que te propongo es el solo medio de libraros de la
completa destrucción de vuestra raza? Si así es, te felicito, pues das
prueba de más discreción de la que te creía capaz.
Hullin no pudo contener la risa y le respondió:
--No, Yégof, no; el Cielo no me ha iluminado aún lo suficiente para
aceptar el honor que me quieres hacer. Además, Luisa no está en edad de
contraer matrimonio.
El loco volvió a tomar un aspecto grave y sombrío. De pie, al borde del
terraplén, de espaldas al abismo, parecía ser aquel su lugar natural, y
el cuervo, dando vueltas a uno y otro lado, no conseguía alterarle.
Yégof levantó el cetro, frunció las cejas y exclamó:
--¡Hullin! Por segunda vez te reitero mi petición y tú por segunda vez
la rechazas. Volveré a hacértela por última vez, ¿lo oyes?, por última
vez. Después... ¡que se cumpla el destino!
Y girando pausadamente los talones, con paso firme, alta y derecha la
cabeza, a pesar de la extraordinaria inclinación de la pendiente, el
_Rey de Bastos_ descendió el sendero de la roca.
Hullin, Marcos Divès y también Hexe-Baizel prorrumpieron en una sonora
carcajada.
--Está completamente loco--dijo Hexe-Baizel.
--Me parece que no te equivocas--contestó el contrabandista--. El pobre
Yégof, desde luego, ha perdido la razón. Pero no se trata de eso ahora;
Baizel, atiende a lo que te digo: vas a dedicarte a fundir balas de
todos los calibres; por mi parte, voy a ponerme en camino de Suiza.
Dentro de ocho días, cuando más, las municiones que faltan estarán aquí.
Y ve en busca de mis botas.
Después, golpeando el suelo con el tacón y poniéndose al cuello una
gruesa corbata de lana roja, descolgó de la pared una de esas capas de
color verde obscuro, como las que llevan los pastores, y se la echó
sobre los hombros; calose luego un sombrero de fieltro viejo y raído,
cogió una estaca y exclamó:
--¡No olvides lo que acabo de decirte, mujer; si no, ya verás! ¡Andando,
Juan Claudio!
Obedeció Hullin, y ambos se alejaron por la explanada sin despedirse de
Hexe-Baizel, la cual, por su parte, no se atrevió siquiera a asomarse al
umbral para verlos marchar. Cuando los dos amigos estuvieron en lo bajo
del peñón, Marcos Divès, deteniéndose, dijo:
--Tú vas a los pueblos de la sierra, ¿no es eso, Hullin?
--Sí, es lo primero que tengo que hacer; hay que avisar a los leñadores,
a los carboneros, a los almadieros, y decirles lo que ocurre.
--Desde luego; no dejes de ver a Materne del Hengst y a sus dos hijos, a
Labarbe de Dagsburg y a Jerónimo de San Quirino. Diles que habrá pólvora
y balas; que nos hallamos metidos en el asunto Catalina Lefèvre, yo,
Marcos Divès, y todas las personas decentes de la comarca.
--Quédate tranquilo, Marcos; yo conozco a la gente.
--Entonces, hasta pronto.
Los dos amigos se estrecharon fuertemente las manos.
El contrabandista tomó el sendero de la derecha, hacia el Donon; Hullin,
el sendero de la izquierda, hacia el Sarre.
Ambos se alejaban a buen paso, cuando Hullin llamó a su compañero:
--¡Eh! ¡Marcos! Dile, al pasar, a Catalina Lefèvre que todo marcha bien
y que yo voy a la sierra.
El otro respondió, con un movimiento de cabeza, que había comprendido y
ambos siguieron su camino.