¡ARRE, BURRA!
Por dondequiera que pasaban el personaje y su
apéndice, los labradores dejaban sus faenas y se descubrían
hasta los pies, con más miedo que respeto;
después de lo cual se decían en voz baja:
--¡Temprano va esta tarde el señor Corregidor a ver
a la señá Frasquita!
--¡Temprano... y solo!--añadían algunos, acostumbrados
a verlo siempre dar aquel paseo en compañía
de otras varias personas.
--Oye, tú, Manuel: ¿por qué irá solo esta tarde el
señor Corregidor a ver a la navarra?--le preguntó una
lugareña a su marido, el cual la llevaba a grupas en la
bestia.
Y, al mismo tiempo que la pregunta, le hizo cosquillas,
por vía de retintín.
--¡No seas mal pensada, Josefa! (exclamó el buen
hombre). La señá Frasquita es incapaz...
--No digo yo lo contrario... Pero el Corregidor no
es por eso incapaz de estar enamorado de ella... Yo he
oído decir que, de todos los que van a las francachelas
del molino, el único que lleva mal fin es ese madrileño
tan aficionado a faldas...
--¿Y qué sabes tú si es o no aficionado a faldas?--preguntó
a su vez el marido.
--No lo digo por mí...¡Ya se hubiera guardado,
por más corregidor que sea, de decirme los ojos tienes
negros!
La que así hablaba era fea en grado superlativo.
--Pues mira, hija, ¡allá ellos! (replicó el llamado
Manuel). Yo no creo al tío Lucas hombre de consentir...¡Bonito
genio tiene el tío Lucas cuando se
enfada!...
--Pero, en fin, ¡si ve que le conviene!...--añadió
la tía Josefa, retorciendo el hocico.
--El tío Lucas es hombre de bien...(repuso el
lugareño); y a un hombre de bien nunca pueden convenirle
ciertas cosas...
--Pues entonces, tienes razón...¡Allá ellos!--¡Si
yo fuera la señá Frasquita!...
--¡Arre, burra!--gritó el marido, para mudar la
conversación.
Y la burra salió al trote; con lo que no pudo oírse
el resto del diálogo.
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