EL HOMBRE DEL SOMBRERO DE TRES PICOS

Eran las dos de una tarde de Octubre.

El esquilón de la Catedral tocaba a vísperas,--lo

cual equivale a decir que ya habían comido todas las

personas principales de la ciudad.

Los canónigos se dirigían al coro, y los seglares a

sus alcobas a dormir la siesta, sobre todo aquellos que,

por razón de oficio, v. gr., las autoridades, habían pasado

la mañana entera trabajando.

Era, pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropia

además para dar un paseo, pues todavía hacía

demasiado calor, saliese de la Ciudad, a pie, y seguido

de un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma,--a

quien no podía confundirse con ninguna otra

persona ni de día ni de noche, así por la enormidad de

su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa

de grana, como por lo particularísimo de su grotesco

donaire...

De la capa de grana y del sombrero de tres picos, son

muchas todavía las personas que pudieran hablar con

pleno conocimiento de causa. Nosotros, entre ellas,

lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad en

las postrimerías del reinado del Señor Don Fernando

VII, recordamos haber visto colgados de un clavo,

único adorno de desmantelada pared, en la ruinosa

torre de la casa que habitó Su Señoría (torre destinada

a la sazón a los infantiles juegos de sus nietos), aquellas

dos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero,--el

negro sombrero encima, y la roja capa debajo,--formando

una especie de espectro del absolutismo; una

especie de sudario del Corregidor, una especie de caricatura

retrospectiva de su poder, pintada con carbón y

almagre, como tantas otras, por los párvulos _constitucionales

de la de_ 1837 que allí nos reuníamos; una

especie, en fin, de _espantapájaros_, que en otro tiempo

había sido _espanta-hombres_, y que hoy me da miedo de

haber contribuido a escarnecer, paseándolo por aquella

histórica ciudad, en días de carnestolendas, en lo alto

de un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio al

idiota que más hacía reír a la plebe...--¡Pobre

_principio de autoridad_! ¡Así te hemos puesto los mismos

que hoy te invocamos tanto!

En cuanto al indicado grotesco donaire del señor

Corregidor, consistía (dicen) en que era cargado de

espaldas..., todavía más cargado de espaldas que el

tío Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez;

de estatura menos que mediana; endeblillo; de mala

salud; con las piernas arqueadas y una manera de andar

_sui generis_ (balanceándose de un lado a otro y de

atrás hacia adelante), que sólo se puede describir con

la absurda fórmula de que parecía cojo de los dos pies.--En

cambio (añade la tradición), su rostro era regular,

aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta de

dientes y muelas; moreno verdoso, como el de casi

todos los hijos de las Castillas; con grandes ojos obscuros,

en que relampagueaban la cólera, el despotismo

y la lujuria; con finas y traviesas facciones, que no

tenían la expresión del valor personal, pero sí la de

una malicia artera capaz de todo, y con cierto aire de

satisfacción, medio aristocrático, medio libertino, que

revelaba que aquel hombre habría sido, en su remota

juventud, muy agradable y acepto a las mujeres, no

obstante sus piernas y su joroba.

D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que así se

llamaba Su Señoría) había nacido en Madrid, de familia

ilustre; frisaría a la sazón en los cincuenta y cinco

años, y llevaba cuatro de corregidor en la ciudad de que

tratamos, donde se casó, a poco de llegar, con la principalísima

señora que diremos más adelante.

Las medias de D. Eugenio (única parte que, además

de los zapatos, dejaba ver de su vestido la extensísima

capa de grana) eran blancas, y los zapatos negros, con

hebilla de oro. Pero luego que el calor del campo lo

obligó a desembozarse, vídose que llevaba gran corbata

de batista; chupa de sarga de color de tórtola, muy

festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzón

corto, negro, de seda; una enorme casaca de la

misma estofa que la chupa; espadín con guarnición de

acero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes

(o quirotecas) de gamuza pajiza, que no se ponía nunca

y que empuñaba a guisa de cetro.

El alguacil, que seguía a veinte pasos de distancia al

señor Corregidor, se llamaba _Garduña_, y era la propia

estampa de su nombre.--Flaco, agilísimo; mirando

adelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo

que andaba; de largo cuello; de diminuto y repugnante

rostro, y con dos manos como dos manojos de disciplinas,

parecía juntamente un hurón en busca de criminales,

la cuerda que había de atarlos, y el instrumento destinado

a su castigo.

El primer corregidor que le echó la vista encima,

le dijo sin más informes: «_Tú serás mi verdadero

alguacil..._»--Y ya lo había sido de cuatro corregidores.

Tenía cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de

tres picos, mucho más pequeño que el de su señor (pues

repetimos que el de éste era descomunal), capa negra

como las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y una

especie de asador por espada.

Aquel espantajo negro parecía la sombra de su vistoso

amo.

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 37 / 95 题