Mientras así discurrían los labriegos que saludaban
al señor Corregidor, la señá Frasquita regaba y barría
cuidadosamente la plazoletilla empedrada que servía de
atrio o compás al molino, y colocaba media docena de
sillas debajo de lo más espeso del emparrado, en el cual
estaba subido el tío Lucas, cortando los mejores racimos
y arreglándolos artísticamente en una cesta.
--¡Pues sí, Frasquita! (decía el tío Lucas desde lo
alto de la parra): el señor Corregidor está enamorado
de ti de muy mala manera...
--Ya te lo dije yo hace tiempo (contestó la mujer
del Norte)... Pero ¡déjalo que pene!--¡Cuidado,
Lucas, no te vayas a caer!
--Descuida: estoy bien agarrado...--También le
gustas mucho al señor...
--¡Mira! ¡no me des más noticias! (interrumpió
ella). ¡Demasiado sé yo a quién le gusto y a quién no
le gusto! ¡Ojalá supiera del mismo modo por qué no
te gusto a ti!
--¡Toma! Porque eres muy fea...--contestó el
tío Lucas.
--Pues, oye..., ¡fea y todo, soy capaz de subir a
la parra y echarte de cabeza al suelo!..
--Más fácil sería que yo no te dejase bajar de la
parra sin comerte viva...
--¡Eso es!...¡y cuando vinieran mis galanes y nos
viesen ahí, dirían que éramos un mono y una mona!...
--Y acertarían; porque tú eres muy mona y muy
rebonita, y yo parezco un mono con esta joroba...
--Que a mí me gusta muchísimo...
--Entonces te gustará más la del Corregidor, que es
mayor que la mía...
--¡Vamos! ¡Vamos! Sr. D. Lucas...¡No tenga
V. tantos celos!...
--¿Celos yo de ese viejo petate?--¡Al contrario;
me alegro muchísimo de que te quiera!...
--¿Por qué?
--Porque en el pecado lleva la penitencia. ¡Tú no
has de quererlo nunca, y yo soy entretanto el verdadero
Corregidor de la ciudad!
--¡Miren el vanidoso!--Pues figúrate que llegase a
quererlo...--¡Cosas más raras se ven en el mundo!
--Tampoco me daría gran cuidado...
--¿Por qué?
--¡Porque entonces tú no serías ya tú; y, no siendo
tú quien eres, o como yo creo que eres, maldito lo que
me importaría que te llevasen los demonios!
--Pero bien; ¿qué harías en semejante caso?
--¿Yo? ¡Mira lo que no sé!... Porque, como
entonces yo sería otro y no el que soy ahora, no puedo
figurarme lo que pensaría...
--¿Y por qué serías entonces otro?--insistió valientemente
la señá Frasquita, dejando de barrer y
poniéndose en jarras para mirar hacia arriba.
El tío Lucas se rascó la cabeza, como si escarbara
para sacar de ella alguna idea muy profunda, hasta que
al fin dijo con más seriedad y pulidez que de costumbre:
--Sería otro, porque yo soy ahora un hombre que cree
en ti como en sí mismo, y que no tiene más vida que
esta fe. De consiguiente, al dejar de creer en ti, me
moriría o me convertiría en un nuevo hombre; viviría
de otro modo; me parecería que acababa de nacer;
¡tendría otras entrañas! Ignoro, pues, lo que haría entonces
contigo... Puede que me echara a reír y te volviera
la espalda... Puede que ni siquiera te conociese...
Puede que...--Pero ¡vaya un gusto que
tenemos en ponernos de mal humor sin necesidad!
¿Qué nos importa a nosotros que te quieran todos los
corregidores del mundo? ¿No eres tú mi Frasquita?
--¡Sí, pedazo de bárbaro! (contestó la navarra,
riendo a más no poder). Yo soy tu Frasquita, y tú
eres mi Lucas de mi alma, más feo que el bú, con más
talento que todos los hombres, más bueno que el pan,
y más querido...--¡Ah! ¡lo que es eso de _querido_,
cuando bajes de la parra lo verás! ¡Prepárate a llevar
más bofetadas y pellizcos que pelos tienes en la cabeza!--Pero
¡calla! ¿Qué es lo que veo? El señor Corregidor
viene por allí completamente solo...¡Y tan tempranito!...--Ese
trae plan...--¡Por lo visto, tú
tenías razón!...
--Pues aguántate, y no le digas que estoy subido en
la parra. ¡Ese viene a declararse a solas contigo,
creyendo pillarme durmiendo la siesta!...--Quiero
divertirme oyendo su explicación.
Así dijo el tío Lucas, alargando la cesta a su mujer.
--¡No está mal pensado! (exclamó ella, lanzando
nuevas carcajadas). ¡El demonio del madrileño! ¿Qué
se habrá creído que es un corregidor para mí?--Pero
aquí llega...--Por cierto que Garduña, que lo seguía
a alguna distancia, se ha sentado en la ramblilla a la
sombra...¡Qué majadería!--Ocúltate tú bien entre
los pámpanos, que nos vamos a reír más de lo que te
figuras...
Y, dicho esto, la hermosa navarra rompió a cantar el
fandango, que ya le era tan familiar como las canciones
de su tierra.