Empiezo por responderos de que la señá Frasquita,
legítima esposa del tío Lucas, era una mujer de bien, y
de que así lo sabían todos los ilustres visitantes del
molino. Digo más: ninguno de éstos daba muestras
de considerarla con ojos de varón ni con trastienda
pecaminosa. Admirábanla, sí, y requebrábanla en ocasiones
(delante de su marido, por supuesto), lo mismo
los frailes que los caballeros, los canónigos que los
golillas, como un prodigio de belleza que honraba a su
Criador, y como una diablesa de travesura y coquetería,
que alegraba inocentemente los espíritus más melancólicos.--«Es
un _hermoso animal_,» solía decir el virtuosísimo
Prelado.--«Es una estatua de la antigüedad
helénica,» observaba un Abogado muy erudito, Académico
correspondiente de la Historia.--«Es la propia
estampa de Eva,» prorrumpía el Prior de los Franciscanos.--«Es
una real moza,» exclamaba el Coronel
de milicias.--«Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!»
añadía el Corregidor.--«Pero es una buena
mujer, es un ángel, es una criatura, es una chiquilla de
cuatro años,» acababan por decir todos, al regresar del
molino atiborrados de uvas o de nueces, en busca de
sus tétricos y metódicos hogares.
La chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita,
frisaría en los treinta. Tenía más de dos varas
de estatura, y era recia a proporción, o quizás más
gruesa todavía de lo correspondiente a su arrogante
talla. Parecía una Niobe colosal, y eso que no había
tenido hijos: parecía un Hércules... hembra: parecía
una matrona romana de las que aún hay ejemplares
en el Trastévere.--Pero lo más notable en ella era la
movilidad, la ligereza, la animación, la gracia de su
respetable mole. Para ser una estatua, como pretendía
el Académico, le faltaba el reposo monumental. Se
cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailaba
como una peonza.--Su rostro era más movible
todavía, y, por tanto, menos escultural. Avivábanlo
donosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla;
otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura
izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande,
en medio de su redonda barba. Añadid a esto los
picarescos mohines, los graciosos guiños y las variadas
posturas de cabeza que amenizaban su conversación,
y formaréis idea de aquella cara llena de sal
y de hermosura y radiante siempre de salud y alegría.
Ni la señá Frasquita ni el tío Lucas eran andaluces:
ella era navarra y él murciano. Él había ido a la ciudad
de ***, a la edad de quince años, como medio
paje, medio criado del obispo anterior al que entonces
gobernaba aquella iglesia. Educábalo su protector
para clérigo, y tal vez con esta mira y para que no careciese
de _congrua_, dejole en su testamento el molino; pero
el tío Lucas, que a la muerte de Su Ilustrísima no estaba
ordenado más que de _menores_, ahorcó los hábitos en
aquel punto y hora, y sentó plaza de soldado, más
ganoso de ver mundo y correr aventuras que de decir
misa o de moler trigo.--En 1793 hizo la campaña de
los Pirineos Occidentales, como ordenanza del valiente
General Don Ventura Caro; asistió al asalto de Castillo
Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provincias
del Norte, donde tomó la licencia absoluta.--En
Estella conoció a la señá Frasquita, que entonces sólo
se llamaba _Frasquita_; la enamoró; se casó con ella, y
se la llevó a Andalucía en busca de aquel molino que
había de verlos tan pacíficos y dichosos durante el resto
de su peregrinación por este valle de lágrimas y risas.
La señá Frasquita, pues, trasladada de Navarra a
aquella soledad, no había adquirido ningún hábito
andaluz, y se diferenciaba mucho de las mujeres
campesinas de los contornos. Vestía con más sencillez,
desenfado y elegancia que ellas, lavaba más sus carnes,
y permitía al sol y al aire acariciar sus arremangados
brazos y su descubierta garganta. Usaba, hasta cierto
punto, el traje de las señoras de aquella época, el traje
de las mujeres de Goya, el traje de la reina María Luisa:
si no falda de medio paso, falda de un paso solo, sumamente
corta, que dejaba ver sus menudos pies y el
arranque de su soberana pierna: llevaba el escote redondo
y bajo, al estilo de Madrid, donde se detuvo dos
meses con su Lucas al trasladarse de Navarra a Andalucía;
todo el pelo recogido en lo alto de la coronilla,
lo cual dejaba campear la gallardía de su cabeza y de
su cuello; sendas arracadas en las diminutas orejas, y
muchas sortijas en los afilados dedos de sus duras pero
limpias manos.--Por último: la voz de la señá Frasquita
tenía todos los tonos del más extenso y melodioso
instrumento, y su carcajada era tan alegre y argentina,
que parecía un repique de Sábado de Gloria.
Retratemos ahora al tío Lucas.
V