El tío Lucas era más feo que Picio. Lo había sido
toda su vida, y ya tenía cerca de cuarenta años. Sin
embargo, pocos hombres tan simpáticos y agradables
habrá echado Dios al mundo. Prendado de su viveza,
de su ingenio y de su gracia, el difunto obispo se lo
pidió a sus padres, que eran pastores, no de almas, sino
de verdaderas ovejas. Muerto Su Ilustrísima, y dejado
que hubo el mozo el seminario por el cuartel, distinguiolo
entre todo su ejército el General Caro, y lo hizo
su ordenanza más íntimo, su verdadero criado de campaña.
Cumplido, en fin, el empeño militar, fuele tan
fácil al tío Lucas rendir el corazón de la señá Frasquita,
como fácil le había sido captarse el aprecio del general
y del prelado. La navarra, que tenía a la sazón veinte
abriles, y era el ojo derecho de todos los mozos de Estella,
algunos de ellos bastante ricos, no pudo resistir a
los continuos donaires, a las chistosas ocurrencias, a los
ojillos de enamorado mono y a la bufona y constante
sonrisa, llena de malicia, pero también de dulzura, de
aquel murciano tan atrevido, tan locuaz, tan avisado,
tan dispuesto, tan valiente y tan gracioso, que acabó
por trastornar el juicio, no sólo a la codiciada beldad,
sino también a su padre y a su madre.
Lucas era en aquel entonces, y seguía siendo en la
fecha a que nos referimos, de pequeña estatura (a lo
menos con relación a su mujer), un poco cargado de espaldas,
muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo y
picado de viruelas.--En cambio, su boca era regular y
su dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza
de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto como
empezaba a penetrarse dentro de él aparecían sus perfecciones,
y que estas perfecciones principiaban en los
dientes. Luego venía la voz, vibrante, elástica, atractiva;
varonil y grave algunas veces, dulce y melosa
cuando pedía algo, y siempre difícil de resistir. Llegaba
después lo que aquella voz decía: todo oportuno, discreto,
ingenioso, persuasivo... Y, por último, en el alma
del tío Lucas había valor, lealtad, honradez, sentido
común, deseo de saber y conocimientos instintivos o
empíricos de muchas cosas, profundo desdén a los
necios, cualquiera que fuese su categoría social, y cierto
espíritu de ironía, de burla y de sarcasmo, que le hacían
pasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco
de Quevedo en bruto.
Tal era por dentro y por fuera el tío Lucas.