Es necesario ser europeo para comprender lo que estas palabras

significan en el Viejo Mundo. ¡Buenos Aires!... Al pronunciar este

nombre, la imaginación no ve minas de oro, tesoros resplandecientes que

se ofrecen a la codicia del recién llegado sin más trabajo que agacharse

para poseerlos. Hoy hasta los más ilusos saben que la conquista de la

riqueza supone esfuerzo, y Buenos Aires, a través de las más optimistas

fantasías, aparece siempre como un El Dorado del trabajo. Lo que este

nombre evoca en la mente de los peregrinos mundiales que marchan hacia

la tierra argentina no es una visión de oro, sino de rebaños infinitos,

al lado de los cuales parecen míseras tropillas los ganados bíblicos de

los profetas y la fortuna pastoril de los pueblos nómadas de la

antigüedad; campos inmensos como un océano terrestre sobre los cuales

tiene el cielo los mismos espejismos y rutilantes atardeceres que sobre

el mar; suelos de maravillosa fecundidad, que sólo hay que abrirlos con

el surco para que surja al momento, en forma de espléndidas cosechas,

una energía fecundante, resto sin duda de las primeras fuerzas que

presidieron la formación planetaria y que han estado dormidas durante

miles de siglos en las entrañas del globo.

[Illustration: VISTA DEL PUERTO DE BUENOS AIRES

_Copyright by Underwood & Underwood, N. Y._]

Buenos Aires, cuyo nombre se confunde con el de todo el país argentino

en la simple imaginación de muchas gentes, significa la fortuna por el

trabajo. Pero hasta este trabajo tiene algo de maravilloso, de inaudito,

de nunca visto. El trabajo europeo es para el emigrante una esclavitud

penosa, ingrata, degradadora, de la que quiere librarse para siempre:

escasos jornales, que apenas si bastan[601] para la satisfacción de las

necesidades más primarias; imposibilidad del ahorro como medio de

cambiar algún día de posición; falta absoluta de esperanza de

mejoramiento; largas temporadas de famélico descanso por abundancia

excesiva de brazos, y por encima de todo esto el fatalismo social del

mundo viejo, que marca al pobre desde que nace, condenándolo a

permanecer eternamente abajo, sin una ilusión, sin un resquicio en su

mísera obscuridad, por donde pase la mano de la Fortuna y le busque a

tientas tirando de él hacia lo alto.

¡Buenos Aires!... Este nombre hace soñar al desesperado. Al repetirlo

mentalmente se siente fortalecido, con energías centuplicadas para la

lucha. ¡Trabajará! el trabajo no le da miedo. Desarrollará una actividad

triple o cuádruple que en Europa sin sentir cansancio, porque verá

inmediatamente en sus manos el resultado de sus esfuerzos y conocerá la

remuneración amplia y generosa. Sus brazos van a ser algo solicitado y

respetado, con un valor positivo, sin el desprecio de la infinita

concurrencia. Al fin va a entrar en relación con el dinero, antes

invisible, y el trabajo le buscará, en vez de marchar tras él

implorándolo como una limosna.

Hay además en todo emigrante algo de esperanza novelesca; la quimera que

acompaña siempre a los hombres, aun a los de pensamiento más

rudimentario, en todas las empresas de su vida. ¡Buenos Aires!... Al

conjuro de este nombre surgen en la memoria historias maravillosas de

rápidas y enormes fortunas; cuentos reales de lo que pudieran llamarse

_Las mil y una noches_ de la riqueza moderna: historias de españoles que

llegaron al suelo argentino sin otro haber que un hato de ropa al

hombro, para juntar en los años de su existencia veinte millones de

pesos y extensiones de tierras grandes como provincias: historias de

italianos que emprendieron el viaje para ser músicos en cualquier

teatrillo de extramuros y acabaron poseyendo centenares de leguas en la

fecunda Pampa. ¿Por qué han de ser ellos los únicos? Lo que ocurre a un

hombre, ¿no puede ocurrirle a otro?

--¡Quién sabe!... ¡Quién sabe!...

Y murmurando mentalmente palabras de esperanza, se duermen sobre las

cubiertas en la noches templadas de la travesía, unos contra otros,

confundiendo miserias e ilusiones, como dormían en sus campamentos,

muchas veces sin comer y transidos de frío, los soldados de Napoleón,

pensando en el majestuoso Murat,[602] antiguo mozo de mulas; en el rey

Bernadotte[603], nacido en una panadería; en todos los príncipes,

mariscales y monarcas venidos de abajo, lo mismo que el último

granadero; recuerdos que inflamaban su entusiasmo, borrando con el

cálido esponjazo de la ilusión penalidades y desalientos.

¡Buenos Aires!... ¿Qué misterioso poder hace circular este nombre por

toda Europa? ¿A impulsos de qué ley surge siempre con caracteres de

fuego en la negra pesadilla del desesperado que recuerda con terror los

compromisos y miserias del día siguiente? ¿Quién lo murmura, como un

tenue susurro de esperanza, al oído de todos los que desean cambiar de

suelo y de existencia?

Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración,

tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes;

pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se

cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes

condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el

emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje

(con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y

sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo

argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje?

¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el

escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo

las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea

de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los

barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...

Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos

establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de

dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su

nueva existencia y gozando de una prosperidad--por escasa que

sea--siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente,

ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.

Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la

seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El

muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos

de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y

pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca

para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el

vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El

personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las

inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas

desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea

recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con

una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un

día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho,

chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un

futuro millonario en el listo _galleguito_. Los hebreos del lejano

Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de

Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las

colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina

los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho

el viaje varias veces. Son _golondrinas_ que llegan[608] en la época de

la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios

exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje

de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos

que llegan por primera vez serán colonos, peones del campo, al lado de

los amigos que les precedieron, o se dedicarán bajo su dirección y

consejo a todas las faenas urbanas.

Es cierto que una parte de emigración actual va a la Argentina atraída

por los compatriotas que hicieron antes el viaje, o recomendada a éstos.

Pero, ¿quién atrajo y aconsejó a los que llegaron primeramente por su

propia iniciativa? ¿Quién impulsa ahora a los que se presentan solos,

sin apoyos ni conocimientos, fiados al buen gesto del destino? ¿Quién ha

hecho que el recuerdo de Buenos Aires surja como una suprema solución en

el ánimo de todo europeo que atraviesa uno de esos conflictos que

cambian una vida?

Cada grupo cosmopolita que llega a los muelles de Buenos Aires es una

nueva prueba de la fama mundial de la ciudad-esperanza, moderna Sión

para todos los que ansían paz, trabajo y bienestar.

Su nombre circula por el mundo viejo como una brisa dulce que despierta

las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos que empiezan a

dudar de la que tienen por no encontrar en su seno más que pobrezas y

opresiones, sienten como un rejuvenecimiento al pensar en este país

maravilloso donde se realizan los más asombrosos _avatares_. Es la

tierra donde el holgazán se siente activo, el apático se mueve con los

entusiasmos del optimismo, y el que era en el viejo continente torpe e

inútil, deformado por la estrechez del ambiente natal, surge del duro

quiste rutinario con originales iniciativas, como si le inspirase el

nuevo medio.

"¡Buenos Aires!", murmura el viento en las noches invernales, al colarse

por el cañon de la chimenea en la cocina campestre, española o

italiana, donde la familia pasa las horas triste y silenciosa, rumiando

cómo podrá evitar al día siguiente el embargo de los cuatro terrones

que[609] constituyen su fortuna, o cómo adquirirá el pan necesario:

"¡Buenos Aires!", muge el vendaval cargado de copos de nieve al

filtrarse por entre los maderos de la isba rusa: "¡Buenos Aires!",

parece escribir el sol en arabescos temblones de[610] luces y sombras en

los muros calizos de la callejuela oriental, ante los ojos del pobre

otomano, encorvado por la servidumbre y el miedo: "¡Buenos Aires!",

repiten las alas de oro de la Ilusión cuando vuela de reverbero en

reverbero, a altas horas de la noche, por los desiertos bulevares[611]

de las grandes metrópolis europeas, precediendo los pasos del pobre

desesperado, sin hogar, sin pan, que estudió para morirse de hambre, que

ha visto fracasadas por falta de ambiente todas sus iniciativas, y tal

vez piensa en el suicidio.

[Illustration: VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]

Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales,

fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último

término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la

esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la

pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612]

vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de

libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en

cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras

que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.

--Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a

mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es

grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las

razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.--

* * * * *

El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en

que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la

muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten

heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros

permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres

después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris

parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el

polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave,

levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a

prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de

lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores,

insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.

* * * * *

Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar,

y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia

Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.

Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una

ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.

--¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna!

¡Hosanna!

Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada

predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el

momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y

las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a

la cola del inmenso éxodo.

Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a

Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria,

y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por

el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada

cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.

La misma ilusión del deseo acompaña a los pobres emigrantes, entusiastas

cruzados de los tiempos modernos. La ansiada Jerusalén surge ante sus

ojos en toda ribera que costea el buque, en todo puerto donde echa el

ancla.

¡Buenos Aires! ¿Dónde está Buenos Aires?... Un estremecimiento de

esperanza corre por la muchedumbre cuando aparece frente a la proa una

faja de tierra. Hasta los más ignorantes conocen la cantidad de días que

debe durar la navegación; pero la ansiedad les hace creer en un milagro,

en una marcha extraordinaria del buque, y al ver la tierra, se gritan

unos a otros:

--¡Buenos Aires!... ¿Será esto Buenos Aires?

No: no es la ciudad-ilusión. Es Pernambuco, es Bahía, es Río Janeiro; y

cuando el transatlántico queda fondeado a la vista de la tierra, los

peregrinos se agolpan en la borda, mirando la ciudad lejana, pero sin

deseos de bajar a ella, faltos de curiosidad. Para ellos no hay nada que

les interese en este país: su esperanza vuela más lejos.

Los que hacen el viaje por primera vez, admiran el color negro y la

crespa y lanuda pelambrera de los lancheros; compran las frutas raras

amontonadas en las barcas que circulan como insectos en torno del

gigante marino; admiran su sabor exótico, y al fin acaban por volver la

espalda a la costa, tendiéndose en sus mantas y colchonetas, aburridos

de esta inercia, deseando reanudar antes el viaje. Buenos Aires es lo

que les importa. ¿Cuándo llegarán a Buenos Aires?...

En la espléndida bahía de Río Janeiro, la hermosura del panorama los

conmueve unos instantes. Luego reaparece la indiferencia. Ellos no han

de vivir en esta tierra; ¿para qué interesarse por sus montañas rosadas

de bizarras formas, y sus calles blancas, con dobles filas de altos

cocoteros?

Cuando el transatlántico emprende otra vez la marcha, la gente canta y

ríe, creyéndose próxima al término del viaje. Ya no aguardarán más: casi

se hallan a la vista de la ciudad de la esperanza: la próxima escala es

Buenos Aires. Y transcurren varios días sin ver otra cosa que cielo y

mar. Algunas veces se marcan en la línea del horizonte manchas obscuras

que parecen nubes bajas y son montañas.

El aislamiento de la navegación, la vida común con gentes tan diversas

en medio de la soledad de los elementos, la marcha hacia otro mundo

misterioso, parece haber transformado la moral de los emigrantes,

creando en ellos una nueva personalidad. ¡Adiós, timideces del terruño,

humildades de familia, miedos rutinarios a todo lo que se sale de la

estrecha norma de lo vulgar!

El pobre campesino, acostumbrado en su país al expolio y la miseria

resignada, se siente ahora altivo, con nuevas fuerzas para hacer frente

a todos los obstáculos. El viento del océano, al ensanchar sus pulmones,

parece echarle atrás los hombros, dando a la cabeza una erguida altivez.

Oyendo a los aventureros, a todas estas gentes de extraños países,

empieza a considerar con cierto orgullo su condición de emigrante y de

pobre. La soledad atlántica, las largas horas de recogimiento, lejos de

toda organización social, le hacen apreciar la pequeñez de los hombres y

de sus leyes, y se contempla a sí mismo más grande, más poderoso. Las

preocupaciones que en tierra firme fueron muchas veces su tormento, las

desprecia ahora por insignificantes, viéndose lejos de ellas.

El hombre del viejo mundo desaparece. Cada singladura se lleva algo de

su antiguo sér. Van[615] desapareciéndose de su ánimo las timideces y

resignaciones de la educación tradicional. Son a modo de escamas del

primitivo organismo que se despegan de la piel y caen al agua. Cada día

pierde una. Cuando llegue al término de su viaje será otro.

Siéntese capaz de las grandes iniciativas. El pobre de Europa, sometido,

y a la huelga, sin esperanzas, sin afanes de actividad, que al fin tuvo

que embarcarse y emigrar, le parece ahora un hombre distinto. ¡Lo que

trabajará él en el[616] Nuevo Mundo! Hará fortuna a las buenas o las

malas. Siente en su ánimo la fría audacia, el egoísmo homicida de los

aventureros que todo lo justifican con las necesidades imperiosas de la

lucha por la existencia. Su alma es la de los héroes de Balzac que

contemplaban París desde una[617] altura, con ojos de invasor implacable

y desdeñoso, murmurando: "¡Tú serás mío!"[618]

¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a

brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de

la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de

los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619]

por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia

de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe

que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena

capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión

imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los

alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a

los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con

el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que

asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las

señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie.

¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para

salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él,

quitando todo valor a la palabra "imposible". Matará, si es preciso,

tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una

anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a

su gusto. ¡Él lo hará todo!...

Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color.

Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que

llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor,

y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el

mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un

río, el famoso río de la Plata.

Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan

centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la

horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más

densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian

en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la

luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]

--¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!--gritan a proa, con entusiasmo de

peregrinos.

No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.

El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora

parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al

movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus

plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una

extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo,

parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la

luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el

paso a las embarcaciones en esta inmensidad.

La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de

maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono

_ric-ric_ durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos

duermen.

La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos

abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la

estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de

un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto

llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la

soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a

recibirles?...

Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de

sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías,

que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los

heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante

empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el

transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus

indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.

El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto

basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz

engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los

arrojos, que no reconocía obstáculos.

Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas

destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se

agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la

esperada visión.

--¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?

Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a

ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares

septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea

ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A

través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras,

lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del

peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos

el tirón del remolcador.

De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya.

Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de

la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del

buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes,

y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de

edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie

acuática.

--¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.

La retina no puede abarcar los muelles, que se[624] pierden de vista;

las dársenas llenas de buques, que se esfuman en el horizonte; los

almacenes y elevadores de trigo, altos y majestuosos como catedrales;

las arboledas que siguen la ribera; las calzadas polvorientas por donde

pasan trenes y rosarios interminables de carretas. Detrás, altos

edificios y suaves rampas marcan una altura, una cuchilla de tierra, el

perfil de una meseta de contornos pulidos por el secular arrastre del

río; y sobre esta meseta se extiende la urbe, uniforme, baja, monótona,

pero de una grandiosidad inabarcable; una ondulación de tejados grises,

que se pierde en el horizonte, que avanza tierra adentro, borrando toda

idea de límites, desorientando a las imaginaciones, que en vano pugnan

por abrazarla; un caparazón gigantesco, en el cual cada escama es la

cubierta de una vivienda; un escudo inmenso e igual, del que sobresalen

torres y cúpulas como un adorno de clavos, y borlones de seda verde, que

son frondosos jardines.

Los que llegan se sienten intimidados por esta enormidad. La capital

gigantesca parece caer sobre ellos con mortal gravitación.

--¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

¡Adiós arrogantes propósitos de conquista, gallardías audaces de

dominación y rápido encumbramiento! Es la ciudad la que conquista a los

recién venidos, la que los hace sus esclavos, tímidos y sumisos, con

sólo mostrarse un momento, fría y casi dormida entre las brumas del

amanecer.

Muchos de los que llegan nacieron en una aldea o en el campo; no han

visto otras ciudades que las de los puertos de embarque, y quedan

espantados, enmudecidos por el respeto y el pavor a la vista de esta

gran metrópoli de rápidas transformaciones, que todo lo encuentra

estrecho, que rompe cada cinco años el traje de albañilería que le

fabrican los hombres, y crece y crece, no reconociendo fronteras en su

desarrollo.

[Illustration: BUENOS AIRES: LOS ELEVADORES

_Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y._]

Argentina, Legend and History · 第 13 / 25 段