Nos parecen absurdos tales proyectos hoy que vemos lozano el árbol de la

democracia que a todos los pueblos de América nos cobija; pero no se

olvide que para entonces el Congreso de Viena había arrancado esa planta

del suelo de Europa como cizaña peligrosa, sin que el débil retoño sajón

hubiera dado todavía los ricos frutos que los tiempos le reservaban.

Para los americanos de hoy, a uno y otro lado del ecuador, el

patriotismo del suelo está reforzado por un patriotismo de principios,

un noble orgullo de haber nacido bajo la estrella de la igualdad de

ventajas; pero entonces la libertad no tenía el sentido noble que le han

dado después los triunfos del individualismo. Felizmente, aun cuando el

bando monarquista contaba con opiniones de tanto peso como las de San

Martín y de Belgrano--al segundo de los[546] cuales el Congreso hizo el

honor de oír en sesión secreta especial--y aun cuando la causa de la

democracia tuvo una pobre defensa de parte de uno de los detractores de

la monarquía, la buena[547] doctrina triunfó en esa hora crítica para la

república y para la América toda. Como se ve, aquel instante de la

historia es un punto de empalme en el cual los destinos del continente

estuvieron en peligro de tomar otro carril que hubiera llevado las ideas

y los hombres por otros campos de la acción política y social,

transformando la vida de medio hemisferio y afectando tal vez seriamente

la suerte de las instituciones democráticas en los Estados Unidos.

Afortunadamente, en ese minuto supremo, una mano firme[548] se apoderó

de la palanca que podía haber cambiado la marcha y antes de que los

demás actores se percataran, un gran convoy de pueblos había entrado en

la vía que conduce a los destinos[549] superiores de la humanidad.

Aunque el Congreso no dió al país la constitución que de aquél se

esperaba, salvó, como se ha visto,[550] la suerte de la democracia. Por

este solo hecho la posteridad le ha perdonado su ofuscación, sus

vacilaciones entre el régimen republicano federal por el cual se

pronunció primero y el centralista que luego adoptó, y hasta las

veleidades monárquicas en que más tarde reincidió. En cambio, la luz que

encendió en aquella hora vespertina señaló constantemente el puerto

seguro a los pueblos que estuvieron a punto de extraviarse para siempre

cuando cerró la larga noche de la[551] anarquía.

BUENOS AIRES EN 1815

VICENTE FIDEL LÓPEZ

(TITLE: =Buenos Aires=. The name Buenos Aires goes back to two legends.

The one says that on landing the settlers exclaimed, "=¡Qué buenos

aires!=", whence the name. The other, and more likely one, says that the

sailors, hard pressed by bad weather, made vows to "=la Virgen de Buenos

Aires=", their patron saint, and upon landing safely named the place

Buenos Aires, in gratitude to her.)

Se necesita hacer un esfuerzo de imaginación para comprender hoy lo que

era Buenos Aires ahora setenta años. La porción urbana que servía de

asiento a la iniciativa política y gubernamental de la comuna, ocupaba

un radio bastante modesto. Tomando por texto el plano de la ciudad, que,

por orden del virrey Avilés, levantó en el año de 1800 el señor don

Pedro Cerviño, agrimensor y piloto muy competente, se ve que los

_suburbios_, es decir, la parte en que no había paredes sino cercos de

_tunales_, comenzaban, por el sur, en las manzanas limitadas hoy por las

calles de Méjico y de Chile. A ese lado, la ciudad quedaba separada de

sus orillas por esa _avenida_ caudalosa de las lluvias que llaman el

_tercero_ del[552] sur, cuyo nombre antiguo era el _Puente de los

Granados_, porque atravesaba terrenos de la propiedad de la familia de

este nombre, a la que pertenecía la virtuosísima madre de nuestro amigo

y co-redactor D. Juan María Gutiérrez.[553] Allí comenzaban ya los

cercos que encerraban una infinidad de huecos o eriales atravesados por

sendas, y en cuya extensión vivían, en casas muy modestas, no sólo las

familias pobres, sino también un extenso número de las de mediana

condición, sin necesidad y sin idea ninguna de la riqueza. El amueblado

de una familia común podía calcularse, cuando más, entre cien y ciento

cincuenta pesos de plata. Duraba de una generación a la otra, y no se

renovaba jamás sino por piezas insignificantes. La mesa y el

mantenimiento se reducía, en general, al gasto de dos a[554] cuatro

reales por día, sin dejar de ser abundante y suculenta, porque todos

tenían aves y verduras en sus corrales, y lo único que se compraba era

la carne y el pan.

Estos suburbios, muy bien caracterizados por Cerviño con el nombre de

_tunales_, se corrían desde el _Puente de los Granados_ (en la calle del

Perú), siguiendo una línea oblicua hacia el noroeste, hasta la plaza de

Monserrat, que quedaba lindera, diremos así, con el despoblado; y que

era por lo mismo un _suburbio_ popular de los más poblados, y muy

turbulento por cierto. La iglesia y la parroquia de la Concepción

quedaban naturalmente entre las quintas y entre los cercos agrestes de

las _orillas_. Entre Monserrat y la _Plaza Nueva_ (hoy _Mercado del

Plata_) había unas cuantas manzanas de población algo compacta aunque de

pura clase pobre; y lo que es hoy calle de _Salta_ quedaba entonces

entre los eriales y los huecos, que eran verdaderos matorrales de

hinojos y de cardos, erizados de arbustos de sauco, y de montes de

durazneros que servían para abastecer de leña a la población. En toda la

línea del norte, que es[555] hoy la calle de _Corrientes_, comenzaban de

nuevo los tunales, los huertos, los cercos agrestes, los eriales con

sendas, hasta el _Retiro_, donde estaba la Plaza de Toros, y cuyas

cercanías estaban rústicas y muy pobladas de _orilleros_. Había también

por allí algunas quintas, que eran verdaderas soledades bastante

difíciles de cuidar: campo de la justicia de los prebostes de la

Hermandad.[556]

En un país tan pluvioso como el nuestro, formado por terrenos de

aluvión, es evidente que entonces no podía haber caminos públicos en un

estado de mediano servicio. Los pantanos rodeaban la ciudad haciendo un

verdadero laberinto de _sendas_ y de _portillos_, que requerían una

especial vaquía de parte de los que tenían que practicarlos. Más atrás

de la zona solitaria de las quintas, había algunas chacras extensas

erizadas de montes, de espinillos y de durazneros, entre los cuales eran

célebres, como abrigos de bandidos, el monte de campana cerca de lo que

es hoy la _Floresta_, el monte de Castro, entre Flores y Morón, el

callejón de Ibáñez; a los que no les iban en zaga otros lugares, que

aunque más cercanos, tenían también malísima fama; como el hueco _de los

Sauces_, los cercos de los _Ejercicios_, la quinta de _Rivadavia_, el

paso de Burgos, el hueco de _Cabecitas_ y el de _doña Ingracia_; y sobre

todo, los _zanjones_ del _tercero del norte_, que eran hasta 1830 uno de

los puntos más selváticos y agrestes que pudiera tener a su costado una

ciudad civilizada y revolucionaria[557] como era la de Buenos Aires en

1815.

Era natural que el centro más urbano y más noble de la Comuna

participase en algo de las malas condiciones de sus _suburbios_. La

carestía de la piedra, la dificultad de sacarla de la Banda Oriental,

por falta de brazos aptos y por falta de buques[558] en que conducirla,

hacían que apenas hubiese[559] una que otra calle, malísimamente

empedrada. Se conocía por calle _del Empedrado_ la que hoy es[560] de la

_Florida_; y no es poca lástima que se le haya quitado este título

original de _nobleza_, que le corresponde en la tradición de la cultura

de nuestra ciudad. Las lluvias copiosísimas de aquellos tiempos han

dejado fama en el recuerdo de nuestros padres. Al correr como torrentes,

para salir al río, o para empozarse en los pantanos, se llevaban gran

parte del piso, abriendo curvas de zanjas profundas y de precipicios

entre una y otra acera, y hacían imposible atravesar las calles (fuera

de ocho o diez cuadras en el centro) por otra parte que por las

esquinas, donde había apoyos de grandes piedras puestas a distancia para

afirmar el pie. Era tal este estado, que en la parte que es hoy calle de

_Cangallo_ (entre Florida y Maipú) había lagunas donde se ahogaron

algunos lecheros en tiempos del virrey Vértiz, como consta de documentos

oficiales.

Por la noche, esta espléndida ciudad de Buenos Aires, que hoy enrojece

su atmósfera con los reflejos del gas, presentaba un aspecto desolado,

si es que las tinieblas pueden tener aspecto. A lo largo de la calle del

_Correo_ (hoy _Perú_) se divisaban de un extremo a otro, cuatro

linternillas diminutas que señalaban las cuatro mesitas en que los

loteros privilegiados por el Cabildo expedían cedulillas, arrimados a la

pared y con un pequeño farol que era la única luz de esa calle central.

Las veredas eran de mal ladrillo, húmedas, estrechas, desiguales, y

temblorosas encima del barrial en que tenían su asiento; y en muy pocas

calles las había.[561]

Buenos Aires era una ciudad baja, aplastada y cubierta con las capuchas

de los tejados de feísimo aspecto; que tenía, sin embargo, la reputación

de[562] la belleza entre las otras ciudades españolas. Pero esa fama le

venía de sus habitantes, más bien que de su suelo. En ambos sexos, ellos

eran de espíritu alegre y suelto; de alma impresionable y simpática;

admiradores entusiastas y copistas ardientes de las grandes novedades de

la civilización. Naturalmente inclinados a lo liberal; con algo de

aturdido y de liviano, pero siempre bien inspirados, inclinados a la

pompa y halagados por la vanagloria que viene de hacer el bien y de

realizar hazañas. La sociedad era por esto expansiva y hospitalaria. Su

arrogancia era abierta, porque consistía siempre en el anhelo de que su

revolución y sus progresos sirviesen a todos,[563] e hiciesen de nuestro

suelo y de nuestras leyes, el abrigo de todas las razas del mundo que no

estuvieran bien avenidas en el suyo.

Tal era entonces la capital, en cuya frente el[564] poeta de la

revolución había escrito estos versos tan arrogantes como adecuados,

entonces, al genio de la Comuna:

Calle Esparta su virtud:

Su virtud calle Roma;

¡Silencio! que al mundo asoma

La gran capital del Sud.

Pero, ésta era la ciudad que había hecho la Revolución de Mayo, que la

había defendido y salvado contra todo el poder de la España, proclamando

los principios más elevados, más generosos y más humanitarios de la

civilización moderna. Ésta misma era la ciudad que había vencido y

rendido dos ejércitos ingleses; que había deshecho y apresado tres

escuadras españolas; que había plantado la bandera argentina en las

murallas de Montevideo; que iba con un paso seguro a reconquistar a

Chile, a libertar al Perú, y a llevarle soldados a Bolívar para ganar

la batalla famosa de Junín y libertar a Quito. Para motejar, entonces,

la arrogancia de la cuarteta, sería preciso ver cómo podrían borrarse de

la historia, o como podrían motejarse los hechos gloriosos que la

inspiraron.

BUENOS AIRES

LAS TIENDAS ANTIGUAS

LUCIO V. LÓPEZ

No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle

del Perú y de la Victoria ha cambiado en los veintidós años

transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y[565]

terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia de las tiendas estaba

representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina,

mostrador[566] democrático al alba, cuando cocineras y patronas

madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre

las siete de la noche y el toque de las ánimas. El barrio de las tiendas

de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda,

y aquellas cinco cuadras constituían en esa época el _boulevard_ de la

_fashion_ de la gran capital.

Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local,

han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador[567]

corrido y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge.

¡Oh, qué tiendas aquéllas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras,

tapizadas con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos

o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas

de percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en

el muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la

marchanta conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y

el pulgar, sin obligación de penetrar a la tienda.[568]

Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera

engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban

nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué

vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los

tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos

sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago

del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una

señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de

contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y

presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas

transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos,

saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la

mamá por "_ese caballero_",[569] echaba algunos requiebros de buen tono

a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del _cadete_ y lo ofrecía

a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber

cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería,

entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los

negocios.

Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe,

porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés

formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de

fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los

tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los

mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín

zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y

leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados

de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en

nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y

de Gobelinos[572].

¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano

izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante

los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la

pieza de percal, de muselina o de _barège_ envuelta alrededor de la

tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada

indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos,

qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba

para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse

ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando

el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora,

poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta

de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de

la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza

de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!

CON RUMBO A LA ESPERANZA

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ[574]

Europa pierde anualmente una parte de su población, insignificante por

el número si se la compara con la gran masa humana que habita su suelo,

valiosa por las iniciativas enérgicas y el coraje que demuestra al

abandonar la tierra patria con rumbo a lo desconocido.

Todas las semanas apártanse de sus costas enormes buques, que vomitando

humo se lanzan a través de las infinitas y azules soledades, repleto el

cóncavo vientre de carne humana, que sufre, se agita, sueña o se

estremece con los internos espejismos de la esperanza. Salen de los

muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses,

negros de polvo de hulla, en cuyo ambiente grasoso parece esparcirse un

vago perfume de té y tabaco con opio; de las costas de la Francia

oceánica, que opone sus bancos vivos de[575] mariscos y los obscuros

pinares de sus landas a los rabiosos asaltos del fiero golfo de

Gascuña; de las bahías españolas, inmensas copas de tranquilo azul,

sobre las cuales trenzan y destrenzan las gaviotas el blanco aleteo,

como asustadas por el intempestivo chirrido de una grúa o el mugido de

una sirena; de las escalas del Mediterráneo, sonrientes y adormecidas

bajo la ardiente lluvia del sol; ciudades blancas, con la alba crudeza

de la cal o la suave y aristocrática del mármol; ciudades en cuyos

embarcaderos flota un ambiente de hortalizas marchitas y frutos

sazonados, y en las que el viento de tierra lleva hasta los buques,

junto con el nupcial aliento del naranjo y el varonil incienso del

almendro, briosos rasgueos de la guitarra ibera, los repiqueteos del

tamboril[576] provenzal y lánguidos arpegios de las mandolinas

italianas.

Los gigantes marinos mueven las invisibles uñas de sus hélices y se

despegan de la tierra. Su proa, como un hocico inteligente, parece

husmear el horizonte para adivinar la senda a traves del infinito, y en

torno de su grupa rebullen convertidas[577] en jabonosa espuma las aguas

grises o negruscas de los mares septentrionales, las azules ondulaciones

atlánticas o las verdes linfas mediterráneas, pobladas de chisporroteos

de sol y escamas de oro, que pasan y se renuevan como estrellas fugaces

en las glaucas profundidades.

* * * * *

Desapareció la tierra: agua por todas partes. El azul blanquecino del

cielo sobre el azul negrusco[578] de las olas. La proa que se alza hasta

ocultar la faja del horizonte o se hunde elevando sobre su ángulo la

lejana línea del mar, como una muralla oscura; la popa, que parece

desplomarse en el abismo a cada ondulación, o al remontarse acaricia

algunas veces el espacio con infructuosas paletadas de sus hélices; el

mugir lejano de las máquinas en lo más profundo de las entrañas del

leviatán de acero, revelan únicamente el movimiento,[579] la marcha. Sin

esto el buque parecería inmóvil encantado en medio de la inmensidad[580]

circular y monótona. Avanza y avanza, y siempre parece estar en el mismo

sitio, en el centro exacto del circo infinito.

¿Adónde va el buque a través del misterio azul? ¿A qué lejana tierra de

ensueño conduce su cargamento de miseria y esperanza?...

* * * * *

Hace años, estos férreos transportadores de hombres seguían todos el

mismo rumbo, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez

aprendido un camino, no sabe salirse de él.[581]

Al abandonar las costas europeas ponían la proa al Oeste, siguiendo los

mares septentrionales agitados o brumosos. Todos se daban cita en las

costas de una inmensa nación, tragaderos insaciables[582] de hombres,

olla hirviente de todas las razas, tierra de prodigios monstruosos, de

iniciativas desconcertantes en fuerza de ser grandiosas; país rodeado de

una leyenda de maravillas, con minas de oro más opulentas que las del

tiempo de Salomón,[583] edificios de mayor altura que la torre de

Babel[584] o los pensiles de Semíramis, e invenciones[585] como no las

soñaron los antiguos magos.

Ahora ya no navegan todos los gigantes del mar con rumbo a los Estados

Unidos de la América del Norte. El camino se ha bifurcado. El colosal

rebaño de humo y acero se reparte, y mientras unos marchan todavía hacia

el Oeste para llevar las últimas provisiones de energía humana al

pueblo más progresivo de los tiempos modernos, otros ponen la proa al

Sur en busca de un nuevo país abierto a la ilusión y al noble espíritu

aventurero de los que desean cambiar de medio.

En todas las épocas de la Historia han existido ciudades de renombre

mundial, ciudades-esperanza[586] hacia las cuales se han vuelto con

anhelante deseo los ojos de los hombres. Lo que la gloriosa Atenas fué

para los artistas de remotos siglos, lo que representó Roma para los

varones del mundo antiguo, que veían en ella un escenario sonoro de[587]

su actividad intelectual, lo han sido otras poblaciones[588] para los

hombres ansiosos de conquistar rápidamente una posición económica sin

tropezarse con las trabas y obstáculos que oponen las sociedades viejas

y exuberantes de población.

El nombre de estas ciudades de prodigios evoca imágenes de suntuosidad y

amontonamiento de riquezas; sugiere la visión de fortunas amasadas

vertiginosamente; suena en los oídos con el sugestivo retintín del oro,

y todos los valerosos en el eterno combate de la vida corrieron a ellas

con la desesperación heroica del que ansía morir o abrirse paso.

Bagdad, la mágica Bagdad de _Las mil y una_[589] _noches_, ha hecho

soñar durante mil años a los pueblos orientales, que veían en la lejana

metrópoli del Tigris inmensos tesoros guardados por los genios y las

peris para premios de los buenos.

La medioeval Toledo, patria de mágicos prodigiosos,[590] brujos

omnipotentes y alquimistas fabricantes de oro, ocupó la imaginación de

los europeos siglos y siglos, evocando en su sencilla fantasía montones

inmensos de monedas rutilantes, cuevas rellenas de barras del precioso

metal, palacios carcomidos, próximos a hundirse bajo el[591] peso de

inauditas riquezas. ¡Ser brujo de Toledo! ¡Poseer la receta misteriosa

para la fabricación del oro!... Esta ilusión estaba tan arraigada en el

alma medioeval, que ha perdurado a través de los siglos, y aun hoy las

viejas judías de Salónica[592] y Constantinopla que guardan las

tradiciones de España, patria de sus mayores, cantan viejos romances a

la gloria de la ciudad del Tajo y sus fantásticas riquezas.

Durante la colonización hispanoamericana, el renombre de una ciudad casi

desconocida ahora, conmovió el mundo. ¡Potosí!... Al pronunciar[593]

este nombre veíase con la imaginación un monte inmenso de engañosa

corteza terrena, en la que bastaba arañar un poco para que quedasen al

descubierto las entrañas de metal deslumbrador. Semejantes al rey Midas

de la[594] leyenda, que convertía en oro todo cuanto tocaba, los hombres

de este país de maravillas vivían rodeados de una abrumadora y forzosa

suntuosidad. La plata valía menos que el hierro y la loza grosera. De

plata eran las herramientas del trabajo, los objetos de usos más viles,

las vajillas ordinarias, y hasta los guijarros con que se apedreaban

los muchachos.

¡Potosí! ¡Mágico nombre!... En Europa los labriegos se hacían soldados

para poder llegar en son de conquista al famoso país: los estudiantes y

los clérigos cambiaban las negras bayetas escolásticas por el coleto de

ante y la espada del aventurero: hasta los nobles abandonaban el regalo

y las intrigas de la corte y partían a la conquista del Vellocino,

despreciando la renta[595] vulgarísima y reposada de sus cortijos,

toradas y tierras de pan llevar, ante la esperanza de una[596] fortuna

inmensa, rápida, fulminante, en un país donde acababa de realizarse el

secular ensueño de El Dorado.[597]

Luego, durante una mitad del siglo XIX, otro nombre de América hizo

palidecer el de la famosa[598] ciudad del Alto Perú. ¡California! ¡Los

_placeres_ de oro inmediatos al Pacífico!... Y los soñadores de Europa

que habían dedicado de antemano su vida a la aventura y al peligro,

corrieron al encuentro de esta nueva resurrección de la Quimera que

agitaba sus escamas de oro al otro lado[599] de los mares: y las gentes

de simple entendimiento y férrea voluntad les siguieron en esta

peregrinación hacia la riqueza, descuajándose de la existencia

sedentaria, arracándose de las raíces que les unían a la aldea natal, al

campo alimentador de su estirpe, para afrontar los peligros de una

correría errante e incierta.

Hoy todos estos nombres no son más que recuerdos históricos, rótulos

sonoros de ilusiones muertas, de esperanzas hechas polvo. El metal

precioso, que era su alma, desapareció arrastrado por la circulación

mundial, y sólo queda la mísera[600] máscara que lo contuvo, ruinas que

hablan con su triste aspecto de una esplendidez desaparecida para

siempre.

Pero la humanidad necesita una ilusión, una esperanza de riqueza que la

acaricie en sus horas de desengaño y penuria, y otro nombre ha venido a

sustituir a los mágicos nombres antiguos:... ¡Buenos Aires!

Argentina, Legend and History · 第 12 / 25 段