apreciar las grandezas de[625] la edificación: Río Janeiro realza su
belleza arquitectónica dentro de un estuche de verdura, entre montañas
que forman un marco rosado a la copa de su bahía; pero los emigrantes
experimentan una impresión más profunda, de asombro y anonadamiento, a
la vista de Buenos Aires. Sus frentes se contraen; sus ojos miran con
incertidumbre.
--¡Qué grande!... ¡Qué grande!...
Y todos piensan con una emoción parecida al miedo, en lo que les aguarda
dentro de este caserío achatado, monótono, infinito, igual a la concha
protectora de una gran bestia prehistórica.
Avanza lentamente el transatlántico, con ligeras pausas de inmovilidad,
como si fuese tanteando el camino para evitarse un encontrón. Navega
entre diques, y va a atracar dulcemente en un amplio muelle defendido
por una cubierta de acero y cristales, como una estación de ferrocarril.
En el desembarcadero se reúnen grupos de curiosos. Los marineros de la
vigilancia marítima, con el machete al cinto, forman fila para contener
al gentío que pretende avanzar y llama a gritos a los amigos que llegan
en el buque. La policía huronea y mira con ojos inquietos, temiendo el
desembarco de gentes peligrosas, de elementos de desorden barridos por
las aventuras del viejo mundo.
¡Cuán pequeño es ahora el transatlántico! Pegado a tierra puede
apreciarse mejor su grandeza, y, sin embargo, parece más mezquino, más
insignificante que en medio de los amplios puertos donde echó sus anclas
antes de llegar aquí. La comparación con centenares y centenares de
otros buques, que alineados en las tranquilas aguas del río, entre
muelles, diques y puentes se esfuman en el horizonte, borra la
apreciación de su tamaño. La cantidad desvanece el valor de la
dimensión. ¡Son tantos y están tan agrupados los gigantes marinos!...
Cada uno de estos buques, destacándose aislado en medio del azul de una
bahía, puede admirar por la grandeza y arrogancia de sus proporciones.
Aquí no es nada; se pierde entre sus compañeros en una extensión
acuática de catorce kilómetros: es una chimenea más entre centenares de
chimeneas; dos mástiles que vienen a confundirse en la inmensa selva de
palos y cordajes sobre la que revolotean las banderas como mariposas de
colores.
Las dársenas, enormes plazas de agua, no son dársenas: son corrales de
buques donde se aglomeran los monstruos flotantes como doméstico rebaño.
Los mercenarios de _Salambó_,[626] al marchar de Cartago, veían con
cierta inquietud, clavadas a los árboles por los cuatro remos, bestias
moribundas que agitaban su roja melena entre estertores agónicos.
--¿Qué nación es ésta que crucifica a los leones?...--murmuraban
asombrados los personajes de Flaubert.
Algo semejante piensa el viajero al llegar al puerto de Buenos Aires, en
una mañana fría y brumosa.
--¿Qué pueblo es éste que trata a los gigantes del mar como si fueran
reses?...
Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos,
mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las
praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser
ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y
cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de
hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les
da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus
inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay
lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas,
apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y
rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en
los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días,
recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y
elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con
nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río
abajo, hacia los azules[629] campos.
Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la
ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido
desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres
toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la
cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se
concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente
vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos,
silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una
guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan
en el muelle.
El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido.
¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que
todos los días devora su ración humana?...
Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada
escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad.
El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y
recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan
desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece
cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para
que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.
Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen
cohibidos, atemorizados.
"¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!..."
La inmensa metrópoli sudamericana pesa sobre ellos con toda su
enormidad.
Nadie echa ya la cabeza atrás con arrogancia belicosa, ni saca el pecho
fanfarronamente. Las frentes se bajan a impulsos de la inquietud; las
espaldas parecen encorvarse como si sintieran por adelantado el peso de
una vida de laboriosidad que va a empezar.
Y los soñadores del océano, que fantasearon las más absurdas grandezas
como final de su viaje, entran a la nueva vida por un camino fácil,
encontrando inmediatamente el trabajo y el pan; pero entran
cabizbajos... como animales domados... como ilusos que despiertan para
caer en la realidad.
[Illustration: BUENOS AIRES: LA AVENIDA DE MAYO
_Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y._]
EL MINISTRO DRAGO AL MINISTRO GARCÍA MÉROU
(TITLE: =Drago=. Towards the end of the year 1902 the internal dissensions
of the republic of Venezuela and the mismanagement of Dictator Castro's
administration caused the destruction of much foreign capital, and
finally led to the repudiation of loans contracted by Venezuela in
Europe. The situation became acute when in 1903 England, Germany, and
Italy sent a combined fleet to blockade the ports of Venezuela. Castro
appealed to the United States, claiming that the Monroe Doctrine was
being violated. The matter, at the instance of the United States, was
finally settled by the Hague Court of Arbitration, which decided that
Venezuela should meet the British, German, and Italian claims. Previous
to the blockade Argentina, through her secretary of state, Drago, sent
the following note to the United States, protesting against the use of
force on the part of any foreign nation to collect indemnities due to
their subjects, or installments on loans. This further extension of the
Monroe Doctrine is called by the Argentineans the Drago Doctrine.)
Buenos Aires, 29 de Diciembre de 1902
Señor ministro:
He recibido telegrama de V. E., fecha 20 del corriente, relativo a los
sucesos últimamente ocurridos entre el gobierno de la República de
Venezuela y los de la Gran Bretaña y la Alemania. Según los informes de
V. E., el origen del conflicto debe atribuirse en parte a perjuicios
sufridos por súbditos de las naciones reclamantes, durante las
revoluciones y guerras que recientemente han tenido lugar en el
territorio de aquella república y en parte también a que ciertos
servicios de la deuda externa del Estado no han sido satisfechos en la
oportunidad debida.[630]
Prescindiendo del primer género de reclamaciones, para cuya adecuada
apreciación habría[631] que atender siempre las leyes de los respectivos
países, este gobierno ha estimado de oportunidad transmitir a V. E.
algunas consideraciones relativas al cobro compulsivo de la deuda
pública, tales como las han sugerido los hechos ocurridos.
Desde luego se advierte, a este respecto, que[632] el capitalista que
suministra su dinero a un Estado extranjero, tiene siempre en cuenta
cuales son los recursos del país en que va a actuar, y la mayor o menor
probabilidad de que los compromisos contraídos se cumplan sin
tropiezo.[633]
Todos los gobiernos gozan por ello de diferente crédito, según su grado
de civilización y cultura y su conducta en los negocios, y estas
circunstancias se miden y se pesan antes de contraer ningún empréstito,
haciendo más o menos onerosas sus condiciones, con arreglo a los datos
precisos que en este sentido tienen perfectamente registrados[634] los
banqueros.
Luego, el acreedor sabe que contrata con una entidad soberana y es
condición inherente de toda soberanía que no pueda iniciarse ni
cumplirse procedimientos ejecutivos contra ella, y que ese modo de cobro
comprometería su existencia misma, haciendo desaparecer la independencia
y la acción[635] del respectivo gobierno.
Entre los principios fundamentales del derecho público internacional que
la humanidad ha consagrado, es uno de los más preciosos el que determina
que todos los Estados, cualquiera que sea la fuerza de que dispongan,
son entidades de derecho, perfectamente iguales entre sí y
recíprocamente acreedoras por ello a las mismas consideraciones y
respeto.
El reconocimiento de la deuda, la liquidación de su importe, puede y
debe ser hecha por la nación, sin menoscabo de sus derechos primordiales
como entidad soberana; pero el cobro compulsivo e inmediato en un
momento dado, por medio de la fuerza, no traería otra cosa que la ruina
de las naciones más débiles y la absorción de su gobierno con todas las
facultades que le son inherentes por los fuertes de la tierra. Otros son
los principios[636] proclamados en este continente de América. "Los
contratos entre una nación y los individuos particulares son
obligatorios según la conciencia del soberano, y no pueden ser objeto de
fuerza compulsiva", decía el ilustre Hamilton. "No confieren
derecho[637] alguno de acción fuera de la voluntad soberana."
[Illustration: LUIS M. DRAGO
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
Los Estados Unidos han ido muy lejos en ese sentido. La enmienda
undécima de su constitución estableció, en efecto, con el asentimiento
unánime del pueblo, que el poder judicial de la nación no se extiende a
ningún pleito de ley o de equidad seguido contra uno de los Estados
Unidos por ciudadanos de otro Estado, o por ciudadanos o súbditos de un
Estado extranjero. La República Argentina ha hecho demandables a sus
provincias y aun ha consagrado el principio de que la nación misma pueda
ser llevada a juicio ante la Suprema[638] Corte por los contratos que
celebra con los particulares.
Lo que no ha establecido, lo que no podría de ninguna manera admitir, es
que, una vez determinado por sentencia el monto de lo que pudiera
adeudar, se le prive[639] de la de elegir[640] el modo y la oportunidad
del pago, en el que tiene tanto o más interés que el acreedor mismo,
porque en ello están comprometidos el crédito y el honor colectivos.
No es ésta de ninguna manera la defensa de la mala fe, del desorden y de
la insolvencia deliberada y voluntaria. Es simplemente amparar el decoro
de la entidad pública internacional que no puede ser arrastrada así a la
guerra, con perjuicio de los altos fines que determinan la existencia y
la libertad de las naciones.
El reconocimiento de la deuda pública, la obligación definida de pagarla
no es, por otra parte, una declaración sin valor porque el cobro[641] no
pueda llevarse a la práctica por el medio de la violencia.
El Estado persiste en su capacidad de tal, y[642] más tarde o más
temprano las situaciones obscuras se resuelven, crecen los recursos, las
aspiraciones comunes de equidad y de justicia prevalecen y se satisfacen
los más retardados compromisos.
El fallo, entonces, que declara la obligación de pagar la deuda, ya sea
dictado por los tribunales del país o por los de arbitraje
internacional, los cuales expresan el anhelo permanente de la justicia
como fundamento de las relaciones políticas de los pueblos, constituye
un título indiscutible que no puede compararse al derecho incierto
de[643] aquél cuyos créditos no son reconocidos y se ve impulsado a
apelar a la acción para que ellos le sean satisfechos.
Siendo estos sentimientos de justicia, de lealtad y de honor, los que
animan al pueblo argentino, y han inspirado en todo tiempo su política,
V. E. comprenderá que se haya sentido alarmado al saber que la falta de
pago de los servicios de la deuda pública de Venezuela se indica como
una de las causas determinantes del apresamiento de su flota, del
bombardeo de uno de sus puertos y del bloqueo de guerra rigurosamente
establecido para sus costas. Si estos procedimientos fueran
definitivamente adoptados, establecerían un precedente peligroso para la
seguridad y la paz de las naciones de esta parte de América.
El cobro militar de los empréstitos supone ocupación territorial para
hacerlo efectivo, y la ocupación territorial significa la supresión o
subordinación de los gobiernos locales en los países a que se extiende.
Tal situación aparece contrariando visiblemente[644] los principios
muchas veces proclamados por las naciones de América y muy
particularmente la doctrina Monroe, con tanto celo sostenida y defendida
en todo tiempo por los Estados Unidos, doctrina a que la República
Argentina ha adherido antes de ahora.[645]
Dentro de los principios que enuncia el memorable[646] mensaje de 2 de
diciembre de 1823, se contienen dos grandes declaraciones que
particularmente se refieren a estas repúblicas, a saber: "Los
continentes americanos no podrán en adelante servir de campo para la
colonización futura de las naciones europeas, y reconocida como lo ha
sido la independencia de los gobiernos de América, no podrá mirarse la
interposición de parte de ningún poder europeo, con el propósito de
oprimirlos o controlarlos de cualquier manera, sino como la
manifestación de sentimientos poco amigables para los Estados Unidos."
La abstención de nuevos dominios coloniales en los territorios de este
continente, ha sido muchas veces aceptado por los hombres políticos de
Inglaterra. A su simpatía puede decirse que se debió el gran éxito que
la doctrina de Monroe alcanzó apenas promulgada. Pero en los últimos
tiempos se ha observado una tendencia marcada en los publicistas y en
las manifestaciones diversas de la opinión europea, que señalan estos
países como campo adecuado para las futuras expansiones territoriales.
Pensadores de la más alta jerarquía han indicado la conveniencia de
orientar en esta dirección los grandes esfuerzos que las principales
potencias de Europa han aplicado a la conquista de regiones estériles,
con un clima inclemente, en las más apartadas latitudes del mundo. Son
muchos ya los escritores europeos que designan los territorios de Sud
América con sus grandes riquezas, con su cielo feliz y su clima propicio
para todas las producciones, como el teatro obligado donde las grandes
potencias, que tienen ya preparadas las armas y los instrumentos de la
conquista, han de disputarse el predominio en el curso de este siglo.
La tendencia humana expansiva, caldeada así por las sugestiones de la
opinión y de la prensa, puede, en cualquier momento, tomar una dirección
agresiva, aun contra la voluntad de las actuales clases gobernantes. Y
no se negará que el camino más sencillo para las apropiaciones y la
fácil suplantación de las autoridades locales por los gobiernos
europeos, es precisamente el de las intervenciones financieras, como con
muchos ejemplos pudiera demostrarse. No pretendemos de ninguna manera
que las naciones sudamericanas queden, por ningún concepto, exentas de
las responsabilidades de todo orden que las violaciones del derecho
internacional comportan para los pueblos civilizados. No pretendemos, ni
podemos pretender que estos países ocupen una situación excepcional en
sus relaciones con las potencias europeas, que tienen el derecho
indudable de proteger a sus súbditos tan ampliamente como en cualquier
otra parte del globo, contra las persecuciones o las injusticias de que
pudieran ser víctimas. Lo único que la República Argentina sostiene y lo
que vería con gran satisfacción consagrado con motivo de los sucesos de
Venezuela, por una nación que, como los Estados Unidos, goza de tan
grande autoridad y poderío, es el principio ya aceptado de que no puede
haber expansión territorial europea en América, ni opresión de los
pueblos de este continente, porque una desgraciada condición financiera
pudiese llevar a alguno de ellos a diferir el cumplimiento de sus
compromisos. En una palabra, el principio que quisiera ver reconocido,
es el de que la deuda pública no puede dar lugar a la intervención
armada, ni menos a la ocupación material del suelo de las naciones
americanas por una potencia europea.
El prestigio y el descrédito de los Estados que dejan de satisfacer los
derechos de sus legítimos acreedores, trae consigo dificultades de tal
magnitud que no hay necesidad de que la intervención extranjera agrave
con la opresión las calamidades transitorias de la insolvencia.
La República Argentina podría citar su propio ejemplo, para demostrar lo
innecesario de las intervenciones armadas en estos casos.
El servicio de la deuda inglesa de 1824 fué reasumido espontáneamente
por ella, después de una interrupción de treinta años, ocasionada por la
anarquía y las convulsiones que conmovieron[647] profundamente el país
en ese período de tiempo, y se pagaron escrupulosamente todos los
atrasos y todos los intereses, sin que los acreedores hicieran gestión
alguna para ello.
Más tarde una serie de acontecimientos y contrastes[648] financieros,
completamente fuera de todo control de sus hombres gobernantes, la
pusieron, por un momento, en situación de suspender de nuevo
temporalmente el servicio de la deuda externa. Tuvo, empero, el
propósito firme y. decidido de reasumir los pagos inmediatamente que las
circunstancias se lo permitieran y así lo hizo, en efecto, algún tiempo
después, a costa de grandes sacrificios, por su propia y espontánea
voluntad y sin intervención ni conminaciones de ninguna potencia
extranjera. Y ha sido por sus procedimientos perfectamente escrupulosos,
regulares y honestos, por su alto sentimiento de equidad y de justicia
plenamente evidenciado, que las dificultades sufridas en vez de
disminuir han acrecentado su crédito en los mercados europeos. Puede
afirmarse con entera certidumbre que tan halagador resultado no se
habría obtenido, si los acreedores hubieran creído conveniente
intervenir de un modo violento en el período de crisis de las finanzas,
que así se ha repuesto por su sola virtud.
No tememos ni podemos temer que se repitan circunstancias semejantes.
En el momento presente no nos mueve, pues, ningún sentimiento egoísta ni
buscamos el propio provecho al manifestar nuestro deseo de que la deuda
de los Estados no sirva de motivo para una agresión militar de estos
países.
No abrigamos, tampoco, respecto de las naciones europeas ningún
sentimiento de hostilidad. Antes por el contrario, mantenemos con todas
ellas las más cordiales relaciones desde nuestra emancipación, muy
particularmente con Inglaterra, a la cual hemos dado recientemente la
mayor prueba de la confianza que nos inspiran su justicia y su
ecuanimidad, entregando a su fallo la más importante[649] de nuestras
cuestiones internacionales que ella acaba de resolver fijando nuestros
límites con Chile después de una controversia de más de sesenta años.
Sabemos que donde la Inglaterra va, la acompaña la civilización y se
extienden los beneficios de la libertad política y civil. Por eso la
estimamos, lo que no quiere decir que adhiriéramos con igual simpatía a
su política en el caso improbable de que ella tendiera a oprimir las
nacionalidades de este continente, que luchan por su progreso, que ya
han vencido las dificultades mayores y triunfarán en definitiva para
honor de las instituciones democráticas.
Largo es, quizás, el camino que todavía deberán recorrer las naciones
sudamericanas. Pero tienen fe bastante y la suficiente energía y virtud
para llegar a su desenvolvimiento pleno, apoyándose las unas en las
otras.
Y es por ese sentimiento de confraternidad continental y por la fuerza
que siempre deriva del apoyo moral de todo un pueblo, que me dirijo al
señor ministro, cumpliendo instrucciones del[650] excelentísimo señor
presidente de la República, para que transmita al gobierno de los
Estados[651] Unidos nuestra manera de considerar los sucesos en cuyo
desenvolvimiento ulterior va a tomar una parte tan importante, a fin de
que se sirva tenerla[652] como la expresión sincera de los sentimientos
de una nación que tiene fe en su destino y la tiene en los de todo este
continente, a cuya cabeza marchan los Estados Unidos, actualizando
ideales y suministrando ejemplos.
Quiera el señor ministro aceptar[653] las seguridades de mi
consideración distinguida.
LUIS M. DRAGO
ABBREVIATIONS
_a. and s._ adjective and substantive
_abbr._ abbreviation
_adj._ adjective
_adv._ adverb
_Arg._ Argentinism
_cf._ _confer_, compare
_collect._ collective
_comp._ comparative
_dim._ diminutive
_f._ or _fem._ feminine
_i.e._ _id est_, that is
_impers._ impersonal
_infin._ infinitive
_m._ masculine
_p._ page
_p. p._ past participle
_pl._ plural
_prep._ preposition, prepositional
_V._ _vide_, see
NOTE.--Gender indications are omitted as follows:
_m._ omitted: names of males
masculine nouns in =-o=
agent nouns in =-or=, =-nte=
_f._ omitted: names of females
feminine nouns in =-a=, =-ión=, =-dad=, =-tud=, =-ez=
VOCABULARY
A
=a=, to, in, at
=abajo=, below
=abandonar=, to abandon, forsake
=abandono=, abandon, abandonment, playfulness
=abarcar=, to embrace, include
=abatir=, to flatten, overwhelm, deject
=abdicación=, abdication
=abdicar=, to abdicate, give up
=abeja=, bee
=abertura=, opening
=abierto=, =-a=, open
=abismo=, abyss
=abnegación=, self-denial
=abocar=, to aim a gun, enter mouth of a channel
=abonar=, to pay in advance, to subscribe
=abordaje=, _m._, a boarding attack
=abrasador=, =-ora=, burning, hot
=abrasar=, to burn, parch, inflame
=abrazar=, to embrace
=ábrego=, southwest wind
=abrigar=, to shelter, protect, entertain
=abrigo=, shelter, protection
=abrir=, to open
=abrogar=, to repeal, annul
=abrumador=, =-ora=, crushing, overwhelming
=abrupto=, =-a=, abrupt
=absoluto=, =-a=, absolute, total, alone
=absolver=, to absolve;
_p. p._ =absuelto=
=absorción=, absorption
=absortivo=, =-a=, absorptive, absorbing
=absorvente=, absorbing
=absorver=, to absorb
=abstención=, abstention
=absurdo=, =-a=, absurd
=abuelo=, grandfather
=abultado=, =-a=, thick, bulging, large
=abundancia=, abundance
=abundante=, abundant, plentiful
=abundantemente=, sufficiently
=aburrido=, =-a=, bored, weary
=abusar=, to abuse, misuse
=abuso=, abuse
=acabador=, =-ora=, destructive
=acabar=, to end;
=---- de=, to have just
=academia=, academy
=acallar=, to hush; to mitigate
=acantonar=, to quarter
=acariciar=, to caress, stroke, fondle
=acarrear=, to carry; to cause
=acaso=, perhaps
=acaso=, event, chance
=acaudillar=, to head, espouse
=accesorio=, =-a=, _a. and s._, additional; accessory
=accidentado=, =-a=, rough
=accidental=, accidental
=accidente=, _m._, accident, characteristic
=acción=, action, effect; share
=aceite=, _m._, oil, incense
=acendrado=, =-a=, purified, refined
=acento=, accent
=aceptar=, to accept
=acequia=, canal, drain
=acera=, sidewalk, path
=acerado=, =-a=, steel-like
=acerbo=, =-a=, sharp, keen
=acercarse=, to draw near
=acero=, steel
=acertar=, to succeed, hit the mark
=aciago=, =-a=, sad, disastrous
=acibarar=, to embitter
=acierto=, ability to do the right thing; chance, aim
=aclamación=, acclamation