líricas, sus poemas, sus escritos en prosa fueron leídos con avidez en
los tiempos ya lejanos en que inició lo que puede llamarse el movimiento
revolucionario de[472] nuestra literatura. Conviene que la joven
generación se familiarice con aquel noble y vigoroso espíritu que
condensaba, por decirlo así, todas las nociones de la ciencia social en
la época en que vivió, y que supo abrir al arte anchos y nuevos caminos,
por los cuales hallaron nuestros poetas un mundo entero de bellezas
desconocidas. Echeverría era un hombre reflexivo, estudioso, inspirado,
y amante de su patria. Podría presentársele[473] como el tipo del
ingenio sud-americano, sagaz, delicado, flexible, apto para comprender
las verdades que obtiene como premio la paciente investigación, y para
sentir con viveza las emociones que los bellos espectáculos de la
naturaleza despiertan en las almas noblemente apasionadas.
Los jóvenes que cultivan la literatura hallarán sin duda en la lectura
de las obras de Echeverría,[474] placeres delicados y puros, enseñanzas
fecundas y severas. Cuando se trata de evitar que los[475] hombres de
letras se puerilicen en busca de una popularidad fácil y pervertidora,
cuando se trata de hacerles adquirir esos hábitos meditativos
indispensables para el progreso intelectual, Esteban Echeverría,
desdeñoso como Horacio de la insipiencia[476] del vulgo, investigador
concienzudo en las cuestiones de la ciencia y del arte, es todavía,
después de la muerte, el bienvenido para los[477] pueblos del Plata.
Sus escritos políticos no son, no pueden ser ya, por la marcha natural e
incesante de las ideas, una revelación sorprendente para sus
conciudadanos, como lo fueron tal vez cuando el malogrado[478]
argentino volvió al seno de su patria, después de beber a largos sorbos
la ilustración europea; pero son y serán siempre un alto ejemplo para
enseñarnos a disciplinar y dirigir las fuerzas intelectuales en orden a
hallar la solución de los problemas que se refieren al bien de la
sociedad.[479]
Nada tan eficaz para inspirar aversión hacia el hueco charlatanismo de
los que hablan y escriben sin reflexionar, como la lectura de las obras
de Echeverría. Él conocía los serios deberes del literato y sabía
practicarlos con escrupulosa austeridad. No escribía para halagar las
preocupaciones vulgares y alcanzar las victorias estruendosas, pero
efímeras, obtenidas por los que dicen a gritos las necedades que el
vulgo ama como a sus hijos; y sacrificaba siempre el efecto inmediato a
las reglas del criterio artístico, inaccesible para la gran mayoría de
personas que no tienen un gusto refinado. Escribió _La Cautiva_ en
humildes octosílabos como para hacer contraste con los ampulosos
alejandrinos a cuya sonoridad deben algunos versificadores su fama poco
envidiable, probando que la poesía reside en las ideas y en el
sentimiento, que las modestas formas de un metro sencillo pueden
albergar dignamente la sublime inspiración del poeta.
Supo reconcentrarse en los senos de la conciencia y sondar pacientemente
las profundidades del mundo interior, así como había estudiado las
maravillas de la naturaleza. Esperó los favores de la musa en las horas
silenciosas de austeras vigilias, y la invisible confidente bajó a su
alma[480] con una frecuencia y una amabilidad de que pocos pueden
jactarse a pesar de haberla invocado muchas veces. Rompió la tradición
clásica a que[481] habían estado sujetas las generaciones poéticas de la
República Argentina, quitó a nuestra literatura el carácter de
"cosmopolitismo incoloro" que había tenido hasta entonces, inspirándose
en las peculiaridades de nuestra naturaleza y de nuestra sociedad, e
introdujo en la poesía las audaces franquezas de la expresión, que
muestran con verdaderos matices y en todo su vigor los fenómenos del
alma humana. Sus cuerdas favoritas eran las que se armonizan con la
solemne majestad de la meditación y con los tiernos suspiros de la
elegía.
En su alma se albergaba ese indefinible sentimiento en que se condensan,
perdiendo mucho de[482] su amargura, _los males de la vida_, sin llegar
a confundirse jamás con la horrible desesperación o la sarcástica
indiferencia de los que han dado a la esperanza un eterno adiós. Su
espíritu se oscurecía con las nubes de la tristeza como el mundo con las
sombras del crepúsculo, pero brillaba también con los fulgores de
halagüeñas visiones. Echeverría ha contemplado el ideal, ha sentido los
dolores y los placeres de esa contemplación, y ha reflejado en bellas
estrofas las variadas escenas de su drama interior.
EL CONGRESO DE TUCUMÁN
1816-1916
ERNESTO NELSON
Desde una humilde casa de adobe de la ciudad de Tucumán,[483] las
Provincias Unidas de la Plata[484] lanzaron al mundo, el 9 de julio de
1816, la declaración solemne de su independencia. Fué ése un acto que,
aunque más modesto que el celebrado cuarenta años antes por las trece
colonias inglesas, tuvo igual si no mayor significación relativa en los
destinos del pueblo que la realizaba. Esa declaración[485] audaz que se
hacía seis años después[486] de iniciada la guerra separatista, en
momentos en que las armas patriotas eran dominadas desde Méjico hasta
Chile, tuvo la virtud de retemplar los espíritus abatidos, salvando
acaso la suerte de las armas.[487] Proclamada[488] esa declaración en
medio de una horrorosa anarquía, que habría de retardar por otro medio
siglo[489] la unidad nacional, logró sin embargo polarizar los espíritus
en el sentido de la democracia. Clausurado ese Congreso sin que sus
tareas se viesen cumplidas, su papel en la historia fué el de un
monumento inconcluso que recordará a los pueblos el deber sagrado de
completar sus grandes líneas.
[Illustration: CASA DONDE SE REUNIÓ EL CONGRESO DE TUCUMÁN
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
Los lineamentos de las dos grandes revoluciones[490] de la independencia
en el norte y en el sur del continente son demasiado diversos para que
se los pueda superponer. No debe olvidarse que el grito revolucionario
resonó en la América del Sur en 1810, cuando ya la Europa había olvidado
la aventura a que se lanzara Francia en 1789; cuando[491] las acciones
de la democracia habían sido despreciadas en el mercado político
europeo, dominado como estaba por un escepticismo contra el cual tenía
escasa acción el éxito relativo con que la América sajona había
comenzado a poner en práctica sus instituciones democráticas. En el
norte el deseo de instituir un gobierno propio[492] primaba sobre el
anhelo de independencia, según lo comprueba el ofrecimiento de
obediencia y de voluntaria contribución que hicieron las colonias
inglesas al soberano; en el sur el deseo de independencia era lo primero
y la forma de gobierno lo segundo. Fracasada la libertad de Francia en
el imperio militar y desacreditada la república[493] por los crímenes
del Año Terrible, la democracia[494] no tenía atractivos especiales para
los promotores de la revolución, por lo menos para los espíritus más
prácticos; antes bien esa forma de gobierno[495] concitaba peligros,
entre los cuales el más grave era sin duda el de no alcanzar de la
Europa el anhelado reconocimiento de la independencia.
Si éstas son razones históricas y por lo tanto ocasionales, otras más
profundas y de un orden social hicieron el proceso diferente en ambos
extremos de América; y por lo que toca a la del[496] Sur, más dramático
y doloroso que en el Norte. El gobierno español había establecido un
régimen colonial fundado en la opresión y el egoísmo, dentro de cuyo
programa absoluto no cabía el ejercicio de la más débil iniciativa
local. Tan profundo fué el sello impreso por el ejercicio de este
paternalismo estrecho, que sus resabios son visibles todavía en la vida
política de casi todas las naciones que estuvieron un tiempo sometidas a
España. En muchas de ellas la evolución político-democrática ha sido
entendida, a lo sumo, como el paso de la autocracia despótica al
paternalismo benévolo. Aun hoy día el estudioso podría descubrir en la
legislación de algunos países de la América española, una como
presunción[497] de que el pueblo es el sujeto pasivo de la actividad
social ejercida por el Estado, de quien se aguardan todas las
iniciativas. El Estado,[498] por su parte, no hace mucho por modificar
este concepto, antes bien se apresura a confirmarlo tomando[499] así
toda carga que conduzca al progreso social. Hay la tendencia a mirar
este progreso, este resultado, como el fin mismo de la actividad del
Estado y de aquí que esas sociedades casi carezcan[500] de legislación y
de órganos para instaurar procesos sociales que tengan en vista aquellos
resultados, pero en los que intervenga la actividad general, con cuyo
ejercicio se perfecciona la verdadera educación democrática.
Si esto ocurre en la hora presente, no es extraño que en los obscuros
días de 1810, cuando la institución de la república había caído en
descrédito, los fundadores de las nacionalidades hispanoamericanas no
tuvieran una idea clara de la función social del gobierno democrático.
Así se explica la creencia de que la perfección del estado político
dependiera más de cierta virtud intrínseca de las leyes que de la virtud
de los hombres. ¿No deseaban esos próceres "leyes tan perfectas que[501]
fuera imposible al pueblo contravenirlas"? Se admitirá pues, que en la
América española la fórmula lincolniana del gobierno _del_ pueblo,
_para_ el pueblo y _por_ el pueblo, habría pecado por exceso,[502] al
juicio de los legisladores que a lo sumo deseaban fundar un gobierno
_para_ el pueblo, pero no veían la posibilidad, ni acaso tampoco la
ventaja, de instituir gobiernos del pueblo y por el pueblo, excepto en
cuanto reconocían la necesidad de que[503] los gobernantes estuvieran
identificados con el pueblo por razón de su origen.[504] Como lo hace
notar[505] nuestro Sarmiento: "el cabildo abierto sólo[506] admitía los
notables de la ciudad, apartando al pueblo del lugar de la reunión, como
lo repiten las actas de la época. En el pueblo vendrían indios, negros,
mestizos, mulatos, y no querían abandonar a números tan heterogéneos la
elección de magistrados, si estos habían de ser blancos, y de la clase
burguesa y municipal."
En definitiva, todos los caracteres de nuestra revolución proceden de
una modalidad social de las colonias hispanoamericanas, modalidad sobre
cuyas consecuencias históricas nunca se insistirá[507] demasiado, pues
proporcionan la clave para comprender la evolución política y el estado
actual de esos pueblos. Durante el coloniaje existían allí la más
brillante cultura y la ignorancia más densa. Por una parte esos países
habían instituído la educación superior en sus universidades muchos años
antes de que los primeros peregrinos arribasen a Plymouth; por otra, las
clases inferiores de la sociedad unían a su falta de luces, la barbarie
transmitida en las luchas con los elementos indígenas.
Estratificada así la sociedad, el historiador puede seguir una línea
correspondiente de separación durante todo el proceso histórico. Dos
factores, diferentes cuando no antagónicos, se desarrollaron[508] en
esas sociedades al sonar la hora de la revolución. El uno el factor
idealista, que pudiéramos decir, se inspiraba en un pensamiento
aristocrático, siquiera sea dicho en su estricto sentido etimológico,
puesto que respondía a la convicción de que[509] las clases superiores y
cultas tienen la responsabilidad de tutela social. Para estas clases el
problema político era un problema filosófico, dependiente en gran parte
de una legislación apropiada. Aunque para los prohombres el gobierno más
perfecto era el que garantizaba el mayor bien al mayor número, ése era
el límite extremo de sus teorías democráticas. Dado el medio en que
actuaban, ninguno de ellos hubiera ido tan lejos como para proclamar el
derecho de todos y de cada uno a contribuir con su expresión individual
a formar el ideal colectivo; a constituir, en suma, una nación que fuera
expresión fiel de la cultura moral y social existente entonces en el
pueblo. Ninguno se habría resignado a dejar en manos de las ciegas
mayorías el futuro de la nación. Nadie habría llevado tan lejos su fe en
los instintos de la colectividad. Creían, pues, en el gobierno de los
mejores, es decir, de los que ellos creían tales, pues para medir los
méritos de los hombres aplicaban el cartabón de la cultura y de la
sabiduría y no el simple magnetismo personal ni otras cualidades
elementales y primitivas, que en los estratos inferiores de la sociedad
despiertan admiración y deciden la superioridad.
De acuerdo con este criterio, las naciones sudamericanas han dado a sus
instituciones políticas un sello a veces diferente del que imprimieron a
las suyas las colonias anglo-sajonas, diferencia, por otra parte, que
nadie sería osado a condenar pues son variantes del problema que con su
existencia plantea desde hace siglo y medio la democracia.[510] Para no
detenernos sino en uno de esos contrastes, véase el diferente alcance
que las naciones de la América hispánica han dado al concepto
"representativo", respecto del sentido que ese término recibe en las
prácticas políticas de la América inglesa. Según éstas, el gobierno
representativo debe reflejar fielmente la fisonomía de la sociedad que
representa; y para asegurar ese carácter, los representantes son
emanación directa de las circunscripciones locales. El gobierno, pues,
no puede nunca ser superior al pueblo, ni acaso para el espíritu de esas
sociedades es deseable que lo fuese. Los países latinoamericanos han
dado a la representación un significado menos estricto, haciendo que los
representantes lo sean[511] en común de las grandes divisiones
políticas, con lo cual se cumple el propósito de que la representación
recaiga sobre las personas de mayor prestigio y sabiduría, residentes
por lo general en las capitales y centros importantes.
El otro componente de la revolución argentina lo suministra el pueblo
ignorante e ineducado, aunque celoso como pocos de su independencia
personal. A despecho del papel pasivo que con la mejor intención se
pretendía hacerle desempeñar[512] en el drama, ese pueblo fué el
verdadero protagonista. Adivinó que llegaba el momento histórico de
actuar y actuó, obrando según sus fieros y primitivos impulsos,
exteriorizando los cuales[513] comenzaba en realidad su larga
auto-educación política. La repugnante arena de las luchas fratricidas
en que se debaten sus crudos intereses, ha sido en realidad la escuela
de la democracia en Sud-América. Los caudillos locales que las turbas
exaltaron, son el exponente y la expresión de las sordas voluntades
colectivas. Aunque figuras menores[514] de la historia, siniestras a
veces, no por eso son indignas del estudio del sociólogo.
[Illustration: ERNESTO NELSON]
El factor idealista de la revolución y de la organización nacional tiene
su campo privativo de acción en la obra legislativa y de pensamiento; el
otro en la acción concreta y visible de la negra anarquía y la
sangrienta dictadura. Del choque de ambas corrientes, de su
compenetración gradual, resulta la fisonomía política actual de la
República Argentina, país donde el conflicto entre ambas formas de
acción ha durado menos que en los otros, muchos de los cuales son
todavía mundos políticos en formación, habiendo algunos[515] en los que
el orden y el equilibrio aun no han aparecido. No sólo ha salvado la
Argentina la época ígnea de las revoluciones, sino que su ambiente
social permite ya que prospere en él la forma más delicada de la
democracia, o sea el voto[516] secreto, cuyo advenimiento en las
prácticas políticas de la gran república del sur tiene un significativo
valor filosófico, como prenda de concordia y de colaboración entre las
luces de la cultura y los instintos populares a cuyas inspiraciones esa
ley entregó con plena confianza sus[517] destinos futuros. En la
fisonomía actual del país los dos elementos de la evolución social han
dejado impresa su huella. El espíritu democrático, ya madurado,
coexiste con un pronunciado idealismo, un respeto casi religioso por la
cultura, que ha llevado a las legislaturas y a las mansiones
presidenciales hombres de pensamiento más bien que obreros de acción
práctica, con decidida ventaja a veces para la exaltación del ideal
político, si bien con alguna desventaja para la acción concreta
inmediata. La constante calificación de cultura que ha servido de
principal requisito al ejercicio del poder, ha impedido que éste caiga
en manos mercenarias o bajo el dominio de inteligencias sin cultura que
degradasen su función[518] social. Por eso ha sido motivo de sorpresa
para los observadores inadvertidos el encontrar en las repúblicas
latinas gobiernos no tan representativos como pudiera esperarse de la
general falta de cultura de las masas. Los prestigios del mando, con su
escuela de méritos y de honores para los servidores del país, las
prácticas apenas atemperadas del paternalismo ancestral, han creado el
anhelo del bien público llevado con extrema frecuencia hasta el
sacrificio personal. Y si esta excesiva actividad central acaso obra,
según se ha dicho ya, inhibiendo las actividades locales, no hay[519]
duda que ha contribuído a revestir la función política de mayor dignidad
y a darle el carácter de una defensa contra los avances del
capitalismo. Un tipo tal de democracia traerá tal vez cierto exceso de
intervención oficial que no se advierte en las democracias más
homogéneas, en las que el estado recibe toda la savia de los estratos
inferiores de la sociedad; pero sin duda evita la maléfica influencia de
los poderosos intereses privados, de cuya presión son a veces
resultado[520] legislaciones que disimuladamente los sirven.
Si la legislación constructiva y la demagogia destructiva constituyen
respectivamente el anverso y el reverso de la vida nacional, en pocos
momentos de la historia argentina se exhiben con mayor evidencia ni en
forma más irreconciliable que en[521] el acto de celebrarse el Congreso
de Tucumán. Se iniciaba esta asamblea después de seis años[522] de rotas
las hostilidades con la madre Patria y sucedía a una serie de esfuerzos
por dar forma política definitiva a la nueva nación. El Congreso era un
incidente en el proceso idealista y llevaba[523] involucrados todos los
caracteres de este último.[524] Así, no fué, ni podía ser, una emanación
normal de las voluntades populares. Sus organizadores "poco se cuidaron
de dar a la asamblea un origen democrático" y apenas representaba ésta
una parte de las "provincias unidas" en cuyo nombre hablaba. Los
caudillos habían aparecido. Uno[525] de ellos atraía hacia sí a Córdoba,
Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, y poco después a Santa Fé, mientras el
Paraguay se mantenía en su aislamiento. El Congreso procuró pacificar a
los rebeldes decretando indultos generales, envió delegados para calmar
desavenencias entre aquellos y hasta empleó la fuerza para sofocar
sediciones que estallaban a su alrededor. Las actividades[526] del
Congreso eran, pues, denegatorias de todo carácter representativo y
significaban el ejercicio de una actividad que se invocaba en nombre de
los principios absolutos más bien que en los de la representación, por
mucho que se estirara el significado de ese concepto. Dada la
descomposición a que en los seis años de guerra habían conducido los
excesos del individualismo desenfrenado, el Congreso se abrogó la misión
tutelar a que se sentía llamado, ejerciendo una acción realmente
ejecutiva que lo distrajo de los propósitos cardinales para que había
sido convocado, es decir, la declaración de la independencia y para
redactar la constitución que habría de regir la nueva nación.[527]
El anverso y el reverso de ese momento histórico están representados,
respectivamente, en la composición del Congreso por una parte, y la
composición de los partidos en lucha, por la otra. El Congreso era la
expresión más acabada de la cultura del virreinato; sus miembros,
productos de las universidades de Córdoba,[528] de Charcas,[529] de
Santiago de Chile,[530] del Colegio de San Carlos,[531] todos ellos
competentes, poseídos del patriotismo más acendrado. Como sombrío
contraste, véase el estado general del país,[532] según lo pintó uno de
los más ilustres miembros del Congreso:[533] "Divididas las provincias,
desunidos los pueblos y aun los mismos ciudadanos, rotos los lazos de la
Unión social, inutilizados los resortes todos para mover la máquina,
erigidos los gobiernos sobre bases débiles y viciosas, chocados entre
sí los intereses[534] comunes y particulares de los pueblos,
negándose[535] algunos al reconocimiento de una autoridad común,
enervadas las fuerzas del estado, agotadas las fuentes de la pública
prosperidad, paralizados los arbitrios para darles un curso conveniente,
pujante en gran parte el vicio y extinguidas las virtudes sociales (o
por no conocidas o por inconciliables con el sistema de una libertad mal
entendida), conducidos, en fin, los pueblos por senderos extraños--pero
análogos a tan funestos principios--a una espantosa anarquía (mal el más
digno de temerse en el curso de una revolución iniciada por meditados
planes, sin cálculo en sus progresos y sin una prudente previsión en sus
fines), ¿qué dique más poderoso podía oponerse a este torrente de males
políticos que amenazaban absorber la patria y sepultarla en sus ríos que
la instalación de un gobierno que salvase la unidad de las provincias,
conciliase su voluntad y reuniera los votos, concentrando en sí el
poder?"
A la anterior pintura habría que agregar que la[536] revolución estaba
en una situación desesperada, cercadas como se hallaban las provincias
por fuerzas españolas en Chile y en el Alto Perú. El[537] Congreso
mismo debió trasladarse a Buenos Aires ante la aproximación del enemigo,
que bajaba del[538] Norte.
En tales condiciones la valiente declaración de la Independencia, el 9
de julio de 1816, salvó la suerte de las armas galvanizando los
entusiasmos del ejército y convirtiendo la revolución en invasora: pocos
meses después, en efecto, San Martín cruzará los Andes para batir a
España en Chile, desde donde, unidos los argentinos y los chilenos,
iniciarían la expedición libertadora que heriría al enemigo en su
corazón, Lima, para luego[539] engrosar el ejército de Bolívar a quien
tocaría[540] dar el golpe definitivo al poder español en América.[541]
Dados los caracteres sociológicos de la revolución; dadas, además, las
circunstancias en que se hallaba el país, según las describiera[542]
Fray Cayetano Rodríguez,[543] no es de extrañar[544] que el Congresoc de
1816 fuese monarquista. En su seno, en efecto, se deslizaron los más
extraños proyectos para alzar en el país un trono...: un trono cuya
fuerza fuera capaz de asegurar el orden interior y cuyo prestigio diera
al país las garantías morales y materiales que sin duda reclamaría
Europa antes de reconocer la independencia de la nueva nación y de
prestarle su poderosa alianza. Se pensó en traer[545] algún miembro de
una casa real europea, y hasta se propuso restaurar con tal objeto la
antigua monarquía incásica.