Una mula con el equipaje y provisiones, dos de remuda, el guía tras de

ellas, y yo cabalgando en silla inglesa a retaguardia, íbamos en

procesión por una senda angosta a las cuatro de la mañana siguiente. La

luna no alumbraba; las estrellas, tímidas todavía ante la reina

eclipsada, no alumbraban tampoco; y yo sólo contaba para mi salvación

con el instinto de mi cuadrúpedo y del bípedo delantero. No sabía si

caminaba[306] para adelante o para atrás; y por salir de una

ofuscación[307] muy frecuente en semejantes situaciones, llevaba la mano

a la cabeza del caballo porque me[308] parecía que el animal estaba al

revés. "Las tinieblas estaban sobre la haz del abismo", como en el

primer capítulo del Génesis. Poco a poco comenzó a fosforescer la

columna del vapor tibio de la respiración de las bestias; el aire tomó

el oriente de las perlas; la inevitable compañera de todo cuerpo comenzó

a marcarse en el suelo; hasta que al fin, el dedo de Dios "separó la luz

de las tinieblas" que huyeron. ¡Qué sitios tan bellos había robado la

noche a mi contemplación! La montaña estaba a mi derecha; el torrente a

mi izquierda. Unas _tunas_ del género _cirio_, más corpulentas y

cilíndricas que las que conocemos aquí, reunidas en familia de cinco y

seis individuos de todas edades y estaturas, se levantaban verdes y

airosas, con envidia del aficionado a jardines.[309] Con este instinto

del mal que distingue al hombre, las hacía _emigrar_ con la imaginación,

y las colocaba dentro del círculo artificial de un parque a la inglesa.

No sólo por sus formas y color que eran bellos, la naturaleza les había

dado aduladores para realzar sus méritos: una planta parásita llamada

_quiltre_, que a merced de sus tenaces púas se injerta en los árboles

hasta connaturalizarse con ellos, formaba de rojo y amarillo

guirnaldas[310] preciosas sobre la cabeza de los cactus; en otros,

ceñidos más abajo por las mismas flores,[311] remedaban sartas de

corales en la garganta de una[312] mujer de Arauco. Piedras enormes,

árboles pequeños,[313] obligaban al sendero a arrastrarse por aquellas

faldas como una serpiente; que tal[314] parece en realidad, cuando la

vista puede descubrir la serie sin interrupción de sus anillos

blanquizcos.

Voy a hacer una advertencia. Cuando le diga a Vd.: "Me paré, almorcé

aquí, comí allá, dormí en tal parte", no era yo el que tenía cansancio,

hambre ni sueño, sino las mulas o el conductor, porque mi voluntad no

entraba para nada en la formación de las leyes de aquella república

ambulante. Por otra parte, las jornadas están señaladas por la

naturaleza, por decirlo así, combinada por la necesidad del transeunte

en las Cordilleras. Es preciso parar a comer donde haya agua y sombra:

dormir en paraje abrigado y en la cercanía de algunas hierbas para que

pasten las bestias.

A las once y media de la mañana mi caballo no quiso obedecer a las

espuelas; lo atribuí a la mala calidad del pingüelo o a la peor

colocación de estos instrumentos pedestres que se me habían[315] subido

a las pantorrillas. Pero esto era un mal juicio en toda la extensión de

la palabra. El[316] pobre cedía a una costumbre inveterada: habíamos

llegado al lugar de almorzar, y a fe que el sitio era a propósito para

el efecto. Un hilo de nieve derretida caía transparente de la montaña

por entre sombra de árboles, y un peñón plano y extenso prestaba mesa

para una orgía de 25 cubiertos. Esta piedra rodeada en círculo de otras

en forma de pirámides, altas y truncadas, realizaba con perfección la

idea que tengo de las aras druídicas de los antiguos galos; y por un

rapto vagabundo de la imaginación, me transporté al teatro de Carlos

Alberto, en donde había[317] oído por primera vez aquella sublime elegía

que inspiró a Bellini el presentimiento de una muerte[318] prematura.

El poco respeto que me infundía el criterio músico del muletero, me dió

ánimo para echar al aire algunas notas, y entoné la famosa cavatina de

la sacerdotisa sacrílega: _¡Casta Diva!_[319]

Un pollo fiambre y un trago de jerez _bien rubio_ me habían infundido

tan buen humor, que me puse a reír a vista de un espectáculo

artísticamente interesante y patético también, que aquel momento se

ofreció a los ojos de _Norma_.--Un anciano,[320] vestido pobremente,

descendía, en sentido opuesto al nuestro, la ladera del camino, colgadas

dos _arganitas_ de cuero a los ijares de su mula _cuyana_, ética y

tropezadora. La fruta que traía en ellas no la producen ni los árboles

ni las plantas. Eran dos chiquillos de 5 a 6 años que, hincaditos,

parecían esas _ánimas_ de bulto que con las manos juntas al pecho,

coloca la piedad pedigüeña sobre las alcancías de las iglesias

católicas.--Murillo, que[321] ha llenado los conventos de España con

esos lienzos inmortales que representan la huída a Egipto de la Santa

Familia, habría tomado de aquí asunto para un cuadro original como[322]

pocos.

Siguiendo nuestro camino, nos encontramos[323] hasta tener literalmente

a nuestros pies el torrente, compañero fiel del sendero.--El _Salto_

se[324] presentaba en el fondo de la cima dando salida por un corte

gigantesco de la montaña al agua anhelante por esparcirse en un lecho

menos limitado que el que la trae emparedada por un trecho considerable.

El cauce por donde corre allí, está sembrado de piedras de colores

variados y de formas redondas dadas contra la voluntad del[325] granito

por esa pertinacia del agua, que eternamente se desliza y que se ha

presentado como imagen del triunfo de la constancia: "la gota[326]

horada la piedra, _non vi sed saepe cadendo_." Fuera imposible

contemplar aquel espectáculo sin atribuir inteligencia a la lucha que

levantaba espumas de plata y de jazmines en torno de los guijarros

desnudos. Allí había sin duda Náyades que lavaban sus encajes y sus

túnicas de Cambray[327] con pasta perfumada de almendras de la

fábrica[328] de Monpelas; Ninfas de la fuente que contaban sus amores

desconocidos y desgraciados a los escasos viajeros; y de ella[329] (no

puede por menos) es[330] esa cadencia monótona que llena el oído y

convida a "soñar e imaginar con desaliño", frases castizas[331] que

guardo en la memoria porque me parece la traducción más genuina del

verbo francés _rêver_, que tanto da qué hacer a los traductores

noveles.

[Illustration: SUD-AMÉRICA (Map of South America)]

LA NATURALEZA SUDAMERICANA

DE VALPARAÍSO A BUENOS AIRES

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ

El camino a vapor[332] es el Valdivia,[333] el Hernán Cortés, el

Pizarro, de nuestros días, para completar la conquista de América en

servicio de la civilización y la paz. La espada comenzó esa conquista:

la ayudó y continuó la cruz, en manos de los misioneros;[334] la ciencia

de la mecánica que da la dirección asombrosa a la fuerza expansiva de

uno de los elementos antiguos[335] encerrado en una caldera de hierro,

acortando en tiempo las distancias, dando al andar del hombre la rapidez

del vuelo de las aves, satisfaciendo una necesidad apenas sentida,

acercando los pueblos apartados para que conversen, por decirlo así,

mano a mano, está[336] llamada en este siglo a completar la obra

comenzada en América por el guerrero y el sacerdote. El silbo de la

locomotiva es hoy la voz del verdadero apóstol, el sonido de la lira de

los Anfiones[337] modernos, eco de los taumaturgos del siglo, que

predica la unión y la paz entre los hombres, hablándoles de sus

intereses, que levanta centros sociales por encanto y aconseja el amor

al prójimo y el respeto a Dios, tiñendo con dulces colores de rosa los

horizontes de esta existencia de un día para las criaturas y eterna para

las sociedades.

¿No piensa Vd., mi amigo, como yo? ¿Cree Vd. que una ley escrita y nada

más sea tan poderosa como el _fiat_ de Dios para dar condiciones de

nación[338] y formas regulares de cuerpo social a una familia de

desiertos como son los miembros de todas las repúblicas sudamericanas?

El aislamiento natural ahoga la eficacia del pacto, como agosta la

maleza robusta e indómita a la planta delicada acostumbrada a sentir

cerca de sí la mano inteligente del hombre. La América es el campo

de[339] aplicación de todos los descubrimientos de la ciencia europea,

no porque yo lo digo, sino porque así lo dispuso el Artífice que fraguó

una vez para siempre los destinos de la cadena del mundo. El poder de la

dilatación de esa ciencia es como el de la mente de Colón--no puede

reconocer por meta las columnas de ningún Hércules. La América es[340]

el jardín del mundo para la aclimatación de todo lo grande y de todo lo

bueno. Si alguien lo duda, que ponga la vista en el mapa de su

geografía, y diga después si el hombre podrá encontrar en ninguna otra

parte del mundo mejor cielo que admirar, mejores sombras a que asilarse,

mejores frutas para su paladar, aguas más frescas y salubres para su

sed, ríos más capaces de ser surcados, montañas más preñadas de plata y

de oro, tierras más fértiles que en América. En poco tiempo el habla y

la religión cristiana se aclimataron en nuestro continente desde la

tierra magallánica hasta la alta[341] California; el hijo del

conquistador y de las Indias cautivas fué superior en fuerza muscular y

en inteligencia a sus padres. El inca Garcilaso,[342] criado al seno de

una _Palla_ cuzqueña, escribió con veracidad y talento las proezas de

Pizarro, que no sabía escribir su nombre. Esta facultad absortiva de

asimilación y de mejora que distingue al nuevo mundo, se manifiesta

desde luego en el hombre americano por su facilidad para imitar, por su

notable aptitud para las artes y los idiomas; en segundo lugar, se

manifiesta en las condiciones del suelo, algunas de las cuales podemos

señalar sin salir de casa. Los españoles, por ejemplo,[343] traen al Río

de la Plata unos cuantos potros andaluces, y _esos céfiros del Betis_,

como los llama[344] Góngora, encuentran su verdadera patria en las[345]

llanuras argentinas: se reproducen al infinito; la libertad los mejora,

y aquí en su centro, es donde aconseja Bufón que se contemple y se[346]

estudie ese bruto generoso, "la mejor conquista entre cuantas hizo el

hombre". El pico de un ave[347] o el movimiento de una ola depone a las

orillas del Paraná la simiente de un durazno, y de ahí el origen de esa

abundancia de "fruta del[348] monte", que nos deleita entre los meses de

febrero y marzo. Dos carozos de damasco traídos por casualidad de

Italia, poco más ha de medio siglo, bastaron para reproducirse en Buenos

Aires en los términos que conocemos. El morueco de las colonias

españolas tan mimado en Sajonia, crece y se reproduce sin desmejorar en

nuestros campos, sin más techo ni cobertizo que la benignidad del

temperamento. Para estos animales, pues, y para aquellas semillas,

estaba preparada _ab initio_[349] la tierra que tanta y tan agradecida

hospitalidad les brinda.

Y ahora, dígame Vd., mi amigo, ¿para qué puede haber nivelado la mano de

la naturaleza el espacio que media entre el Plata y el Paraná ("caminos

que caminan") y las faldas de las[350] Cordilleras, límites de nuestro

país con Chile y Bolivia? ¿Será para que se arrastre sobre esa

superficie plana la tarda rueda de la carreta al paso lerdo del robusto

buey tucumano, cuya piel y cuya carne se pagan a peso de oro al

occidente de los Andes? ¿Será para que se espacie en ella el avestruz

"privado por Dios de inteligencia", como quiere la Escritura, y para

que, "cuando[351] llegue la ocasión, levante las alas y se burle del

caballo y del cabalgador"? ¿Será para que pueble sus soledades el

alarido de los ranqueles y el relincho de los potros _orejanos_; o para

que se[352] convierta, en fin, en Calvario, demostrando a[353] cada paso

con sus cruces que la vida del hombre no es allí de Dios, ni de la ley

humana, sino de la barbarie codiciosa?

¡No! El ingeniero invisible sujetó _a regla_ ese mar de verdura, como

sujetó la superficie del océano a un nivel permanente, y con iguales

designios. Divorció con el agua salobre los continentes, porque había

puesto en la mente humana el germen de la navegación y en la atmósfera

los vientos constantes. Tendió el desierto, que es en apariencia el

sudario de la vida social, porque en el siglo XIX el hombre había de

inventar un monstruo corpulento como los megaterios, veloz más que el

gamo, sobre cuya espalda había de erguirse en realidad como Rey de la

Creación, mostrándose invencible en las luchas con las resistencias de

la naturaleza y del espacio.

LINIERS Y LA RECONQUISTA DE BUENOS AIRES

C. O. BUNGE (Según P. Groussac)

I. Los Preparativos y la Marcha hacia Buenos Aires

Conquistada por los ingleses en 1806 la ciudad de Buenos Aires, Santiago

de Liniers tomó su partido: se dirigió a Las Conchas[354] y se embarcó

en una lancha para la Colonia. Se dice que había pasado parte de la

noche anterior en oración en el santuario de la Recoleta[355]:

sería[356] la vela de las armas[357] de los antiguos caballeros, y a

fe[358] que no sentaba mal en quien descendía de Guy de Liniers, muerto

en la batalla de Poitiers.[359] Desde la Colonia escribió a Ruiz

Huidobro, gobernador de Montevideo, reseñando el estado de la capital y

proponiéndole reconquistarla "con 500 hombres de tropas escogidas que se

le confiasen". La Junta de Guerra allí establecida para preparar la

resistencia a la anunciada invasión de Popham, opinó[360] que se debía

oír a Liniers. Y se le confió el mando[361] que solicitaba.

El 22 de julio la división salió de Montevideo entre las aclamaciones

del vecindario. Al frente iba Liniers, vistiendo el brillante uniforme

azul y rojo, flordelisado de oro, de capitán de navío, y, en el pecho,

la cruz de Caballero de Malta. Era[362] de alta estatura, de robusta

presencia, y poseía una belleza risueña y varonil que formó parte de su

prestigio entre la muchedumbre. Galante por raza y temperamento,

saludaba a las mujeres apiñadas en los balcones y azoteas, anunciando la

victoria que le tenía prometida aquella voz secreta, misterioso

confidente de todo conquistador.

[Illustration: SANTIAGO ANTONIO DE LINIERS

_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]

¡Al fin tenía su hora histórica! Y, radiante de entusiasmo, blandía al

claro sol de invierno, dulce como una caricia, la espada tanto tiempo

herrumbrada, que había flameado en Gibraltar y Menorca[363] contra esos

mismos ingleses que ahora iba a vencer.

Embarcadas las tropas el día 3 de agosto, la travesía de la Colonia a la

otra costa se efectuó sin inconveniente grave, aunque con bastante labor

por la suestada y los chubascos. Parte de la flotilla extravió el rumbo

en la obscuridad, teniendo que fondear, sin saberlo, a inmediaciones de

una fragata enemiga. Al salir la luna, zarparon las naves y rectificaron

su rumbo, amaneciendo a la[364] vista de Buenos Aires y de la escuadra

inglesa. Arreciando la suestada, Liniers resolvió desembarcar en Las

Conchas, y no ya en Olivos, como[365] se había determinado. Allí fondeó

el 4 por la mañana, realizándose inmediatamente el desembarco de las

tropas y artillería e incorporándose además los marineros disponibles de

la flotilla. El día 5 las fuerzas entraron en San Isidro, donde[366]

encontraron provisiones frescas y abrigo; el temporal se había

desencadenado, dispersando a las naves enemigas y echando a pique cinco

lanchas cañoneras. Las tropas emplearon el día en limpiar el armamento y

apercibirse para el combate.

Al día siguiente, domingo, el capellán celebró misa al aire libre, en el

centro de las tropas formadas. Concluído el oficio, se dió orden de

marcha para los Corrales de Miserere, donde se[367] llegó a las diez de

la mañana. Desde este punto, el jefe de la división española dirigió a

las once,[368] con su primer ayudante Quintana, una enérgica intimación

al general inglés. No habiendo sido admitido por Beresford en los quince

minutos[369] fijados, el enviado se retiró sin entregar la misiva; pero

Liniers no aprobó este exceso de celo y despachó nuevamente a su

ayudante, que fué recibido en el acto. La respuesta de Beresford fué muy

significativa, viniendo de un jefe tan circunspecto como valiente. Al

contestar que se defendería "hasta el caso que la prudencia le

indicara", confesaba implícitamente lo que dejaban entrever[370] sus

pedidos de conferencias con las autoridades bonaerenses y, un poco más

tarde, con Pueyrredón.[371] La situación del invasor se presentaba cada

día más difícil e insostenible en la atmósfera hostil de la ciudad; y,

si bien estaba resuelto a cumplir con su deber, no se le ocultaba la

desigualdad de condiciones con que se empeñaba el combate. Vencedor, su

victoria sería estéril; vencido, su[372] pérdida era irreparable. Puede

decirse, pues, que[373] la acción se inició, en esa misma tarde, contra

un adversario moralmente derrotado. A las cinco, la división rompió

marcha hacia el Retiro, yendo[374] de vanguardia el cuerpo de

voluntarios catalanes con dos obuses.

II. La Reconquista

El grueso de la división no salvó sin gran trabajo,[375] y sólo merced

al auxilio del vecindario y gauchos a caballo, las dos millas de

malísimo camino, sembrado de baches y pantanos, que mediaba entre el

Miserere (hoy Once de Septiembre), y el Retiro. Entretanto, los miñones

o migueletes, apoyados por la compañía de infantería de Buenos Aires,

llegaban a dicha plaza del Retiro "a paso de carrera" y atacaban el

Parque, defendido por 200 soldados ingleses, a quienes desalojaron con

una carga a la bayoneta. La fuerza enemiga se replegaba hacia la

Fortaleza, dejando varios muertos y prisioneros en el sitio, cuando

encontró a Beresford, que acudía en su auxilio por la calle del Correo

(Florida), con una columna[376] de 400 a 500 hombres. En este mismo

momento, desembocaban en la plaza a marcha redoblada, vivamente

estimulados por Liniers en persona, los voluntarios de Montevideo con

una parte de la artillería de Agustini. Tan decisivo fué, al enfilar la

calle, el fuego del obús cargado de metralla, que el enemigo se detuvo

bruscamente y emprendió retirada hacia la Plaza Mayor, dejando[377] unos

30 muertos o heridos y abandonando un cañón.

[Illustration: PAUL GROUSSAC

_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]

Era muy tarde para seguir las operaciones, y, además, las tropas estaban

rendidas de cansancio. Liniers se contentó con ocupar fuertemente el

Retiro y sus bocacalles, tomando todas las precauciones del caso contra

cualquier sorpresa. Las tropas pasaron la noche sobre las armas y sin

comer. El día 11 fué ocupado en montar los cañones de 18 desembarcados

de la goleta _Dolores_, y otros de igual calibre que se encontraron en

el Parque: había que prevenirse[378] contra un posible bombardeo de la

escuadra, y también separarse para batir en brecha a Beresford, que

parecía dispuesto a encerrar su defensa en la Plaza Mayor. El efecto

moral de este primer triunfo se hizo visible el mismo día; acudieron a

engrosar las fuerzas regulares o tomar órdenes muchos jóvenes patricios

y hombres del pueblo, algunos de los cuales se preparaban antes a una

lucha de guerrilleros. A mediodía, para probar los cañones recientemente

montados, Liniers en persona apuntó sucesivamente a una lancha cañonera

y a una fragata enemigas, con tan raro acierto que, después de dar en el

casco de la primera, cortó con el segundo tiro la pena de su mesana,

donde tremolaba la bandera británica, que cayó al agua. Túvose el hecho

por un pronóstico feliz.

[Illustration: BUENOS AIRES Y SUS CONTORNOS (Map)]

Al amanecer frío y brumoso del día 14 se tocó generala, y, después de

revistar las tropas, Liniers tomó sus últimas disposiciones para el

ataque de la plaza. Dividió en tres columnas su ejército, reducido en

número, pero exuberante de entusiasmo y de confianza en la victoria. La

columna de la izquierda, al mando de Liniers, entraría por la calle de

la Merced; la del centro enfilaría por la calle de la Catedral, en tanto

que la de la derecha seguiría la calle del Correo hasta el centro, para

allí dividirse y ocupar las cuadras del Oeste y del Sur inmediatas a la

Plaza Mayor. La artillería debía preparar el avance, barriendo el camino

y haciendo replegar al enemigo. El ataque general se había fijado para

las doce del día; pero un incidente lo precipitó. Destacados en

avanzada, un cuerpo de marineros y otro de miñones se habían deslizado

por las aceras, rasando las casas a favor de la neblina, hasta llegar a

dos cuadras de la plaza y encantonarse en algunos edificios, desde donde

rompieron el fuego sobre las partidas enemigas. Habiendo salido a

contenerlos y desalojarlos una columna inglesa, nuestros impetuosos

exploradores se replegaron en guerrilla y avanzaron resueltamente. Eran

las nueve de la mañana; los imprudentes voluntarios pedían refuerzos y

municiones, no[379] resolviéndose a abandonar el terreno conquistado.

Las tropas enardecidas por la fusilería, querían marchar al fuego....

Entonces Liniers modificó rápidamente su plan anterior: lanzó la

caballería de milicias de la Colonia y los dragones de Buenos Aires con

artillería volante por la calle del Santo Cristo, en tanto que se movía

penosamente la reserva con sus cañones de batir, y él mismo se

adelantaba por la de la Merced, situándose en la plazoleta de la

iglesia. La refriega se hizo general.

[Illustration: AVANCE DE LOS INGLESES SOBRE BUENOS AIRES

_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]

El brío de las tropas suplió la desbaratada estrategia; el vecindario

arrastró los cañones sin caballos: todo el plan se reducía ahora, para

cada jefe de cuerpo, compañía o pelotón, a desalojar al enemigo que

tuviera al frente, hasta desembocar en la Plaza Mayor.

Los ingleses, acantonados en los altos del Cabildo, la azotea de la

Recova, el pórtico de la Catedral, tenían que hacer frente a los

combinados ataques de seis columnas convergentes. Cedieron primero los

de la Catedral; los del Cabildo, acometidos por el Sur y por el Norte,

se replegaron sobre la Recova, ya batida por la metralla de Liniers, y

desde cuyo arco Beresford dirigía la defensa. Aquí se concentró el

combate y comenzó a diseñarse el triunfo.

Atacada por todos lados, la posición inglesa hacíase insostenible. Casi

al mismo tiempo los dos generales enemigos, Beresford y Liniers, vieron

caer a su lado sus respectivos ayudantes. Liniers, atravesado el

uniforme por tres balazos, se dirigía hacia la plaza. En el momento en

que Beresford, convencido de que era imposible la resistencia, daba la

señal de retirada cruzando su espada sobre el brazo izquierdo, la

diezmada división inglesa se replegó hacia la Fortaleza, siendo su

general el último que ocupó el puente levadizo. El pueblo, victorioso,

hizo irrupción en la plazoleta del Fuerte, dominando con sus clamores el

ruido de la fusilería y batiendo sus murallones con sus oleadas

enfurecidas. Trajéronse escalas para emprender el asalto como si fuera

un abordaje; pero entonces apareció Beresford, espada en mano, por el

ángulo Nordeste del parapeto, y se izó bandera parlamentaria. Con todo,

el humo y la distancia impedían divisarla y no cesó el fuego de los

asaltantes. Al pie de la muralla, el comandante Mordeille, que contenía

difícilmente a sus hombres, cruzaba un diálogo en francés con Beresford.

Preguntando éste "si su vida corría peligro", el otro contestó que

estaba salvada con[380] rendirse a discreción. El general arrojó su

espada al pie de la muralla, pero Mordeille se la devolvió por medio de

pañuelos atados; al mismo tiempo se izó en el bastión una bandera

española suministrada por un marinero; y de repente cesó el fuego,

alzando el pueblo una inmensa aclamación.

EL NEGRO FALUCHO

BARTOLOMÉ MITRE

En la noche del 3 de febrero, subsiguiente a la sublevación, hallábase

de centinela en el torreón del Real Felipe un soldado negro del

regimiento del Río de la Plata, conocido con el nombre de guerra de

_Falucho_.

Era Falucho un soldado valiente, muy conocido por la exaltación de su

patriotismo y, sobre todo, por su entusiasmo por cuanto pertenecía a

Buenos Aires. Como uno de tantos que se hallaban en igual caso, había

sido envuelto en la sublevación, que hasta aquel momento no tenía más

carácter que el de un motín de cuartel.

Mientras que aquel oscuro centinela velaba en el alto torreón del

castillo, donde se elevaba el asta en que hacía pocas horas flameaba el

pabellón argentino, Casariego decidía a los sublevados a enarbolar el

estandarte español en la oscuridad de la noche, antes que se

arrepintiesen de su resolución.

Sacada la bandera española de la sala de armas donde se hallaba rendida

y prisionera, fué llevada en triunfo hasta el baluarte de Casas-Matas,

donde debía ser enarbolada primeramente, afirmándola[381] con una salva

general de todos los castillos.

Faltaba poco para amanecer, y los primeros resplandores de la aurora

iluminaban el horizonte.

En aquel momento se presentaron ante el negro Falucho los que debían

enarbolar el estandarte, contra el que combatían desde catorce años.

A su vista, el noble soldado, comprendiendo su humillación, se arrojó al

suelo y se puso a llorar amargamente, prorrumpiendo en sollozos.

Argentina, Legend and History · 第 8 / 25 段