--Todavía no conozco a ese hombre, y sin embargo me estremezco cuando

oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso

corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.

--Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese

corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo,

jamás transigirá con el tirano.

--¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea

de esa austera integridad[259] que en este momento subleva quizá contra

él en la[260] cámara legislativa el bando entero del despotismo.

--¡Qué!--exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es

hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con

la voz y con el alma.

Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y

partió.

VII. En la Sala de Representantes

En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una

escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado

con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho

también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la

dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y

un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes.

Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el

semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si

llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que

la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.

El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los

que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro

apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno

era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el

presidente de la sala, el amigo de Rosas.

Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada

de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres

enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos

rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón

de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.

Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto,

oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el

moribundo su mano venerable:--¡Sube al cielo, mártir de la libertad

argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.--Y como si

la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición,

exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.

En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de

sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados

entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras

que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste

por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las

manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de

aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la

vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil,

mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de

rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con

siniestra serenidad,--¡Adiós, padre mío!--dijo estrechando la mano

helada del muerto,--muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré

vengado.

Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.

VIII. El Terrible Drama

La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires

numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche

anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida

de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido

arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas

personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.

A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo,

un destacamento de infantería[263] acababa de hacer alto. Sonó el tambor

y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del

siniestro vacío un joven como Isaac, y maniatado como él, y en frente

cuatro[264] soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.

Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la

frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte,

oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante,

desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le

cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en

un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados,

vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero

éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su

profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del

cuadro.

--¡Ah!--exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a

los pies del oficial.--Dadme al menos por lo que más améis en este

mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi

hijo, o morir.

El veterano sonrió tristemente:--Id, pobre madre, id--dijo siguiéndola

con una mirada de compasión.

--En nombre de esta hora suprema,--gritó el niño,--yo os lo prohibo,

madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo

os maldecirá desde la eternidad.

Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265] palacio. Atravesó,

sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las

galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien

esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la

mostró un hombre que apoyado en[266] una mesa ocultaba su rostro entre

las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a

sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio

pálido que se movió sin articular sonido alguno.

En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido

gritando:--¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...

IX. Conclusión

Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un

montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en

una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la

guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono

reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que

inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.

Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los

habitantes del "pago" vieron una mujer pálida, enflaquecida y

arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de

sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.

Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en

ella a María, la hija del viejo comandante, el bello _Lucero del

Manantial_.

LIMA, agosto de 1860.

LOS 3000 PESOS DE DORREGO

C. O. BUNGE

Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima crisis,

revolucionaria más bien que política. En la provincia de Buenos Aires

cambiábase cada día, puede decirse, de gobernador. Siendo gobernador el

señor Ramos Mejía, partidario del directorio, el general Soler, enemigo

del sistema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse luego el

nuevo gobernador al campamento de Luján, donde estableció su sede.

Dejaba en Buenos[267] Aires, como su lugarteniente, en el cargo de

comandante general de armas, al coronel Dorrego. Y para concluir con los

unitarios, puso a precio las cabezas de los principales representantes

del régimen directorial.

Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona se tasó en 3000

pesos. Espíritu inquieto y combatiente, habíase arriesgado a venir de su

voluntario ostracismo en el Uruguay a la misma ciudad de Buenos Aires.

Ocultábase en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación era

harto peligrosa, pudiendo ser reconocido y denunciado[268] en cualquier

momento, hasta por la servidumbre. Además, agravábase esa situación por

su personal y mortal enemistad con el coronel Dorrego, a quien había

insultado con la virulencia de las pasiones políticas de aquel tiempo

semibárbaro.

Temiendo una sorpresa trágica y fatal para su huésped, el señor Marín

resolvió salvarle dando un paso audaz y decisivo. Conocía a Dorrego y

confiaba en su caballerosidad. Sin comunicar su proyecto al doctor

Tagle, fué a ver al comandante general en el piso bajo del Cabildo,

donde se hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio[269] en serio

y medio en broma: "Sé que estás en apurada situación financiera y vengo

a ofrecerte la oportunidad de ganar 3000 pesos." Como en efecto, por las

continuas revoluciones y violencias, escaseaba el dinero, Dorrego

contestó agradecido[270] por el ofrecimiento. No disponía en ese

instante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a las tropas.

El señor Marín anuncióle entonces que tenía al doctor Tagle en su casa.

Dorrego se limitó a responder: "Muy bien. Esta noche iré a buscarlo."

Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. Aunque tuviera plena

confianza en la lealtad de Dorrego, una duda vaga se apoderó de su

espíritu. ¿Y si el comandante general, llevado al mismo tiempo por el

antagonismo político y la necesidad de dinero, entregaba al general

Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos tienen momentos

de ofuscación; y entonces todos parecían ofuscados por la sangrienta

lucha política....

De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó[271] a conversar y tomar

mate con el doctor Tagle. Estaba distraído y preocupado. Notándolo su

huésped, le preguntó la causa de sus cavilaciones. No pudo callar por

más tiempo el señor Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido como un

muerto, el doctor Tagle exclamó: "Estoy perdido." Quiso huir en ese

momento; pero como era su proyecto harto imprudente, el señor Marín le

detuvo en su casa. Librado a la hidalguía de Dorrego, corría alguna

probabilidad de salvarse; de otro modo, su pérdida era segura....

No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque apenas anocheciera

presentóse el coronel Dorrego en la casa del señor Marín. "Aquí está el

doctor Tagle", dijo, y entró seguido de su ordenanza. Más muerto que

vivo, presentóse el doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manos de su

ordenanza, y le dijo: "Póngaselo." El doctor se lo puso. En la puerta

había dos caballos ensillados, el del coronel y el del ordenanza.

Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor Tagle: "Monte a caballo y

véngase conmigo." Y el doctor Tagle montó en el caballo del ordenanza,

convencido ya de que sólo le esperaban cuatro tiros.

A galope tendido cruzaron la ciudad de Sur a Norte. Llegaron, en la

noche cerrada, al bajo de Palermo. En la orilla del río les esperaba una

embarcación a vela, aparejada para partir. "Embárquese y póngase en

salvo[272] en la Colonia",[273] ordenó Dorrego a su acompañante.

Conmovido por su grandeza de alma, el doctor Tagle le observó: "Yo he

sido y soy su enemigo, coronel."--"En el campo de batalla", contestó

Dorrego, "no hubiera vacilado en matarle; aquí, sólo un mal caballero

podría aprovecharse de haberle hallado huído e indefenso." El doctor

Tagle insistió: "Pierde usted, coronel, 3000 pesos que necesita." Y el

coronel Dorrego, montando de nuevo a caballo y despidiéndose, repuso con

sencillez: "Todo el oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de

un militar argentino."

CUMPLIR LA CONSIGNA

C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)

Inspeccionando una mañana el campamento de Mendoza, San Martín se detuvo

ante una puerta[274] cerrada y revestida de pieles de carnero con la

lana para afuera.... Custodiábala un centinela. "¿Qué es esto?,"

preguntó a los sargentos que le acompañaban.--"El laboratorio de los

mixtos", le respondieron.--"¿Se trabaja[275] ahora?"--"Sí, señor. Se

están haciendo cartuchos, lanzafuegos, estopines, espoletas para

granadas y otras municiones."--Sin averiguar más, dirigióse allí el

general en actitud de entrar. "¡Alto ahí!", exclamó el centinela,

poniéndosele delante. "No se puede entrar." A esta observación, San

Martín le preguntó con vehemencia: "¿Cómo es eso? ¿No me conoces?"--"Sí,

señor, lo conozco; pero así no se puede entrar", repitió el soldado,

refiriéndose al traje militar que vestía el general, con botas herradas

y pesadas espuelas. Volvió a insinuar San Martín su ademán de abrir la

puerta. El centinela caló entonces la bayoneta, y repitió de nuevo: "Ya

he dicho, mi general, que así no se puede entrar." Y gritó con fuerza:

"¡Cabo de guardia! ¡El general en jefe quiere forzar el puesto!" Al ver

esto, uno de los sargentos corrió al cuerpo de guardia a llamar al cabo.

Llegó el cabo, y dijo al general: "Señor, el centinela tiene la consigna

de no dejar pasar a nadie al laboratorio vestido de uniforme, para no

ocasionar un incendio. Si mi general quiere visitarlo, para hacerlo en

la forma permitida, sírvase pasar antes a ese otro cuarto y mudarse la

ropa." Nada respondió el general, entró en el cuarto indicado, quitóse

el uniforme, y se puso un par de alpargatas y saco y gorro de brin.

Luego visitó el laboratorio e inspeccionó sus trabajos. Cuando se

retiraba, habiéndose vestido de nuevo el uniforme, pasó por el

cuerpo[276] de guardia y ordenó que, después de relevarse, se le mandara

a su despacho al soldado que hacía de centinela. Cumplió el soldado la

orden y se presentó, temeroso de haber merecido una admonición. Pero al

verle entrar, el general en jefe se puso de pie y le tendió la mano para

felicitarle calurosamente. Al obedecer a su consigna había cumplido su

deber.

LA LEALTAD DE SAN MARTÍN

C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)

Hallábase el general San Martín en el campamento de Mendoza. El edecán

de servicio en la[277] antesala de su tienda de campaña, entró un día en

su escritorio, anunciándole:--"Un oficial pregunta por el ciudadano don

José de San Martín."--"Hágale usted entrar."--Entró el oficial,

ratificándose en que venía a ver al ciudadano, y[278] no al general en

jefe.--"Puede usted hablar", le dijo San Martín.--"Vengo a confiarme a

usted como un hijo a su padre", balbuceó el oficial. "Soy habilitado de

mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de guerra, para socorro de los

oficiales y soldados, una suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando

entré por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío que se halla

enfermo. Varios compañeros estaban jugando a los naipes en su aposento.

Me invitaron a acompañarles. Al principio rehusé. Luego quise tentar la

suerte. Resolví jugar la pequeña suma que me correspondía como oficial

de la cantidad total que me fuera entregada. Como debo al sastre, a la

lavandera y a varios proveedores, no pudiendo pagar mis deudas con esa

pequeña suma, ocurrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla,

saldría de apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe,

quiero reponer la pérdida, juego de nuevo, y vuelvo a perder.... En fin,

arriesgué todo lo que llevaba, y ¡lo perdí todo!... He pasado la noche

vagando por los alrededores del campamento como un loco. Estoy

deshonrado. ¡Ruégole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi

honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea sirviéndole de

criado. ¡Lo que no quiero es que no se me ajusticie[279] como ladrón, y

llegue luego la noticia a mi pobre madre!... "El general San Martín le

contestó, después de una pausa: "Como general estaría obligado a hacerle

enjuiciar ante el consejo de guerra.... Pero usted se ha confiado a mi

lealtad y me promete enmendarse...." Y tiró una gaveta de su escritorio,

sacó en onzas de oro de su propio peculio la suma que el oficial le

pedía, y, al entregársela, le dijo: "Vaya usted y en el acto entregue

ese dinero en la caja de su cuerpo. ¡Que en su vida se vuelva a repetir

un[280] pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde usted en el más

profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el

general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo

ocurrido, en el acto le manda fusilar."

LAVALLE EN RÍO BAMBA

PEDRO LACASA

El combate de Río Bamba es el choque de[281] caballería más lucido que

haya tenido lugar en la guerra de nuestra emancipación, y el que ha

revelado también a más alto grado el renombre de bravo que llevaba el

ejército de los Andes, en los gloriosos tiempos que dejamos a la

espalda. En él se vió al intrépido Lavalle con 96 granaderos[282]

arrollar cuatro escuadrones, fuertes cada uno de 120 hombres, de las

mejores tropas del Rey, hasta meterlos a sablazos bajo los fuegos de

la[283] infantería, habiendo pasado antes por la villa de[284] Río

Bamba, que estaba interpuesta entre los dos ejércitos, para desafiar a

la caballería enemiga. Ésta con la intención de alejarlo de toda

protección, no salía de la pequeña planicie que está al pie de las

alturas que coronan aquel pueblo, y a las cuales quería atraer al

general Sucre el jefe[285] español, para batirlo con ventaja.

[Illustration: JUAN LAVALLE

_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]

La posición de Lavalle, en ese día, era tanto más conspicua, cuanto que

estaba peleando por primera vez con una fuerza cuatro veces mayor que la

suya, en presencia de los orgullosos soldados de Colombia, y contra la

voluntad del general en jefe, que en esos momentos lo acusaba de

imprudente, por haber comprometido un choque en que tenía que combatir

uno contra cinco, y del cual, según él, no podía salir victorioso. En

prueba de lo que dejamos dicho, citaremos las[286] palabras que el

coronel Ibarra, sobrino del libertador Bolívar, dirigió al general Sucre

en aquellos momentos supremos, y sus contestaciones, sacadas de los

apuntes del coronel del ejército de los Andes, don Juan Espinosa,

publicadas en el _Correo Peruano_ del 23 de mayo de 1846. Después de la

primera carga que Lavalle dió a los españoles, y en la cual llegó hasta

tiro y medio de fusil, los granaderos se retiraron al tranco. Entonces

el general enemigo organizó los cuatro escuadrones que habían sido

acuchillados momentos antes, y los hizo cargar poniéndose él mismo a la

cabeza. Lavalle, cuando estaban a cien pasos a su retaguardia, volvió

caras por pelotones, y cargó al centro de los cuatro escuadrones. En

este momento el general Sucre creyó perdidos a los granaderos por la

imprudencia de su jefe, "_y no quiso protegerlos_", dice Espinosa, "_por

no comprometer una acción general para la cual no estaba preparado, y

por ser muy avanzada la hora_". A[287] las repetidas instancias que le

hicieron de proteger al escuadrón con alguna infantería, contestó: "El

comandante Lavalle ha querido perderse, que se pierda solo." El coronel

Ibarra, sobrino del Libertador y un valiente de primera clase, le dijo:

"Mi general, déjeme V. S. ir con mis guías en protección de los

granaderos, y yo le respondo del triunfo"; y saltándosele las

lágrimas,[288] añadió: "¡Cómo se pierde un escuadrón tan[289] valiente!

mi general, permítamelo V. S." El[290] general Sucre, con una calma

inalterable, le contestó: "Coronel Ibarra, aquí el único responsable soy

yo; pero vaya V. y haga su deber."

Poníanse recién al galope los denodados guías[291] de Colombia, cuando

los bizarros granaderos decidían la victoria, sin que les cupiese más

que a[292] cincuenta de esos bravos ayudar a recoger los laureles, que

los inmortales granaderos habían alcanzado, segando cabezas españolas

con el corvo de los Andes, en aquel anfiteatro de la Edad Media.[293]

EL OMBÚ

MARCOS SASTRE

[Illustration: UNA VISTA DE LA PAMPA

_Fraser, The Amazing Argentine_]

El ombú es el único objeto que se eleva sobre la dilatada pampa,

destruyendo la monotonía de ese océano de verdura. Sus abultadas raíces

que se levantan en una enorme masa cónica, base de un tronco, imitan

las rocas, simulando en los huecos de su seno sombrías cavernas que

pueden servir de cómoda habitación en el desierto. Casi siempre su

presencia indica desde muy lejos la morada humana al caminante

extraviado, que apresura hacia él sus pasos para gozar el seguro reposo

del rancho hospitalario de nuestros campos.

[Illustration: UN OMBÚ

_Karsten und Schenck, Vegetationsbilder_]

En las dilatadas llanuras sin camino, el ombú es el norte del viajero, y

levantándose sobre la planicie de las costas del Plata, en forma de

colinas invariables como las montañas, es el guía seguro del navegante

para tomar el puerto, evitando los bajíos peligrosos.

Uno de los caracteres distintivos del ombú es su longevidad dilatada,

condición requerida en un ser que con dificultad se reproduce. No se

conoce el término de su vida, nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de

vejez, no hay tradición que recuerde la edad juvenil de algunos. Por

las[294] enormes dimensiones de muchos de ellos con treinta varas de

circunferencia en su monstruosa raíz, y diez en su tronco, puede

juzgarse que tienen miles de años de existencia....

Además de su extraordinaria longevidad, tiene el ombú tal fortaleza, que

no hay huracán que lo derribe, y es su vitalidad tan prodigiosa que ni

la sequedad ni el fuego tienen poder para destruirlo. Si por acaso algún

violento torbellino llega a destrozar su copa, muy pronto se rehace con

asombroso vigor y lozanía....

Él ha resistido las sequías destructoras que, de tiempo en tiempo, han

asolado las campiñas....

El ombú prospera en los lugares más áridos y en toda clase de terrenos,

con tal que no tenga una humedad excesiva. Sólo se multiplica por la

semilla, y es preciso, mientras es pequeño, ponerlo a cubierto de las

heladas. Trasplantándolo joven, no requiere ya ningún otro cuidado, ni

el de riego, y a los cuatro o cinco años es un árbol frondoso.

No hay árbol como el ombú para formar umbrosas alamedas y avenidas

arboladas. La naturaleza de nuestro clima, madrastra de los[295] árboles

exóticos, parece que les niega el sustento; exigen la solicitud y

constante atención del hombre. El ombú, su hijo predilecto, prospera

admirablemente sin necesidad de sus cuidados. Y, ¿cuál es el árbol de

otros climas, que aventaja a nuestro ombú en frondosidad, majestad,

hermosura? Bien puede herir su copa un sol abrasador, bien puede

faltarle el refrigerio de los rocíos y el alimento de las lluvias, no

por eso dará paso a un solo rayo del astro, ni soltará a una sola de sus

hojas; mientras que los demás árboles languidecen, se agosta su follaje

y ralea su sombra[296] en la estación de los calores.

EN LA CORDILLERA

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ

En mi calidad _inalienable_ de porteño, ayuno de granito y de basalto,

huérfano de mesetas, de morros y promontorios, sin conocer otros

_montes_[297] que los de durazno, ¡cuánto no ansiaba por[298] acercarme

a ese lindero del occidente argentino divinizado en los cantos guerreros

con que me había arrullado en la cama! ¡Qué ansia tenía por poner pie

donde lo estamparon los valientes[299] de San Martín y los leones de

Necochea![300]

Un día 6 de mayo, de un año que no quiero[301] acordarme, esos Andes

tan deseados se presentaron a mi vista. Sus cumbres, celestes como

nuestra[302] bandera, en la mañana, y rosadas como la inocencia y la

juventud al ponerse el sol, fueron para mí verdaderos iris de bonanza

después de cuarenta días de _capa_[303] y tempestades en ese

_cabo_,[304] acabador de toda paciencia, que se llama de Hornos...

* * * * *

En todo esto cavilaba, mi querido amigo, en tanto que la luna del 31 de

marzo brillaba sobre mi cabeza peregrinando por el cielo transparente de

la provincia de Aconcagua.[305]

Argentina, Legend and History · 第 7 / 25 段