oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso
corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.
--Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese
corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo,
jamás transigirá con el tirano.
--¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea
de esa austera integridad[259] que en este momento subleva quizá contra
él en la[260] cámara legislativa el bando entero del despotismo.
--¡Qué!--exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es
hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con
la voz y con el alma.
Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y
partió.
VII. En la Sala de Representantes
En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una
escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado
con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho
también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la
dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y
un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes.
Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el
semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si
llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que
la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.
El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los
que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro
apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno
era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el
presidente de la sala, el amigo de Rosas.
Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada
de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres
enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos
rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón
de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.
Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto,
oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el
moribundo su mano venerable:--¡Sube al cielo, mártir de la libertad
argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.--Y como si
la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición,
exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.
En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de
sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados
entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras
que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste
por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las
manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de
aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la
vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil,
mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de
rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con
siniestra serenidad,--¡Adiós, padre mío!--dijo estrechando la mano
helada del muerto,--muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré
vengado.
Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.
VIII. El Terrible Drama
La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires
numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche
anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida
de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido
arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas
personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.
A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo,
un destacamento de infantería[263] acababa de hacer alto. Sonó el tambor
y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del
siniestro vacío un joven como Isaac, y maniatado como él, y en frente
cuatro[264] soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.
Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la
frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte,
oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante,
desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le
cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en
un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados,
vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero
éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su
profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del
cuadro.
--¡Ah!--exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a
los pies del oficial.--Dadme al menos por lo que más améis en este
mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi
hijo, o morir.
El veterano sonrió tristemente:--Id, pobre madre, id--dijo siguiéndola
con una mirada de compasión.
--En nombre de esta hora suprema,--gritó el niño,--yo os lo prohibo,
madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo
os maldecirá desde la eternidad.
Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265] palacio. Atravesó,
sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las
galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien
esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la
mostró un hombre que apoyado en[266] una mesa ocultaba su rostro entre
las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a
sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio
pálido que se movió sin articular sonido alguno.
En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido
gritando:--¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...
IX. Conclusión
Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un
montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en
una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la
guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono
reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que
inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.
Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los
habitantes del "pago" vieron una mujer pálida, enflaquecida y
arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de
sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.
Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en
ella a María, la hija del viejo comandante, el bello _Lucero del
Manantial_.
LIMA, agosto de 1860.
LOS 3000 PESOS DE DORREGO
C. O. BUNGE
Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima crisis,
revolucionaria más bien que política. En la provincia de Buenos Aires
cambiábase cada día, puede decirse, de gobernador. Siendo gobernador el
señor Ramos Mejía, partidario del directorio, el general Soler, enemigo
del sistema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse luego el
nuevo gobernador al campamento de Luján, donde estableció su sede.
Dejaba en Buenos[267] Aires, como su lugarteniente, en el cargo de
comandante general de armas, al coronel Dorrego. Y para concluir con los
unitarios, puso a precio las cabezas de los principales representantes
del régimen directorial.
Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona se tasó en 3000
pesos. Espíritu inquieto y combatiente, habíase arriesgado a venir de su
voluntario ostracismo en el Uruguay a la misma ciudad de Buenos Aires.
Ocultábase en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación era
harto peligrosa, pudiendo ser reconocido y denunciado[268] en cualquier
momento, hasta por la servidumbre. Además, agravábase esa situación por
su personal y mortal enemistad con el coronel Dorrego, a quien había
insultado con la virulencia de las pasiones políticas de aquel tiempo
semibárbaro.
Temiendo una sorpresa trágica y fatal para su huésped, el señor Marín
resolvió salvarle dando un paso audaz y decisivo. Conocía a Dorrego y
confiaba en su caballerosidad. Sin comunicar su proyecto al doctor
Tagle, fué a ver al comandante general en el piso bajo del Cabildo,
donde se hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio[269] en serio
y medio en broma: "Sé que estás en apurada situación financiera y vengo
a ofrecerte la oportunidad de ganar 3000 pesos." Como en efecto, por las
continuas revoluciones y violencias, escaseaba el dinero, Dorrego
contestó agradecido[270] por el ofrecimiento. No disponía en ese
instante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a las tropas.
El señor Marín anuncióle entonces que tenía al doctor Tagle en su casa.
Dorrego se limitó a responder: "Muy bien. Esta noche iré a buscarlo."
Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. Aunque tuviera plena
confianza en la lealtad de Dorrego, una duda vaga se apoderó de su
espíritu. ¿Y si el comandante general, llevado al mismo tiempo por el
antagonismo político y la necesidad de dinero, entregaba al general
Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos tienen momentos
de ofuscación; y entonces todos parecían ofuscados por la sangrienta
lucha política....
De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó[271] a conversar y tomar
mate con el doctor Tagle. Estaba distraído y preocupado. Notándolo su
huésped, le preguntó la causa de sus cavilaciones. No pudo callar por
más tiempo el señor Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido como un
muerto, el doctor Tagle exclamó: "Estoy perdido." Quiso huir en ese
momento; pero como era su proyecto harto imprudente, el señor Marín le
detuvo en su casa. Librado a la hidalguía de Dorrego, corría alguna
probabilidad de salvarse; de otro modo, su pérdida era segura....
No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque apenas anocheciera
presentóse el coronel Dorrego en la casa del señor Marín. "Aquí está el
doctor Tagle", dijo, y entró seguido de su ordenanza. Más muerto que
vivo, presentóse el doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manos de su
ordenanza, y le dijo: "Póngaselo." El doctor se lo puso. En la puerta
había dos caballos ensillados, el del coronel y el del ordenanza.
Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor Tagle: "Monte a caballo y
véngase conmigo." Y el doctor Tagle montó en el caballo del ordenanza,
convencido ya de que sólo le esperaban cuatro tiros.
A galope tendido cruzaron la ciudad de Sur a Norte. Llegaron, en la
noche cerrada, al bajo de Palermo. En la orilla del río les esperaba una
embarcación a vela, aparejada para partir. "Embárquese y póngase en
salvo[272] en la Colonia",[273] ordenó Dorrego a su acompañante.
Conmovido por su grandeza de alma, el doctor Tagle le observó: "Yo he
sido y soy su enemigo, coronel."--"En el campo de batalla", contestó
Dorrego, "no hubiera vacilado en matarle; aquí, sólo un mal caballero
podría aprovecharse de haberle hallado huído e indefenso." El doctor
Tagle insistió: "Pierde usted, coronel, 3000 pesos que necesita." Y el
coronel Dorrego, montando de nuevo a caballo y despidiéndose, repuso con
sencillez: "Todo el oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de
un militar argentino."
CUMPLIR LA CONSIGNA
C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)
Inspeccionando una mañana el campamento de Mendoza, San Martín se detuvo
ante una puerta[274] cerrada y revestida de pieles de carnero con la
lana para afuera.... Custodiábala un centinela. "¿Qué es esto?,"
preguntó a los sargentos que le acompañaban.--"El laboratorio de los
mixtos", le respondieron.--"¿Se trabaja[275] ahora?"--"Sí, señor. Se
están haciendo cartuchos, lanzafuegos, estopines, espoletas para
granadas y otras municiones."--Sin averiguar más, dirigióse allí el
general en actitud de entrar. "¡Alto ahí!", exclamó el centinela,
poniéndosele delante. "No se puede entrar." A esta observación, San
Martín le preguntó con vehemencia: "¿Cómo es eso? ¿No me conoces?"--"Sí,
señor, lo conozco; pero así no se puede entrar", repitió el soldado,
refiriéndose al traje militar que vestía el general, con botas herradas
y pesadas espuelas. Volvió a insinuar San Martín su ademán de abrir la
puerta. El centinela caló entonces la bayoneta, y repitió de nuevo: "Ya
he dicho, mi general, que así no se puede entrar." Y gritó con fuerza:
"¡Cabo de guardia! ¡El general en jefe quiere forzar el puesto!" Al ver
esto, uno de los sargentos corrió al cuerpo de guardia a llamar al cabo.
Llegó el cabo, y dijo al general: "Señor, el centinela tiene la consigna
de no dejar pasar a nadie al laboratorio vestido de uniforme, para no
ocasionar un incendio. Si mi general quiere visitarlo, para hacerlo en
la forma permitida, sírvase pasar antes a ese otro cuarto y mudarse la
ropa." Nada respondió el general, entró en el cuarto indicado, quitóse
el uniforme, y se puso un par de alpargatas y saco y gorro de brin.
Luego visitó el laboratorio e inspeccionó sus trabajos. Cuando se
retiraba, habiéndose vestido de nuevo el uniforme, pasó por el
cuerpo[276] de guardia y ordenó que, después de relevarse, se le mandara
a su despacho al soldado que hacía de centinela. Cumplió el soldado la
orden y se presentó, temeroso de haber merecido una admonición. Pero al
verle entrar, el general en jefe se puso de pie y le tendió la mano para
felicitarle calurosamente. Al obedecer a su consigna había cumplido su
deber.
LA LEALTAD DE SAN MARTÍN
C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)
Hallábase el general San Martín en el campamento de Mendoza. El edecán
de servicio en la[277] antesala de su tienda de campaña, entró un día en
su escritorio, anunciándole:--"Un oficial pregunta por el ciudadano don
José de San Martín."--"Hágale usted entrar."--Entró el oficial,
ratificándose en que venía a ver al ciudadano, y[278] no al general en
jefe.--"Puede usted hablar", le dijo San Martín.--"Vengo a confiarme a
usted como un hijo a su padre", balbuceó el oficial. "Soy habilitado de
mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de guerra, para socorro de los
oficiales y soldados, una suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando
entré por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío que se halla
enfermo. Varios compañeros estaban jugando a los naipes en su aposento.
Me invitaron a acompañarles. Al principio rehusé. Luego quise tentar la
suerte. Resolví jugar la pequeña suma que me correspondía como oficial
de la cantidad total que me fuera entregada. Como debo al sastre, a la
lavandera y a varios proveedores, no pudiendo pagar mis deudas con esa
pequeña suma, ocurrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla,
saldría de apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe,
quiero reponer la pérdida, juego de nuevo, y vuelvo a perder.... En fin,
arriesgué todo lo que llevaba, y ¡lo perdí todo!... He pasado la noche
vagando por los alrededores del campamento como un loco. Estoy
deshonrado. ¡Ruégole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi
honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea sirviéndole de
criado. ¡Lo que no quiero es que no se me ajusticie[279] como ladrón, y
llegue luego la noticia a mi pobre madre!... "El general San Martín le
contestó, después de una pausa: "Como general estaría obligado a hacerle
enjuiciar ante el consejo de guerra.... Pero usted se ha confiado a mi
lealtad y me promete enmendarse...." Y tiró una gaveta de su escritorio,
sacó en onzas de oro de su propio peculio la suma que el oficial le
pedía, y, al entregársela, le dijo: "Vaya usted y en el acto entregue
ese dinero en la caja de su cuerpo. ¡Que en su vida se vuelva a repetir
un[280] pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde usted en el más
profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el
general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo
ocurrido, en el acto le manda fusilar."
LAVALLE EN RÍO BAMBA
PEDRO LACASA
El combate de Río Bamba es el choque de[281] caballería más lucido que
haya tenido lugar en la guerra de nuestra emancipación, y el que ha
revelado también a más alto grado el renombre de bravo que llevaba el
ejército de los Andes, en los gloriosos tiempos que dejamos a la
espalda. En él se vió al intrépido Lavalle con 96 granaderos[282]
arrollar cuatro escuadrones, fuertes cada uno de 120 hombres, de las
mejores tropas del Rey, hasta meterlos a sablazos bajo los fuegos de
la[283] infantería, habiendo pasado antes por la villa de[284] Río
Bamba, que estaba interpuesta entre los dos ejércitos, para desafiar a
la caballería enemiga. Ésta con la intención de alejarlo de toda
protección, no salía de la pequeña planicie que está al pie de las
alturas que coronan aquel pueblo, y a las cuales quería atraer al
general Sucre el jefe[285] español, para batirlo con ventaja.
[Illustration: JUAN LAVALLE
_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]
La posición de Lavalle, en ese día, era tanto más conspicua, cuanto que
estaba peleando por primera vez con una fuerza cuatro veces mayor que la
suya, en presencia de los orgullosos soldados de Colombia, y contra la
voluntad del general en jefe, que en esos momentos lo acusaba de
imprudente, por haber comprometido un choque en que tenía que combatir
uno contra cinco, y del cual, según él, no podía salir victorioso. En
prueba de lo que dejamos dicho, citaremos las[286] palabras que el
coronel Ibarra, sobrino del libertador Bolívar, dirigió al general Sucre
en aquellos momentos supremos, y sus contestaciones, sacadas de los
apuntes del coronel del ejército de los Andes, don Juan Espinosa,
publicadas en el _Correo Peruano_ del 23 de mayo de 1846. Después de la
primera carga que Lavalle dió a los españoles, y en la cual llegó hasta
tiro y medio de fusil, los granaderos se retiraron al tranco. Entonces
el general enemigo organizó los cuatro escuadrones que habían sido
acuchillados momentos antes, y los hizo cargar poniéndose él mismo a la
cabeza. Lavalle, cuando estaban a cien pasos a su retaguardia, volvió
caras por pelotones, y cargó al centro de los cuatro escuadrones. En
este momento el general Sucre creyó perdidos a los granaderos por la
imprudencia de su jefe, "_y no quiso protegerlos_", dice Espinosa, "_por
no comprometer una acción general para la cual no estaba preparado, y
por ser muy avanzada la hora_". A[287] las repetidas instancias que le
hicieron de proteger al escuadrón con alguna infantería, contestó: "El
comandante Lavalle ha querido perderse, que se pierda solo." El coronel
Ibarra, sobrino del Libertador y un valiente de primera clase, le dijo:
"Mi general, déjeme V. S. ir con mis guías en protección de los
granaderos, y yo le respondo del triunfo"; y saltándosele las
lágrimas,[288] añadió: "¡Cómo se pierde un escuadrón tan[289] valiente!
mi general, permítamelo V. S." El[290] general Sucre, con una calma
inalterable, le contestó: "Coronel Ibarra, aquí el único responsable soy
yo; pero vaya V. y haga su deber."
Poníanse recién al galope los denodados guías[291] de Colombia, cuando
los bizarros granaderos decidían la victoria, sin que les cupiese más
que a[292] cincuenta de esos bravos ayudar a recoger los laureles, que
los inmortales granaderos habían alcanzado, segando cabezas españolas
con el corvo de los Andes, en aquel anfiteatro de la Edad Media.[293]
EL OMBÚ
MARCOS SASTRE
[Illustration: UNA VISTA DE LA PAMPA
_Fraser, The Amazing Argentine_]
El ombú es el único objeto que se eleva sobre la dilatada pampa,
destruyendo la monotonía de ese océano de verdura. Sus abultadas raíces
que se levantan en una enorme masa cónica, base de un tronco, imitan
las rocas, simulando en los huecos de su seno sombrías cavernas que
pueden servir de cómoda habitación en el desierto. Casi siempre su
presencia indica desde muy lejos la morada humana al caminante
extraviado, que apresura hacia él sus pasos para gozar el seguro reposo
del rancho hospitalario de nuestros campos.
[Illustration: UN OMBÚ
_Karsten und Schenck, Vegetationsbilder_]
En las dilatadas llanuras sin camino, el ombú es el norte del viajero, y
levantándose sobre la planicie de las costas del Plata, en forma de
colinas invariables como las montañas, es el guía seguro del navegante
para tomar el puerto, evitando los bajíos peligrosos.
Uno de los caracteres distintivos del ombú es su longevidad dilatada,
condición requerida en un ser que con dificultad se reproduce. No se
conoce el término de su vida, nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de
vejez, no hay tradición que recuerde la edad juvenil de algunos. Por
las[294] enormes dimensiones de muchos de ellos con treinta varas de
circunferencia en su monstruosa raíz, y diez en su tronco, puede
juzgarse que tienen miles de años de existencia....
Además de su extraordinaria longevidad, tiene el ombú tal fortaleza, que
no hay huracán que lo derribe, y es su vitalidad tan prodigiosa que ni
la sequedad ni el fuego tienen poder para destruirlo. Si por acaso algún
violento torbellino llega a destrozar su copa, muy pronto se rehace con
asombroso vigor y lozanía....
Él ha resistido las sequías destructoras que, de tiempo en tiempo, han
asolado las campiñas....
El ombú prospera en los lugares más áridos y en toda clase de terrenos,
con tal que no tenga una humedad excesiva. Sólo se multiplica por la
semilla, y es preciso, mientras es pequeño, ponerlo a cubierto de las
heladas. Trasplantándolo joven, no requiere ya ningún otro cuidado, ni
el de riego, y a los cuatro o cinco años es un árbol frondoso.
No hay árbol como el ombú para formar umbrosas alamedas y avenidas
arboladas. La naturaleza de nuestro clima, madrastra de los[295] árboles
exóticos, parece que les niega el sustento; exigen la solicitud y
constante atención del hombre. El ombú, su hijo predilecto, prospera
admirablemente sin necesidad de sus cuidados. Y, ¿cuál es el árbol de
otros climas, que aventaja a nuestro ombú en frondosidad, majestad,
hermosura? Bien puede herir su copa un sol abrasador, bien puede
faltarle el refrigerio de los rocíos y el alimento de las lluvias, no
por eso dará paso a un solo rayo del astro, ni soltará a una sola de sus
hojas; mientras que los demás árboles languidecen, se agosta su follaje
y ralea su sombra[296] en la estación de los calores.
EN LA CORDILLERA
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ
En mi calidad _inalienable_ de porteño, ayuno de granito y de basalto,
huérfano de mesetas, de morros y promontorios, sin conocer otros
_montes_[297] que los de durazno, ¡cuánto no ansiaba por[298] acercarme
a ese lindero del occidente argentino divinizado en los cantos guerreros
con que me había arrullado en la cama! ¡Qué ansia tenía por poner pie
donde lo estamparon los valientes[299] de San Martín y los leones de
Necochea![300]
Un día 6 de mayo, de un año que no quiero[301] acordarme, esos Andes
tan deseados se presentaron a mi vista. Sus cumbres, celestes como
nuestra[302] bandera, en la mañana, y rosadas como la inocencia y la
juventud al ponerse el sol, fueron para mí verdaderos iris de bonanza
después de cuarenta días de _capa_[303] y tempestades en ese
_cabo_,[304] acabador de toda paciencia, que se llama de Hornos...
* * * * *
En todo esto cavilaba, mi querido amigo, en tanto que la luna del 31 de
marzo brillaba sobre mi cabeza peregrinando por el cielo transparente de
la provincia de Aconcagua.[305]