manifestación de dolor, que acaso interpretaron como un movimiento de
entusiasmo, ordenaron a Falucho que presentase el arma al pabellón del
rey que se iba a enarbolar.
--Yo no puedo hacer honores a la bandera contra la que he peleado
siempre,--contestó Falucho con melancólica energía, apoderándose
nuevamente del fusil que había dejado caer.
--¡Revolucionario! ¡Revolucionario!--gritaron varios a un mismo tiempo.
--¡Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor!--exclamó
Falucho con el laconismo de un héroe de la antigüedad; y tomando su
fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta, entregándose
nuevamente al más acerbo dolor.
[Illustration: ESTATUA AL NEGRO FALUCHO EN BUENOS AIRES
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
Los ejecutores de la traición, apoderándose inmediatamente de Falucho,
le intimaron que iba a morir, y haciéndole arrodillar en la muralla
que daba frente al mar, cuatro tiradores le abocaron sus armas al pecho
y a la cabeza. Todo era silencio, y las sombras flotantes de la noche
aun no se habían disipado. En aquel momento brilló el fuego de cuatro
fusiles; se oyó una sorda detonación; resonó un grito de _¡Viva Buenos
Aires!_ y luego, entre una nube de humo, se sintió el ruido sordo de un
cuerpo que caía al suelo. Era el cuerpo ensangrentado de Falucho, que
caía gritando _¡Viva Buenos Aires!_ ¡Feliz el pueblo que tales
sentimientos puede inspirar al corazón de un soldado tosco y oscuro!
Así murió Falucho, como un guerrero digno de la República de Esparta,
enseñando cómo se muere por sus principios y cómo se protesta bajo el
imperio de la fuerza. Para enarbolar la bandera española en los muros
del Callao, fué necesario[382] pasar por encima de su cadáver; se
enarboló al fin, pero salpicada con su sangre generosa; y aun tremolando
orgullosamente en lo alto del baluarte, el valiente grito de _¡Viva
Buenos Aires!_ fué la noble protesta del mártir contra la traición de
sus compañeros. Esa protesta fué sofocada por el estruendo de la
artillería en todos los baluartes del Callao.
Falucho era nacido en Buenos Aires, y su nombre[383] verdadero era
Antonio Ruiz. ¡Pocos generales han hecho tanto por la gloria como ese
humilde y oscuro soldado, que no tuvo sepulcro, que no ha tenido una
corona de laurel, y que recién hoy tiene un recuerdo en la historia de
su patria![384]
El martirio de Falucho no fué estéril. Pocos días después se sublevaron
en la Tablada de Lurín[385] dos escuadrones del regimiento de granaderos
a caballo, y deponiendo a sus jefes y oficiales, marcharon a
incorporarse a los sublevados del Callao. A la distancia vieron flotar
el pabellón español en las murallas. A su vista, una parte de los
granaderos, que ignoraban que los sublevados hubiesen proclamado al Rey,
volvieron avergonzados sobre sus pasos, como si la terrible sombra de
Falucho les enseñase el camino del honor. Sólo los más comprometidos
persistieron en su primera resolución, y volvieron sus armas contra sus
antiguos compañeros, quedando así disuelto por el motín y la traición el
memorable ejército de los Andes, libertador del Chile y del Perú.
LA ABDICACIÓN DE SAN MARTÍN
BARTOLOMÉ MITRE
Se ha dicho con verdad que sólo dos grandes figuras de los tiempos
modernos bajaron tranquilas de la cima de la grandeza, Wáshington y San
Martín, porque ellos no fueron ni poder, ni ambición, ni partidos, ni
odios, ni gloria egoísta, sino una misión que debía concluir en un día
irrevocable, en medio de la propia existencia.
Wáshington no abdicó. Al colgar su espada después del triunfo, y
entregar el poder público en manos de un pueblo libre, afirmó la corona
cívica sobre sus sienes, siguió sin violencia el ancho camino que le
estaba trazado, y alumbrado por astros propicios, se extinguió en el
reposo con la angélica serenidad de los ángeles tutelares.
[Illustration: BARTOLOMÉ MITRE
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
San Martín abdicó en medio de la lucha, antes de completar su obra, no
por su voluntad, como él lo dijo en su despedida y como se ha creído por
mucho tiempo, sino forzado por la lógica de su destino y obedeciendo a
las inspiraciones del bien; y en haberlo reconocido en tiempo bajo los
auspicios de la razón serena, consiste la grande moral de su
sacrificio. Buscó su camino en medio de la tempestad en que su alma se
agitaba, y lo encontró; y tuvo previsión, abnegación, y fortaleza para
seguirla, y por eso el sacrificio no fué estéril.
El Perú había sido libertado por un puñado de cuatro mil hombres (dos
mil argentinos y dos mil chilenos) contra veintitrés mil soldados, que
mantenían en alto los pendones del rey de España en toda la extensión
del continente americano. San Martín, sosteniendo en sus brazos
robustos, como muy bien se ha dicho, el cadáver de su pequeño ejército
diezmado por la peste y los combates, había declarado la independencia
del[386] Perú.
Esta grande empresa, realizada con tan pobres medios, con tanta economía
de fuerzas y de sangre, y tan fecundos resultados, se caracteriza
como[387] profunda combinación política y militar, en que circunscribió
la lucha de la independencia americana a un punto estratégico; en que
forzó el último baluarte de la dominación española en Sud-América; en
que hirió el poder colonial en el corazón, con la espada de Chacabuco y
Maipo; en que[388] encerró en un palenque sin salida a los últimos
ejércitos españoles y realistas, dentro del cual debía decidirse por un
supremo y definitivo combate a muerte, la causa de la emancipación de un
mundo.[389]
[Illustration: ESTATUA ECUESTRE DEL GENERAL SAN MARTÍN, PLAZA SAN
MARTÍN, BUENOS AIRES]
Desde ese momento, el triunfo de la causa de la independencia americana
dejó de ser un problema militar y político: fué simplemente cuestión de
más esfuerzos y de más tiempo.
Desde ese día, el sol al levantarse sobre el hemisferio de Colón, no
alumbró más esclavos que los que aún continuaban aherrojados bajo las
plantas de los últimos ejércitos realistas, atrincherados en las
montañas del Perú.
Pero, para alcanzar la victoria definitiva, era necesario que el mismo
Perú, hondamente revolucionado, pusiese sobre las armas diez mil
soldados más, y el Perú no podía ponerlos. Chile no podía repetir el
supremo esfuerzo que había hecho, para remontar sus tropas
expedicionarias. La República Argentina, política y socialmente
disuelta, al mismo tiempo que sus hijos ausentes emancipaban lejanos
pueblos, no podía enviar nuevos contingentes a su ejército libertador de
los Andes.
Mientras tanto, las legiones triunfantes de Bolívar,[390] que desde las
bocas del Orinoco habían cruzado de mar a mar el continente, se
encontraban con las de San Martín, que desde el Plata habían cruzado al
Pacífico, dominándolo; y bajo la línea ardiente del ecuador y al pie del
Chimborazo, se[391] saludaban las banderas independientes de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, de Chile, del Perú, y de
Colombia, sellando la alianza continental con una nueva victoria
alumbrada por los fuegos volcánicos del Pichincha.[392]
En tal situación, Colombia era el árbitro de los destinos del Nuevo
Mundo, y en manos del Libertador Bolívar estaba la masa hercúlea que
debía dar el golpe final, en el supremo y definitivo combate que iba a
librarse en el Perú.
Para concentrar este supremo esfuerzo, los dos grandes libertadores se
encontraron en aquel punto céntrico del mundo en que sus soldados habían
fraternizado. Sus miradas se cruzaron como dos relámpagos en la región
tempestuosa de las nubes, sus brazos se unieron, pero sus almas no se
confundieron, porque comprendieron, que aunque profesaban una misma
religión, no pertenecían a la misma raza moral.
Bolívar era el genio de la ambición delirante, con el temple férreo de
los varones fuertes, con el corazón lleno de pasiones sin freno, con la
cabeza poblada de flotantes sueños políticos, sediento de gloria, de
poder, de esplendor, de estrépito, que[393] acaudillando heroicamente
una gran causa, todo[394] lo refería a su personalidad invasora y
absorbente. El mismo se ha retratado así, prorrumpiendo en uno de sus
teatrales simulacros de renuncia del mando supremo: "Salvadme de mí
mismo, porque la espada que libertó a Colombia no es la balanza de
Astrea."[395]
San Martín era el vaso opaco de la Escritura,[396] que escondía la luz
en el interior del alma: el héroe impersonal que tenía la ambición
honrada del bien común, por todos los medios, por todos los caminos, y
con todos los hombres de buena voluntad, según él mismo se ha definido
con estas sencillas palabras: "Un americano, republicano por principios,
que sacrifica sus propias inclinaciones por el bien de su suelo."
Por eso los dos murieron en el ostracismo. El uno en su edad viril,
precipitado de lo alto, con las entrañas devoradas por el buitre de su
inextinguible ambición personal, llorando hasta sus últimos momentos el
poder perdido.[397] El otro descendió sereno y resignado la pendiente
del valle de la vida, con la estoica satisfacción del deber cumplido,
guardando en su ancianidad el secreto roedor de sus tristezas, como en
los heroicos días de su épica carrera había guardado el sigilo pavoroso
de sus concepciones militares.
Estas dos naturalezas opuestas y compactas, fuerte la una[398] por sus
defectos en el choque, y la otra por[399] sus calidades en la
resistencia, se midieron como dos gigantes al abrazarse, y se penetraron
mutuamente. San Martín fué vencido por el egoísmo de Bolívar; pero San
Martín venció a su rival en gloria, mostrándose moralmente más grande
que él.
El Libertador de Colombia alcanzará más triunfos, cosechará más laureles
y merecerá más la admiración de la historia por su gloriosa epopeya
terminada.
El Libertador argentino, venciendo las más arduas dificultades,
preparando el camino y venciéndose a sí mismo, merecerá en los tiempos
la simpatía etérea de las almas bien equilibradas.
San Martín, con su alto buen sentido, dándose cuenta clara de la
situación y de sus deberes para con ella, se inmoló en aras de una
ambición implacable, que era una fuerza eficiente, y cuya dilatación
fatal era indispensable al triunfo de su causa.
[Illustration: SAN MARTÍN Y BOLÍVAR EN GUAYAQUIL
_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]
Los realistas conservaban aún diez y nueve mil hombres en las montañas
del Perú. San Martín apenas contaba con ocho mil quinientos, y
necesitaba forjar nuevos rayos para continuar la lucha. Bolívar, al
frente del victorioso ejército de Colombia, tenía en sus manos el rayo,
que a uno de sus gestos podía fulminar las últimas reliquias del poder
español en América; pero a condición de compartir con nadie su gloria
olímpica.
Ante esta solemne espectativa, San Martín reconoció el temple de sus
armas de combate, y vió: que el Perú flaqueaba, que su opinión[400]
pública estaba sublevada, que su ejército no tenía[401] ya el acerado
temple de Chacabuco y Maipo, y que no podría dominar estos elementos
rebeldes sino haciéndose tirano.--Interrogó al porvenir, y previendo que
en un término fatal su gran personalidad se chocaría con la de Bolívar,
dando quizás un escándalo al mundo, y retardando de todos modos el
triunfo de la América con mayores sacrificios para ella, prefirió
eliminarse como obstáculo.--Sondeó su conciencia, comprendió que no era
como Macabeo el caudillo de su propia patria,[402] y reconociéndose sin
voluntad para ser tirano y sin poder moral y material para continuar la
lucha con fuerzas eficientes, abdicó a Bolívar la espada de Chacabuco y
Maipo, después que se convenció de que su ofrecimiento de servir no
sería aceptado.
Tal es el significado histórico y el sentido moral de la abdicación de
San Martín.
EL GENERAL BELGRANO
BARTOLOMÉ MITRE
Belgrano es una de las más simpáticas ilustraciones argentinas, y una de
las glorias más puras de la América, no sólo por sus memorables
servicios a la causa de la independencia y de la libertad, sino también,
y muy principalmente, por la elevación moral de su carácter y por la
austeridad de sus principios democráticos.
Su gloria es un patrimonio nacional, y pretender arrancar a su corona
cívica una sola de sus hojas, sin justificar el derecho con que tal
despojo se haga, sería defraudar al pueblo de su propiedad legítima.
Belgrano no ha sido un genio político del vuelo de Moreno, ni un genio
militar de la altura de San[403] Martín, con quienes comparte la gloria
de haber sido, a la par del primero, uno de los fundadores de la
democracia argentina, y con el segundo, el héroe y el fundador de la
independencia.
Fué un gran ciudadano y un verdadero héroe republicano, y ésa es su
gloria.
El general Belgrano ha ejercido dos clases de autoridad en el mundo:
exigía de sus subordinados una obediencia religiosa al cumplimiento del
deber, y una exactitud casi igual a la que se exige a una orden
monástica, siendo inflexible en el castigo de los delincuentes.
Estas cualidades de mando han formado escuela. El general La Paz, que lo
criticó por ellas, mandaba sin embargo sus ejércitos a la manera de
Belgrano, y no por eso ha sido calificado de déspota.
El mando militar tiene en sí mismo algo de despótico, porque es
personal, sólo tiene por límite la responsabilidad moral del que lo
ejerce y el sentimiento de la justicia y de la dignidad humana. Si el
carácter de Belgrano hubiera sido despótico, se habría manifestado en el
ejercicio de ese mando casi absoluto, que las exigencias de la
revolución y el peligro común hacían que fuese más tirante que en las
condiciones de la vida ordinaria; y sin embargo, es sabido que Belgrano
fué siempre justo a la vez que severo en el ejercicio tranquilo de su
autoridad; que jamás abusó de ella, ni fué cruel ni voluntarioso, y
todos cuantos militaron[404] bajo sus órdenes, le guardaron por toda la
vida, estimación, respeto y amor.
[Illustration: MANUEL BELGRANO
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
Como autoridad política en los territorios donde hizo la guerra,
responde en su favor el amor, el respeto, la confianza que supo inspirar
a los pueblos, y que se conserva hasta hoy aún en los hijos de los
indios a quienes trató justiciera y paternalmente en Misiones[405] y en
las montañas del Alto Perú.[406]
Belgrano no era un demócrata a la manera de Artigas[407] y de
Güemes,[408] expresiones exageradas de la democracia en una época de
revolución: era un demócrata de la escuela de Wáshington y de Franklin,
cuyos principios profesó toda su vida.
Lo prueba su anhelo por la instrucción de las masas, atestiguado por los
establecimientos de educación que fundó antes y después de la
revolución; su respeto a la igualdad humana, manifestado hasta en su
conducta con los indios de Misiones y del Alto Perú; su amor a la
libertad del pueblo a que consagró su vida y sus afanes; su empeño
constante por que la revolución se constituyera sobre la base de un
poder deliberante emanado directamente del pueblo, como lo demuestra su
correspondencia con Rivadavia; su respeto[409] a la ley y a las
autoridades constituídas, y más que todo, su abnegación, su desinterés y
su modestia en presencia de los altos intereses públicos.
Por eso el general Belgrano es el ideal del demócrata. Ningún argentino
ha merecido mejor que él este nombre, y negárselo, sería querer privar a
su patria de uno de los más hermosos y acabados modelos que en tal
sentido se pueden presentar[410] como ejemplo digno de admirarse y de
imitarse.
Belgrano y San Martín, los dos verdaderos grandes hombres de la historia
revolucionaria argentina, pueden llamarse padres y autores de la
independencia de su país, teniendo de común, que los dos fueron hombres
de orden, ajenos a los partidos secundarios de la revolución, que nunca
pertenecieron sino al gran partido de la patria, ni tuvieron más pasión
que la de la independencia, la de la libertad americana, cuyo
sentimiento[411] inocularon profundamente en el corazón de los pueblos y
ejércitos que dirigieron.
San Martín en las provincias de Cuyo, y Belgrano[412] en las del Norte,
levantando el espíritu[413] público en ellas, conquistando el amor y la
confianza de las poblaciones, consiguiendo que los ciudadanos acudiesen
voluntariamente y con entusiasmo a sus banderas, dispuestos a la lucha y
al sacrificio, haciendo concurrir hasta las mujeres a la defensa de la
causa común, prueban que tanto el uno como el otro eran verdaderos
hombres de revolución, que si bien no se cuidaban de _encabezar_[414]
_partidos_, sabían como se mueve a las democracias _encabezando una
causa popular_.
El general Belgrano, recibiendo el mando del ejército desorganizado de
dos derrotas, haciendo[415] la guerra en medio de pueblos decaídos o
descontentos en parte como lo hemos probado ya, obteniendo una victoria
en una retirada desigual, haciendo por último pie firme[416] en Tucumán,
llevando a su población al campo de batalla, y predisponiendo a la
provincia de Salta a hacer los sacrificios más sublimes de que es capaz
el patriotismo, nos enseña cómo los verdaderos demócratas encabezan, no
los partidos, sino los grandes movimientos de la opinión que deciden del
destino de los pueblos.
EL GENERAL LAS HERAS
BARTOLOMÉ MITRE
(TITLE: =Las Heras= (Juan Gregorio de, 1780-1866), Argentine patriot and
general who distinguished himself in the Chilean campaign under San
Martín. At Cancha Rayada (1818) where the troops of San Martín suffered
a reverse, it was Las Heras who saved the day by his masterly retreat
and coolness in the general confusion.)
Hay héroes de circunstancias que ocupan y abandonan bulliciosamente la
escena de la historia; héroes que a veces aparecen grandes a los ojos de
sus contemporáneos más bien por el medio en que viven y los accesorios
que los rodean, que por sus propias cualidades y por sus propias
acciones.
Éstos son los héroes teatrales de la historia.
Ellos necesitan para brillar de las luces artificiales de la popularidad
pasajera. Sólo se estimulan con los aplausos de la calle y de la plaza
pública. Para ellos no hay elocuencia posible sino en lo alto de la
tribuna y en medio de una pomposa decoración, ni heroísmo sino en
presencia de millares de testigos. Esclavos de ajenas pasiones y de su
propia vanidad, sólo conciben la gloria de un carro triunfal arrastrado
por adoradores, y prefieren una corona de cartón dorado con tal que
todos la tomen por oro de buena ley, a la inmortal corona de laurel
sagrado que sólo resplandece en la obscuridad de la tumba. Hambrientos
de vanagloria, ebrios de aplausos, enfermos de celos y de vanidad
pueril, el aplauso de la propia conciencia no llega a sus oídos; la
verdadera gloria no les satisface, el silencio los anonada, la soledad
los hace creerse muertos, y el retiro es para ellos como el vacío de la
máquina[417] neumática que apaga los oídos.
Sobre la tumba de éstos no se escribió nunca el sublime epitafio de
Esparta: "Murieron en la creencia de que la felicidad no consiste ni en
vivir ni en morir, sino en saber hacer gloriosamente lo uno y lo otro."
Los hombres grandes por sí mismos, que no trafican con la gloria, para
quienes el mando es un deber, la lucha una noble tarea, y el sacrificio
una verdadera religión; los que al abandonar el teatro de la vida
pública no tienen que despojarse a su puerta de las alas prestadas de un
día, y queman aceite de su propia vida en la lámpara de sus vigilias,
ésos viven en paz y conversan familiarmente con el genio de la soledad,
el silencio serena su alma agitada por las tempestades populares. A esos
hombres sienta bien el modesto retiro en que pueden ser estudiados y
estimados por lo que en sí valen, despertando la admiración o la
simpatía por cualidades superiores a los ingeniosos prestigios de la
prosperidad.
Tales o semejantes reflexiones a éstas hacía en una hermosa y apacible
tarde de verano del año 1848, atravesando la magnífica alameda de
Santiago de Chile, y dirigiéndome a uno de los barrios más apartados de
la ciudad, donde vivía y vive aún el general D. Juan Gregorio de Las
Heras, capitán ilustre y libertador de tres Repúblicas,[418] republicano
sencillo y desinteresado, que siendo uno de los héroes más notables de
la epopeya de la independencia americana, vivía tranquilo en el retiro,
sin espada, sin poder y sin fortuna.
Iba a pagarle la visita que infaliblemente hace este soldado lleno de
cortesía a todo argentino que llega a aquel país: y al hacerlo era
arrastrado por algo más que un deber social, pues admirador de sus
servicios y virtudes, había encontrado en él un héroe según mi ideal, y
un hombre según mi evangelio.
Al dirigirme a su casa, podía contemplar a la distancia las nevadas
cordilleras de los Andes, a cuyo pie está el memorable campo de
Chacabuco; y mi vista se perdía en la vasta llanura del valle de Maipú y
los caminos que desde él conducen al Sur de Chile, donde Las Heras,
siguiendo las huellas de San Martín, se había ilustrado en grandes
batallas y combates.
[Illustration: JUAN GREGORIO DE LAS HERAS
_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]
Lleno de estas ideas, de esos recuerdos y de este espectáculo grandioso,
llegué a su antigua casa de familia, cuya arquitectura pertenece a la
época colonial. Era singular que quien más había contribuído a destruir
aquel régimen con su espada, hubiese encontrado en medio de tantas
ruinas como hizo en ella, un viejo techo con el sello de la[419]
dominación española, donde abrigar su cabeza en el invierno de la
vida....
Es el Bayardo de la República Argentina, el[420] militar sin miedo y sin
reproche, decano del ejército argentino por su edad, por sus servicios y
por sus elevadas cualidades morales.
En su avanzada edad y a pesar de las dolencias que le aquejaban,
conservaba aún cuando le vi por la última vez en Chile, en 1850, toda la
arrogancia del soldado, y el reflejo de la belleza varonil de sus
heroicos años. Su talla es alta y erguida, su ojo negro, profundo y
chispeante, respira la firmeza y la bondad, y en sus maneras se nota
algo de la habitud del mando, unido a la exquisita cortesanía de los
hombres de su tiempo. En aquella época le vi una vez de grande uniforme
en medio del Estado Mayor de Chile, y su imponente figura militar
eclipsaba a todos, llamando sobre él la atención del pueblo, que veía en
él al representante de sus más queridas glorias.
El general Las Heras no necesita apelar a la posteridad para esperar
justicia y afirmar la corona sobre sus sienes. El juicio que el pueblo
sólo pronuncia en los funerales de sus héroes, ha sido pronunciado ya,
para honor y gloria de él y de su patria, por los hijos de la heroica
generación a que perteneció, que es la posteridad a que apelaba San
Martín, su ilustre maestro y compañero de gloria.
DON JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN
V. F. LÓPEZ
Pueyrredón era hombre, de dotes distinguidísimas y sólidas; tenía
dignidad personal y un imperio particular sobre sí mismo que no se
desmintió en el resto de su vida ni aun en medio de los descalabros que
le esperaban. Sabía guardar con una firmeza imponente el decoro de su
persona y de su poder. No mostraba ambición codiciosa ni urgente de
mando. No se le vió nunca entrar en[421] intrigas ni en tentativas,
encubiertas o manifestadas, para apoderarse de la autoridad. Pero cuando
era llamado a tomar parte en la dirección de los negocios, ocurría sin
vacilar; mostraba una paciencia pertinaz en perseguir los propósitos que
lo movían; y su energía, pero sin ninguna ostentación, se hacía sentir
en la netedad de sus ideas y en la firmeza de sus actos, no sólo para
servir sin descanso a la causa de la independencia, sino para castigar
también con una severidad extrema y extraña a los hombres que se
atrevían a ponerle estorbos en su camino. Sus pasiones eran tranquilas
en la superficie, y no se dejaban sentir sino[422] por la fuerza latente
y bien seguida de sus frías manifestaciones.
[Illustration: JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN
_Navarro y Lamarca, Historia general de América_]